VEINTIDÓS DE SEPTIEMBRE

Mi Poeta sugerido: »Giselle Lucía Navarro

EL POEMA… de medio pelo Otros poemas de NATURALEZA

 

Veintidós de septiembre. Otoño asoma.
La fiesta la vendimia quedó atrás,
los días por la noche duran más,
el sol se ocultará tras de la loma
y pronto a la cigüeña la verás.

Se llenan las bodegas con el mosto
a espera que fermente y se haga vino.
Se muere algún paisano. Que es su sino.
Final de ese trayecto tan angosto
repleto de misterio y numantino.

La ristra de los chopos a la vera
del río, va silbando sin cesar,
no quieren o no pueden ocultar
que añoran del lucir la primavera
echándole a sus hojas a volar.

Y afloran los recuerdos, la morriña,
al ver tan triste y mustia la campiña.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Giselle Lucía Navarro

Giselle Lucía Navarro

Pre(dicciones) de una mujer sabia en vísperas de la tragedia

De mis ojos la humedad
parece no los conmueve.
Sólo la turba se atreve
a profanar la heredad.
Soy Hipatia, no hay verdad
oculta en Alejandría,
sobre mí va la homilía
del fanatismo y su extremo.
Padezco, tal vez me quemo,
entre golpe y letanía.

He soñado el vasallaje,
la devoción, el abuso…
Me he asegurado del uso
de todo falso homenaje.
Extienden feroz oleaje
sobre la carne desnuda.
He caído, a veces muda
ante la teja y su azote,
mis pedazos van al trote
de la sierpe. Tal vez cruda,
mi palabra, sobreviva
el dolor de otros incendios.
Tal vez no haya vilipendios
que me cubran, la explosiva
multitud pronto describa
su pecado y abandono.
Paciente soy, vuelvo al trono
que los sabios me reservan,
aún mis manos conservan
el calor.
Yo les perdono.
(De Laberintos de la cólera, 2013)

CONFESIONES DE SAFO TRAS UN DELIRIO A LA LOCURA

Es cierto, a veces el silencio
se vuelve un castigo insoportable,
y la agonía de estas manos vacías
el único consuelo para trenzar
las cuerdas de arpas rotas.

La noche me devuelve soledades,
telas manchadas de odio y distancia
para atarme de manos y pies.
Me creí culpable, sofocada en el polvo
de templos sombríos,
rodeada de fantasmas extraviados
que intentaban cosechar flores rojas
con semillas azules.
Una y otra vez me negué al grito,
lucí un chaleco de desmembradas ilusiones,
hasta que probé, buche a buche,
el vino de los dioses, aquellos que se veneran
al filo de la vida para que no tropiecen
ante sus propios pedestales.

No fui más esclava de palabras inventadas
ni enumeré las flechas
del pecado y la virtud.
Nada provocó la huida
de esta máscara que habito,
sólo en mi cuerpo se quebraron los miedos,
la sombra muda
ante el espejo de mis propios ojos.
En mis labios estalló la guerra del verbo,
y yo, Safo, mujer de oscuras nostalgias,
comprendí que mis dioses
siempre tuvieron la razón y que a veces,
el silencio se vuelve un castigo insoportable.
(De Credos del agua y la noche, 2013)

ENTERRAR LA CASA

Mi vecino entierra su casa
como quien esconde un pan sagrado.
Su casa está tan vacía
que ni siquiera la soledad puede malograrla,
por eso compra la esperanza en forma de boletos,
por eso siembra nomeolvides en el techo
y se marcha,
como si al marcharse algo comenzara a sanar,
como si la memoria
fuese una flor silvestre que acaba de cortar.

Mi vecino entierra su casa
y aprieta el suelo con temor al milagro.
La casa como un muerto muy pesado.
Sus muertos como toda la conciencia.
La conciencia como un órgano.

Como un órgano que debe extirparse
mi vecino entierra a su familia.
Detrás de cada puerta y ventana
que devoran la humedad de la tierra
quedan sus raíces.

