LOS SANTOS INOCENTES

»El Poeta sugerido: Leoncio Martínez

 

Ojos tristes de pupilas dolientes y de oscuros nubarrones
violentados por el capricho de bufones de mentes oxidadas
que atónitos miráis cómo vuestra sangre es derramada a borbotones,
en tanto que ellos debaten del conflicto la razón con sinrazones
¡rehenes sacrificados sólo sois de sus tétricas patrañas!

Presos de pánico contempláis de la muerte el aullar en cada esquina,
entre silencios sospechosos y explosiones que irritan los cañones,
por todas partes se escuchan las soflamas y pululan los matones
¡es tanta la basura, hediondas cloacas defecando moralina,
que ya no os queda sensibilidad para percibir las emociones!

Por vosotras, víctimas inocentes, nunca doblarán más campanas,
ofuscadas vagáis como bichos en busca de propias madrigueras,
¡que empiecen a oficiar y lancen sus ayes compungidas plañideras
por el dolor humano, los sueños olvidados, esperanzas vanas,
yo demando respeto por sacrificar las alegres primaveras!.

Tan fuerte es esta tortura que hasta mis versos resoplan doloridos
entre fogosos harapos, tarros de basura, residuos malolientes,
cuerpos cansados, maleados, silentes a fuer de incomprendidos,
olvidadas fantasías, amores postergados, deseos perdidos,
para mi vosotros si que sois, lo digo aquí, “los santos inocentes”.
©donaciano bueno

Las guerras son la prueba evidente de la estulticia humana. Manejadas por los llamados gobernantes del mundo, los auténticos sufridores de las mismas son los seres humanos que, sin desearlo, se ven atrapados en ellas.

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Leoncio Martínez

BARATARIA

La unciosa paz del patio solariego
dejé por la conquista y la aventura;
el viejo caserón donde perdura,
como la herrumbre en el metal, mi apego.

Muertas cenizas encumbraron fuego
a nuevo soplo; por visión futura
troqué en azar, temores y amargura
aquel dulzor del familiar sosiego

Hoy en poblada soledad y suspiro.
Añoro el huerto y el solar, y miro
con facha de Quijote, triste, enjuta,

con adarga y lanzón por equipaje,
que no sé si tendrá retorno el viaje
porque el vaivén del mar borró la ruta.

Bruñen las cimas de montes bermejos
rayos oblicuos que el sol les asesta;
áridas cumbres simulan al lejos
piara monstruosa durmiendo la siesta.

Émbolos fuertes en rudos manejos
ganan a golpes la ríspida cuesta
entre nogales y cardos añejos:
brava natura, tostada y enhiesta.

Tales amagos de rabia agresora
nunca detienen la locomotora,
símil y ejemplo de vidas y sinos:

sobre los yermos, a incultos ambientes,
yérguense las voluntades potentes
hechas a rectos y nobles destinos.

Poesía de Venezuela
Románticos y Modernistas
Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1966

Amalia (o La Chipola)

Canta claro maraquero,
canta los amores míos
en la voz de los corríos
el joropo del llanero.

Canto y sufro con mi mal,
de ternuras y de amor,
tengo el temple de un puñal
y el cantar del ruiseñor.

Para cantar la Chipola
mi mano temblando amarra
al cuello de mi guitarra
tres cintas en una sola.

Yo digo con mi canto
lo que yo aprendí en la escuela
bandera de Venezuela
por qué yo te quiero tanto.

Amarillo color de oro,
y azul de la azul esfera
y rojo que reverbera
como la sangre del toro.

Dama antañona

De límpidos blasones tú fuiste la rosa
Románticos galanes dijeron ayer
Qué trigueña más linda que vi
Al salir de la misa de diez

Mirándote bajabas tu frente de nácar
Y cándida esquivaban tus ojos la luz
Escondiendo fugaz el rubor
En las blondas del velo andaluz

Dama antañona gentil
El honor fue su escudo
Supo en sus galas unir
El amor y el hogar

Noches de luna escuchó
Al balcón serenatas
Y de rendido galán escuchó
Las promesas bailando el vals.

Amalia (o La Chipola)

Canta claro maraquero,
canta los amores míos
en la voz de los corríos
el joropo del llanero.

Canto y sufro con mi mal,
de ternuras y de amor,
tengo el temple de un puñal
y el cantar del ruiseñor.

