NO TE FÍES DE LAS APARIENCIAS

Poeta sugerido: Guillermo Carnero

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Supuse que aquel cura no era tal
el día en que me quiso meter mano,
decía que el amor no era malsano
y quiso convencerme el carcamal
que así era un buen cristiano.

Tenía ese buen hombre la apariencia
de aquellos que reparten los perdones,
que suelen absolver a las pasiones
dejando muy tranquila a la conciencia
igual que a corazones.

Las gentes del entorno susurraban
a veces resignadas con gracejo
aquellas malas artes del pendejo.
Mas todos no saberlo simulaban
frunciendo el entrecejo.

Perdone don Gregorio si el recuerdo
me acerca el episodio a la memoria,
así que quede lejos ya en la historia
que fue de un niño ingenuo y hombre hoy cuerdo,
de Dios quizás, su escoria.
©donaciano bueno

Y a ellos quién les perdona? Clic para tuitear

Don Gregorio fue un elogiado sacerdote que, según se comentaba, solía sobrepasarse con algunos de mis compañeros de infancia. Yo sospeché que alguna vez quiso insinuarse conmigo aunque, en honor a la verdad, nunca estuve seguro. 

POETA SUGERIDO: Guillermo Carnero

Guillermo Carnero

Breve conversación con Dios

Alguno que otro día
me amanece el deseo de invitarte un café,
de abrazarme a la certeza
con la que me nombraste para siempre.
Quiero escuchar como respira en vos el universo
y descubrirme en el milagro sin edad de tus pupilas.

Días en los que necesito darte gracias
por lo que me concediste infinito,
por la posibilidad de hacer y re-inventar
cada trozo de vida a mi propia semejanza o a la tuya,
Por la angustia y la fe en lo que anhelo,
por la alegría simple de los frutos.

Vos sabes que este amor mío renegó tanto de nombrarte.
Se ufanó de sí mismo,
evadiendo el diálogo cara a cara,
refugiándose en tu sustancia,
cumpliéndote en los principios
pero sin la humildad serena de aceptarte.

¿De qué he huido?
Si todo rumbo me devolvió tu aliento;
si toda libertad sin vos siempre fue cárcel.
Aquí estoy otra vez,
como emergiendo del útero materno:
confiándote mi vida,
abandonándome a tu ímpetu
despertando a tu amor
fundiéndome en tu nombre.

Amanecer en Burgos

Las Huelgas

En el silencio de los claustros reposa
la luz encadenada por la epifanía del tiempo.
Florece la altísima tumba
en blancos capullos de escarcha. Un ámbito
de otro oculto transcurre, sólo por unas losas
que oscuramente resuenan, incubando
el crescendo angustioso de la proclamación de la muerte.
Fidelidad no ensayada a la hora de vivir,
permanece cada corazón bajo el delicado sudario
que nada oprime. Sobre las piedras se abre
una fontana de musgo. Porque quizá
temiéramos vivir, en la sombra germina
la floración de la carne muerta. Andrajos y oro
el esplendor revelan de los cuerpos antiguos.
Entre imágenes de lejana belleza, piadosamente se oculta
la carne muerta. Y así es hermoso
discurrir fugazmente entre la eternidad de la vida, engarzada
por la geométrica perfección de los albos sepulcros,
como quien nada escucha, puesto que ni seremos
llamados a los turbios festejos de la muerte
ni el amor y el deseo corruptos, y el impalpable polvo de los besos
alteran, en la madrugada tibia que turba el aire,
el armonioso vuelo de la piedra, elevado
en muda catarata de dolor.

