QUIZÁS NO SEA QUIEN/

Iñaki Ezkerra (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Quizás no sea quién para decirte
que el mundo es un paraje de cuidado,
o es posible ya lo hayas comprobado
y quieras a ti mismo maldecirte.

Que hay gentes que desean poner puertas
y hay otros que quisieran plantar rosas,
o echar sus excrementos a las fosas
limpiando la hojarasca de hojas muertas.

No tengo yo el apósito o vendaje
tampoco nadie tiene una pomada
y nadie a mi al llegar me dijo nada
que hubiera que cuidar de este paisaje.

Ocurre entre el follaje y el desierto
iguales, sin embargo tan distintos,
los dos son del paisaje variopintos,
el uno con futuro y otro muerto.

Mas ya que estoy aquí, cuido mi huerto
al resto ¡que le zurzan, vayan dando!,
me siento a disfrutar. Voy navegando
llevando mis amarras a buen puerto.
©donaciano bueno

Comentario: Los hombres somos animales depredadores, matamos para comer, arrancamos vegetaciones para construir…etc…Todo sea por el progreso. Y la realidad es que de pronto viene un cataclismo y nos deshace lo que se ha hecho. Mi opinión es que debe mantenerse un equilibrio. Ni hacer caso a los agoreros del fin del mundo y tampoco abusar para saltarse las mínimas normas.
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Iñaki Ezkerra

Extrarradio

Has venido a perderte en este barrio
donde la luz y la ciudad se cansan
de tanto prolongarse. A cada paso
y a través de la goma
caliente de tus suelas
y palpas las fracturas y las llagas
de un suelo desahuciado
de muerte. Alguna lata está rodando.
Te detienes. Con una extraña prisa,
has visto algún camión –por la ribera-
latir bajo el bombeo de sus toldos.
Has venido a perderte. Muere el ronco
bramar de los motores. Se detiene
Alguna lata ahora. Es el momento
de cruzar a la muerte. Eres orilla.
Este mundo es la orilla de este mundo.
Por colinas de escombros
tu soledad asciende.
Las plantas de tus pies mantienen diálogos
con las piedras y los cascos de cerveza
que en el barro se clavan, duro y húmedo.
Hiere un balón en la tarde. En la explanada,
sucede la yerba a un legendario asfalto.
Unos autos de choque,
suena un disco,
la voz de un cantante ya pasado de moda…
Intentar la juventud
es ya de la vejez signo iniciático. Envejecen
los coches, las canciones…, mientras duran
las gárgolas, los bustos,
las logias y los templos, antiguos de antes
que nadie los soñara. Tú has venido
a perderte. De ti apartas los ojos.
Sin esperanza, crecen, venciendo al horizonte
de tu memoria muerta,
tulipanes endémicos.
Anochece. Tus suelas son dos hielos.
Has venido a perderte en este barrio.

Puente levadizo

Ya no se volverá a partir en dos
el puente como un lento y ordenado seísmo.
Ya no contemplaremos la rutinaria catástrofe
de naipes que era el paso de algún barco.
Tenía algo de rito colectivo,
bendición pontificia o funeral
aquella operación siempre imprevista
que se mentaba con una solemnidad
de natural apenas perceptible.
“Están abriendo el puente” se decía
dentro de un autobús o de algún taxi,
desde un balcón, una ventana, un bar
o una de las orillas de la ría.
Se decía con ese tono grave
a su pesar del prodigio asumido,
con espontaneidad y con fastidio acaso,
sin poesía alguna,
sin sospechar el poema que habitaban
los cientos de automóviles en fila,
los peatones junto a las barreras,
la ciudad detenida unos instantes
en el tiempo del mito
mientras en medio del paisaje estático
la chimenea o el mástil avanzaban
de una imposible Argos con graffitis
escritos por un pez: Líneas Pinillos.
Sólo algún tren, con discreción cumpliendo
su guardia horizontal y rutinaria
por una realidad puesta en peligro,
mostraba ante ese sueño su licencia
y seguía su ruta de hierro, inalterable,
bajo la maquinaria
secreta del hechizo.
“Están abriendo el puente”, farfullaban
un chófer, un transeúnte, un camarero
mientras secaba un vaso con consciencia
de que era aquél un contratiempo mágico.
Y desde los autobuses y los taxis
y desde las ventanas y desde los balcones
y desde los bares
y desde las barandas
todos los transeúntes y los chóferes
y los ejecutivos y los niños,
en silencio, con resignación leve,
con aquella familiaridad
solemne, casi con recogimiento,
padecían la fantástica visita
de ese Abaddón benigno e industrioso.
Y así, tan cerca como el pavimento
oblicuo y las aceras verticales,
nadaba en la metrópoli el mercante,
sentíamos quizá poder tocar
al fantasmal pasaje, tan atónitos
los unos y los otros por esa proximidad
desconcertante y breve.
Y así, como un cajón de autómatas
que acciona una moneda, recobraba
de pronto la ciudad su movimiento,
las hileras de coches, la afanosa multitud,
pisando con rencor esas alas de asfalto
que ya se hallan selladas para siempre;
la realidad pisando igual que lo hacen hoy
exactamente, como si el milagro pudiera acabar aún de repetirse.

