LA FIESTA DE LOS TOROS (Mi poema)
Manuel García-Viñó (Mi poeta sugerido)

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MI POEMA… de medio pelo

 

Tradición, esa fiesta de los toros,
la que a algunos alegra o entristece,
un hurra lanza al sol, la res fenece,
o provoca en sus almas sendos lloros.

Ese lance entre fiera y un humano
la que a adictos eleva hasta parnaso,
o insisten repetir que es un retraso,
con rémoras, vestigio de pagano.

Ambos dos se presentan radicales,
ambos dos representan la verdad
que dicen defender los animales.

Ambos dos son actores principales
de un hecho partirá la sociedad,
del mismo, por igual, dos carcamales.

Entre ellas dos, pasiones por iguales
y un principio que se dice libertad,
¡fluya el agua do quiera en sus canales!
©donaciano bueno

Toros, si; toros, no. Mientras los toros sean sacrificados para comer, no tiene mucha razón esta disputa. Dejemos que ella misma vaya desapareciendo con el tiempo de forma natural. O es que la vida no es cruel per se. Matar para comer.

MI POETA SUGERIDO:  Manuel García-Viñó

«Escorpión»

Yo nací con los labios tendidos hacia el beso,
llevando en la garganta
este tremendo grito involuntario
y, en el pecho, la curva de un abrazo.

Yo no agité los vientos de mis acantilados
ni levante clamores en mis mares de sangre;
yo no inventé tormentas ni oleajes
ni puse en el rugido tu nombre y mi llamada.

En mis manos y estaban las furias retratadas
y mi llanto de niño
fue un llanto de inocente condenado.

Si lastimé tu pecho, no me culpes.
Yo no pedí estas garras
que sin querer afilo entre mis piernas.

He llegado empujado,
vestido con el traje que me dieron.

Yo no crucé tu ruta con la mía.

Canción para el futuro

Y pasarán los hombres y pasarán las cosas:
las flores en un día y en mil siglos las piedras,
y brotará la hierba sobre las tumbas rotas
y será ayer lejano lo que aún es mañana.

Apagarán cien lluvias el sol de cien veranos
y cambiarán de sitio las estrellas:
se estirará la Osa Mayor como un caballo
y yo la habré cantado como un carro de luz.

Pero yo ya habré muerto y allí donde repose
bostezará un lagarto cansado al mediodía,
y en el árbol que cubra mi última morada
se arrullarán sus trinos dos pájaros sin nombre.

Mi voz se habrá dormido y mi sitio en la tierra
habrá sido cubierto por una flor pequeña
que temblará al empuje de la brisa amorosa
que traiga el eco oculto de lo que ya no exista.

Y se hundirá la torre donde mis ilusiones
habrán brillado ciertas como un faro continuo,
y todo será sombra en la ignorada playa
donde yo habré jugado, pobre niño poeta,
a vaciar el océano con una concha blanca.

Todo, amor, pasará, como pasan las nubes
sin dejar ni una estela sobre el azul intacto.
El polvo y las marañas ocultarán las huellas
de mi paso cansado por el camino antiguo.

Pasarán los recuerdos y pasará la historia
que los dos escribimos con nuestra propia sangre,
y quedará el oasis donde yo te he amado
como esta misteriosa ciudad abandonada.
(Ruinas de Itálica, otoño de 1951)

I

APOTEÓSIS DE RAFAEL DE CÓZAR

(13 de diciembre de 2014)

Lo que construye el hombre está en el fuego.
Un día lo supiste viendo arder
tus libros. Era un día en que querer
era lo mismo que morir. Y el fuego

no te dio de tinieblas, de sosiego
te dio mansa lección. Si quieres ser
feliz dale a los otros el placer
de ser como ellos quieran para luego

morir sin dejar huella. Y reflejarte
en otros ojos como si la vida
fuera un simple reflejo de la nada.

