¿QUIÉN SOY?

»El Poeta sugerido: Adalber Salas Hernández

 

Un cero, eso soy yo.
Un ser que no quiere ser,
que está aquí porque dios lo quiso
según dicen. Y fue así, sin previo aviso,
que en este putrefacto mundo su cuerpo vino a caer.

No tiene nada que ver
que este insulino-dependiente
viniera aquí de ese guiso un tal día como ayer,
asocial y estrafalario, intelectualmente indigente,
a su pesar buena gente, escaso de saber querer.

Hubiera querido ser
un ser muerto medio vivo,
sólo un sujeto pasivo sin capacidad de pensar,
y en su atalaya observar sin tener que ser esquivo
sin analizarlo osar o cometer el error de pretenderlo cambiar.

Para mi penar yo vivo
y aunque intento no consigo
parar ya de investigar, discernir y razonar.
Que esclavo de mi razón, en busca de explicación
no la encuentro y esta incertidumbre me causa una desazón.

Más veo, más confuso ando
y este embrollo me carcome.
miro al frente caminando, mis ojos se están nublando,
y aunque yo sigo intentado que la verdad siempre asome
ando, ando, ando y ando y es a la luz que el negro se me antepone.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Adalber Salas Hernández

Adalber Salas Hernández

II

Por haber sucumbido
a la oscura tentación
de nacer,
por haber comido de este
pan árido,
encenizado,
por haber asentido
y entregado la frente
para recibir la saliva lustral
del tiempo,
por todo ello
estás aquí,
pisando esta tierra que siempre
te será infiel,
habitando su noche
sin párpados,
con tu desnudez balbuciente,
la misma desnudez
que sostiene el día
cuando se entrega
sin más
descubriendo el miedo ágrafo
de tener un rostro.

V

Tus pies
no recuerdan todavía
ningún paso.
Los espejos
no tienen derecho
sobre ti.
Y esa voz que será tu condena
no ha soplado aún
ceniza en tu garganta.
Hasta ahora
sólo has escuchado
un aleluya
comido en sus bordes
por el óxido,
raído como una madera vieja:
la lengua de lo que está más allá
o más acá de la piel.
En ti solamente hay
la arcilla pura del tiempo,
la tierra heredada
para ser perdida.
Solamente
la dura gracia
de haber nacido.

VII

Mirar
hasta que las cosas
den nueva forma a nuestros ojos.
Esas mismas cosas
que son el punto de fuga
de una memoria desconocida.
Mirar lo que solamente desea
que su historia permanezca
sin ser contada,
jadeando
en los rincones,
sentada sobre el lento crujir
de los días,
amasando su mínima,
delgada porción de eternidad.
Mirar, aunque nuestros ojos no soporten
el filo de las pieles,
el testimonio sin grietas de la vida.
Sí,
aunque no lo soporten
y se derrumben.

VIII

Al recién nacido
hay que darle de inmediato
un nombre.
Al que ha salido
de la negra violencia del parto,
todavía húmedo de no existir,
hay que nombrarlo,
para borrar de sus manos y
de su respiración
el susurro de otro océano,
para contener
el barro incierto de su carne,
hay que conjurar
ese lugar del que ha venido,
la marea brutal
que lo ha abandonado
entre nosotros,
sobre esta tierra que deberá caminar,
cuyo vientre espeso
está repleto de palabras
que nadie recuerda.

XX

La luz no puede perdonarnos
el que hayamos venido
a inventar la sombra.
Ella, que no conocía
sino la cal de su propia piel,
la blancura irreversible de su paso.
Ella, la gran lectora
de todo lo que no había sido escrito
aún.
Ella, sí, la médula secreta
de este mundo,
ella no nos perdona
estas oscuridades con las que poblamos
su andar, con las que
le contagiamos nuestra ceguera.
Ella, que nunca hubiera sabido
qué cosa era la muerte
si no se la hubiéramos entregado,
obligándola al tiempo,
a esta pasión sin resurrección.
Del volumen Heredar la tierra (Bogotá, Común Presencia, 2013)

IX

(don Luis de Góngora y Argote en los infiernos)

¿Y dónde más iba a estar? De cierto
no allá arriba, pasando hambre entre tanto silencio,
tanto santo en éxtasis, tanta esfera celeste
obsesionada con medir los siglos,
ni tampoco aquí abajo, domesticando esa
soledad tan de nadie,
dándole de comer sílabas
y naufragio.
No, don Luis tiene que estar
allá en los infiernos,
así, en minúsculas,
en una gruta espesa como su garganta,
condenado a no repetir
una sola palabra, a gastar
irremediablemente lo dicho,
a ser testigo de ese lujo secreto
que es la voz cuando se da por vencida
y se vuelve pura ceniza desatada.
(de Salvoconducto, 2015)

LXVIII – Vox mea muta sono: donde Ovidio monologa
(Tristia, Publio Ovidio Nasón)

No quiero decir que valgo mi peso en oro,
porque entonces me hundiría en el mar.
No quiero decir que valgo mi peso en sal, porque
el mar me reclamaría como suyo.
No quiero decir que valgo mi peso en sudor,
porque el mar me creería una ola extraviada en tierra.
No quiero decir que valgo mi peso en orina,
porque el mar me confundiría con la saliva ácida
de los tiburones. No quiero decir que valgo
mi peso en tinta, porque el mar me tomaría
por la tristeza y el miedo de los pulpos. No
quiero decir que valgo mi peso en sueño, porque
el mar entendería que soy una de las criaturas
contrahechas que pueblan sus profundidades.
No quiero decir que valgo mi peso en huesos,
porque le mar me colgaría de los acantilados
que ama roer. No quiero decir que valgo mi
peso en grasa, porque el mar me molería en espuma.
No quiero decir que valgo mi peso en sangre,
porque el mar me usaría para teñir sus corales díscolos.
No quiero decir que valgo mi peso en aliento, porque
el mar pondría mis pulmones entre sus medusas. No
quiero decir que valgo mi peso en palabras, porque el mar
es una palabra doblada sobre sí misma.

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