YO QUE SOY UN INGENUO

»El Poeta sugerido: Pedro Antonio de Alarcón

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Yo que soy un ingenuo, un inocente,
que no puedo entender que los idiomas
se inventaran tratando que la gente
mejoraran de forma inteligente
los puntos y las comas.

Yo que pienso que soy un alelado,
que defiendo y que voy contracorriente
que la lengua cuando es por duplicado
la mitad ya se encuentra condenado
a ser un indigente.

Que propugno que todos se eliminen
a uno sólo salvando de la hoguera
evitando los nuevos que germinen,
las barreras del habla se fulminen
cortando esa alambrera.

Hoy que insisto y predico en el desierto,
a sabiendas que nadie me hace caso
aquí lanzo mi ruego a cielo abierto
a quien quiera pensar que eso es lo cierto
y no soy un payaso.

Y es que un día, difícil saber cuando
si es que siguen los mismos mandatarios,
habrá alguno, que así sea soñando,
tome el mando esta torre* destripando
y evite estos calvarios.
©donaciano bueno

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*La Torre de Babel. Inglés, español, francés, mandarín, italiano, son solo algunos de los idiomas de las más de seis mil  lenguas que se hablan en nuestro mundo. De esta cifra, una veintena puede considerarse importante por su extensión y producción escrita.

POETA SUGERIDO: Pedro Antonio de Alarcón

Pedro Antonio de Alarcón

EN EL MULADAR

Mendigo: tu blasfemia me estremece…
¡Deja que olvide a Dios el venturoso;
pero tu labio hambriento y asqueroso
con renovada fe bendiga y rece!

Todo, menos su Dios, le pertenece
al opulento sano y poderoso;
y el pobre, miserable y haraposo,
de todo excepto, de su Dios, carece.

Dios es al cabo el único enemigo
del vano, del audaz, del sibarita,
y la sola esperanza, el solo amigo

de quien llora, padece y necesita…-
¡Sin Dios, el universo se anonada!
¡Sin Dios, el rico es Dios, y el pobre nada!

LA CAZA DEL SAURIO

(A María Buschenthal)

Del agrio risco solitaria dueña,
la diestra armada del arpón luciente,
ved a la hermosa indiana adolescente
tendida al borde de tajada breña.

La verdosa cerviz no bien enseña
cauteloso lagarto, diligente
le asesta el golpe, y, trémula, lo siente
forcejear, clavado ya en la peña.

Del monstruo herido, que tenaz porfía,
tiembla entonces la pérfida agresora,
y bárbara, acelera su agonía…

Remátalo por fin, pero en mal hora;
que, al ver el cuadro de su hazaña impía,
tiembla de nuevo, se arrepiente… y llora.

LAS PALMERAS

Gentil palmera lánguida crecía
entre los muros de cercado huerto,
y, amortajada en su ramaje yerto,
cual alma sin amor desfallecía.

Luchó empero tenaz…, hasta que un día
consiguió descubrir el campo abierto,
y vio marchita, en medio del desierto,
otra palmera, que de sed moría.

Convalecer les hizo una mirada,
y el aura fue galante mensajera
del dulce amor que para siempre uniólas.

-Aprende el caso, niña desamada;
guarda el tesoro de tu fe, y espera;
que almas como la tuya no están solas.

LA MOÑA

(A la Marquesa del Salar)

¡Cuán airosa y ufana en la corrida
irá la noble fiera, engalanada
con tan bella divisa, regalada
por tan ilustre dama y tan garrida!

Cárdena sangre de la oculta herida
matizará la seda recamada,
y aun el toro, al mirarla disputada,
más sentirá el perderla que la vida.

¡Ay, si al coger la codiciada prenda,
tu corazón ganara y tu albedrío
el esforzado justador!… -¡Oh gloria!

¡Todos fueran al par a la contienda!…
¡Y yo, ante todos, redoblando el brío,
diera la vida allí por la victoria!

PROMESA DE UNA SANTA

Estoy, Señor, de mí tan desprendida,
y de toda afición tan apartada,
que, por el don que os intereso, nada
sacrificar pudiera agradecida.