Muerte en Venecia

Detlev Spinell, son aquí debajo
de la muerte.
La sangre de la noche
por el parque, las alas de la noche
por el agua del parque, hasta la sangre
los ojos submarinos, las palomas,
el negro viento de su pelo, el agua
por el kiosko, por las porcelanas
azules, por los álamos, la orilla
de la noche, los mimbres destejidos
de la noche.
Debajo de su nombre,
del borroso marchamo, demasiada
fue su belleza por entre las barbas
de los antepasados, los blasones
y el yeso colorado de los culos
de los ángeles.
Mira: no es el pájaro
debatiendo su herida en el teclado
ni es la cuerda que gime ni el antiguo
sonido de su nombre, ni los tilos
ni el sol sobre la nieve.
Aquí debajo,
Detlev Spinell, de la muerte, al fondo
de las playas que rozan las palomas
de sus dedos, debajo de la muerte,
ya has olvidado el nombre de los bancos
de madera, la grava del camino,
las sombrillas de seda, los rugidos
de un presentido mar, mira la horrible
presencia de las cosas, los zarpazos
del sol, rugen las flores, se despliegan
los dientes de la noche, arriba sombra,
el martillo del mar, amor, oh noche
debajo de la muerte!
Se ha rizado
muy tenuemente el mar, o era su pelo,
se levanta cantando entre el tiznado
desnudo de los árboles, o el viento
ya quebrantado de su pelo, ola
por el monte lluvioso, hacia los viejos
sonidos de la vida, su lejana
adolescencia…
No, ni en el piano
ni en su muerto cabello, no, debajo
de la muerte renace, ni en las fotos
amarillas, debajo de la muerte,
en la ola de hoy se ha creado
su pasada belleza.
Ahora recoge
tu viejo libro… Pola, la sirena,
il vaporetto, las palomas grises
su belleza la ola pronto el viejo
maletín, hacia el puerto, hacia Venecia,
hacia ninguna parte.
El afilado
grito desde la nieve, desde el hueco
bramido de la noche los zapatos
de viaje deprisa allí la muerte
la arena, aquel sonido como el largo
vuelo de las gaviotas, allí tienes
Detlev Spinell deprisa la capa
de viaje tu muerte pronto, tienes
que llegar
el sombrero de los músicos
la pasarela, el Lido, las palomas,
und bon jour, euer Exzellenz!
la ola
ya está muy lejos, Venecia, tu muerte,
Detlev Spinell, has sentido el largo
sonido anticipado, ve, tu muerte,
rescata la belleza de su inútil
adolescencia.
Una vez más el silencioso resbalar de la góndola, casi
para tocar hacia la sangre un ramillete de frío,
para mirar al fondo de los derrumbaderos de la noche.
Como tantas otras veces, hacia la laguna,
despacio, desde ese ligero puñado de fresas,
tantas y tantas veces por entre los leones de piedra
y las columnillas transparentes de mármol, su delgado racimo de sangre,
tantas veces entre el aire mordido por las gárgolas,
en los rincones de las loggias, en los ecos
cubiertos de polvo en el mojado silencio de las fuentes,
una y otra vez
casi podría decirte cómo he recorrido
los dedos y la palma de mi mano,
cómo he visto despacio el opaco vacío de mis ojos
al mirar y tocar y correr y seguir cada tarde hacia la laguna
la góndola ligeramente velada por la niebla,
un puñado de fresas, a lo lejos,
allá atrás, en la playa, podría buscar ahora
las largas trasparencias sobre el pálido fondo del abismo
pero no
rozar la mano ligeramente sobre las aguas
para tocar con los dedos la punta de otros dedos, no,
allá a lo lejos es la muerte acaso,
tan sólo es un racimo de fresas salvajes, casi puedo
decirte cómo iba buscando el rostro de las cosas desde el brocal de los pozos,
quiero descender blandamente hacia la más alta noche,
ahora llevo mi muerte por la sangre vuela una golondrina,
quiero llevar mi muerte hacia la noche,
a la orilla del mar, hasta la orilla
de la noche,
quiero dejar mi muerte a orillas de la noche,
respirar la brisa de la noche, las flores ateridas,
el aire de las cosas, la tierra que no es,
al mismo fondo de los derrumbaderos de la noche.

Óscar Wilde en París

Si proyectáis turbar este brillante sueño
impregnad de lavanda vuestro más fino pañuelo de seda
o acariciad las taraceas de vuestros secreteres de sándalo,
porque sólo el perfume, si el criado
me tiende sobre plata una blanca tarjeta de visita,
me podría evocar una humana presencia.
Un bouquet de violetas de Parma
o mejor aún, una corbeille de gardenias.
Un hombre puede
arriesgarse unas cuantas veces, sobre la mesa
la eterna sonrisa de un amorcillo de estuco,
nunca hubo en Inglaterra un boudoir más perfecto,
mirad, hasta en los rincones una crátera de porcelana
para que las damas dejen caer su guante.
Oh, rien de plus beau que les printemps anglais,
decidme cómo hemos podido disipar estos años,
naturalmente, un par de guantes amarillos no se lleva dos veces,
cómo ha podido esta sangrienta burla
preservarnos del miedo y de la muerte.
Un hombre puede, a lo sumo unas cuantas veces,
arriesgar el silencio de su jardín cerrado.
Pero decid, Milady, si no estabais maravillosa preparando el clam-bake
con aquella guirnalda de hojas de fresa!
Las porcelanas en los pedestales
y tantísimas luces y brocados
para crear una ilusión de vida.
No, prefiero no veros, porque el aire nocturno,
agitando las sedas, desordenando los pétalos caídos
y haciendo resonar los cascabeles,
me entregará el perfume de las flores, que renacen y mueren en la sombra,
y el ansia y el deseo, y el probable dolor y la vergüenza
no valen el sutil perfume de las rosas
en esta habitación siempre cerrada.

