DESESPERANZA

Mi Poeta sugerido: »Blas Muñoz Pizarro

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Me acerco al mar y él dice no me llama,
a tierra y ella no me reconoce,
al cielo y él me trata cual desbroce,
e incluso ni el infierno me reclama.

Mi cuerpo se consume en una llama
y ya no experimenta ningún gozo;
hay veces que presiente bajo a un pozo
en tanto que otra el alma se me inflama.

Ni soy de aquí, de allá ¿de dónde soy?
la angustia me desliza hacia el vacío,
camino a la deriva por un río.

Sonámbulo en tinieblas ahora voy,
triste, infeliz, atormentado y frío.
mi sino ya murió, ni ya hoy soy mío.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Blas Muñoz Pizarro

Blas Muñoz Pizarro

LAS NUBES

Pasan las nubes sobre el mundo. Van
indiferentes a su bien, ajenas
a su daño. Ligeras, casi inmóviles,
reproducen los sueños desprendidos

del hombre que las mira. Otras veces,
se extienden con sus párpados cerrados,
grises alas de un sueño ya sin sueños,
sobre el silencio oscuro de la vida.

Pasan las nubes bajo el cielo raso
de un cielo azul e inalcanzable. Son
rehenes de la luz, hijas del día.

En ellas contemplamos el destino:
llegar, libres sin serlo, a nuestra noche
en el flujo invisible que nos lleva.

CONSUMACIÓN

ABRE tus ojos más allá de nosotros dos
y mira, contempla el mar: Bajo sus aguas
el misterio permanece. Así tu amor, tanto
naufragio, tanta sed. Ah, hondura sin medida.
La esperanza aquí no vale, sueños veladores.
Indeciso nadador, que no se atreve
a tanto augurio en oleaje,
sobre las insomnes arenas permanezco.
Bajo la luna ruedan su giro eterno
las aves de la noche. Sin fin,
sin fin la madrugada.
Amor, amor, mira.
Mira cómo nace la vida, cómo acontece el resplandor
de ese tu cuerpo blanco, ágil, vivísimo,
que a mi lado adolece no sé de qué,
mas no de entrega, de ofrecido reposo.
Que no.
Que no pasen jamás las horas,
este cálido aliento que llega de las islas.
Y cerrar,
sumir los ojos. Y ya no ver. Oír en cambio. Oír
el lejano clamor del torbellino, la trompa
funeral de las mareas, los reclamos abisales
que a sumergirnos convocan.
Besarte aquí, besarte
ciegamente mientras por las dunas rodamos
y nuestros cuerpos caen y se ciernen y dudan y flotan y al fin
sin fin
se precipitan.
(De “Naufragio de Narciso”, 1981)

PALIDECIDO espacio

de unos verdes velados
por unos grises fríos.
Solos, yo y un paisaje:
un camino entre prados;
la lluvia; y el silencio
del peso de las nubes.

La tenue veladura
que igualaba contrastes
fue luz y transparencia
bajo el pincel. Después,
los años extendieron
el humo de su espátula,
su pátina en el lienzo.

En su desolación,
la desnudez del cuadro
impregnaba la neutra
tristeza de la sala.
Mi presencia se hacía
necesaria al vacío,
como su negación.

A punto estuve entonces
de aceptar la renuncia
de quien se sabe herido
como el brillo del cuadro
por la usura del tiempo.
(Pero huí del museo.
Salí. Cerré la puerta.)

(Verde)
(De “La mirada de Jano”, 2009)

ESTACIÓN DE TÉRMINO

(Finalista y accésit de los Premios del Tren “Antonio Machado” de Poesía 2008, de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, Octubre 2008)

Días hay con instantes no esperados
donde el afán ajeno se aleja de nosotros
y en la distancia permanece
suspendido.

El eco sólo de una voz,
la luz fugaz de una mirada
o un nombre de sonido indescifrable
reverberan de pronto en la conciencia
y se encienden por dentro
como esos gránulos de polvo
que en la sombra destellan
cuando un rayo de luz los eterniza.

Aquí, en el centro mismo de la prisa,
bajo el metal oscuro de un cielo abovedado,
nada sucede alrededor de mí
mientras sucede.
Sólo ahora, como entonces,
en esta indefensión o en ese simulacro
con que otras veces vino a visitarme,
puede herirnos de nuevo el mortecino
fulgor de la memoria,
ese dedo de sal que hurga en la huella
de un dolor, de una ausencia, de un vacío.

Estoy en un andén al que he llegado
sin saber dónde ir, tan a deshora
que podría inventarme algún destino
con la urgencia impostada de quien sabe
que, a mis años, un hombre necesita
creer en un lugar al que llegar
para partir de nuevo hacia el olvido.

Estoy en un andén en el que estuve
silencioso y de pie junto a los míos
cuando aún estaban
cogidos de mi mano
sin poder impedir que se me fueran
cada uno en su tren,
siempre de noche.

Cada uno en su tren, como estas sombras
que por mi lado pasan sin mirarme.

Cada gesto es un nombre,
cada forma de andar, de ceñir la cintura
o de encoger los hombros
es forma de otra forma y es dibujo de un nombre:
disuelta en claridad, cada figura
se subsume en la distancia de mis sueños.

Rehenes de la luz que los recorta
contra una fuga de traviesas y raíles,
hacia su tren caminan los viajeros.
La embocadura ofrece al fondo
un sur de descampados,
un telón de desagüe de vagones y vidas.

Este tren va a partir y yo me quedo
de pie en esta estación
que es término y principio,
de todos los adioses:
lugar que sigue siendo símbolo de la vida,
metáfora del mundo, trasunto de la muerte.

Tal vez aún quede tiempo
para que, de la calle,
saliendo de las sombras, alguien llegue en silencio
y me toque en el hombro,
y me coja la mano como un hijo la coge
y me diga:
“No es hora todavía
aunque es muy tarde ya.
Vamos a casa”.
(De “El Limonero de Homero”, 2010)

SEMANA SANTA EN GRANADA

Duele la noche a martirio
de lirio en un agua oscura.
Federico, con un cirio

en su mano diestra, llora
al Jesús de la Amargura.
Con la izquierda, y a deshora,

abre y cierra un abanico
de versos y de arrebatos.

Algunos ojos beatos
inmolan a Federico.
(De “Viva ausencia”, 2011)

EL OTRO NOMBRE DE LA ROSA

Se rompe lo más frágil con tan sólo
nombrarlo, y no hablo del silencio puro
que duerme en su cristal estremecido
como el agua callada del estanque

sino de la verdad, esa insistencia
que en cada cosa anida, inaccesible,
esperando su nombre, nunca dicho,
desde su propio ser, en su mandorla.

Cuando decimos flor, ¿decimos rosa?
Y si decimos rosa, ¿qué decimos:
la flor que, invicta, vemos, en su tallo

o el nombre de un concepto insuficiente?
No sé, pero al decirlo nos decimos
(quien sólo dice yo, dice su nada).
(21 de abril)
(De “La herida de los días”, 2011)

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