LA ESPIGA DE TRIGO

Poeta sugerido: Guillermo Marco Remón

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La espiga permanece en mi retina,
lo mismo que el cedazo y la molienda,
las eras con el trillo y su contienda,
la blanca bendición que era la harina.

La espiga forma parte de mi infancia,
los campos a labrar, la sementera,
las lluvias al llegar la primavera,
del horno el pan candeal con su fragancia.

Los rezos a un buen dios, las rogativas
pidiendo que la espiga sea preñada,
después, por las tormentas respetada
y evite que las plagas sean nocivas.

La mies ya bien reseca, segadores,
la hoz con la zoqueta, el sol punzante,
el cuerpo siempre echado hacia adelante,
la mano con la frente y sus sudores.
©donaciano bueno

Los segadores, eso era realmente sudar la gota negra Clic para tuitear
POETA SUGERIDO: Guillermo Marco Remón

Guillermo Marco Remón

DESPOBLACIÓN

A mi padre

Durante las siestas de agosto en Mara,
nos hundíamos en las dunas calientes
del granero por puro aburrimiento.
El soplido perezoso
del viento entre las colinas
acariciaba mi cara
—más suave que la tuya—
y las amapolas de la mente se mecían
como haciendo cosquillas al niño que fuiste.
Volvemos este verano de paso
—sin tiempo para dormir—
y el polvo de las nubes del horizonte
aparece sin que sepamos
cómo en nuestros bolsillos:
el pasado, aquí, parece el único
destino comprensible.

LA HISTORIA ES INJUSTA REPARTIENDO ETERNIDADES

En 1977, en la grabación de una conferencia de Borges, un hombre tose;
junto con la inmortal palabra de Borges queda
la inmortal tos de un anónimo constipado.
Entonces yo pienso en cómo está repartida la eternidad
entre los hombres;
pienso en el obrero (indivisible individuo)
que pasó a la historia como la compleja abstracción de un filósofo alemán
con cierto parecido al Papá Noel de Coca-Cola,
o aquel que fabricó el pincel con el que se pintaron
Los girasoles
o el artesano de espejos cuya obra culmina cuando la compra un guapo
o el cristalero que enmarcó el bello paisaje de esta habitación
o, en otro orden de cosas, cómo se llamaría el talón
antes de que muriera Aquiles.
Se trata de un trabajo complementario
entre la tos y la voz,
el pincel y el cuadro,
el cristal y el espejo y su paisaje.
Aunque no lo merezca,
déjame toser cuando converses de tu vida.

POR QUÉ DEJAMOS DE VERNOS

Nuestras vidas fueron dos historias juntas
como dos libros que se rozan en la Cuesta de Moyano.
Si volviera a vivir nuestras tardes,
convivir en tu mirada, haría una costumbre
—aunque me repitiese—
el contarte mi primer amor correspondido,
la historia de la fábrica de mi abuelo
o por qué mi madre dejó de pintar.
Quisiera volver a arrugar la toalla sobre la hierba
mientras compartimos una naranja
para ser, otras tantas tardes, amigos.

Alguien mira el horizonte

Quiero decir todo el rato ¡qué bonito!
Alba Flores Robla

Alguna vez, hablamos
de que el aire de un tren elevando un vestido,
las pisadas mezcladas en el barro
de pastores, ovejas y bastones
o el piar —que nos despierta— de los pájaros
son verdad, y mejor poema que este.
Del tiempo compartido solo nos ha quedado,
para que maduremos, entre una duda y el mundo,
las mañanas de sol parecidas a marcos
de nuestra vida donde apoyamos los codos.
La timidez nos vuelve más humanos.
Y el aire llega y el verso mejor es: qué bonito.
No sé por qué se callan ya los pájaros
y te miro y me confirmas: qué bonito;
y no hablas alto y me das la mano
y se hace mano de barro conmigo,
y me canso, se deshace el abrazo,
y digo qué bonito, y al mirarte a través
del paisaje comprendo que no trato
de crear o fingir el horizonte
sino de enmarcarlo
para que alguien lo mire.

A veces el amor es un pequeño exilio

Yo te esperé de madrugada solo.
Me había acostumbrado a volver lentamente
a casa, cada día, a una hora de la tarde,
mirando hacia la hierba, ayudando, de vez
en vez, a las hormigas con ramas que los pájaros
traían en los picos. Deshojaba una agenda
como quien se pregunta si vendrá o no vendrá.
Y estarías en vete a saber dónde,
feliz por no quererme —y es justo y es mi costumbre—,
con una ciudad de hombres solos a tu espera.
Así que volví a casa.
Con mi bastón de joven peregrino
marqué sobre las sendas de regreso
tres huellas como el Espíritu Santo.
Una espiga me entró en el calcetín,
la ignoré hasta que me hizo daño, hasta
que me evocó a nosotros.
Sin querer, acabé donde quería.
Para que mis zapatos anunciaran mi vuelta,
en pocas horas di varios paseos.
Erguí la espalda para camuflar
mi perfil de hombre que regresa tarde.
Y pregunté por Juan, Álvaro, Serge,
pregunté por amigos de mi vida.
Antes de irme, les dije: Mañana nos veremos,
como fray Luis, y espero no escucharos
—con el moho en la lengua, con la alegría gris
de la edad en los ojos, susurrándoos para
no despertar recuerdos—: «No está, falta Guillermo.»
Y hoy dejo tu abandono y no encuentro mi nombre
en los murmullos: Llega sucio porque cayó
en un abrazo por su viaje de indeciso.
Le besaron con calma y limpiaron el polvo
del camino de vuelta con los labios resecos.
Tampoco me encontré con mi buena amiga.
Se entregó como lluvia de agosto a mi pasado;
y sé que me esperó y no la tuve en cuenta.
Por fin, entré a mi casa.
El bedel se asomó sobre el periódico
como insinuando: Qué importa volver
de tu destierro si ya no queda nadie que te quiso.

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