Fray Luis de León

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Biografía de Fray Luis de León

Nació en Belmonte en 1527 en el seno de una familia muy influyente. A los 14 años ingresó en la orden de los agustinos y varios años más tarde se recibió como Doctor en Teología.
En 1572 fue apresado por soldados de la Santa Inquisición, porque manifestó públicamente su gusto por la biblia hebraica en lugar de la traducción al idioma castellano impuesta por la Iglesia. Si además se tiene en cuenta que este hombre provenía de una familia de conversos, se entiende que la razón por la que era perseguido no era esa únicamente. Transcurrieron cinco años en los que Luis de León estuvo completamente aislado; en este período escribió sus poemas más famosos, en los que volcó su incertidumbre y la impotencia que aquel encierro le generaba.
Al salir tradujo los más importantes libros antiguos del hebreo al español, expresando que su única intención era que se conociera la verdad sin tapujos, sin atajos ni tergiversaciones, a fin de que quienes leyeran esos libros pudieran comprender su verdadera esencia.

POEMAS Lee otros poemas de MIS MAESTROS

 

ODA XXIII 
A LA SALIDA DE LA CÁRCEL 

Aquí la envidia y mentira 
me tuvieron encerrado. 
Dichoso el humilde estado 
del sabio que se retira 
de aqueste mundo malvado, 

y con pobre mesa y casa 
en el campo deleitoso 
con sólo Dios se compasa 
y a solas su vida pasa 
ni envidiado ni envidioso.

 

ODA I 
VIDA RETIRADA 

¡Qué descansada vida 
la del que huye del mundanal ruïdo, 
y sigue la escondida 
senda, por donde han ido 
los pocos sabios que en el mundo han sido; 

Que no le enturbia el pecho 
de los soberbios grandes el estado, 
ni del dorado techo 
se admira, fabricado 
del sabio Moro, en jaspe sustentado! 

No cura si la fama 
canta con voz su nombre pregonera, 
ni cura si encarama 
la lengua lisonjera 
lo que condena la verdad sincera. 

¿Qué presta a mi contento 
si soy del vano dedo señalado; 
si, en busca deste viento, 
ando desalentado 
con ansias vivas, con mortal cuidado? 

¡Oh monte, oh fuente, oh río,! 
¡Oh secreto seguro, deleitoso! 
Roto casi el navío, 
a vuestro almo reposo 
huyo de aqueste mar tempestuoso. 

Un no rompido sueño, 
un día puro, alegre, libre quiero; 
no quiero ver el ceño 
vanamente severo 
de a quien la sangre ensalza o el dinero. 

Despiértenme las aves 
con su cantar sabroso no aprendido; 
no los cuidados graves 
de que es siempre seguido 
el que al ajeno arbitrio está atenido. 

Vivir quiero conmigo, 
gozar quiero del bien que debo al cielo, 
a solas, sin testigo, 
libre de amor, de celo, 
de odio, de esperanzas, de recelo. 

Del monte en la ladera, 
por mi mano plantado tengo un huerto, 
que con la primavera 
de bella flor cubierto 
ya muestra en esperanza el fruto cierto. 

Y como codiciosa 
por ver y acrecentar su hermosura, 
desde la cumbre airosa 
una fontana pura 
hasta llegar corriendo se apresura. 

Y luego, sosegada, 
el paso entre los árboles torciendo, 
el suelo de pasada 
de verdura vistiendo 
y con diversas flores va esparciendo. 

El aire del huerto orea 
y ofrece mil olores al sentido; 
los árboles menea 
con un manso ruïdo 
que del oro y del cetro pone olvido. 

Téngase su tesoro 
los que de un falso leño se confían; 
no es mío ver el lloro 
de los que desconfían 
cuando el cierzo y el ábrego porfían. 

La combatida antena 
cruje, y en ciega noche el claro día 
se torna, al cielo suena 
confusa vocería, 
y la mar enriquecen a porfía. 

A mí una pobrecilla 
mesa de amable paz bien abastada 
me basta, y la vajilla, 
de fino oro labrada 
sea de quien la mar no teme airada. 

Y mientras miserable- 
mente se están los otros abrazando 
con sed insacïable 
del peligroso mando, 
tendido yo a la sombra esté cantando. 

A la sombra tendido, 
de hiedra y lauro eterno coronado, 
puesto el atento oído 
al son dulce, acordado, 
del plectro sabiamente meneado.

 

ODA XIV 
AL APARTAMIENTO 

¡Oh ya seguro puerto 
de mi tan luengo error! ¡oh deseado 
para reparo cierto 
del grave mal pasado! 
¡reposo dulce, alegre, reposado!; 

techo pajizo, adonde 
jamás hizo morada el enemigo 
cuidado, ni se asconde 
invidia en rostro amigo, 
ni voz perjura, ni mortal testigo; 

sierra que vas al cielo 
altísima, y que gozas del sosiego 
que no conoce el suelo, 
adonde el vulgo ciego 
ama el morir, ardiendo en vivo fuego: 

recíbeme en tu cumbre, 
recíbeme, que huyo perseguido 
la errada muchedumbre, 
el trabajar perdido, 
la falsa paz, el mal no merecido; 

y do está más sereno 
el aire me coloca, mientras curo 
los daños del veneno 
que bebí mal seguro, 
mientras el mancillado pecho apuro; 

mientras que poco a poco 
borro de la memoria cuanto impreso 
dejó allí el vivir loco 
por todo su proceso 
vario entre gozo vano y caso avieso. 

