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PAPEL DE ESTRAZA (mi poema)

Poeta sugerido: ''Elvio Gandolfo''

MI POEMA…de medio pelo

 

Ignoro, la verdad, qué es ser poeta,
si Dios con su varita me ha tocado,
si un día he de escribir como Machado
quien supo transmitirnos su alma inquieta
y todo lo que dijo lo ha bordado.

Me encuentro ante la duda en mi existencia,
si hay algo entre la broza que destaca,
si acaso a mi lectura algo se saca,
que anima a disfrutar de su cadencia
o solo existen ruidos de alharaca.

Si todo aquí lo envuelvo en celofán
debiendo utilizar papel de estraza,
si el texto a golpes meto con mi maza,
debiendo perfumar como azafrán,
fluyendo como aceite de linaza.

Comprendo, más quisiera, no comprendo
que en esto del saber no me consuela,
que hay veces que la noche paso en vela
buscando inspiración, y a nadie arriendo
así perder el sueño y que me duela.
©donaciano bueno

La esperanza, dicen, es lo último que se pierde? Clic para tuitear
MI POETA SUGERIDO: Elvio Gandolfo

Elvio Gandolfo

Otro Bookstore

Inevitablemente cada vez que la ves
pensás, con los labios estirándose
en una sonrisa: qué bueno, está ella.
Y ella mirándote parece pensar
mientras se le estiran los labios
en una sonrisa: bien, vino él.

Después intercambian un par de docenas
de palabras sin que termine de diluirse
nunca la sonrisa. Las manos y los cuerpos
se mueven dentro de un ritmo de algo
que no se sabe qué es.
Mínimamente sé algo de ella:
tiene pareja, o algo así
(nunca averiguaste más).
Seguramente ella sabe: es
un tipo que vive en dos o tres ciudades,
que viaja con frecuencia, que a veces
entra a la librería y sonríe al verla,
justamente a ella, y no otra.

La clave está en seguir
pisando con cuidado la cuerda floja.
Como si, copiando aquel cuento alemán
que leíste hace tanto tiempo, te dijeras o
le dijeras, sin decirlo (contrariamente al cuento,
tan alemán, que desde luego lo decía):
demos lo que diríamos por dicho y conversado,
demos lo que intercambiaríamos por intercambiado,
dediquémosnos a referirnos a algún libro
de poemas, a alguna revista que es difícil
de conseguir, muy de vez en cuando a
alguien que los dos conocemos, pero también
sin extendernos, usando palabras que son
cultivados y antiguos lugares comunes
para referirse a otra persona.

Incluso en el flujo entre los dos
mientras dura tu presencia en la librería,
hasta cuando quedás oculto detrás de la
curva del fondo, donde están los libros
un poco caros y las revistas envejeciendo
a lo largo de los años,
cada uno de los dos, sin decirlo,
es probable que siga consciente de la sonrisa
del otro, de la otra, incluso o sobre todo
del cuerpo, los brazos, las manos y en especial
la cara (en silencio: “qué cuerpo, qué brazos,
que cara tan, tan especial”).

Dicho de otra manera tampoco ahí
cae ninguno de los dos en la trampa,
y también dan por levantado lo levantable,
por tocado lo tocable,
por acariciado lo acariciable,
por besado lo besable.
Dentro del mismo ritmo, de las mismas
escobillas infinitesimales tocando
apenas un sutil tambor de fondo
estableciendo el ritmo,
te hace un descuento que pierde
todo su carácter comercial y administrativo,
simple despedida a modo de puente
para la próxima vez que esté ella
y yo venga.

La vida ama incluso a los que no la ven

Mientras seres de sienes plateadas por tristezas rigurosas
y exclusivamente poéticas escriben tiradas interminables
sobre la Vida,
la vida resbala por las escaleras y las calles y golpea en
sus ventanas
porque la vida ama incluso a los que no la ven.

Llama a sus ventanas
pero ellos no gustan de la sangre
y cierran los postigos.
No cesa de golpear y oleada tras oleada trata de llenarlos
de hojas y caras y manos
pero ellos desprecian los sucios dolores
y siguen aquejados de lánguidas tristezas poéticas
acompañados por mujeres grises
e inmóviles como transatlánticos.

La vida no se va y sigue golpeando
riendo a carcajadas
y pegando puñetazos en el roble de la puerta.
Pidiéndoles por favor
que ayuden a defenderla
de la bomba y las personas con gorra y los ascensores.
Ellos bostezan.
Por la noche prenden las estufas
y escriben largas estrofas
sin aire ni pájaros.
Tanto insisten que al fin la muerte
comienza a condecorarlos.
Llueven los premios nacionales, los cócteles,
las conferencias sobre
la mejor manera de morir sin dejar de respirar.

