OTRO MÁS QUE PASA/

Antonia Alvarez Alvarez (poeta sugerido)

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Un día pasó, otro día
que asido va a cualquier asa,
la vida le sobrepasa,
no goza ya de alegría,
y es el miedo el que le abrasa.

Hastío. Cacofonía
de alguien fue una tabla rasa.
Que hoy nada le suena a guasa.
Pues ya es hombre sin su hombría,
ajado como una pasa.

Tristeza. Melancolía.
Otro más por aquí pasa
soportando a su carcasa.
Desnudo de su osadía
y el cuerpo lleno de grasa.

Pereza. Nadie sabía
quien vivía en esa casa.
Y esa especie de argamasa,
se fue por la cañería
para hacer de biomasa.
©donaciano bueno.

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Antonia Alvarez Alvarez

Violeta

Aromada de amor, dulce y discreta,
escondida en la hierba y vergonzosa,
nace al sol de febrero que la esposa,
semioculta al abrigo de una grieta.

Eremita sin dueño y sin maceta,
humildemente bella y olorosa,
viene envuelta en verdor y es mariposa
que aletea en los versos del poeta.

Ramillete de añil, flor de lo umbrío,
pincelada de cielo y de dulzura
sin aderezos casi, ni atavío.

Hoy puse en un jarrón tu esencia pura
para empaparme en toda tu hermosura
y soñarte alhajada de rocío.

A medida

Cada vivir ha de tener su espacio,
su dolor y su fiebre,
su ramo de congojas.
También su propio aire hecho a medida,
aunque a mares le sobre, porque encoge,
aunque a trozos le falte, si tallece.
Pero es la vestimenta que lo tapa
y la caricia fresca que lo aroma.
No debemos robar aires ajenos
ni pisarles la sombra que les duele,
más bien dejar que pasen,
y en su mano
poner en flor abierta nuestros dedos
para sembrar la paz en los rastrojos:
unánimes al canto y a la pena.
Dejemos respirar, y respiremos,
y así cada respiro tenga un hueco
y una estancia feliz donde posarse.

Entonces ya podremos perdonarnos
la inconsolable culpa de estar vivos.

La fuente del tiempo

A la espalda, el ocaso,
en los labios, estío,
la renuncia en los ojos,
y en las manos, el frío.

Una sed de infinito, de infinitos instantes
donde ya no haya noches, ni mañanas, ni antes.

En la fuente del tiempo
los recuerdos cantaban:
los deseos no mueren,
las pasiones se acaban.

Caracola ocarina de susurros remotos…
En la orilla se lavan los amores ya rotos.

En las olas que vienen
se encaraman empeños,
en las olas que marchan
juguetean los sueños.

Una sed que no cesa se ha colado en el alma,
y no tiene veneros, ni vasijas, ni calma.

Con la carne del trigo
se han dorado las eras,
y se van los otoños
a buscar primaveras.

Infinito el instante, infinito el anhelo.
En el alma se aloja una esquirla del cielo.

Así me voy

Así me voy de ti,
como el estío,
deslizando su mansa inmensidad de siesta
hacia la tibia umbría del otoño
de colores maduros y aromados,
y sabor a olvidanza.
Así,
después del sol a mediodía
—plenilunio de luz y de latido—,
hacia el rubor más núbil de las hojas.
Con el tiempo en las manos:
lentamente a la ausencia.

En la mirada

Cuando el instante mismo se diluye
en su propia amargura
y ya no queda
cielo de qué color, nube
a qué rumbo,
toda la pena salta a la mirada,
la incertidumbre salta a la mirada,
la soledad sin nombre a la mirada,
la desnuda tristeza a la mirada,
y el asombro también, todo el asombro,
el cansancio del mundo, la agonía
de no saber por qué ni en qué camino
estamos,
llueve,
llueve
dolor y más dolor en la mirada,
¡qué preguntas sin fin, a qué la vida
para tanto morir, en la mirada!
Se inunda de neblina la mirada
y no encuentra sosiego ni respuesta
a tanto desamor que amarga el mundo.

Y cuando el llanto llena los aljibes,
se deshojan los ojos…
desbordados.

Pasiva refleja

Se ha de cruzar el puente
para alcanzar la orilla
donde la vida arde,
se ha de matar la sombra
con la espada del labio…
¡Y te nombro cobarde!

Se ha de cegar la noche
para alumbrar el alba
donde el amor se expande,
se ha de cubrir el llanto
con ternura infinita…
¡Y te nombro cobarde!

Se ha de mirar la vida,
para vencer la muerte,
con los ojos muy grandes,
con azules de cielo
y el asombro de un niño…
¡Y te nombro cobarde!

Se ha de tender la mano
con la sonrisa blanca
como el batir de un ave,
se ha de luchar de frente,
a corazón abierto…
¡Y me nombro cobarde!

La Guerra

La guerra tiene labios azulados,
ojos de soledad, carne de frío,
campos de noche eterna, gesto airado,
inviernos sin otoño y sin estío,
la guerra…
tiene niños asombrados,
manitas de miseria y extravío,
cierzos que cortan vidas y sembrados,
grises atardeceres, sol sombrío,
la guerra…
tiene dientes afilados,
cuchillos de acerado desafío,
boquitas de hambre triste y rostro helado,
inmensa podredumbre hacia el vacío,
la guerra…
tiene el ceño ensangrentado,
harapos y negrura de atavío,
alaridos sin nombre y sin soldado,
desbordadas las venas, turbios ríos.

La guerra…,
sal en la herida abierta de la tierra

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