Voto os hiciera de dejar la vida,
si ya no fuese vuestra, y tan cuitada,
que, al perderla, creyérame premiada
con no vivir y verme a Vos unida.

Mas, pues no hay meritorio sacrificio
en quien vive sin dichas, yo os ofrezco,
si volvéis la salud al moribundo,

ceñirme la existencia cual cilicio,
codiciar una vida que aborrezco,
¡abrazarme a la cruz de aqueste mundo!

ADIÓS AL VINO

¡No más, no más en piélagos de vino
sepultaré, insensato, mis dolores,
velando con quiméricos vapores
de la razón el resplandor divino!

¡No más, hurtando el rostro a mi destino,
pediré a la locura sus favores,
ni, ceñido de pámpanos y flores,
dormiré de la muerte en el camino!

Arrepentido estoy de haber hollado,
vate indigno, con planta entorpecida,
el laurel inmortal y el áurea ropa…

¡Néctar fatal, licor envenenado,
acepta, al recibir mi despedida,
el brindis postrimer… -¡Llenad mi copa!

EL VIERNES SANTO

Solo, negado, escarnecido, muerto,
enclavado en la Cruz, ¡oh Jesús mío!,
la frente inclinas sobre el mundo impío,
en la cumbre de Gólgotha desierto.

Ebrio, entretanto, y de baldón cubierto,
el mortal, en su infame desvarío,
adora una beldad de aliento frío,
pálida y mustia cual cadáver yerto.

¡Perdónalo, Señor! Que si en tal hora
la majestad de tu dolor ultraja
e ingrato y loco tu Pasión olvida,

su espíritu inmortal se agita y llora
por sacudir del cuerpo la mortaja…,
y vive en él como enterrado en vida!

OTRO AMANECER

El gallo canta…, y la mañana impía
despierta con su luz a los humanos,
haciéndoles trocar delirios vanos
por el forzoso afán de un nuevo día.

Tornan, pues, a embestirles con porfía
la ambición y el amor, fieros tiranos,
los ímprobos trabajos cotidianos…,
la deuda, el jefe, el tedio, la manía…

Y, en tanto, al amador desposeído,
que en sueños compartía la almohada
con tal o cual mujer que hubo querido,

el implacable día lo despierta
para hacerle mirar a su examada
vieja, monja, casada, loca o muerta.

CUENTO MORO

Hurí de cabellos de oro:
dícenme que quieres tú
que te cuente un cuento moro…-
Uno sé que es un tesoro,
y me lo contó Benzú.
En África se lo oí,
de Abbás en el campamento:
óyelo, preciada hurí;
que es un peregrino cuento
el cuento que dice así:

Muy diestro en tañer la lira
ser pudo el esclavo Hassán;
pero no al poner la mira
en la princesa Zelmira,
hija del viejo Sultán.

Del atrevido cantor
ni aun sospechaba el amor
la altiva infanta moruna,
como no sabe la luna
que la adora el ruiseñor.

Ni el triste en su loco afán
soñó nunca mejor suerte;
pues, de revelarlo Hassán,
la hija del viejo Sultán
pagárale con la muerte.

Y morir, para el cantor,
era asesinar su amor…
¡era no ver a Zelmira
con el éxtasis que mira
a la luna el ruiseñor!

Y así la miraba él,
rebozado en su alquicel,
cuando, las noches de luna,
paseaba en su vergel
la altiva infanta moruna.

Pero al cabo sucedió
lo que suceder debía
(estuviera escrito o no):
Zelmira se enamoró
y se casó el mejor día.

Se casó con Aliatar,
tan príncipe como ella,
poderoso en tierra y mar…,
y fue cosa singular
la boda de la doncella.

Sabedora allí Zelmira
del ingenio del cantor,
díjole: -«Tañe la lira,
y canta el ardiente amor
que el fiero Aliatar me inspira.»

