DOS TEMAS, DOS VERSOS, UNA IDEA

Mi Poeta sugerido: »Antonio C. Toledo

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Perdone que le insista señorita
que usted va desatando las pasiones,
eleva la ilusión a corazones
e ignora que a los hombres les excita
el ver como se mueven sus tacones.

Cansada de vagar, ensimismada,
cual viento que se posa en sus mejillas,
poniéndose de lado, de rodillas,
y dándole en la espalda una palmada
osó aparcar a un lado las rencillas

 – – –

Dos versos he escrito hoy, dos experiencias,
dos temas, ejercicios, dos ideas,
dos sueños convertidos en vivencias,
dos razones no más para que leas.

Una canción, un verso, una sonrisa,
un susurro en la misa, una plegaria,
una frase que avanza solitaria
del pérfido perfil de una cornisa.

Si tú escribes, tendrás que ser iluso
cual Sancho fue en la isla Barataria,
de la quimera urdir tu iluminaria
haciendo de las letras un buen uso
y de ilusión a la verdad palmaria.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Antonio C. Toledo

Antonio C. Toledo

Brumas

(Selección)

Traspuse el bosque, la llanura, el río,
el agrio monte, en pos de una ilusión;
y desencanto, indiferencia, hastío,
encontró mi cansado corazón.

Probé a llorar, que el corazón humano 5
siempre en el lloro su dolor ahogó.
Y lancé un grito… ¡si el pesar temprano
la fuente de mis lágrimas heló!

Vaporosa, detrás de esa cortina
te alcanzaron mis ojos
por vez primera, aparición divina,
causa de mis enojos.

Desde entonces no puede el alma mía 5
olvidar tu hermosura,
desde entonces mi pecho sólo ansia
gustar de tu ternura.

Si solloza la brisa en la alborada,
en ella va un suspiro 10
que te envía mi alma enamorada
cuando en sueños te miro.

Como sube a los cielos en el viento
de la flor la fragancia,
así en la tarde va mi pensamiento 15
a tu tranquila estancia.

Si lanza el huracán hondos rugidos
en tempestad bravía,
él lleva de mi pecho los latidos
en la noche sombría. 20

Bien sabes que te amo, que te adoro.
Mas, siempre indiferente,
dejas que muera entre su amargo lloro
mi corazón doliente.

¡Hasta cuándo será que desdeñosa 25
al mirarme te escondas!
¡Cuándo será que tierna y cariñosa
a mi amor correspondas!

Como serpea en tormentosa nube
relámpago fugaz,
en sus pupilas negras, de continuo
llamaradas de amor saliendo están.

¡Ah! si esos ojos penetrar pudieran
mi secreto dolor…
Tal vez se disiparan estas brumas
donde ignorado muere el corazón.

Por qué, si junto al mío latir siento
tu amante corazón,
resistir no me es dado tu mirada
y se embarga mi voz?

¿Por qué, cuando tu mano entre las mías
estrecho, de emoción
tiemblas como la flor de la montaña
que el viento acarició?

¿La nieve de tu tez por qué se torna
de vívido color, 10
si me hablas al oído con palabras
de lenta vibración?

¿Por qué dos seres que juntó el destino,
cual lo somos tú y yo,
apenas si se miran luego tienen
que darse eterno adiós?

Las olas de la mar tienen sus cantos,
su rugido el león;
la flor aroma, sombras el crepúsculo,
¡sus misterios Amor!

Nunca le interrogué si me quería,
jamás le confesé que la adoraba;
y suspirando ausentes, en secreto
guardábamos intacta la esperanza.

Sólo una vez, a la hora del ocaso,
cambiamos una rápida mirada
que saturó de luz nuestro silencio…
¡y es la luz el lenguaje de las almas!

Tengo hambre de contarte mis afanes,
mis dudas, mi pesar;
mas, cercada de innúmeros galanes
siempre te encuentro y tengo que callar.

Al fin, la turba que mi angustia labra
se ausenta, y ¿no lo ves?
ya no acierto a decirte una palabra
y me postro de hinojos a tus pies.

Es inútil, mi bien, que delirantes
de tu amor ni del mío hablemos más;
que, al cabo de la plática, tan sólo
tendremos que llorar.

Cuanto es de breve el plazo de la vida,
inmensa es la distancia de ti a mí.
¡Hablemos del amor de los extraños
que nos hará reír!

¡Ah! No puedes ser mía. Desistamos
de la pactada unión;
tu honor y mi altivez así lo exigen
con imperiosa voz.

¡Ah! ¡no puedes ser mía! Tú posees
pingües rentas y yo…
yo no consentiré que el mundo diga
que has comprado mi amor.

No temas si mis ojos
con los tuyos se encuentran como ayer;
como si extraña fueras, sin enojos,
callando, sin mirarte, te veré.

Filósofo no soy, mas se me alcanza
de ciertos raros hechos la razón.
No temas, pues, que penas ni venganza
abrigue, por tu culpa, el corazón.

No temas si de nuevo
nuestros ojos se encuentran como ayer;
cual si un extraño fueras, yo impasible
callando, sin mirarte te veré.

Teme, sí, cuando a solas
intentes por la noche descansar,
las mágicas visiones de alas negras
que implacables tu sueño turbarán.

No temas si mi mano
tiene un día las tuyas que estrechar;
no cual antes por ellas las magnéticas
corrientes del deseo pasarán.

No temas que el desvío
logre mis esperanzas marchitar;
planta que el cierzo arrebató a la orilla,
en playa más fecunda arraigará.

No temas que la risa
o el lloro descubran nuestro afán;
mis lágrimas, tiempo ha que se estancaron.
Sarcasmos son mis risas del pesar.

No temas que sucumba
a los tiros del odio el corazón; 30
en las luchas del mundo envejecido
soldado soy que aleccionó el dolor.

En la muerte de Julio Arboleda Armero

Bullen los negros pensamientos míos,
pueblan mi soledad.
Y me trae recuerdos la memoria
que invitan a llorar.
Oh, sí, ¡quiero llorar! aunque las lágrimas
nunca restañarán
la herida que en mi pecho abrió la ausencia
del amigo leal.

Temprano, de la vida en los eriales,
nos juntó la orfandad,
y desde entonces, entre él y yo partimos
del pan de extraño hogar;
pero él adelantose en la jornada…
y le saludan ya
del imperio de Véspero las sombras
con cariñoso afán,
y ya es feliz ¡pues sabe que en su tumba
vigila la piedad,
y que sus huesos la viciosa ortiga
no puede profanar!

Bullan mis negros pensamientos, corra
de mi lloro el raudal,
hasta que al lado del amigo ausente
yo llegue a descansar.

Llora, sí, pobre niña, que en la vida,
cuando ya se ha perdido la esperanza,
sólo un raudal de lágrimas alcanza
a restañar la sangre de la herida.

A una guayaquileña

Cuando la hora del bochorno avanza
me instalo en la cercana nevería
y, sorbetes y hielo machacado
ingiero, sin medida.

Mas, ¡vano afán! mis males recrudecen
en seguida, porque hay unas pupilas
negras, en cuya lumbre soberana
se incendia el alma mía.

¡Pupilas de la hermosa que me sirve
los vasos, en silencio y distraída,
que sufrir ya no puedo, a vuestra dueña
decidla compasivas!

Es el hombre un aprendiz
y su maestro el dolor;
y no sabe lo que es vida
quien penas no padeció.

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