LA MATRONA/

José Antonio Fernández Sánchez (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Esa noche era plácida y serena,
la negrura brillaba en el ambiente,
cada gota caída de una fuente
cual lágrima preñada era de pena.

La plaza se alargaba eternamente
a la puerta de una vieja casona
cual halo que en su umbral se desmorona
y vuela en los susurros de la gente.

Tú, matrona que a tantos ayudaste
a ver la luz, el cielo, el sol y el día,
tantos gritos que diste de alegría
envueltos en dolor se han ido al traste.

Esos niños, hoy hombres ya maduros,
que al vientre de la madre tú arrancaste,
algunos se quedaron inmaduros
y otros hay ya se fueron por desgaste.

Entre vida y la muerte hay una zona:
la pujanza añorada y hoy perdida,
la madurez que abriendo va una herida,
la vejez a quien nadie le perdona.

En tu caja en señal de despedida
simplemente había una corona,
“la fuente de la vida, la matrona,
dejado había a su pesar la vida”.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: José Antonio Fernández Sánchez

José Antonio Fernández Sánchez

AGUA PURIFICADORA

QUÉ oportuna esta lluvia
que, a chorros, cae empapando al mundo.

Con terquedad rebota el agua
en los barrotes del balcón.

Los árboles, gozosos, tiemblan,
las flores cabecean
y, estoicas, se resisten a inclinarse.

Por la calzada, brava baja el agua
arrastrando maleza, cañas, barro;
antiguos sedimentos
que dejas escapar.
Purificándote.

ESA LUZ

Llega al fin esa luz que es del otoño:
es un legado en su actitud más pura.

No sé de tiempo más feliz que ahora,
cuando lo vegetal adquiere el tono
degradado, rendido a la intemperie;
esa tonalidad de tierra muerta,
como óxido teñido que la lluvia
maneja a su manera.

Pronto vendrán caminos cargados de hojas secas
y un aire fresco exacto y diferente.

El sol ya apenas hiere, y los sonidos
que vienen de la calle son más lentos;
llevan un ritmo acorde con la vida.

Trae el otoño luz.
Luz transitoria. Luz anunciadora.
Hondo recinto al cual el fiel se acoge.
(de: Días comunes – Ed. Libros al Albur, Sevilla 2017)

RESQUICIOS

DESPUÉS de muchos días
en que todo eran nubes encima de otras nubes
y no entraba ningún rayo de sol
por la ventana en la que ahora miro,
hoy, al fin, una luz como perdida
ha conseguido hacerse un lugar ante mis ojos
que, agradecidos de ese fulgor inesperado,
saben sentir tan viva sensación:

lo más cercano y parecido al canto
que un pájaro proyecta:
fugaz, inútil, algo que está y no se le nota;
que pasa como desapercibido
y se apodera de la vida misma.

Una luz misteriosa y transitoria,
capaz de abrir resquicios y oquedades
que se presenta intensa,

y entonces se diluye;
que ya no está, que solo es recordada
cuando la noche llega,
cuando crepita el mundo.

SOBRE LA OBSERVACIÓN DE UN PÁJARO

CARECE de raíz pues no es un árbol.
Miradlo sustentado, cómo oscila,
vibra, se parapeta en su saber.

Con su carga de plumas
lleva en el pico una madera inerte
que en breve habrá de incorporar al nido.

Miradlo cómo arranca un vuelo al aire,
cómo aturde al oído
su rompedor silencio.

Y escuchad
el discurrir tranquilo de diciembre.

DEMASIADO FUGAZ

FUE un escaso momento de plena nitidez;
un instante muy corto. Pero fue suficiente:
se oía el normal ruido que genera la noche
en su estado más denso: la mudez de las cosas;
el sonido del viento parecido a un murmullo;
el silencioso roce de las hojas de un árbol;
varios perros insomnes ladrando al unísono;
el paso intermitente de unos coches.
Lo normal de una noche sin historia, aburrida.
Yo estaba en el balcón enfrascado en mi pensar
-los huesos me dolían y opté por levantarme,
rendido a la evidencia de una edad ya madura-,
cuando un algo tan rápido,
algo como una estrella,
aunque no tengo la total certeza
de lo que en realidad mis ojos vieron,
surcó de norte a sur, de arriba abajo,
la plenitud del cielo. Yo sólo vi una estela
dibujada de blanco, un relámpago, no sé, algo
como el trazo invisible que una mano pintora
a sus solo elegidos le gusta regalar:
la efímera belleza de lo que ya no existe.
Su sentimiento vivo. Su imborrable recuerdo.

RESUMEN DE UN PASEO POR EL CAMPO

¿TAL vez entre las cañas?,
¿entre las altas hierbas del camino?

Resalta la quietud, la expectativa.

De pronto un aleteo
hace vibrar el aire.
Y prende el vuelo.
Inmaculado el cielo de tan blanco.

LA PIEDRA

TAN solo es una piedra diferente a las otras.
Cógela con la mano. Tócala bien profundo,
como un ser vivo que es. Notarás las pulsaciones
de un corazón durmiente y el correr de la historia
por sus sólidas venas receptoras de vida.

Fíjate en los detalles: verás lo mineral
de su fiel esqueleto; cicatrices de ríos
que inundaron su manto y que partieron su piel,
ahora árido paisaje.

Pero tiene algo orgánico que te une a su ser.
Como una relación casi idéntica a lo humano.

Bien sabes que esa piedra -todo ser que imagines-
es ingrávido polvo de un periodo estelar.
Polvo que va cayendo en un espacio infinito
que recoge la tierra como fértil sustrato
y que vuelve a su origen con los rayos de sol.

Te estremeces y piensas que tú también serás
polvo; idéntico resto que nace de las cosas.
Para acabar en piedra. En roca viva.

LA SILLA

HAY pocas cosas tan enriquecedoras,
que alivian el espíritu y lo curan
de las enfermedades que la vida
en su natural transito produce,
como el estar sentado igual que estoy,
en una silla vieja que los años,
la intemperie y el veraniego sol
que hace bullir la sal del oleaje
de este mar nuestro y mío,
ha hecho de ella aposento, amante,
amiga de secretas confidencias.

La acojo tan a gusto.

Mi cuerpo en ella está tan en su sitio
que hace de mí que sea pensamiento,
hondura, un alma libre
que encaja en el paisaje:

la silla, muy al fondo el horizonte,
y yo, sentado, sin mirar a nadie,
sin preguntarme nada.

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