NADIE SABRÁ DE MI/

Demetrio Herrera Sevillano (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Nadie sabrá de mi, de mi existencia,
si tuve o si no tuve desengaños,
si anduve enmarañado en la impaciencia,
si alguna vez a dios pedí clemencia
si tuve que acudir a los apaños.

Nadie sabrá de mí, de mis amores,
nadie sabrá de mí, de mis deseos,
nadie sabrá de mí, de mis temores,
las veces que sufrí de sinsabores
los ratos que pasé en mis devaneos.

Nadie sabrá qué fue de mis anhelos
las ansias por volar hacia otros lares,
los sueños que quedaron por los suelos,
mis dudas, mis lamentos, mis recelos,
y miedos que anduvieron a millares.

Nadie sabrá de mi, de mis miserias,
mis risas, mis sonrojos y mis llantos
la pena por ser mono en tantas ferias,
sintiendo cual se sienten las bacterias,
penando, mausoleo en camposantos.

Mi lucha. mis esfuerzos denodados,
tan tristes los momentos que viví,
y tuve a mi cerebro con candados.
Y aun hoy que los tengo ya oxidados
que nadie, nunca ya sabrán de mí.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Demetrio Herrera Sevillano

Demetrio Herrera Sevillano

Nocturno de las Calles

En la rodilla de un poste
–rubí que luce la noche–
el foco sobresaltado
de una cajilla de alarma.

Los faroles eléctricos
–candelabros ante el muerto
de la calle–
echan sus brazos de luz
en las espaldas sedosas,
del silencio.

Están las casas pensando.
Y el cielo –mesa de Dios–
viste su carpeta bruma.

Traigo la mirada: grave
me va observando la sombra.
Entre la sombra hay un bulto:
algún fantasma en la sombra.

Abro el compás de mis piernas
y marco un punto
2
3…
y marco miles de puntos.

La soledad ha dormido
a la ciudad en sus brazos.

Sólo mi existencia sigue:
la lleva el sueño a empellones
hacia sus paredes 4.

Del libro: Kodak. 1937.

Jacinto, El Carpintero

Para Domingo H. Turner
“Dejad que surja el verso despeinado y sonoro”
Geenzier

La tarde está cabizbaja.
El viento, que tanto viaja,
a reposar se detiene.
Unos por la acera van,
otros por la acera vienen.

Entre tan simple ajetreo,
tan cuotidiana revuelta,
va Jacinto, el carpintero,
que de su labor regresa.
Le pesa la hora del ángelus
y su cansancio le pesa.

Sucio y mostrando en la faz
del sol furioso castigo,
va, pues, Jacinto Tejada,
sudoroso, pensativo,
cuando al momento se pára.

Es una linda muñeca
lo que su atención le roba.
Cautiva en una vidriera,
nota que libre quisiera
verse de prisión traidora;
que una sonrisa le envía,
que en la sonrisa le implora.

Horrible araña que tiembla,
la mano ruda y callosa
hundió el obrero en el hondo
bolsillo del pantalón.
Quiere librar la princesa…
Quiere despertar la quieta
hija de su corazón

“Aislada en el cuarto oscuro
donde le echó la pobreza,
ya no vivirá llorando,
ya no extrañará mi ausencia;
pues de consuelo y de amiga
le servirá la muñeca”.

(Esto susurró al oído
de su corazón, Tejada).
Y, veraz, cual si temiera
que de la vitrina huyera
tan codiciado juguete,
tan sonreída ilusión,
ágil, celoso, ipso facto,
sumó sonriendo el intacto
producto de su labor.

(El pobre tiene la dicha
de soñar;
como también la desdicha
de no poder realizar
lo que venturoso sueña).

Bullicioso ejemplo es
en este caso, Jacinto.
Que no quedaba, oh sorpresa!.
del devengado salario
para llevar la muñeca.

Duriglacial desengaño
que hasta la roca entristece.
Y cual aquel que de algo
que no creyó, se convence,
movió y, moviendo, siguió
su atormentada cabeza.
Era un vaivén demorado.
Era el péndulo cansado
del reloj de la tristeza.

Cuántas veces oyó hablar
Jacinto a sus compañeros
de la injusta explotación
de que es víctima el obrero!…
Pero, sumiso, inseguro,
apenas si darle pudo
tibio valor callejero.

Apreciación indolente
que falleció aquella tarde.
Pensó en su inmensa labor
y en la remuneración
conque quisieron mimarle.
¡Ni para la baratica
muñeca supo alcanzarle!

En tal escena, oportuna
y de aflicción inaudita,
miró el obrero –¡por fin!–
la desmelenada y ruin
cabeza de la injusticia.
Era un ciego que, de pronto,
ante un axioma precioso
recuperaba la vista.

Continuó andando Jacinto
bajo la noche, que ya,
a recorrer la ciudad,
como acostumbra empezaba.

Iba sumido en la más
apocadora tibieza.
Iba pensando que nada
de su dinero restaba
con qué adquirir la muñeca.

¡Pobre obrero, carpintero!
Mil veces le vi parar,
tornar los ojos, mil veces…

Todas sus miradas eran
hacia la hermosa vidriera
donde quedaba el juguete.
Del libro: La Canción del Pueblo. 1939.

Letania de las Calles

Para el licenciado don Angel L. Casís,
que también siente.

Conozco las calles. Las calles conocen
también mi infortunio, mi ensueño, mi voz.
Las calles son largas mujeres tendidas
que el hombre a martirio tenaz condenó.

Sujetas, prendidas por brazos terribles,
las hieren los coches, las tuesta el calor.
Las calles no logran quitarse la ruda,
la ruda y sañuda, lanzada del sol.