Si quieres ser feliz, rechaza el arte,
Disfruta, sé banal, bebe y olvida.
Porque cada minuto, porque cada

libro tendrán su llama. Lo que inventa
el hombre está en el fuego. No hay vacío
que no haya estado lleno de sombríos
sueños de carne contra la tormenta,

sueños de siempre juventud sedienta,
sueños de invierno bajo el sol de estío.
Música, libros, cuadros son rocío
de las eras: son hombre que se enfrenta

con su obstinada voluntad al hombre,
con su ceguera al resplandor del sol,
con su huella al silencio de los astros;

son niño que ha grabado dulce nombre
de niña sobre el tallo de una flor
para siempre, pensando que ese rastro

habrá de perdurar. Lo que destruye
el hombre está en el fuego: Desde el beso
primero en leves labios hasta el grueso
cansancio de la pena. Todo fluye

y solo vive muerto aquel que huye
y solo vive libre aquel que preso
tuvo su corazón. Tan solo eso
aprendimos de ti: que se diluye

en otro el que es feliz, que un hombre bueno
es agua, fuente, pan, es sed, es tierra
que compartir y por la que nacemos.

Y así luciste, como luce el trueno,
y así viviste como quien no cierra
las puertas, como el cielo que queremos

que hereden nuestros hijos. Lo que espera
el hombre está en el fuego, está en el filo
de una navaja con la mano en vilo,
que abre una herida cada vez primera.

No, para ti no hay muerte. Y si la hubiera
debe ser un lugar fresco y tranquilo
bajo las aguas, hasta donde el hilo
se pierda de la luz y de la hoguera.

Solo existe la muerte para el triste
que mató a hierro y que quemó lo ardido
hasta embotar y engangrenar la herida.

Y tú moriste por tus libros, diste
consuelo con tus libros al herido,
memoria con tus libros al que olvida.

Como pasó tu vida,
así surquen tu muerte nuevos bríos
y un agua nueva por los viejos ríos
nos empuje a encontrarte y a leerte.

II

CONTRA TODAS LAS PATRIAS

(Bombardeo de la Biblioteca Nacional de Bosnia Herzegovina, en Sarajevo,
el 25 de agosto de 1992)

Habría que saber por qué proceso
el hombre más sensible se convierte en
alimaña. La historia no es de ahora,
sino de siempre.

Pongamos que es un joven profesor
de Sarajevo, que es experto en Shakespeare.
Que ama los libros a los que dedica
sus horas de emoción y sus placeres.

Pero esa herida de los libros no es
suficiente, sino que camina
come, viaja, fornica, tiene amigos,
sueña y siente
una patria que ama y que quisiera
grande, libre y triunfante entre laureles.

Justo en la parte del cerebro donde
entra la patria, todo lo demás,
libros, música y arte, se convierte en
una cuestión de higiene.

Limpiar, limpiar, y al cabo de los años
de militancia y formación política,
su país, que pongamos que es la Serbia,
hace una guerra de limpieza y tiene
este hombre poder y, como puede,
ordena destruir la biblioteca
donde estudió, dio clases y leyera
tantas horas a Shakespeare.

Era una biblioteca demasiado
libre, con libros bosnios y croatas
y libros servios conviviendo amigos
en el silencio de los anaqueles.

El nombre es lo de menos, mas pongamos
que se llamaba Nikola Koljevic.

Y como el fuego engendra, da esplendor,
y limpia y fija, le pusieron fósforo
blanco a las bombas para que en el breve
espacio de unas horas fuese humo
lo que cientos de manos recogieron
de libros pieles hojas incunables
durante muchos siglos. Cuánto duele
la miseria del hombre y sus quehaceres.

Mortal, tú que me lees, no te vayas
de estos versos indemne
y párate a pensar cuántos tu patria
–sea real o inventada–
libros quemó, dilapidara herejes.

