DE LAS MUSAS AL TEATRO

Mi Poeta sugerido: »Gabriel Insausti

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Siempre fui de las musas al teatro
un ingenuo cazando musarañas,
buscando siempre a dios en las montañas,
tratando de aprender qué es tres por cuatro,
por qué tejen sus telas las arañas.

No creo en dios y aún menos en los dioses,
y que exista un ser superior no creo,
a mi alma aunque me dicen no la veo,
deduzco que el decir sólo son poses
más propias de un objeto de deseo.

Que una puerta es la palabra clave,
esa puerta que se abre a una sonrisa.
La puerta que has de abrir, no tiene llave,
es frágil, delicadamente suave
y se accede a su umbral entre la brisa.

Pues yo sólo presumo de hombre bueno
fiel defensor de leyes sacrosantas,
en el arte de amar, un pagafantas*,
que rayo quiso ser y quedó en trueno
y , errante, murióse en las gargantas.
©donaciano bueno

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Comentario del autor sobre el poema: Pagafantas: Se dice del varón que, en relación de amistad cercana o cortejo de una mujer, es incapaz de producir una situación de encuentro sexual o sentimental con la misma. Hombre incapaz de ir más allá del cortejo.

MI POETA SUGERIDO: Gabriel Insausti

Gabriel Insausti

EL ECO DE MI PROPIA FANTASÍA

¡El lento resoplar de aquellos trenes
en la estación del Norte!Los andenes
vestidos de un tumulto desgarbado,
los mozos, la consigna, aquel tejado
que daba en las cocheras a la vista
un toque Victoriano o impresionista.
Un silbato: la hora. Los viajeros
repetían adioses y tequieros.
Después, sobre el espacio de la vía,
flotaba una sutil melancolía
que contaba, sin fin, la misma historia
eterna como el giro de una noria.
Yo veía pasar esos vagones
cargados con las tercas invenciones
de mi imaginación, hacia un lejano
paisaje del oeste americano.
Así, sin sospechar de los países
su seca geografía en tonos grises,
viajaba en una azul locomotora
que entonces era mágica. Y ahora
la estoy viendo llegar desde el pasado:
los mozos, la consigna, aquel tejado…
Extraña realidad, que parecía
el eco de mi propia fantasía.

LAS CIGÜEÑAS

Para Eduardo y Alkain

Suelen llegar sin falta a nuestros pueblos
en los días de marzo, inevitables
como el sol que las guía. Y traen consigo
el cansancio cobrado de otras tierras
cuyo clima mudable les obliga
a buscar el cobijo entre nosotros.
Construyen en la torre de la iglesia
la corona de espinas de sus nidos
y encuentran en las piedras, agrietadas
por la edad o el descuido de los hombres,
la insólita firmeza que persiguen.
No saben nuestros sueños, desconocen
que acaso sus celosos anfitriones
sentimos el deseo de imitarlas.
Su estancia sólo dura lo que el paso
del viento, lo que dura su fatiga.
Se marchan y las vemos alejarse
hacia ese sur que nunca exploraremos.

LA POESÍA

Ese raro momento en que las cosas
y su nombre coinciden. Esa insólita
urgencia por salvarlas del olvido
que entonces se abre paso entre palabras.
Ese instante certero que trastoca
la luz de los objetos y nos muestra
su humanidad posible. Esa certeza
que después sobreviene recordándonos
cómo todo camina hacia la muerte.

AMOR MAYOR

No es tan intenso el rojo de unos labios
como el de aquellas piedras que besan nuestros muertos.
El dulce lamentar de plañideras
sólo inspira vergüenza a su amor puro.
¡Oh, Amor, tus ojos pierden todo encanto
cuando veo otros ojos, por mí ciegos!

Tu exquisita figura no retiembla
como retiembla un cuerpo apuñalado
que cae allí donde parece
que a Dios ya no le importa,
hasta que el fiero amor que lleva dentro
lo apretuja en un túmulo de muertos.

Tu voz, aunque yo pueda compararla
al viento que murmura en los tejados,
aunque amada por mí, no es tan amable,
tan clara y delicada como aquella
de los hombres que ahora nadie escucha
pues la tierra ha acallado el ruido de sus toses.

Corazón, corazón, no has sido nunca
grande como el que recibe un disparo.
Y, aunque tu mano sea pálida,
lo son aún más aquellos que secundan
tu carrera a través de llamas y alaridos.
Puedes llorar, pues no puedes tocarlos.

