LA NORIA

»El Poeta sugerido: José Manuel Lucía Megías

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Yo te azuzo: ¡burrito arre que arre,
sin parar vueltas dándole a la noria
trotando en tanto el polvo el rabo barre,
que a tu esfuerzo le esperará la gloria.

Mantén el ritmo firme y cadencioso,
ágil, atento, monótono y constante,
pausado, cauteloso y vacilante,
así ha de parecer parsimonioso.

Maneja en tu trabajo sostenido
con suma precisión los cangilones,
regando va ese fluido recogido,
saciando sed los áridos renglones.

Que ejemplo es tu trabajo de constancia
en que deben mirarse los mirones
mientras hacen alarde de vagancia.

Ignora si alguien duda, tu elegancia,
tu laboriosidad les da lecciones,
¡más listo que ellos eres de aquí a Francia!.
©donaciano bueno

La tarde caía
triste y polvorienta.
El agua cantaba
su copla plebeya
en los cangilones
de la noria lenta.
(Antonio Machado)

A diferencia del burrito de Juan Ramón Jiménez, éste se llamaba Manolo. Por lo demás, puntualmente, al atardecer cumplía, durante una hora, con su función de extraer el agua del subsuelo hasta que el pozo le indicaba: ya estoy seco, hasta mañana. Pero, al igual que Platero, también era pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. O, al menos así aparecía a los ojos de un niño, a la sazón el que esto escribe.

POETA SUGERIDO: José Manuel Lucía Megías

José Manuel Lucía Megías

SE NOS ESTÁN MURIENDO LOS POETAS

Se nos están muriendo los poetas,
están quedando sin versos las avenidas
y las gargantas mensajeras que solo saben volver,
una y otra vez,
a esta voz que un día le dio la vida,
que un día las creó a su imagen y semejanza.
¡Qué gris, qué desolador, qué muerto un mundo
sin poetas y
sin poesía!
¡Qué deshabitado! ¡Qué inhumano! ¡Qué mudo!

Se nos están muriendo los poetas
que un día pusieron voz a nuestro grito de libertad,
a la alegría desbordada en las avenidas
de las revoluciones y los ideales compartidos.
Un día fuimos felices porque había versos
que echarnos a la boca,
que echarnos a la cara.
Un día fuimos humanos porque soñamos
con revoluciones permanentes, construidas con los versos
de tantos y tantos y tantos poetas.

Pero se nos están yendo todos,
una a uno.
Y uno a uno se van alejando de nosotros sus versos,
el verdadero murmullo de nuestras conciencias,
sombras en los espejos de la historia.

Uno a uno
somos cada vez menos humanos
a medida que
uno a uno
se nos van muriendo nuestros poetas,
llaga viva de nuestra conciencia, de nuestro destino.
(en la muerte de Juan Gelman,
José Emilio Pacheco y Félix Grande)

TRENTO (O EL TRIUNFO DE LA ESPERA)

“Ven pronto,
mi amado.
Los racimos
de besos
están ya maduros”.

Apoyado en el balcón,
mirando al oeste,
espera cada noche
el milagro de un encuentro,
repitiendo como una oración
ese nombre extranjero
que le llena de miel los labios
y de sonrisas los amaneceres.

“Ven pronto,
mi amigo.
Lejos queda el invierno.
Ven pronto,
amado mío,
que ya me quema la espera”.

EN EL MUSEO DE HISTORIA JUDÍA, BERLÍN

A Ruth Fine, por tantas historias compartidas

Silencio.
Tan solo una luz.
Una luz lejana.
Una línea de luz a lo lejos.
Silencio.
Escucho tan solo mi corazón.
Las paredes están frías.
Frías como mi corazón.
Frías como mis caricias.
Frías como el recuerdo de tus besos.
Silencio.
Miro con mis manos las paredes de hormigón.
Y están frías.
Nada.
Silencio.
Intento esconderme en una esquina.
Y me siento pequeño.
Diminuto.
Inexistente.
Tan solo un latido.
Un lento y cansado latido.
Un latido que dejará de serlo.
Tan solo en unos segundos.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Paso mis manos por las paredes frías.
Y el frío me entra por la boca.
Rebota entre mis dientes y mi lengua.
Y me quedo mudo.
Silencio.
Dos lágrimas heladas
Recorren mi cara
Abriendo dos arrugas a su paso.
Dos nuevas arrugas
Que tú nunca podrás ver,
Que tú nunca serás capaz de ver.
Y sigo con mi mano en la pared.
Y el frío me congela el corazón.
Por fin. Ahora. Por fin.
Silencio.
Silencio.
Ahora podré existir.
Ahora que he dejado de vivir.
Ahora que muero solo.
Sin esperanza.
Sin memoria.
Sin nombre.
Sin pasado.
Muero en la alta torre de frío hormigón
Con las manos sobre las paredes.
Con la cabeza sobre la pared helada,
Mirando a un punto,
A ese único punto de luz
En lo más alto de mi pecho.
Este único punto de luz
Que no viene de ningún sitio.
No hay nada fuera de la torre.
No debe haber nada fuera de la torre.
Nada después de haberte tocado
Y estar tan frío como estas paredes.
Tan muerto como estas paredes.
Tan silencioso como estas paredes.
Nada.
Ni latidos.
Ni corazón.
Ni vida.
¿Para qué la necesito si ya no te tengo?