La vida deja de reír y llora
porque ama incluso a los que no la ven.
Rasca con su dedo ya flaco la puerta.
Los hombres preparan en sus piezas
muchas ars poéticas.
La vida se calienta y se va al diablo,
a reunirse con los conductores de ómnibus y
las estudiantes violetas enamoradas.

Adentro y afuera

Sobre todo
salir de la página,
alejarse del escritorio
y la computadora.
Uno mismo en otros lugares,
gente, familiares, paisajes
que desfilan tras una ventanilla
en movimiento,
vidas y muertes, gente que
se muda o exilia, que vuelve
y vuelve a irse.

Incluso caer hacia adentro,
eso que empezó a pensarse
hace tres o cuatro días.
O rescatar algún viejo
pensamiento o frase
(«alguien que no sea yo
debería hacer algo»).

Y al ir acomodándolo,
de vuelta en la computadora
y el escritorio, meterlo
sobre la página en blanco.
Lograr a veces la lenta
liberación de un peso,
o de un tema que preocupaba,
de un rostro que se repetía
sin decir por qué,
o, en la otra dirección
ir precisándolo, dándole forma
literalmente, viéndolo mejor.

Cuando escribías

Te acostabas
sobre el vientre,
la grupa doblada,
cómoda.
Mirabas el renglón,
apoyabas la punta
del lápiz
y lo movías
rápido, leve.

La punta
debía tener
un grado exacto
de grosor.
La afilabas
con la valijita
de plástico amarillo
que guardaba la madera
molida en su interior.

Sin cambiar
de posición
(el vientre,
la grupa,
el codo)
tomabas la goma
de papa
y el trazo gris
en vez de fluir
no estaba.

Te miré
escribir
dos o tres veces.
Algo me
nacía:
gratis,
generoso,
regalado.

La mirada
no te interrumpía,
hasta podías
mirarme
y después
volver a
caer entera
a las palabras.

Mirarte escribir
era para los dos
un dulce agobio
adicional
de aquellos días.

La prohibición

Viene la mujer de Stevenson,
temprano en la mañana, y le dice:
No, y hace una pausa. Stevenson
tiembla: siempre le tiene miedo
a su mujer cuando le dice no, así,
tajante. Es por eso que la ama.
Espera y la mujer sigue hablando:
no podés publicar eso, nos
crucificarían. Stevenson sonríe
como un niño al que retan y sabe
que puede zafar: Lo escribí en un
sueño, dice. Pero al ver las cejas
alzadas de su mujer, aclara apresurado:
Perdón, perdón, lo escribí porque lo
soñé todo: lo que pasa. Pero la mujer
es implacable. Puede ser, dice, pero
ya está: lo quemé, lo destruí.
Stevenson tiembla en una mezcla
de terror, dolor y deleite. No lo dice,
piensa: Era lo mejor que escribí.
Pero ya está bien despierto, metido
en lo real, en el ruido de las calles
de Londres, que suena sofocado por la
niebla, atrás de las ventanas.
No dice nada Stevenson, la mujer se inclina,
lo besa y se va, agradecida por el modo
en que Stevenson acepta su dictamen.
Ese mismo día Stevenson empieza a escribirlo
de nuevo.

Otra prohibición

Muchos años después, Juan Carlos
escribe el suyo por furia: no
consiguió cigarrillos. Está
prohibido venderlos ese día.
Se venga, se venga, acumula desastres
no sólo morales, más amplios, históricos
y generales. Se venga fuerte, él
no le tiene miedo a las mujeres,
las reputea, se va embalando, ya
no puede parar: después caen muñecos
míticos, mitológicos: un gaucho,
tres gauchos, treinta y tres gauchos.
Pero la prohibición es mayor, de contornos
imprecisos, casi parece de Dios: se
mueve mucho en esos años, y hay un
momento en que se le pierden
todas esas palabras,
¿en una carpeta o una bolsa?
entre una y otra orilla. Pero años
después, como Stevenson, vuelve
a escribirlas. Aunque con trampa: ahora
es mayor, sabe más, apunta más fino.
Como pedían en aquella revista literaria
patea las puertas de lo sublime, y entra
a saco en toda su literatura futura,
con lo que escribirá a partir de
aquella prohibición menor de no
vender tabaco, muriéndose antes de la
prohibición mayor, en bares, hospitales,
carnicerías, bancos de seguro y pizzerías
y en su propio país, libre de humo,
pionero en el Río de la Plata
que tanto recorrió,
riéndose mucho en el otro mundo, con los
ojos de pibe bien abiertos, de asombro
ante semejantes idioteces.

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