Un hombre que fuerza el ciclo de las cosas,
un hombre que renuncia, que huye, que oculta,
nunca llega a su destino a salvo,
se va quedando sembrado en cada grano rojizo del asfalto.
El asfalto, como el peso y el calor que surge
cuando entierras a un muerto.
(De Sombras bajo la piedra, 2014)

LECCIÓN DE ANATOMÍA

He comprendido que la libertad no existe
y no hay camino sin tropiezo,
tronco sin árbol,
mente sin cuerpo,
y la vida no vale nada si no existe la muerte,
que esta diminuta bala le da sentido a mi existencia.

He comprendido que la libertad no existe
en este cuerpo cocido al aire que penetra en sus pulmones,
estos glóbulos rojos que se agrupan
y el sentimiento latiendo en todo lo posible.

He aprendido que un hombre que depende de su cuerpo
no puede ser una criatura libre.

OTRA VEZ EN EL PRINCIPIO

En el Malecón

Alguien supo que las aguas no serían mansas
y el muro difícil de olvidar.
Ningún golpe de suerte lo desterraría.
Las piedras de las otras orillas son inciertas
como los rostros de las barcas que se asoman a la costa
como los planes de los ojos que se van sin mirar a atrás.

Alguien supo que la noche estaría fría
debajo de las estrellas de esta incertidumbre
la maldita incertidumbre que no avanza ni retrocede
solo permanece
permanece como las rocas del muro
el aire que sostiene a los aviones
o la distancia embalsamada en los ojos de aquellos que nunca la han visto.
Cualquier espacio sería necesario
cualquier orilla la adecuada.

Sobre los muros bajitos nunca hay espacio libre.
Todos saben que la noche es fría
y deben cuidarse de las aguas indóciles
por eso están esparcidos sobre el muro.

Hay música
ojos
bocas
idiomas
y preguntas.
El muro es lo suficientemente grande
para cubrir la orilla y protegernos de todo
pero aquel que se sienta en el muro
solo ve la distancia.

RESURRECCIÓN DEL GLADIADOR INOCENTE

Redondo sol encarnado
va cayendo al mar profundo
y parece un moribundo
gladiador ensangrentado.
Jesús Orta Ruiz.

Fuego indócil que adultera
sobre Roma el mar febril,
Coliseo donde vil
otra bestia vocifera.
Han quemado la bandera
con espadas de pecado,
la furia decide el hado
entre volcanes de gloria.
La sangre escurre en la noria
redondo sol encarnado.

No hay condena en la vigilia
que alucine en su trofeo,
la noche seduce al reo,
doblega el yugo, concilia.
Entre profetas se exilia
al nirvana de otro mundo
por el desquite rotundo
que desata un laberinto.
El siervo muerde el instinto,
va cayendo al mar profundo.

Otro cuerpo en cautiverio
con enredo desahoga,
finge en la plebe, le boga
a su ritual improperio.
¿Quién desnuda en el imperio
la cruz, el himno fecundo?
El trance –cual nauseabundo
dictamen del derrotero–,
pronto embiste al prisionero
y parece un moribundo.

El pugilato es la herrumbre
de los culpables en pos,
azar rajado entre dos
convites de servidumbre.
Nadie divague en la cumbre
cuando la hoguera ha cuajado.

Soy el grito en desenfado,
complicidad que desmiente,
resucito al inocente
gladiador ensangrentado.

PIROPOS

Una palabra en la distancia me golpeó de pronto.
Una palabra y un silencio que se borró a sí mismo
en el significado obsceno de la conjugación de un verbo.

La mujer contiene su ira contra el lenguaje,
y se coloca los audífonos para no sentir nada,
para habitar en los espacios del sonido,
la tranquilidad paralela del sonido,
ajena a los disparates de su raza.
Limpia de la lujuria de las calles,
dentro de sí misma.
Protegida de todo y todos,
sin perfumes, ropas y sonrisas,
inocente, libre, todavía niña,
sin curvas o edades,
sin sexo.

RUPTURA II

He visto partir a un hombre hacia el olvido.
Mi edad conoce la soledad
pero no le pone nombre.
Ya no existe quien me asombre
y pueda prestarme el miedo.
Ya no habrán culpas o enredo
que me impulse hacia otra cumbre.
Vivir será una costumbre
para alimentar mi credo.