«APOLOGIA PRO POEMATE MEO»

También yo he visto a Dios por entre el barro
que restalla en el rostro de un hombre sonriente.
La guerra dio a sus ojos más gloria aún que sangre
y a sus risas más gozo que el que estremece a un niño.

Qué alegría reír allí en donde
la muerte se hace absurda, y más aún la vida,
pues nuestro era el poder, mientras todo asolábamos,
de no sentir remordimiento por los muertos.

Yo también he dejado a un lado el miedo
muerto, al igual que mi escuadrón, tras la barrera
y, alzándose, mi alma ha pasado ligera
sobre el alambre donde yace la esperanza.

Y he visto a hombres exultantes:
los rostros que fruncían siempre el ceño
se encendían de pronto de entusiasmo,
como ángeles un punto, aunque ángeles sucios.

Y también he hecho amigos
de los que nadie habla en canciones de amor.
Porque no es el amor quien enlaza los labios
con los ojos sedosos que añoran al ausente

por la alegría, cuyo lazo se suelta,
sino la herida de la guerra, con alambres y estacas;
es ella quien enlaza con un vendaje usado
atado en la correa de un fusil.

He hallado a la belleza
en esos juramentos que el coraje confirma.
He oído música entre el estruendo del combate
y he hallado paz donde las bombas escupían fuego.

Pero sólo si compartís con ellos
la sombría tristeza del infierno,
con ellos cuyo mundo es un relámpago
y cuyo cielo es el camino de las balas,

no oiréis su risa nunca.
No dejarán mis chanzas que creáis
que han sido bien felices. Merecen vuestras lágrimas.
No merecéis vosotros su alegría.

LA PARÁBOLA DEL JOVEN Y EL ANCIANO

Se alzó pues Abraham, cruzó los bosques.
Llevó consigo fuego y un cuchillo.
Y mientras caminaban ambos juntos,
preguntó así Isaac, el primogénito:
«Padre, veo que llevas hierro y fuego,
pero ¿el cordero para el sacrificio?».
Abraham ató al joven con cordajes
y construyó trincheras, parapetos…
Al sacar su cuchillo, de repente,
un ángel lo llamó del Cielo y dijo:
«Retira ya tu mano del muchacho,
no le hagas ningún daño. Hay un carnero
que es presa de ese arbusto por los cuernos;
ofrécelo mejor en sacrificio».

Pero el viejo rehusó, mató a su hijo
y, uno a uno, a los jóvenes de Europa.

EL CENTINELA

Hallamos un refugio de los boches.
Nos dio mucho trabajo: los cañones
lo rozaban de cerca, sin darle una de lleno.
En cascadas de fango la lluvia, hora tras hora,
llevaba la crecida hasta nuestra cintura
y hacía impracticable la escalera.
El aire que quedaba adentro era apestoso,
amargo como el humo y el olor de los hombres
que allí habían vivido dejando su destino
o su cuerpo.
xxxxxxixxxxxY allí nos refugiamos de las bombas
hasta que al fin dio con nosotros una
que apagó nuestro aliento y las velas. Después,
tropezando en el fango y su diluvio,
cayó por la escalera el cuerpo inerte
del centinela, y luego el rifle, algunos restos
de viejas bombas alemanas y más barro.
Lo dábamos por muerto hasta que habló:
«¡Señor, mis ojos! ¡Estoy ciego, ciego!».
Lo calmé y encendí el mechero ante sus ojos,
dije que si veía algún atisbo
de luz, no estaba ciego; era cuestión de tiempo.
«Nada», gemía. Y esos ojos como platos
todavía me miran en mis sueños.
Lo dejé allí, pedí unas parihuelas
y seguí a trompicones a otro puesto
y otra misión, bajo el aullido de aquel aire.
Aquellos pobres que sangraban, vomitaban,
o aquel otro que prefería haberse ahogado…
Intento ya no recordarlos nunca.
Pero por esta vez dejemos que el horror regrese:
escuchando los golpes y sollozos
y el rechinar salvaje de sus dientes
cuando las explosiones golpeaban sobre el techo
y el aire del refugio, al centinela
lo oímos a través de aquel estruendo:
«¡Veo una luz!». Pero la mía estaba ya apagada.

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