POR SI ACASO…

»El Poeta sugerido: José Ramón Medina

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Por si acaso me voy dejo ya escrito
que la vida me ha dado sinsabores,
que no supe luchar con los mejores,
y difícil me fue pegar un grito.

Que querer cual quisiera no he sabido,
así sea que a veces lo he intentado,
la verdad es que creo he fracasado
o peor me encontrado muy perdido.

He fallado frecuente me confieso,
nunca supe apreciar lo que tenía,
repartir los afectos no aprendía
y es por eso no supe dar ni un beso.

Si algo puedo alegar en mi defensa
es que nunca me he dado por vencido,
pues que es mucho que hubieran merecido
aquí pido perdón, pido dispensa.
©donaciano bueno.

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POETA SUGERIDO: José Ramón Medina

José Ramón Medina

Texto sobre el tiempo

Decimos: no hay paz, no hay descanso
para estas pobres manos,
para estos pies con prisa,
para este pecho solo.
Y tú escuchas y callas.
Y tú callas, solemne, en tu grandeza.

Decimos: estas horas suenan a tiempo muerto,
las hojas del verano recuerdan la tristeza,
y no hay un césped nuevo
para echarnos a andar sin marchitar la carne,
sin dolernos los años sobre el cuerpo
desde tantas inútiles cadenas que nos cercan.
tú escuchas y callas. Y el silencio es tu reino.

Decimos: estos hombres son débiles, Señor,
se doblan como el junco, irremediablemente,
nuestras fuerzas decaen frente a muros intactos
y no podemos más sobre la tierra
porque un follaje umbrío nos retiene.
Y tú escuchas y callas. Y la armonía rodea tu hermosura.

Oh, Señor, desde tu límpida noche
mira esta noche triste en que invocamos tu nombre,
mira esta pobre carne en que moramos;
no hay sangre donde puedas posar tu pie libremente,
ni prado donde no exista el principio de la marchitez,
ni espejo donde puedas mirarte como en un pozo cristalino.

Líbranos, Señor, de esta cárcel tejida con tantas redes,
con tantos huesos inútiles, con tantas sangres ciegas,
porque el leño se quema en medio de la soledad
y sólo cenizas recogemos en la desolación del día.

Y tú escuchas y callas. Y el viento solo,
el viento de la tarde, mueve las hojas caídas,
amarillentas, del verano…

Paisaje

De esta humedad crecida, en el fondo,
un ojo rencoroso nos mira turbiamente,
desgarrando los pliegues de la yerba y el agua,
unidas en la muerte de la tarde, en el ronco
espacio ardido de las antiguas cigarras.

No atrevo mi historia de varón exacto
entre los graves responsos de esta catedral silenciosa;
bajo los árboles, con su oculto misterio, con su temblor
de ave oscura, royendo la invisible serenidad,
alguien nos llama con una voz profunda, irrescatable.

(Hemos venido de la ciudad.
Somos cinco hombres. Íbamos
al mar. Nos quedamos en esta playa.
Nuestros corazones
ya habían empezado a morir.
Eran la sombra
de muchas fechas, de muchos
rostros fieles, de alguna
triste circunstancia de amor, acaso
de aquellos viejos ritos olvidados.
Y sin embargo…)
Desconozco esa ebriedad inútil de la arena,
esa seca corteza de la tierra porosa
que agarra nuestras huellas, que las hunde
en memorias de cactus, de roídos espejos
brillando en la profunda ceguedad de una pupila.
El verano, la dura garganta del verano,
sobre el corazón desierto, como la tierra, canta.)

Hay una mano inerte al comienzo de la sombra.
Y una boca, tristemente, besa las viejas calaveras grises.

Poema #228.

Algo
invisible
vuela
de pronto
frente
a ti
mientras
tu mano dibuja
en el vacío
una inexistente
mañana
que no pudiste
retener
en tu memoria.

MUJER ANTIGUA

I
Allá estás detenida bajo la sombra,
con el rostro bajo una mancha oscura.
Estás en una tierra cruel,
marchita por los duros picotazos del mar,
dejando que un can sombrío, que un salobre
can te muerda, te lama las carnes avariciosamente.

Son feroces los días que te acompañan, viejos
los empanados muros del tiempo en que te miras,
y el dolor sube a tus ojos, baja a tu corazón,
como un caballo negro cabeceando en la noche.

Te sostienes a puro acongojarte, a puro
ausentarte de ti,
como un mugido triste, ressonante
al pie de las altas montañas,
como la sombra inútil en los ojos de un muerto,
hecha de pavorosa claridade, de estériles adioses.

Ah mujer, allí estás, detenida marea,
en el alma tristíssima de los días,
Doliendo con un golpe tenaz, con uma
sucia espuma sangrenta
bramando en la desierta orilla de la noche.

CALLAVA SIEMPRE

Callava siempre. Había
un dejo de cansancio en su silencio.
(Tenía la costumbre de callar. A veces
usaba su linguaje y de repente
su olvido se colmaba
de historias grises, pátinas y muertes,
y un gran dolor cerraba nuestra casa.)
No sé decir si su mirada era
un pájaro dormido o una flecha

aguda y penetrante como un látigo.
Sé que tenía
unas manos creadoras y solemnes,
unos violentos signos de beleza
en la frente profunda y misteriosa,
unas delgadas manchas en los ojos
que lo hacían distante, inaccesible,
al esfuerzo afectuoso, a la alegría!

En la tarde: “Los viejos pájaros regresan.”
“El pozo se ha secado… Los colores del agua
huyen, como peces, ante la lengua larga del verano.”

Y su voz trémula creaba
un cielo gris, un árido paisaje,
la hostilidade del viento,
el agrio vacío de la casa, el ronco
jadear de la sombra hacia los cuartos…

590. Enmudece todo el derredor

Enmudece todo el derredor.

Enmudece todo en derredor. La tarde está lejana.
Y la noche es un pastor detenido a los pies de la colina.
De todo lo creado sube Dios, tembloroso,
en el misterio de las luces distantes.
Por el cielo nos llega el clamor de los días
caídos en la antigua caverna de las sombras.
Y el hombre -junco móvil en medio de tinieblas-
pone su corazón al viento, escarba en su pasado.

¿Quién se asoma en esa ardiente nave,
con su poder de intimidad sedienta?
¿Quién se pone ese traje de soledad en el crepúsculo
y mueve las lentas lámparas de su agonía?
¿Quién escapa tan alto, como una queja apenas,
perdido en la nocturna inmensidad de los árboles?

Más, sólo un rostro profundo se mira en el espejo.
Y el amor ha caído vencido por el tiempo.
Y la carne es tan débil como una triste caña.
Y nadie sabe cuánta habita el corazón.

Una campana, un ala, un verso me conducen a un pueblo.
En él habita dulcemente una edad de manzanas y
riachuelos.
En él hay una senda de naranjos que florecen azahares y
recuerdos.

Nada es tan limpio para el alma como la viva estampa
de este pueblo.
Sus contornos me son tan familiares que no necesito del
día para verlo.
Va conmigo su suave transparencia, alta en el aire azul
de un claro cielo.
(Yo diría callada y brevemente:
-La memoria lo guarda entre sus muros como la soledad
guarda el silencio.)
De: Edad de la esperanza (1945-1947)

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