III

(En el invierno de 1929 el escritor soviético Mijail Bulgákov quema en
la estufa de su casa las libretas de su diario, cuando se las acababa de
devolver la policía política de Stalin)

El resplandor del fuego se refleja
en tus pupilas, rompes poco a poco,
dañándote las uñas, tus cuadernos
y colocas los trozos en las brasas
de los leños.

Tu cara se ilumina pero pronto
las cenizas ahogan
la llama, y sobre el rojo triunfa el negro.

Palabras libres demasiado libres
bailan su última danza sobre el fuego.

Y las atizas porque sabes que los
manuscritos no arden y es mejor
que sobre el ruido de la letra triunfe el
silencio
de la ceniza que es hondo silencio.

Y sabes que a un Estado criminal
antes lo vence que la rebelión
la belleza elegante de algún gesto.

Lo que nunca supiste –y bien hubiera
alegrado el infierno de tus días
de sufrimiento–,
es que la copia minuciosa
mecanografiada
que hizo la policía de tus cuadernos
hoy nos permite a todos
leerlos.

IV

UN CORAZÓN DE PIEDRA

(En abril de 1895, Oscar Wilde sueña
en la cárcel de Reading con la subasta de su biblioteca)

Estás durmiendo, tienes
un sueño, sueñas que
te persiguen, te encierran,
te crucifican, sed
tienen tus labios rotos
de no se sabe qué.
Sueño de abracadabra
el que te sueña: se
quitan tu apellido
tu hijo y tu mujer.
Tu casa, tus objetos
no son ya tuyos, ves
tus lujosos chagrines,
el marroquín que fue
por manos artesanas
decorado, el papel
de hilo con verjura,
las guardas de moaré,
las raras ediciones
dedicadas, perder-
se entre las manos ávidas
de usureros sin ley.
Y tú, testigo mudo,
no te puedes mover
del sueño que te sueña
ese mundo al revés.
Tu corazón de piedra
hecho para el placer,
ahora es carne viva
de la piedad. La fe
al menos te ha salvado
de ti mismo. Ten fe.
Estás durmiendo, tienes
un sueño, sueñas que
ya no te llamas Oscar,
sino C.3 y 3.

V

(Durante 20 años el manuscrito de la novela «El color del verano»
persigue a su autor, Reinaldo Arenas, para que por fin la termine de
escribir y se publique póstuma en 1999)

“Y aquí, dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en
indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una
vida obscura y extraña…”

Bécquer, Introducción sinfónica

Pinga morronga manigueta bulto
trusa miembro viril picha panocha
morcilla y abultada portañuela
pingazo de divina proporción.

El precio que pagaste por ser libre
fue escribir tantas veces tu novela,
tantas como quemada o entregada
fuera a la policía por amantes,
amigos y parientes,
cárcel censura miedo envidia celos
y campos de trabajo y delación.

Pájaro loca macharrán singante
sarasa joto maricón jabao
santa marica flora y bugarrón.

Debías elegir entre tu vida
y aquella de los otros. Y elegiste
no la vida que otros te quisieron,
no aparentar lo que ellos querían verte
no escribir de mentira y promisión.

Fueron los nombres de tus delatores
Tatica Eva Felipe y Orfelina
Aurelito Cortés y Coco Salas
Fifo Fidel Raúl su puta madre
Fifo Raúl la santa Inquisición.

Y al final no se sabe cuántas veces
cinco seis siete ocho comenzaste
a escribir cuántas sátiras de nuevo,
qué parrafadas de belleza y carne,
qué espinas de una isla que quería
solo cadenas, no la redención.

Te singaron templaron entollaron
pujaron taladraron empuñaron
para tu matarile y colofón.

Pero la libertad no es de este mundo
y ser libre supone un alto precio
que hay que pagar: el hambre la fatiga
soledad cárcel fuga muerte digna
en Nueva York.

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Autor

Donaciano Bueno Diez
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