MELANCOLÍA vs RECOGIMIENTO/

Lutgardo García Díaz (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Otoño
El calor pasa aquí sin darme cuenta,
llega septiembre, así de tapadillo,
y el otoño se asoma, el sol se ausenta,
a los chopos las hojas sacan brillo,
la tristeza en el alma se acrecienta,
todo el campo se viste de amarillo.
Escasa el agua corre por el río,
lista la escarcha está para el estío.

Invierno
Y el frío llegará con el invierno
con la nieve acercándose a su cita,
año tras año, fiel, él se hará eterno,
¡ansiada primavera, seas bendita!
Tiempo habrá de escribir en el cuaderno
al brasero contándole su cuita.
Trance de hibernación del cuerpo y alma,
tras de la tempestad llega la calma.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Lutgardo García Díaz

Lutgardo García Díaz

Mi hijo pregunta por el cielo

Ya no habrá el dolor de nuestros huesos
maltrechos de vivir, de andar rodando
entre las escombreras de los días.
No tendremos la angustia de la duda
No tendremos temblor de cicatrices
ni la lluvia calando nuestras horas
cuando ladran los canes del insomnio.
No tendremos la angustia de la duda,
ni habremos de ensayar las despedidas
pues todo será encuentros y retornos
por los caminos lentos del desierto.
Me preguntas que cómo será el cielo,
si allí seremos niños,
o tendremos bastón y pelo blanco,
si habrá hamburguesas, globos y peceras…

Allí no tendrás miedo a las noches,
porque habrá sol – será siempre verano-,
y tendrás un balón, y esta piscina,
y tu mano en el hueco de mi mano.

El compás (Chano Lobato)

«Hay que llevar el mar metido en los bolsillos,
el Atlántico entero con soles concentrados,
con barcos que no saben si marchan o regresan
e historias de naufragios e islotes prodigiosos.
Hay que tener el alma con escamas,
con escamas de bailas y peces caleteros
y un son de caracolas cantándote al oído.
Hay que tener un sur en cada hueso,
y una pleamar de espuma entre los labios
y un vendaval que a veces se levante
conduciendo al rebaño de las olas
hasta ese malecón de las costillas.
Hay que llevar el mar dentro del nombre
para cantar así y tocar palmas,
y a la vez que una mano recorre el horizonte
—como la atardecida con su jarra de plata—
rociar las estrellas por el cielo de junio».

MARRURO

Y qué negros carbones lleva dentro este cante,
y cuántos velatorios de niños asfixiados
por la mordaza gris que aprieta en los mercurios,
cuántos trozos de pan con sopas de miseria,
y papeles de cartas perdidas, sin retorno,
sumergidas palabras en el pecho del mar,
cuántas noches en vela, cuántas toses de enfermos,
platos que no alimentan y mantas que no cubren…
Cada ay en descenso de esta triste canción
es igual a una azada que se clava en el tiempo.
Pues no hay más que verdad en la tragedia eterna
de este hombre que solo, con su voz rota dentro
del vientre de ballena que es la noche del mundo,
clama, como Jonás, clemencia al Dios sin nombre.

EL NÚMERO CUATRO

Es el número cuatro
– que al echarse las cartas daba suerte al Mairena,
porque así lo cantaba la feliz bulería-,
el número redondo de los sueños.
Por las claras mañanas de mi infancia,
veo venir a la abuela, empapada en el agua
de colonia de baño,
su vestido de puntos diminutos,
y sus gafas antiguas,
por un patio con tiestos de jazmines,
con el número cuatro en un boleto
donde estaban escritas todas las esperanzas
de no legarnos más que su cariño
y unos cuantos sabores,
“Y es el número cuatro” cantiñea mi padre
dentro del coche ahora,
mientras pacen inmóviles los bueyes
y el mar es un deseo que aguarda tras las dunas.
Y es mi madre que nace -en el cuarenta y cuatro-
en una casa humilde con puerta de cristales
mientras mi abuelo espera con su tabaco negro
y tazas de un brebaje que le sirven sus primas.
La tarde en que el paseo de la orilla del río
quiso venir a ser un film de Leo McCarey,
la muchacha lejana de los ojos de almendra
me miró como nunca lo había hecho nadie.
Era un día de abril, un día cuatro…
“ay el número cuatro”.

VOZ DE FRAGUA

a Cayetano Fernández González

Habita en tus arterias
una fragua latiendo con sus hierros, sus yunques,
sus brasas encendidas cuando el alba era niña.
Tu quejido está roto, rajado como caña,
porque rota está el alma y el tiempo de los tuyos.
A tu garganta acuden tus ancestros herreros.
Sagrados artesanos
que, según dice el mito, construyeron el mundo.
De noche van y vienen.
Cuando te quedas solo, a las dos de la noche,
llaman siempre a tu puerta; son los duendes del sueño
que te dicen que Juane está ciclando el fuelle
y sopla en tu recuerdo, y eres niño de nuevo.
Un martinete cantan, imperfecto y salvaje;
y es la única verdad, tú descalzo la escuchas…
Y una estrella de hierro, anaranjada y líquida,
asciende entre tenazas y te marca el camino.

Agujetas.

¿Quién conoce la edad que tenía Agujetas,
que la sigue teniendo, en los discos que giran
levantando un soplido de hollines milenarios?
Cristales triturados junto a piedras y ciscos
llevan el río imperfecto de la voz
cuando pasa, toda sucia y oscura,
por el desfiladero de los dientes de oro.
Es preciso que vengan muchos siglos
pujando en la laringe,
muchas olas oscuras llamando a los portales,
para hacer este cante que conecta
con el hombre que bruñe utensilios de bronce
o dibuja animales con pigmentos almagres.
Despiadado, salvaje, es este grito
hecho de huesos rotos y de hierbas amargas.
Si quieres escucharlo, habrás de guarecerte,
atarte como Ulises al mástil de la nave,
y evitar que te lleve la espiral de la voz
al agujero negro que deglute las horas
y las vuelve materia olvidada e inútil.
( La llave misteriosa).

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