Hassán maldijo su estrella;
sintió mortal agonía
a la voz de la doncella;
y, encarándose con ella,
armado de una gumía,

-«¡Antes (dijo) que cantar
la ventura de Aliatar,
cúmplase mi negra suerte!…»-
Y arrojó la lira al mar,
y él mismo se dio la muerte.-

Tal fue el caso que Benzú
me contó en Guad-el-Jelú,
y que yo te cuento a ti,
ya que quieres saber tú
lo que pasa por allí.

COPLAS

El día que tú te cases,
y no te cases conmigo,
¡que lástima le tendrá
el Amor a tu marido!
(Del autor)

Sale el sol, y no te veo…
Ocúltase, y no te he visto…
-Si a esto remedio le llamas,
yo prefiero el daño mismo.

Me dices que no te vea,
para que olvide tu amor…-
¡Ay! Los que pierden la vista,
sólo piensan en el sol.

Sirviérame de consuelo
saber, cuando estoy ausente,
que el no verme te dolía
tanto como a mí no verte.

Antes que me lo dijeras,
conocí que me querías;
y siempre que te dejaba,
«Me quiere!,» diciendo iba.

Nunca olvidaré el instante
en que con los labios secos,
pálida como una muerta,
me dijiste: -«Sí: te quiero.»

No me engañaste al decirme
que a mi amor correspondías.
¡Nadie miente por llevar
una corona de espinas!

¡Ojalá no me quisieras!…,
que lo peor del infierno
no es abrasarse en sus llamas,
sino saber que hay un cielo.

De tanto fiero tormento,
el que no puedo sufrir
es saber que por las noches
llorarás pensando en mí.

¡Ojalá hubiera ignorado
que es mío tu corazón!
¡Los ciegos de nacimiento
no echan de menos el sol!

Dime: ¿qué piensas hacer
de la vida que nos resta?
¿Hemos de estar siempre así?
No me lo digas: no mientas.

Si imaginas olvidarme,
no lo pienses, que te engañas.
¡Se olvida lo que se tuyo;
pero nunca una esperanza!

Para no amarnos es tarde:
para olvidarnos, temprano.
¡Tuyo seré y serás mía!…-
Yo no sé cómo ni cuándo.

A MI HIJA PAULINA EN SUS DÍAS

Por la primera vez hoy es tu día…-
¡Ven a mi corazón, prenda adorada…,
orgullo de la esposa más amada,
vida de mis entrañas, hija mía!

¿Qué te dirá de un padre la ufanía?
¿Qué te dirá tu madre embelesada,
sino verter del alma enajenada
lágrimas de cariño y de alegría?

Delicia de los dos…, ¡bendita seas!
¡Bendita seas, avecilla pura,
que alegras con tu canto nuestro nido!-

Y allá en los años en que no nos veas,
¡Dios te dé tanto bien, tanta ventura,
como tú con nacer nos has traído!

UN MORISCO DE AHORA

Insomne y soñoliento; con bufanda
(recuerdo del turbante) en el estío;
ajeno su magnánimo desvío
del siglo a la ruidosa propaganda;

adversario pasivo del que manda,
y absoluto señor de su albedrío;
Sultán, en fin, sin éxtasis ni hastío,
de las mozuelas con que a vueltas anda…

Tal, en Madrid, el último almohade
pasa por el rosario de la vida
horas indiferentes grano a grano…-

¿Qué quiere? -Nada quiere. Sólo añade
tinieblas a una crónica perdida,
oculto bajo un nombre castellano.

EL CIGARRO

(A D. Ángel María Chacón)

¡Lío tabaco en un papel; agarro
lumbre, y lo enciendo; arde, y a medida
que arde, muere; muere, y en seguida
tiro la punta, bárrenla, y… al carro!

Un alma envuelve Dios en frágil barro,
y la enciende en la lumbre de la vida;
chupa el tiempo, y resulta en la partida
un cadáver. -El hombre es un cigarro.

La ceniza que cae, es su ventura;
el humo que se eleva, su esperanza;
lo que arderá después…, su loco anhelo.

¡Cigarro tras cigarro el tiempo apura;
colilla tras colilla al hoyo lanza;
pero el aroma… piérdese en el cielo!

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