SEGISMUNDO

Jesús J. Barquet(Poeta sugerido)

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Sólo en el planeta estoy, todo está roto,
los jirones he dejado en la pelea,
ya no existe comunión con quien me lea,
lo que queda es un jamelgo de aquel potro.

La vida ha quebrado sin piedad mi orgullo,
transformándome en un buen samaritano,
que el maldito tiempo convirtió en anciano
jamás ya de mis labios se oirá un murmullo.

Mi alma pena en el altar, nada desea,
en tinieblas vaga, el tiempo le escasea
de pensar exigua y de mirar profundo.

Chapoteando se encuentra en la marea
de las dudas, lo crea o no lo crea,
pues la vida es la muerte. Segismundo.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Jesús J. Barquet

Jesús J. Barquet

DECIRES

Cuando hubo patria
el hombre dijo patria.
Juan Antonio Corretjer

Apenas había patria
y un hombre dijo patria
otros dijeron palma
un ciego dijo noche
un calvo dijo arena
un niño dijo madre
un padre dijo abrigo
un loco dijo isla
un poeta dijo fiesta
un viejo dijo tumba
un sordo dijo ruido
un mudo dijo cuba
y el hombre dijo entonces
ara y fue pedestal.

Coplas por la muerte de mi Patria

nacer es aquí una fiesta innombrable
José Lezama Lima

Ya la patria no es nada:

Ni un recuerdo, ni un anillo, ni los padres
aquellos
que alguna vez se amó
y que por compasión la tierra
acabó por tragárselos.

Ni la playa desde la cual venía a contemplarnos
el ideal,
pues otras playas del mundo se nos han interpuesto
y sus aguas enturbia malsanamente la memoria, esta
torpe insistencia
de la nostalgia en que no debemos confiar.

Ni aquellos callejones y azoteas desérticas donde hacerse al amor,
ahora que tantas calles del mundo nos han transitado.

Ni la cobriza turgencia de una piel cuya ausencia
disímiles pigmentaciones nos llevó a conciliar.

Ni la sorpresa que ahora dudamos si lo fue.

Ni aquel viento conforme y escaso, milagro
únicamente concedido al llegar junto al mar.

Ni siquiera la infancia, prematura vejez asumiendo
una falsa inocencia y ocultando su espanto.

Ni tampoco esas cuatro letras que podría
pronunciar aquí como un conjuro o un bálsamo
serán más nunca mi patria,
aunque consten en toda acta oficial y nacer
fuera allí
alguna vez, para alguien,
una fiesta innombrable.

Elogio de las cosas

I
No me preguntéis por las cosas.
No ven mis ojos sino lo blanco,
la hoja en que transcribo una turgencia.
No ven sino lo que adivino, una
cándida luz, una esperanza.
Y de nada de esto
me dan razón las cosas.

II
Sólo un silencio nos llega de las cosas
que una vez nos colmaron. Cuando
volvemos a contemplarlas,
allá en el tiempo claro de la memoria,
nos hablan en silencio del antiguo
calor de sus maderas: sus texturas susurran
sin palabras
— nos preñan —
el motivo que una vez las preñara.
Y es como un grito ese silencio
que nos llega de las cosas,
cuando nuestros ojos acarician
calladamente
el escondido estupor de sus materias brutas.

New México

Aquí vislumbro campo, y viviré.
José Martí

He venido a quedarme detenido,
fijo en el aire, que no pasa,
en un espacio donde no me reconozco
sino por negación.

Esas montañas
no serán nunca los Andes, esas arenas
nunca serán el Sahara, ese río
aunque sucio también y mal interpretado
jamás será el Almendares*, ni yo
– este lugar que constituye mi cuerpo –
podrá hacerme ser aquí
el que una vez era.

