UNA PERRA DESCARRIADA/

Carlos León Liquete (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Ella nació y creció sin saber nada,
ni siquiera saber de quién naciera,
vagabunda, fue el cielo su morada,
su vivienda una ignota carretera.

Anduvo sin saber a dónde iba,
desde acá para allá, desorientada,
sin nada que cerner en esa criba,
y a nadie que esperar en la parada.

Nadie sabe quién fue la camioneta
que, tan cruel, la impulsó hasta la cuneta
donde ella apareció despanzurrada.

Nunca tuvo paraguas ni sombrero,
ni fuera bendecida por el clero,
que perra fue, infeliz y descarriada.
©donaciano bueno.

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Comentario del autor sobre el poema: Un hecho lamentablemente bastante habitual, es el simil de mucha gente en este mundo que posiblemente no nos inspire tanta compasión.

POETA SUGERIDO: Carlos León Liquete

Carlos León Liquete

Del libro HACIENDO CONSCIENTE LA PROPIA ENFERMEDAD

I
El humo anula nuestra propia percepción
del amigo. Su nombre: Carlos, y sus versos,
los de la araña quieta siempre a nuestro lado.

Que vayan cayendo y que los vea nadie.
Y sin recuerdo alguno. Palabras de fiebre
sumergida, oculta flor para el agua
mustia, hasta el morir, sin huella,
como el lamento que recubre
los brazos del sentido.

II
Lo que se desplaza es la inversión del pensamiento.
Lo que vibra, hacia un afuera sin número, vibra
como sueño, condensa piedra y agua en uno;
mientras, el pozo se conciencia de sí, retoma
lo perdido; especulación sincera que lo cubre
de sus más íntimas miserias.

III
La infancia puede alargarse
hasta el infinito
que acaba en nosotros,
como imagen del juego.
Pero es su realidad
penosa y no compensa
la emoción. La pérdida
de un sentido que no hay;
como el infanticidio
cotidiano
de los hombres. [Parte primera, “Jardín”]

C A N T O D E S O L

Al despuntar las primeras luces del alba,
el sol, abrazado a sí mismo por el frío,
tiene la intensidad de los gritos o la risa
de los pequeños hombres, niños, cuando nacen.
Se mueve con destreza, pero su calor
no llena plenamente este vacío ajeno,
de la noche.

Sus primeras palabras son contra la escarcha,
el hielo, contra la casualidad de astros
que atenaza su voz. Poco a poco, levanta
la mirada, calentando rostro y manos.
Los días de niebla, parece oculto y débil,
y sin embargo está su luz, para nosotros,
atravesando la bella red del agua
que asola la intención. Sólo entonces, sol
del nosotros, frente a su olvido consciente
y su albedrío azaroso de invierno.
Con el tiempo, si los días son propicios,
las nubes obscenas permiten que sintamos
su calor, con todos los sentidos del cuerpo.
Su voz es tan fuerte que nadie la acompaña.
Sólo la sombra nos permite hablar de él,
con él, con todos.
Su tranquilidad aparente es un volcán
que con el tiempo se oscurece. Como todo
lo vivo todo se muere. Ni siquiera él
está ausente del tiempo. Su tiempo es distinto,
y otro, como el de aquellos hombres y mujeres
que grabaron su voz, mueca insignificante
de una más larga historia.
El ocaso, en vez de hacernos triste la partida,
nos da sabor, todo es tranquilo, y su mirada,
tenue ya, resulta tan hermosa
como lo no mirado ni entrevisto.
La visión de su diario final,
debilidad en la grandeza,
devuelve al sol, su historia,
su sentido, al otro tiempo.
Y la imagen audaz de lo oscuro
que viene, es incapaz de desterrar
de nuestros ojos
las vueltas del color,
los tonos innombrables
que el sol, en su persona,
nos deja para ver
como tranquila
realidad
del sueño. [s/n, “Canto de sol”]

Luna y sol y estrellas

corriendo por los últimos senderos de la noche, partidos, como espátulas huecas que se deshacen poco a poco, buscando, para no conformarse con lo visto, una nueva salida al siempre posible laberinto de los hechos.
La vida como una red que atrapa
y sustituye la única vocación de nadie.
[última parte, “El samovar hierve en la mesa de encina”]

E N H A I T Í S I G U E L A E S P E R A N Z A

( r e s t o s d e l a p r e n s a )

Bajo los escombros
aún se oyen
sus voces.

Alguna vez
en estas calles
¿calle? ¡desierto!
un gemido seco
– como sin agua
en la boca, pura
sequedad –
alerta los pasos
cansados
del soldado.
En Haití, cada vez
hay más,
milicos.

Unos bomberos corren
a hacerse la foto.
Más de una llamada
se han ahorrado
y han quedado
bien, muy bien.
La foto está estupenda
(quizás sea pronto para decirlo
tiene la pinta toda del número
de enero del extraordinario
de diciembre, resumen de año nuevo).

La prioridad se centra ahora
en quienes lo han perdido
todo. Hasta la misma vida.
y sobreviven
entre el colmo del desecho.

El mercado del Caribe
no se puede permitir
en estas circunstancias
el pillaje
que arrasa los equipos
de rescate
¡ y no hay normalidad !
(como si en vez de agua
ardieran las olas).

Lo más importante
es atrapar a los presos.

SUEÑO DEL LEÑADOR, AÚN VIVO.

“Prestarse un momento a otra vida,
cedro”. Ligero golpe de hacha.
Otra vez golpe, otra vez, otra y otra.
Que canten los pájaros (siempre tac
contra el seno). Prestarse a otra vida,
cayendo en mis brazos. Un rápido
silbo, y ya. Tremenda caída.
[El invierno
le acecha] No hay mejor calor
que el de ese hogar
que no tuve jamás.
[La desobediencia le afirma
en el golpe. Kolpez Kolpe]
“Prestarse a esta vida. Con tus ramas
armas, con tu tronco asiento y mesa
de tus hojas chasca, de la madera
fuego, y de tu espíritu nuestro sentido”.
[Para que nadie olvide
lanza al viento su saliva]

Canto acaso

por ver
que sigo vivo,
callo acaso
por ser
mejor amigo,
de mí mismo
canto,
de mí mismo
callo,
de mí mismo,
de ti mismo,
amigo.

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