¿POR QUÉ YO ME PREGUNTO?/

Héctor Viel Temperley (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Por qué yo me pregunto si nadie me pregunta,
por qué abundan los seres que dicen ser humanos
que pasan su existencia tratando sacar punta
de cómo separarnos unos de otros hermanos.

Por qué yo me pregunto si nadie me pregunta,
y hay gentes que se empeñan creando otros idiomas,
por qué es que la riqueza con el bien no se junta
y algunos mientras comen te impiden que tú comas.

Por qué tanto pregunto si nadie me responde
hay tipos que utilizan de dios su nombre en vano,
y cuando se descubre la vuelta da y se esconde.

Por qué si eso es inútil, insisto cuestionando,
y sigo y lo persigo y empeño y tanto afano,
indago y sin respuesta, me sigo preguntando.

Por qué yo me pregunto si descubrir no espero,
si todo aquí es presunto, que nada ya es certero
salvo seré difunto, pues sin querer me muero.
©donaciano bueno

Comentario del autor sobre el poema: Existe en los niños un periodo que los pedagogos denominan la edad de los por qués. Pues bien, yo creo que esa etapa dura toda la vida, aunque en un momento determinado sea más acusada.

POETA SUGERIDO: Héctor Viel Temperley

Héctor Viel Temperley

EL NADADOR

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y la de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arroyos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía el agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.

BAJO LAS ESTRELLAS DEL INVIERNO

La liebre que una vez que yo miraba
atardecer –volaban los chimangos!–
salió del sol y se sentó a mirarme

El pájaro que una mañana
se posó exactamente sobre mi corazón
a una hora en que su cuerpo todavía
calentaba la piel más que el sol

El pene entre mis dedos de ese enfermo
al que ayudé a orinar mientras marchábamos
lentamente una noche a un hospital
cruzando playas de estacionamiento

La perra que buscaba a mi pene en la sombra
cada vez que salía para orinar desnudo
mirando las estrellas del invierno
antes de regresar corriendo hasta el colchón
iluminado por el fuego que ardía toda la noche
en los troncos que hachaba con mi hacha todo el día

La mujer que pedía serenamente auxilio
agitando los brazos y volviendo a nadar
en las primeras horas de una tarde pesada
en que yo con el pan en el estómago
no encontraba a otro hombre en las orillas

Y todos los metros que nadé por el mar
sin ver jamás a la terrible aleta
Y mi alegría de noche en las ramas de un árbol
oyendo tangos en mi adolescencia
Y mis siestas sentado junto al cajón de un muerto
descansando en la digna frescura de una bóveda
del verano porteño que nos había humillado

Hablo de todas las horas y de todos los días
y de todas las estaciones y de todos los años

Pero la liebre que una vez que estaba solo
se ubicó exactamente entre el sol y mis ojos
guardando exactamente la distancia
que guarda un ángel que visita a un hombre…

Y el pájaro que un día
se posó exactamente sobre mi corazón
lo que es igual a recibir de un golpe
el propio corazón en el lugar exacto
el único lugar del universo
donde es una victoria recibirlo…

Y la perra que se acercaba agitando la cola
cada vez que volvíamos a encontrarnos desnudos
y solos bajo el cielo del oeste…

En fin…
Brillan los miles de ojos que me miran
Brillan las estrellas del oeste en invierno
Sobre la borda del colchón iluminada por las llamas
me siento arreglo el fuego
leo diarios viejos mientras mi sombra crece
Son las tres de la tarde en el reloj
que después del almuerzo se detiene
La noche es larga
Toda la noche sopla el viento
Mi muslo brilla con la saliva de la perra
o entre las piernas de una mujer de buen carácter
desnuda alegre dormida satisfecha
Vuelvo a despertarme cuando quiero
Vuelvo a salir al frío y a orinar nuevamente
porque estas noches bebo mucha agua
El fuego hace sudar al que lo cuida

En fin…
Hice orinar a un hombre
Salvé del mar a una mujer lejana
Y sé que puedo recordar algunos otros
actos de más amor de más coraje

En fin…
Pienso en todas las horas pienso en todos los días
pienso en todos los años sin encontrar mi imagen

Pero una liebre un pájaro una perra
me miraron a los ojos al corazón al sexo
como creo que sólo me miró también el mar
una madrugada de verano en que vagaba
con una pistola en el puño sin tener donde afeitarme
(de Legión Extranjera, Torres Agüero Editor, 1978)

A MI CUERPO

Señor, mira mi cuerpo.
Mira mi cuerpo antes que yo lo llame
y él me llame gritándonos
de lejos.
Mira mi cuerpo, este animal antiguo
como el río más antiguo
y joven, todavía, como el agua
cuando aprendía a nadar,
sola entre cerros.
Señor, mira mi cuerpo.
Mira mi cuerpo, torre de mi infancia,
mira mi cuerpo, cueva a la que vuelvo
siempre
a sentarme solo
ante tu fuego.
Señor, mira mi cuerpo
como yo lo veo.
Oh cazador del agua en los veranos,
oh cazador, de mi alma
prisionero.
Oh cazador sediento de su casa,
más antigua que el alma,
más joven que su miedo.
Lo amamantaron entre pajonales
donde ya te perdía
el viento, con tristeza.
Lo amamantaron entre pajonales,
oh cuerpo mío, antiguo cuerpo mío,
cueva para el amor,
torre para la guerra.
Señor, mira mi cuerpo. Es inocente.
Oh cueva de tu fuego,
oh torre joven.
Por los largos veranos que aún le esperan,
por estar junto a mí,
que me perdone.

HAY UNAS FLORES VIOLETAS

Hay unas flores violetas
en un monasterio
que en invierno crecen como un colchón
a la sombra de los árboles.
Y uno puede tirarse de pecho
sobre ellas
y sentir hasta el alma
la humedad de la tierra.
Un día, le pedía a Dios, con lágrimas:
Carajo, estate siempre así conmigo
como ahora.
A vos sí
te pido que me quieras.

BUTA RANQUIL

Cambio despacio
una pieza del coche
en un lugar muy desierto y muy pobre
que se llama
Buta Ranquil, papá,
y pienso en dónde estarás ahora,
que hace tres años te moriste,
y sé que no me haría esa pregunta
si no te sintiera cerca
y en una forma nueva,
abierto, libre y cerca
en el aire de Buta Ranquil, papá.
Después, como una aljaba
con una cruz encima,
para un San Sebastián
y demasiadas flechas,
hay un rancho pequeño. Y corre el agua,
se oye correr el agua
entre unos sauces.
El sol entibia.
Es como el fin de un viaje.
Y me tiro en el piso
de tierra del corral,
con los brazos en cruz,
con las piernas abiertas.
y me puedo morir sin ningún asco
de mi cuerpo pudriéndose,
porque todo es muy pobre,
es casi el cielo,
ni el horror, ni el cansancio,
ni mis propios pecados.
Y vos estás de nuevo con tu hijo,
y vos estás, papá, casi tocándome,
cerca de mí, papá, y en una forma nueva,
libre y abierto en este aire indio
de morir o llorar, recién nacido.

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