Para cantar la Chipola
mi mano temblando amarra
al cuello de mi guitarra
tres cintas en una sola.

Yo digo con mi canto
lo que yo aprendí en la escuela
bandera de Venezuela
por qué yo te quiero tanto.

Amarillo color de oro,
y azul de la azul esfera
y rojo que reverbera
como la sangre del toro.

Balada del Preso Insomne

(1888-1941)

Estoy pensando en exilarme,
en irme lejos de aquí
a tierra extraña donde goce
las libertades de vivir:
sobre los fueros: hombre-humano
los derechos: hombre-civil.
Por adorar mis libertades
esclavo en cadenas caí:
aquí estoy cargado de hierros,
sucio, famélico, cerril,
enchiquerado como un puerco,
hirsuto como un puerco-espín.
Harto en el día de tinieblas
asomo fuera del cubil
bien la cabeza, bien un ojo,
bien la punta de la nariz;
temeroso de un escarmiento,
encorvado, convulso, ruin,
-como ladrón que se robase
sólo el reflejo de un rubí-
por mirar brillando en el patio
el claro sol de mi país.

II
¡Sol para iluminar ensueños
de vastos campos sin confín,
del cielo abierto a la esperanza
de las alas tendidas. Y
aquí alumbra torvas miserias,
venganzas crueles, odio vil
y un dolor que no acaba nunca
ante otro dolor por venir…
¡Oh la bendita tierra extraña
donde nadie sepa de mí!,
a donde llegue de atorrante
sin ambiciones de Rothschild
con la mediocre burguesía
de que me dejen existir!
Hablaré mal en otro idioma,
comeré bien otros menús,
y alguna tarde arrellanado
en mi sillón de marroquín,
viendo a través de los cristales
un cielo de invierno muy gris,
pensaré en los muertos amados,
en los amigos que perdí,
en aquella a quien quise tanto
con la vesania juvenil
de cuando iluminó mis sueños
! el claro sol de mi país !

III
Estoy pensando en exilarme,
me casaré con una miss
de crenchas color de mecate
y ojos de acuático zafir;
una descendiente romántica
de la muy dulce Annabel Lee,
evanescente en las caricias
y marimacho en el trajín,
y que me adore porque soy
tropical cual mono tití…
que me pregunte ingenuamente
—¡y yo no la habré de desmentir!—
cómo es cierto que en Venezuela
los coches de la gente chic
los tiran parejas de tigres,
de tigres «tamaños así…»
(y la altura de un elefante
marcará su mano pueril).
¡Qué fantasías desarrolla
el claro sol de mi país!

IV
Mis hijos han de ser gimnastas
con el ímpetu varonil
de quien tiene libres los músculos
libres el pensar y el sentir,
pues nacerán en tierra extraña
y no en la tierra en que nací;
y mis nietos, gigantes rubios,
de cutis de cotoperiz,
bíceps y espíritus de atletas
con volubilidad infantil,
puede que sí se me parezcan,
tal vez tengan algo de mí:
la realidad de mis ensueños,
la mentira de mi sufrir.
¡Pero en vano entre sus cabellos
hundiré mi mano febril,
echaré hacia atrás sus cabezas
y buscaré, sin conseguir,
en el fondo de sus miradas
el claro sol de mi país.

V
Y cuando ya, siempre extranjero,
descanse más libre por fin,
y tenga lo que a mi me niegan:
la libertad del buen dormir,
en un cementerio evangélico,
cubierto por el cielo gris,
allá que no hay flores al año
sino una vez, mayo o abril,
a falta de la cruz de té,
del nardo, la rosa o el lys,
colocarán sobre mi tumba,
grabado a rasgos de buril,
un versículo de la Biblia
o algunas coronas de zinc.
Y ya muchos años más tarde,
muy cerca del año 2000,
mis nietos releyendo las fechas
de mi muerte y cuando nací,
repetirán lo que a sus padres
cien veces oyeron decir:
—¡y le darán cierta importancia!—
«el abuelo no era de aquí,
»el abuelo era un exilado,
»el abuelo era un infeliz,
»el abuelo no tuvo patria,
»no tuvo patria… ¡Y ellos sí!

VI
¡Ay, quién sabe si para entonces,
ya cerca del año 2000,
esté alumbrando libertades
el claro sol de mi país!

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