Un hombre de lejos fluye
entre promesas y vientos,
se inventa los movimientos del azar
y me construye un mar,
porque se destruye la pared de nuestra casa.

Un hombre así
a veces caza mi inocencia con su anzuelo,
pero no me quito el velo,
su deseo no me abraza.
Sin casa,
pero sin barcos,
sin fusiles,
sin trofeos,
con los vientos,
mis museos
y la humedad de mis arcos,
contemplo los desembarcos del destino.

En esta tierra
no hay nada oculto.
Destierra la quietud de nuestras redes hacia el mar.
Caen paredes.
No hay quién declare la guerra.

Una guitarra se oxida
en el fondo del derrumbe
que un poema, por costumbre,
a veces salva o suicida.

El tiempo es la sobrevida:
ya se vencen los abrazos,
ya nada amarra los lazos de nuestra mesa,
ni existe la necesidad.
Resiste solo el calor de los plazos.

No te arrepientas.
No es mucho lo que pierdes.
Lo que gano
me regala un meridiano de sorpresas.
No serrucho tu imagen,
pero no escucho
ni tu voz ni tu silencio.
Hallo una ruta.
Potencio la sonrisa en mi mejilla.
No me duele tu costilla.
Te olvida mi voz.

(Sentencio mi decisión,
este aprisco.)

Mi lengua siempre en su llama. Mi equilibrio.
Lo que inflama este terrible mordisco
es la traición,
su obelisco esparciendo un gran veneno.

Regreso al mar.
En su seno se reparte mi cordura.
Borro quejas,
amargura,
todo aquello que no es bueno.

Beso la espuma.
Regresas.
Estás triste.
Estás alegre.
Cada palabra que integre tu discurso
son promesas sobre el viento,
si atraviesas lo ingenuo,
la sal…
El lado más temible del pecado.
Tu sendero ya no avanza
y mi juventud se cansa
de crecer a tu costado.

No le temo a lo que inmola,
al frío,
a este desapego.
Le he puesto un bozal al ego
para evitar su gran ola.
No le temo al mundo.
Sola me enfrento siempre al camino.
No me quejo,
no adivino,
recorro cada horizonte,
soy la que viene del monte
y en cada esquina germino.
Mi cuerpo/ciudad/madera
siempre admite otro recorte.

Los pájaros van al norte
pero existe una frontera
desafiando las banderas
que estremecen con sus alas.

Yo no salto.
No hallo galas que compensen el naufragio.
Tampoco escondo el presagio.
Tampoco guardo mis balas.

Fue eterna la despedida.
tras mi maleta hubo un astro.
¿Será el tiempo solo un rastro que me duele en la partida?

Tu silencio me convida a desmembrar lo vivido
pero siento que he mordido un trozo de pan sagrado.
Hoy siento que algo ha cambiado.
Siento que he matado un nido,
pero un árbol me cosecha.
Entre el desierto y la ortiga
soy tan solo alguna hormiga analfabeta.

No hay fecha
para esta mujer desecha
que me grita en el reflejo.
Recapacito.
Algo dejo tatuado en ti.
Algo abandono,
pero todo lo perdono:
nada ensucia el nuevo espejo.

Alzo mi casa.
El peligro puede estar siempre en su puerta
No hago un puente.
Estoy alerta de las costras.
No denigro ese equilibrio.
No emigro ni dibujo otros aviones.
Mi cuerpo tiene razones para incendiar lo que arrasa.
Mi cuerpo, como mi casa, resiste a mucho ciclones.

Los barcos, la casa, el mar
se escriben en mi cabeza con paciencia.
Algo me empieza a germinar por azar.
Mi soledad
ve zarpar el recuerdo y sus cerrojos.
Nos separan estos rojos disparos de fe.
Maduro.
La distancia es ese un muro
que alguien siembra ante mis ojos.

*Premio Guillermo Cabrera Álvarez a Autor Joven, que otorga el periódico Juventud Rebelde, en el Festival Ala Décima 2020

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