ESPÉRAME EN EL CIELO

Respirar. Tan solo respirar.
Dejar caer los brazos
en medio de las aceras
y buscar en el horizonte una playa
en la que poder respirar.
Abrir los pulmones al mundo.
Las aguas estancadas de los calendarios
se filtran por la alcantarilla de los candados.
Respirar sin abrir la boca, de perfil.
Respirar sin tener que pronunciar
sílabas atónitas de anonimato.
Cruzarse de brazos y de pies
y de manos. Cruzarse de alas.
Y respirar, respirar, respirar.
Buscar el aire de los atardeceres
y fumarse los últimos rayos de sol.
Y respirar el alcohol irascible
que compartimos la otra noche,
los bordes de los reproches injustos
y esos otros que nos callamos
y que nunca, ya, nos diremos.
Respirar. Respirar. Respirar. Respirar.
Recuperar la brisa de las alas
y volver a respirarte por la noche
entre almohadas y sueños sudados.
Respirar tu pecho y en tu pecho
buscar las sombras de otro tiempo.
Respirarte una vez más, la última vez.
Abrir los pulmones al mundo.
Dejar libres, por fin, tus alas,
y respirarte una vez más en un beso.
El último. El definitivo. El eterno.
Ese beso que se repite y multiplica
en las repetidas imágenes de estos versos.
(a partir de los ángeles de Ana Matías. Inédito)

Las cuentas…

Deshacerse.
Confundirse en la nada.
Tomar las medidas del folio en blanco
y abarcarlo en sus cuatro costados.
Abrazar las esquinas,
tocar con la punta de los dedos
la tinta imaginaria de un círculo
que se convierte en un punto rojo.
El cielo se ha llenado de líneas blancas
y cada una de ellas es una historia
que se cruza con la sombra de las nubes,
con el recuerdo de sombras del silencio.
Amanece y todo comienza a repetirse.
Un día más para deshacerse
en el cuadriculado ritmo de las horas,
la previsible alevosía del despertador,
la monótona y certera alarma del móvil.

Deshacerse una vez más en la duda,
una vez más en la noticia que golpea la radio
con el ritmo anunciado de las agencias.
Deshacerse al ritmo de los torrentes
que bañan de nostalgia nuestros rostros.

Una nueva línea en el cielo
y todo es azul en el fondo,
por más que sea un folio en blanco,
por más que sea el verde de un compromiso
o el rojo de una nueva circunstancia.
Y poco a poco las líneas del cielo desaparecen
y solo queda el brillo azul del amanecer.
Y poco a poco las historias van perdiendo color
y los diálogos comienzan a ser monosílabos.
Poco a poco todo parece comenzar.
Como este amanecer. Este nuevo amanecer.

Deshacerse nada más abrir los ojos.
Olvidar tantas historias que nos habitan,
tantos personajes que desean tener nuestra sonrisa.
Miradas que nunca serán ya las nuestras,
manos tendidas que nunca nos salvarán,
enlazadas manos de las que ya no me acuerdo.
Imaginar trece razones para decirte adiós
y terminar por abrir el ordenador silencioso
y escribir, una vez más, un te-quiero.

Una nueva línea blanca en el cielo azul.
Una nueva línea que, poco a poco, va desapareciendo
hasta convertirse en un punto lejano.
El centro de la pupila de un sueño.
Una de esas historias que me contaste de niño,
una de esas ilusiones que siendo niños nos creímos.
Una de esas palabras de niño que coronan
nuestra frente, esa frente que no ha dejado de crecer.

Deshacerse.
Amanecer.
Saber que este nuevo día será igual que el de ayer,
por más que se llene de nuevas palabras,
de citas convertidas en un gris recuerdo,
en una nueva historia que otros vivirán
ahora que se van convirtiendo en literatura,
en palabras que no conocen el tacto del tiempo
a medida que tú vas resucitando en estos versos.

Estoy condenado al recuerdo,
a recordar una y otra vez, una y otra vez,
a inventarme una y otra vez, una y otra vez,
las historias que me contaste siendo niño.
Esas que voy convirtiendo en versos y literatura,
esas que me devuelven la vida al amanecer,
tan falsas, tan necesarias como tus recuerdos.

