OTEANDO EL HORIZONTE/

Pedro Sevilla (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Aquí estoy, subido en la colina,
con la mirada oteando el horizonte,
me recreo, cercano veo un monte
y un poco mas allá la lluvia fina.

La nostalgia me acerca a tiempos mozos,
precoces, recordados de mi infancia,
las ansias de volar de aquella estancia
la sed por embriagar de aquellos pozos.

El dolor que hoy me causa es muy profundo
no consigo entender que haya pasado,
siempre en guerra sumido, despiadado,
cual si fuera yo solo contra el el mundo.

Con mi alforja repleta de alimentos
al final del trayecto ya he llegado,
atrás ya sólo se queda mi legado,
propósitos y buenos sentimientos.

De aquellos diez denarios dios me ha dado
he intentado sacarles rendimientos,
pagado el principal y en los asientos
el debe y el haber dejo cuadrado.

Ahora ya sólo espero relajado
sorteando el temporal, los malos vientos,
la vida se escapó tras los alientos
¡qué raudos ya los tiempos han pasado!
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Pedro Sevilla

Pedro Sevilla

CEMENTERIO EN OXFORD

En el cementerio de la iglesia de St.Mary Magdalen,
los mendigos se acuestan en las tumbas de mármol ya borrado.
Desahuciados de todo, envueltos en abrigos vagabundos,
comparten con los muertos su no ser,
su no dolerle a nadie después de tanto olvido.

A veces, sin embargo,
también ellos regresan
del reino de las sombras y de pronto
nos piden con la mano una moneda
a cambio de contarnos qué es la muerte.

ESCRIBIR ES SEMBRAR

LLEGABA por las tardes, al sol puesto,
y sin decirle nada me sentaba a su lado
porque junto a su pecho se esfumaba mi angustia
y también porque olía su ropa a sol y a lumbre,
a campo y a honradez.

Cuando el sol era ya sólo un recuerdo
volvía del trabajo con su eterno cigarro,
con sus blancas camisas jornaleras,
y mientras preparaba mi madre agua caliente
y él ponía en la radio las noticias,
yo me daba a pensar, a imaginármelo
esparciendo semilla entre los surcos
que luego el sol, el agua y la paciencia
mudarían en verde y en espigas,
en pan para las dulces meriendas de los niños.

Por eso ahora lo imito. Y por eso
ahora que soy mi padre
esparzo estas palabras
en el raro silencio de un cuaderno,
les pongo el corazón y espero que germinen:
que la escritura alcance madurez cereal
y que un día alguien pueda,
como un trozo de pan y de memoria,
hacer de estos poemas su alimento.

UNA FLOR EN TUS MANOS

CON la destreza milenaria
que gastáis las mujeres en los ritos
de la vida y la muerte,
has subido hace un rato a la azotea
para arreglar las flores,
maltrechas y ahogadas de hojas muertas
tras el penoso invierno.

Es abril y renacen los sentidos.
Todo es verdad ahora,
todo se ve y se huele,
mientras tus manos mullen la tierra en las macetas
para sembrar como quien duerme a un niño,
como quien tapa a un muerto,
plantones de geranios, de endebles gitanillas,
de romero.

Luego, cuando terminas,
con las manos de tierra y el rostro iluminado,
preguntas si me gusta, y te sonrío.

Cómo no ha de gustarme, Josefa, si es lo mismo
lo que tú haces conmigo cada día,
lo que haces con mi alma…

BÚSQUEDA ETERNA

COMO se entra en los muslos que uno ama,
con turbación y miedo,
buscando salvación, placer, ternura,
consuelo, vida, muerte,

así he entrado en los libros,
abriendo, acariciando, desgarrando,
en busca de palabras sanadoras,
de signos, de senderos luminosos,

asaltándome siempre,
muy dentro del abrazo o el poema,

la misma pesadumbre,
el mismo hondo silencio.
de “Serán ceniza”, Libros Canto y Cuento.

AQUÍ MI PADRE

Cómo hubiese querido cederle a usted mi silla
en este cine de verano que hoy ha sido
el solar de un misterio, el espacio de un rito
donde un gitano turbio y orgulloso,
heredero forzoso de dolores antiguos,
ha estado buceando en los pozos del tiempo
para extraer la joya legítima del cante.

Sin duda habría sido usted más digno oyente,
más legitimo,
porque también fue más cumplido en el dolor,
y el dolor ennoblece, y otorga esa elegancia
que a mí ya me asombraba cuando niño:
en el cine del pueblo, otros veranos,
o en las hondas tabernas,
le recuerdo muy serio, ensimismado,
mientras cantaba un hombre
cosas que el vino le llevaba a la memoria.

Lo he entendido, padre, entendí sus silencios,
el brillo de sus ojos que era pasión y vino,
y por eso he fumado despacio, como usted,
y he bebido callado, misterioso, para parecerme más a su retrato.

Esta noche, en la voz del gitano orgulloso,
he sabido el secreto que nos une:
un dolor transmitido,
una historia que viene de muy lejos,
una pasión que va más allá de la muerte. Pedro Sevilla

Éramos violentos

Éramos violentos y algo tristes.
El paraíso entonces
era besar tus labios,
ir contigo a los muros donde en tiempos de paz
se abrazan las parejas
como si cachearan al amor.

Era el setenta y siete.
Tenías veinte años y un temblor en el pecho
de palomas miedosas que acostumbraron pronto
a probar la ternura de mis manos.

Éramos violentos: agentes de uniforme
saqueaban las aulas en busca de octavillas,
de libros prohibidos;
no comprendieron nunca que en los parques de octubre,
besándonos los labios,
fuimos más inquietantes, mucho más peligrosos
que gritando en las calles mientras no perseguían.

Tenías veinte años:
Recuerdo que en un muro,
bajo la sangre quieta de unas siglas,
hicimos el amor en pie de guerra.

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