LOS POEMAS DE EL VIGILANTE

EL VIGILANTE I

Quizá el alcohol
o la onírica lógica de la madrugada,
la oscuridad maligna de aquel pub mitológico
que todos frecuentábamos,
la neurosis que allí imponía el jazz.
No sé quién o qué le otorgaría ese papel
de obsceno Vigilante presto a fiscalizar
los besos, las caricias, las sonrisa alelada
que ella me dedicaba o le dedicaba yo,
las miradas de entrega que ambos nos dirigíamos,
y las que planeábamos
o sólo recordábamos
e incluso aquellas otras que ambos nos conteníamos,
aquella ilusión limpia que él envilecía
con levantar su acta notarial en la sombra.

No sé quién le nombró El Vigilante ni qué.
Quizá los focos del local, que abolían
toda neutralidad en la mirada,
todo espacio entre los cuerpos,
para sustituirlo por auras de culpa, celos, fiebre,
dolor esencial e infierno humano,
como un lienzo de Munch.
Quizá la reverencia rencorosa y cínica
de alguno de aquellos camareros espectrales.
Quizá mi propia edad e inexperiencia.
O que ciertamente era un viejo y fiel amigo
de ella y de su cónyuge ausente.

EL VIGILANTE II

Desafiar al Vigilante me estimulaba, lo confieso.
Mirar a su protegida con una ternura súbita
que a él le debía de parecer intolerable,
proponerle bailar, llevarla por las zonas
más sombrías de aquel antro decadente
donde en otras noches reinaba otro orden
para que él nos siguiera con sus pupilas afiebradas,
sus trajes exiliados de una boda conclusa,
tropezando con las parejas y con los camareros
como el detective que intenta entre la multitud
detener el inminente asesinato.

Qué terrores, qué culpas enterradas
de la infancia, qué delitos mitológicos,
qué inconfesos pecados lograba endilgarme
la sola mirada de escándalo
y de horror y de vergüenza
de aquel tipo entrañable.
Miraba a nuestra historia de amor El Vigilante
como a un incesto, como se mira a una escena
de necrofagia o estupro. Miraba de tal modo
a los catorce años que su amiga me llevaba
que no sé cómo ella misma no se dio por ofendida
en lugar de solicitar su complicidad y su silencio
para la aberración de sucumbir a mis brazos.

Nunca llegué a saber si la vigilaba a ella
o a mí. Y en esas ambigüedades
siniestras residían sus poderes difusos,
su papel de extravagante chambelán de una corte
que resplandecía sólo en la madrugada negra
y se esfumaba en la luz tibia e inaugural;
que elevaba a mi amante a la categoría
de majestad de los neones y tugurios
y a la vez la humillaba condenando su exceso.

Retarle me estimulaba, sí, pero en el luego
venían de golpe todos los remordimientos juntos.
Yo no sé con qué edipos y electras ya luchábamos
en la azulada hora de escapar en los taxis.
Leopoldina, el edén y la insania de sus besos,
las maldiciones, las leyes,
los tabús que ambos habíamos
quebrantado de toda la civilización
se cernían en la pesadilla ebria
y en la realidad aflorando como una gran resaca.
¡Pero Dios mío, qué he hecho! ¡Qué es lo que he
[hecho!
¿Podrá alguna vez El Vigilante perdonarme?