Piero della Francesca

Con qué acuidad su gestuario
pone en fuga la luz, la verticalidad,
la insulación de las figuras vuelve dudoso el símbolo,
hace abstracción del aire, censura de la flora,
sucumben los jinetes
al vértigo del tacto con su brillo.
No hay llaga, sangre, hiel: no son premisa.
Dormición de la sarga, crucifixión del lino;
última instancia del dolor celeste
angustia de la esfera, de los troncos de cono.
La geometría de los cuerpos
y la vaga insistencia de su enunciado único:
no hay hiel, la multitud
no es síntoma del mal, no es un signo del daño.

Chagrin d’Amour, principe d’oeuvre d’art

Le plus triste des alchimistes.

Baudelaire

Así tu cuerpo fue como resume
nuestra pupila el mundo: la imagen delicada
de la belleza basta
para hacernos sentir, y la pintura
de la propia desdicha.
Y la felicidad no tiene historia.
Pero en la ciudad vive: cada calle
es un recuerdo que salvar,
la acuarela del cielo en los días de lluvia
y otras banalidades de filiación diversa
que son felicidad.
Hay colores o músicas
que llevan hacia noches en que el calor de un cuerpo
era toda razón; motivo ahora
de construcción poética, entonces estaciones
de una cierta ignorancia convenida
para mejor fingir que sólo cuerpos
tuvieran realidad: en resumidas cuentas
para mejor vivir,
pero no sin ficción.
Es cada calle
recorrer la ciudad como tenderse entonces
al lado de tu cuerpo. En las noches, inmensa,
reluce en lejanía. De nuevo oigo su voz
poco a poco apagándose hacia el amanecer.
Volver a visitarla en un hotel furtivo
y barato, y saberla
dispuesta a despertar a una palabra.
Banalidad sin duda
y humildad de vivir: una falta de gusto.

Estéril todavía más que la dicha misma acaso
este poema. Imaginarla
con la mirada lúcida del constructor de frases,
perseguir la anuencia de memoria, dicción
y pensamiento
y tener la impudicia de escribirla: bastardos
los gozos del poeta, como su diosa misma.
Y todos son preciosos para volver a ella.
La palabra es un don
para quien nada siente, le asegura
la existencia de un orden,
el derecho de asilo. Porque él ni mira el mundo
ni lo advierte, y sus ojos
no son más que un espejo al que conmueve
una corporeidad de formas puras:
sus goces son la muerte, la renuncia
anticipada asiste a su pupila
con un halo de ausencia, y su deseo
tiene toda la pompa de las causas perdidas:
extremo de elegancia
y de temor. Et solus iste sapit.
Porque el amor nos salva: no haber vivido en vano.
No haber envejecido cuando la noche acaba
ida como sus músicas, darnos como el poema
la razón de estar vivos.
Y gracias al poema
te llamamos amor. Si no, qué llamaríamos
a tu dudoso hechizo,
siempre el poema definiendo
el monótono encuentro con las sábanas sucias,
propiciando sutiles
especies de flaqueza,
ennobleciendo la común astucia
que nos devuelve el mundo, y hasta nos proporciona
razón para crear. Devuelta la palabra
a la palabra, es el momento
en que gotea el agua sobre la piel mordida
y se entibia el encanto: un tranquilo deseo
vertido al ejercicio
de la función poética, y la razón más firme
para empezar de nuevo,
anhelar el hallazgo de la palabra escrita
desde un cuerpo.
¡Y preténdenle
quitar la elocución!
Gracias a un cuerpo
apetecer el mundo, y gracias al dolor
(preferimos nombrarlo con más delicadeza)
recobrar el dominio
de la palabra, el alma
de las cosas.
Mirar
con gratitud inconfesable
el desenlace de la historia
porque su esencia es noble; y más, es decorosa
esa contemplación entre doliente
y resignada, de antemano
prevista, que resume
tanta sabiduría; y como el arte, santa.
Amor, poema, una ciudad por ti
es un mundo, una justa
coloración del alba;
es familiar el brillo de su asfalto
y sus calles amigas.
La palabra es un don, y sus goces bastardos
me dan razón de ti, son tu mejor herencia.
Pero no sin ficción.

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