Deshacerse.
Comenzar a vivir en la tinta de la escritura.
Sentir, una y otra vez, que esto es la vida:
un volver a recordar lo que nunca hemos vivido.

1.
Ahora
que podría tener tus años,
los años que un día abandonaste.

(Pronto.
Siempre demasiado pronto)

Ahora
que descubro los ojos de aquel niño
que un día fui,
ojos ciegos de legañas y preguntas,
ojos que me devuelven el espejo intermitente
de una ventana, de aquella ventana.
La misma.
Siempre el mismo vidrio.
Siempre idéntico reflejo que se pierde
en un abrir y cerrar de ojos,
en un pasar y adelantar de coches,
en las paralelas miradas de las vías del tren.

Ahora
que podría ser tú, con tus años,
con tus espaldas cargadas, tus dedos débiles
y las mismas arrugas en la geografía de las manos.

Ahora
que podríamos tener el mismo aliento,
y los mismos huecos de los dientes perdidos,
el mismo brillo en la calva soleada
y las mismas graduaciones en idénticas gafas…

Ahora,
por fin,
ahora,
después de tantos años,
vuelvo a asomarme al espejo del cristal
y rescato ahora esa mirada sin respuestas
bajo el telón de fondo blanco de una nevada
y un mes de febrero que me robaron.

Ahora
vuelve aquella noche, aquella única noche
de llantos enmudecidos y de suspiros sonoros,
de carreras por el pasillo sin distancia
y una voz que calla al otro lado del teléfono.

Un último suspiro.
Una última palabra.
Un último gesto.
Una última mirada.
La única lágrima.

Y el mismo olor de aquella almohada sobre mi cara,
ese cerrar los oídos y los ojos y los puños.
Cerrados, desde entonces, para siempre.

Hasta ahora.

Ahora
que vuelve aquel niño a hacer las paces con los espejos.

Ahora…
o nunca.

2.
Algo se cayó aquella noche.
Sin romperse.
Algo sigue cayéndose desde aquella noche.
En silencio.

Y, de pronto,
la oscuridad es un estruendo…
o un sollozo,
o una lágrima
que se rompió aquella noche,
que sigue rompiéndose desde entonces,
que no ha dejado, desde entonces, de derramarse.

3.
Llegaban por la radio ecos de disparos
y de aliento suspendido en el miedo.
Solo tres miradas aguantaron el pulso
a la diana semicircular del golpe de estado.
Las radios retransmitían el silencio
y las venas se llenaban de historias,
las historias que volvían a recordar las abuelas.
Así había sucedido un 17 de julio
y así volvía a repetirse un 23 de febrero.
La televisión muda. Los teléfonos ansiosos
y un silencio que crecía desde el pasillo.
Un silencio de últimos suspiros
y de confesiones nunca pronunciadas.
Una puerta se cerró de golpe.
Ahí,
justo al final del pasillo.
Y todos supimos que todo había terminado,
que ya no habría suspiros ni últimas palabras,
que habría que inundar de negro los armarios
y llenar de lágrimas los ojos de las visitas.
Ahora.
En ese momento.
Entonces.
Todo acabó en un instante.
Todo comenzó en aquel instante.
El instante del inicio del olvido.

Y entonces
la radio pareció de nuevo cobrar vida
en el ritmo nasal del discurso del Rey.
Y entonces
supe que todo había terminado.

El tiempo.
La espera.
Las esperanzas.

Hacía frío aquel inevitable mes de febrero.
Nunca, desde entonces, ha dejado de hacerlo.

4.
¿Es suficiente?

¿Acaso pueden ser suficientes unos versos
para recordarte,
unas palabras hilvanadas en la tarde?
Una tarde que no has conocido,
en un sofá del que no tienes noticia,
en un barrio que era solo campo y lodo
cuando aún tenías deseos de recordar.

¿Acaso son suficientes
estos versos para seguir inventándome una vida?

Me siento y escribo.
Me siento y te recuerdo,
intento inventarme imágenes de un ayer
que nunca llegaron a nada,
que, en realidad, nunca fueron tan íntimas
que merecieran la impresión de un recuerdo.

Cierro los ojos
y son las fotografías las que evoco.

¿Acaso es suficiente escribir,
escribirte a nuestros cincuenta años compartidos
para comenzar a recordarte,
para comenzar a darme cuenta de todo
lo que te he echado de menos durante este tiempo?

Suficiente.
Hoy es suficiente.

Hay recuerdos que son peores que las heridas.
Los recuerdos en silencio. Inexistentes.
Aquellos que nos inventamos a todas horas
para creernos que un día estuvimos vivos.

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