EL VIGILANTE III

A veces El Vigilante me daba lecciones
de cómo debía tratar a Leopoldina.
No haberla conocido, como él, a sus veinte años
era ya una irrefutable demostración
de inmadurez y de que no la merecía.

Todo lo que no sabía de ella
era una prueba contra mí,
torpeza y signo de mi gran inexperiencia,
algo de lo que yo era responsable
y debía arrepentirme.
Todo el amor y la ilusión y el ansia
que en mí aquel solo nombre convocaban
podrían ser utilizados en mi contra
como les ocurría en las películas
a los detenidos del FBI.
Y mientras mi sentencia se iba dibujando
en gruesos expedientes con rigor vedados
a mi mirada ingenua y limpia
yo babeaba esas sílabas borracho por los bares,
las calles recién regadas, los garitos.
Leopoldina: el nombre que se enredaba
con los hierros de las puertas modernistas
y la piedra ondulada, blanda, orgánica
de La Pedrera y del Parque Güell.

¡Sería hijo de puta El Vigilante,
que llamaba inmadurez a no haberla
conocido a su edad!

EL VIGILANTE IV

A veces El Vigilante me daba bola
y se concedía un descanso
en su papel de amigo fiel del marido,
de confidente que conocía sus debilidades de ella
y tenía que protegerla de sí misma,
hacer de socorrista incondicional,
de guardaespaldas,
de Primer Ministro de su majestad la Reina
por una suerte de juramento que sólo él se había
[impuesto.

A veces actuaba ante una mirada mía lánguida,
ante una confidencia
bochornosa a la que yo me atrevía
como si me la perdonara por esa vez
y no me lo apuntara en si libreta,
como dando a entender
con una chusca complicidad masculina
que no coincidía con su estilo afeminado y sectario
que aquellos besos corrían de su cuenta.

Y esa permisividad para conmigo,
sin duda interesada, denotaba la falta
de categoría humana y de razón de El Vigilante,
su abyección,
su capacidad para dejarse sobornar,
que lo atormentaba y de la que se vengaba en mí,
sus mala conciencia que afloraba
en su virulencia repentina y alcohólica.

Yo era más joven que El Vigilante.
Me llevaba diez años.
Diez años más que su mirada fiebrada de borracho
[eterno,
de centinela que se duerme.
A veces a El vigilante había que llevarle a su casa
en un taxi.
Y entonces nos quedábamos solos
y empezaba la angustia.

EL VIGILANTE V

Habían pasado quince años desde aquello
y El Vigilante ya sólo era un hombre acabado,
la sombra de lo que creyó ser.
Lo vi bajo los focos ambarinos
e igualmente demoníacos de otro decadente bar
diferente de aquel del que lo habían desahuciado
por dictamen del tiempo y de los mitos.

Encontré a El vigilante, gordo, hinchado, calvo,
desesperado en su orgía de letras de salsa repetidas,
de vasos de tubo con un vaho recalentado
y con un prologado culín de tedioso whisky
en el que se reflejaba su cansancio, su hastío,
su inquina hacia el mundo y las vidas de los otros,
la alopecia o una sonrisa rencorosa y fea.

Dos palabras, su modo de apoyarse en la barra,
sirvieron para darme noticia de su exilio,
de que había perdido el favor de Leopoldina
como un cortesano desgraciado
perdiera la protección de su emperatriz.
Estaba acabado, sí, pero en sus ruinas
El Vigilante seguía retorciéndose y odiando
mi respiración o mi modo de nombrarla
como odiara años antes
la turbación, el ansia, la arrogancia jóvenes
o la dicha inexperta con las que yo la amé.

De nuevo noté el rencor de El vigilante,
su afán de recuperar aquel infame dominio
que tuvo sobre mí o mi situación precaria.
De nuevo noté su improcedente rabia
y su babosidad
en el aliento como en la voz que me acercó al oído,
orquestadas por un agua de cisterna
en unos urinarios
–“¿Sigues enamorado de Leopoldina?”–
mientras meábamos juntos.

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