CUANDO YO ME MUERA…

»El Poeta sugerido: Leticia Luna

Cuando yo me muera…
deseo guarden mis recuerdos, de cartón en una caja de zapatos.
Procuren colocar bien mis retratos.
Incluyan un manojo de cabello y un poco de naftalina
para que en el tiempo perduren a la eternidad divina.

Cuando yo me muera…
quiero que como en mi pueblo, cuando era niño si alguien se moría,
repiquen las campanas tres veces al día,
por la mañana, a la noche, también al mediodía,
que el eco de las mismas lance a los cuatro vientos
que viajo en una nube, no digan que me he muerto.

Cuando yo me muera…,
cuando llegue ese momento,
cuando mis ojos perciban el suave movimiento
de la cruel guadaña. Cuando vean que siento
que el final está próximo, no quiero ni un lamento.
Pensar que es el comienzo de una nueva aventura,
vagaré por el mundo donde me lleve el viento,
visitaré lugares llenos de fantasía,
sentiré la ansiedad del que escribe un nuevo cuento
con un final feliz, donde la desventura
como por arte de magia se torna en alegría.

Cuando yo me muera…
quiero que ese repique finalice a las doce de la noche,
un minuto de silencio, un abrazo, ni un reproche,
que suene sin parar el himno a la alegría,
recuerden que mañana comienza un nuevo día,
ahora ya es muy tarde y hay que madrugar.

Cuando yo me muera…
mis nietas posiblemente habrán terminado ya la escuela,
tendrán novio, se casarán, serán madres, serán abuelas,
y así vuelta a empezar.

Cuando yo me muera…
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Leticia Luna

Leticia Luna

Más allá.

Desvestida de su bestial ropaje
el alma más allá de la muerte
ama
Feroz insensible y despiadado
el Tiempo nos acerca y aleja
de ese umbral
Oh danza macabra
estoica y pesimista
mi alma no envejecerá
más allá de la muerte.

Ciudad amate.

I
La ciudad es una estampa
que se niega a morir en el pasado
una telaraña que pende en el futuro
fantasma que se funde con los vivos
vivos que dormitan con sus muertos
En sus plazas circulan noticias
de hombres desaparecidos
huesos dispersos en el inframundo
de un desastre ecológico
donde alguna vez hubo un lago
un cielo transparente

II
Ciudad: pergamino de estrellas
cielos vagabundos
monolitos que desaparecen
por el callejón de San Ignacio
cruce de ríos que conducen al Mictlán
Ciudad cárcel Ciudad esclava
Ciudad damnificada:
Terremoto
Circo donde el domador no venció al león
los políticos se hirieron a sí mismos
y la mujer serpiente no tuvo nada de Coatlicue
Ciudad de antiguos mestizajes
Águilas del Anáhuac
Tigres de Guerrero
Chac Mool del Templo Mayor
Puente arrojado al tiempo
Ulama:
todos jugamos
tu eterno juego de pelota

III
Cuando el smog viste de hollín a la tristeza
la ciudad huele a viejo a caño y alcantarilla
en los caminos cotidianos de su tránsito

IV
En el espíritu ocre de México
la nostalgia brota de las faldas ancestrales
del Popocatépetl

V
En la Plaza Mayor
el tzompantli es una llaga
las fauces de los dioses
la invisible entrada hacia otros cielos
Desde los peldaños de la muerte
Mictlantecuhtli hurga en viejos cráneos
de la ciudad amotinada.

Vieques libre

Hoy no sé de auroras
gaviotas
ni de botellas perdidas en altamar

Hoy no sé de la noche
ni de lluvias
produciendo chasquidos
que arrecian o amainan
según su melancolía

Hoy no sé de viajes
ni de penumbras
sí de alumbramientos

Sé de la libertad
ensanchando sus alas
pronunciando sus versos
incendiando la piel
y la sangre
de un trópico rebelde

Vieques libre
¡Viva tu canto!

1º de mayo de 2003
Salida de los marines
norteamericanos
de Vieques, Puerto Rico

La espiga

I
Pudiste haber escrito una canción
en el vaho sideral que dejan los aviones
o en el rapto de las rosas
para obsequiar a los cometas

Y así llegar despacio
al asesinato de mi única palabra
de mi voz de mar de cielo
hoja de atardecer que se sacude
en medio del otoño

Pudiste susurrar el sonido
que oías de las estrellas
a la hora en que soñabas ser
la joven que espera
en un pueblo perdido de volcanes
empeñada en coleccionar un alfabeto portátil
hundido en la memoria

Pudiste obsequiar margaritas
a los ojos de las muchachas tristes
tan cerca del asesinato y el naufragio
de la pureza colérica del más enfebrecido
cofre de palabras.

En las tardes de descampado amor perdido en los hoteles
tenías la edad del bronce y una mirada que arrasaba con la tibieza
de las paredes viejas en aquel pueblo de verdes monosílabos
que de vez en vez se despertaba con los alaridos ebrios
de los muchachos que cantaban loas a la noche
y al amanecer
empeñados en lamer el vaho del cielo
con sus lenguas de vino y de placeres

II
Las trampas de la aurora
para reunir a los de ojos de volcán
a los de manos de río y corazón de voces
perdidos e iluminados por el camino del eclipse

Aquel talismán para irse y no volver
para abrir la noche y atribuir a los poetas
los versos más osados que nos convencían
de lo bueno que era hacer el amor en las ventanas
en los parques
o en azoteas de casas ajenas e ignotas

Para soñar con el poeta que vive dentro
y dejarlo oceánico rompernos la piel
con sus coletazos de ola y labios
en una dentellada y otra
confundidos en el dolor de cada sorbo

Burbujeantes botellas de vino
formadas y vacías como un ejército rendido
después de la batalla

III
Ahora podría escribir:
“El Amor naufragó en los confines más cercanos del olvido”
pero la pluma es torpe y se repliega
en el instante en que entrar y salir del Paraíso
sólo requiere de mi pasaporte único de las palabras

Sin pájaros ni madreselvas

A Benjamín Anaya

Pasaré por tu calle como por tu cuerpo
con un poema desnudo de toda enciclopedia.

Quién soy yo para nombrar tu claridad
en un amanecer que se sonroja
boca de mirlo con sed y sin abrigo.

Para ti no tengo coartada, ni gloria, ni infinito
no tengo amaneceres, ni pájaros, ni madreselvas
no tengo avestruces en cuyo vientre acurrucarte.

Para ti no hay espinas, ni aduanas, ni soldados
no hay sombras, ni famas, ni gorriones
no hay púas, ni codornices en el estómago del día
para ti sólo tengo mi vocación de gaviota triste
mi vuelo
y voluntad de arena.

La luna es un grafitti sobre la ciudad

Cuando no hay canícula
sino lluvia
la luna está fuera de nosotras

Con el beso de la luna retorno a un cuerpo
– que como a Marge Piercy –
le gustaría quitarse el sexo
y dejarlo guardado
en el armario

Cuando en la canícula
los insectos arden
Sucede que me canso
de aullar los deseos

Entre la carroña que encuentro
al atravesar la ciudad
resulta que soy pura

que obligo a mis apetitos
a salir de cacería
aunque la selva
sea un paraje de concreto

Sobre la alfombra polvorienta
despierto con la certeza
de haber estado con dos leopardas ebrias

La ciudad es una olla express
que gotea sus vapores sobre sí
mientras la luna es el grafitti
más bello de la noche.

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