Algo
que hoy sólo puedo concebir como un viaje
por mares y ciudades e historias
me ha depositado aquí sin yo haberlo esperado,
en un aquí que únicamente me afirma
por negación.
*Río pequeño en La Habana

Destierro sin ángel

Ay, ángel, ¿dónde estás, cómo poder verte?
¿En qué arista del mundo tu recuerdo despidiéndome?
¿Qué largo adiós esta suerte de tierra desconocida?
¿Qué he hecho de mí o qué me han hecho?
¿Qué aún busco
que ya más nunca encontraré?
¿Quién como tú que en un recóndito
recodo del tiempo me aguarde todavía?
Si ya no puedo amar,
si ya no son mis brazos para abrazar sino
para ponerme el disfraz de cada día.
Si ya no sé quién soy ni dónde
se quedó detenida para siempre la vida.
Ay, ángel, ¿dónde estás, cómo poder verte?

Aquel sabor natal, aquellas gentes
que me enseñaron a amar:
las plantas, las calles, los amigos, la casa.
Ay de la patria, raro ventrículo de la razón
de vivir,
suerte de orgullo inmaterial,
de árbol enraizado en su paisaje,
de gaviota volando sobre su propio lar.
Pero, ¿cuál patria?
¿Aquel montón de tierra sobre el mar?
¿El azaroso lugar donde nací?
¿O un hambre del espíritu: una imperiosa
necesidad terrenal
de ese Ser único que todos anidamos?

Nada sé.

No sé ahora ni quién soy
tras este haberme vaciado tanto:
Adiós a las playas de infinitas holguras,
Adiós a las costumbres de familiares texturas,
Adiós a nuestras huellas inocentes y amantes
sobre la arena.
Para ahora de nuevo comenzar, de nuevo
cargarme de extrañas criaturas sin perseguir
ni siquiera una Forma.
Ay, ángel, ¿dónde estás, cómo poder verte?

Quizás también tú me hayas abandonado.

Pan dormido

No pausa ni exabrupto
sino sólo tu cuerpo, dormido, sobre una superficie
en que apenas distingo trazos,
en que únicamente te confirman mi ceguera
y mi fe.

No pausa, es suceder
donde nada se fija, como peces
cuando un extraño se asoma
(aguas de plenitud disolviendo una harina
amasada en la víspera, rápida fuga que expulsa
el mismo volumen líquido que atesora),
mucho menos estatua
que colocar en los altares o exhibir en un circo
de provincia, sino masa nocturna que crece, olorosa,
y corona.
Tampoco exabrupto, sino volver a buscar
en el placer cada mañana, en cotidiana
instalación o turgencia
que el propio olor delata
(otros pasan de largo, mi deseo
no alcanza su resurrección: te falta yo),
y la rutina dominguera convertida en ritual
de comunión no obstante los sabidos
saluditos cordiales.

No pausa ni exabrupto, sino tu lento
cocinar desde la noche y hacia el día.

Naturaleza muerta

   (con mango, uvas, piña, mamey y plátano)

Hay sol, no maduro aún
pero desplegando seguro infinitudes
venideras. En la torpe mesa del hombre
el sol, con manchas tercas
presagiando su sabor.

Está el noble rosario vegetal aún no morado,
sola su hermosa hermandad en tanto ruego
humano por vivir. Están finísimas, perfectas,
similares en la virtud del bien, en la alegría
del Buen Degustador.

Está orgullosa en su trono la reina convencional.
Capa y espuelas le lucen siempre. Fuerte escozor
deja siempre en la voz del hombre que la pronuncia.
Descanse pues su grandeza solitaria,
nunca cariciosa.

Está también la sangre de los hombres más puros.
Oval parece porque ha ido ocultando
su negro mineral, su magro instinto.
Oscura parece porque allá se nos fue
la sangre del instinto, el instinto de la sangre.

Precisa la atención: dormido se despliega,
callado se enmudece su ternura. Le cubre
un caracol de tiempo irreversible, hasta que
estalla su sueño en la gruta compañera.
Ahora, ¡silencio!, reposa.

Sostiénelos un cristal nuevo, un arrebato
de la mejor transparencia
que el hombre haya padecido alguna vez.
Sobre la mesa, en flor o muerta,
alguien contempla su inmanencia.

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