Tacones… Tacones… Con dura inclemencia
golpeando su alma, gozosos se ven.
No tienen quien cure su trágica herida,
quien borre su angustia, quien salve su ser.

A veces enroscan su cuerpo de piedra.
Ocultan, a veces, su pecho viril.
Las matan los golpes –gritón sonsonete–
que el mundo, perverso, las suele inferir.

En noches profundas las hallo rendidas;
las deja, cansado, el ruido voraz.
Las calles parecen, dormidas, los muertos,…
los muertos de alguna contienda brutal.

Quien sabe qué sueñan entonces las calles!
Quien sabe qué cosas sus sueños dirán!
(Tan solo pedazos hacer las cadenas,
aquel que las sufre, precisa soñar).

La bala: chispazo, corcel invisible
que corre la Muerte, que silba al correr,
su rostro empurpura con sangre del uno,
con sangre del otro, con sangre de aquel.

Oh calles cautivas!… Si al menos pudieran
gritar sus pesares, decir lo que ven!
Caifás pisa ufano su cuello deforme
y Judas las tiene de hogar y cuartel.

Anónimo errante, me acogen las calles!
Las calles conocen mi paso, mi voz.
Las calles me quieren, porque, como ellas,
sufro sin que a nadie le interese yo.

Valientes, soportan serenas el yugo;
indóciles, rugen atroz gravedad.
Yo veo en las calles el noble, ¡el magnífico
afán de pararse, de hablar y luchar!

Oh calles amigas!… Cadáver la fiebre
feroz de libraros, la pena es en mí.
Atadas, tiradas al suelo, ultrajadas,
oh calles amigas!, tenéis que vivir.

Yo sí, Yo sí puedo!… Que lúgubres miro
mi estrella soñada, mi sol, mi ideal?…
Poderosas alas, seguiré a la cima;
persistencia cruda, lograré llegar.

Mas no la victoria, la meta, la gloria,
hermanas en cuita, me envanecerán.
Que desde mi cielo,… ¡que desde mi cumbre!
como de costumbre, con vosotras, calles,
oh calles cautivas!, vendré a platicar.
Del libro: La Canción del Pueblo. 1939.

Calidonia

Los automóviles gritan.
El tranvía pide permiso
y el viento me cae encima
atropellado por los autobuses.

Súbito, ¡zas!,
un jamaicano salta,
del brazo de la vía,
al heroico pescante de una chiva
que se come -¡golosa!- la distancia.

La calle respira por sus callejones.
y
-carbón de mangle en bruto-,
en soso monorritmo,
las sólidas cabezas.

-What are you doing, my brother?
-Nothing, nothing.

Por aquí a las cantinas
pariéronlas juntitas
como a las hermanas Dionne,
y hay un hedor travieso
que insiste en molestarme.

Negros. Más negros. Más negros.
-What are you doing, my brother?
-Nothing, nothing.

Terquedad de las casas
en atajar la calle,
que intenta liberarse
-¡delicioso!-
del trato siempre injusto
que danle los vehículos.

¡Calidonia!
Algunos cruzan corriendo…
Las chivas se persiguen
y ríos abigarrados de gente que va y viene
inunda las aceras.

En el ombligo férvido
el policía del tránsito
abofetea el ambiente.

Infancia

¡Este chiquillo inquieto…! Gira que gira.Péndola.
Chorro entregado al vicio de la nerviosidad.
A conquistarlo, mudo, en las auroras viene
Eolo, su compinche, para vagabundear.

Velada su pupila, como el remedio amargo,
a la lectura -néctar- desazonado ve.
Encolerizo a veces; mas la memoria surge
de mi niñez entonces a intervenir per él.

¡Este chiquillo inquieto…! Atónito, inseguro,
sus suaves impresiones intenta relatar.
Simula, de pie, un tallo, renuevo que palpita
corriendo, la bandera de la felicidad.

Me turba, me enloque (¡girándula rabiosa!);
pero, dichoso, cuenta con mi satisfacción.
¡Este chiquillo inquieto…! Sus travesuras matan,
y al repudiarlo siento, que me repudio yo.

Sabatina

Sábados de la ciudad
en las noches. Las cantinas,
la ciudad.
Todo lo incendian los hombres
que trabajan en la Zona
del Canal.

Los billetes de a 10 dólares;
las reyertas embriagadas;
el zigzag…
Y los hogares ayunos;
pues que muchos derritieron
sus dineros,
en el bar.

Son las cantinas aprieto
de jauría que saloma.

Qué distinto el canto ése!
No se parece al que entona
allá en la sierra el labriego
que va subiendo la loma.

Sábados de la ciudad,
bullangueros! Las cantinas,
Panamá.
Todo lo incendian los hombres;…

esos hombres que vinieron
a la Zona
del Canal.
Del libro: La Canción del Pueblo. 1939.

Cuartos

Zonzos
de calor y noche,
pasan cuartos
Cuartos…
Cuartos…
Cuartos de la gente pobre
con sus chiquillos descalzos.
Cuartos donde no entra el sol,
que el sol es aristocrático.

Mujeres semidesnudas
están lavando en el patio,
y pregonando los fogones
un silencio
cuadrilátero.
Cuartos donde necia da
la tos, funeral silbato.
Cuartos con sus caras mustias,
con su exposición de harapos.

La enferma se asoma y llama…,
la enferma se asoma y llama
al viento, que no hace caso.
Aprieta el zaguán oscuro.
Abofetea el tinaco.

y
zonzos,
de calor y noche,
pasan cuartos.
Cuartos…
Cuartos…
Cuartos de la gente pobre
con sus chiquillos descalzos.
Cuartos donde no entra el sol,
que el sol es aristocrático.

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