En ti, casi desnudo 
deste corporal velo, y de la asida 
costumbre roto el ñudo, 
traspasaré la vida 
en gozo, en paz, en luz no corrompida; 

de ti, en el mar sujeto 
con lástima los ojos inclinando, 
contemplaré el aprieto 
del miserable bando, 
que las saladas ondas va cortando: 

el uno, que surgía 
alegre ya en el puerto, salteado 
de bravo soplo, guía, 
apenas el navío desarmado; 

el otro en la encubierta 
peña rompe la nave, que al momento 
el hondo pide abierta; 
al otro calma el viento; 
otro en las bajas Sirtes hace asiento; 

a otros roba el claro 
día, y el corazón, el aguacero; 
ofrecen al avaro 
Neptuno su dinero; 
otro nadando huye el morir fiero. 

Esfuerza, opón el pecho, 
mas ¿cómo será parte un afligido 
que va, el leño deshecho, 
de flaca tabla asido, 
contra un abismo inmenso embravecido? 

¡Ay, otra vez y ciento 
otras seguro puerto deseado! 
no me falte tu asiento, 
y falte cuanto amado, 
cuanto del ciego error es cudiciado.

 

ODA VIII 
NOCHE SERENA 

A Don Loarte 

Cuando contemplo el cielo 
de innumerables luces adornado, 
y miro hacia el suelo 
de noche rodeado, 
en sueño y en olvido sepultado, 

el amor y la pena 
despiertan en mi pecho un ansia ardiente; 
despiden larga vena 
los ojos hechos fuente; 
Loarte y digo al fin con voz doliente: 

«Morada de grandeza, 
templo de claridad y hermosura, 
el alma, que a tu alteza 
nació, ¿qué desventura 
la tiene en esta cárcel baja, escura? 

¿Qué mortal desatino 
de la verdad aleja así el sentido, 
que, de tu bien divino 
olvidado, perdido 
sigue la vana sombra, el bien fingido? 

El hombre está entregado 
al sueño, de su suerte no cuidando; 
y, con paso callado, 
el cielo, vueltas dando, 
las horas del vivir le va hurtando. 

¡Oh, despertad, mortales! 
Mirad con atención en vuestro daño. 
Las almas inmortales, 
hechas a bien tamaño, 
¿podrán vivir de sombra y de engaño? 

¡Ay, levantad los ojos 
aquesta celestial eterna esfera! 
burlaréis los antojos 
de aquesa lisonjera 
vida, con cuanto teme y cuanto espera. 

¿Es más que un breve punto 
el bajo y torpe suelo, comparado 
con ese gran trasunto, 
do vive mejorado 
lo que es, lo que será, lo que ha pasado? 

Quien mira el gran concierto 
de aquestos resplandores eternales, 
su movimiento cierto 
sus pasos desiguales 
y en proporción concorde tan iguales; 

la luna cómo mueve 
la plateada rueda, y va en pos della 
la luz do el saber llueve, 
y la graciosa estrella 
de amor la sigue reluciente y bella; 

y cómo otro camino 
prosigue el sanguinoso Marte airado, 
y el Júpiter benino, 
de bienes mil cercado, 
serena el cielo con su rayo amado; 

—rodéase en la cumbre 
Saturno, padre de los siglos de oro; 
tras él la muchedumbre 
del reluciente coro 
su luz va repartiendo y su tesoro—: 

¿quién es el que esto mira 
y precia la bajeza de la tierra, 
y no gime y suspira 
y rompe lo que encierra 
el alma y destos bienes la destierra? 

Aquí vive el contento, 
aquí reina la paz; aquí, asentado 
en rico y alto asiento, 
está el Amor sagrado, 
de glorias y deleites rodeado. 

Inmensa hermosura 
aquí se muestra toda, y resplandece 
clarísima luz pura, 
que jamás anochece; 
eterna primavera aquí florece. 

¡Oh campos verdaderos! 
¡Oh prados con verdad frescos y amenos! 
¡Riquísimos mineros! 
¡Oh deleitosos senos! 
¡Repuestos valles, de mil bienes llenos!»

 

ODA XIII
 DE LA VIDA DEL CIELO 

Alma región luciente, 
prado de bienandanza, que ni al hielo 
ni con el rayo ardiente 
fallece; fértil suelo, 
producidor eterno de consuelo: 

de púrpura y de nieve 
florida, la cabeza coronado, 
y dulces pastos mueve, 
sin honda ni cayado, 
el Buen Pastor en ti su hato amado. 

Él va, y en pos dichosas 
le siguen sus ovejas, do las pace 
con inmortales rosas, 
con flor que siempre nace 
y cuanto más se goza más renace. 

Y dentro a la montaña 
del alto bien las guía; ya en la vena 
del gozo fiel las baña, 
y les da mesa llena, 
pastor y pasto él solo, y suerte buena. 

Y de su esfera, cuando 
la cumbre toca, altísimo subido, 
el sol, él sesteando, 
de su hato ceñido, 
con dulce son deleita el santo oído. 

Toca el rabel sonoro, 
y el inmortal dulzor al alma pasa, 
con que envilece el oro, 
y ardiendo se traspasa 
y lanza en aquel bien libre de tasa. 

¡Oh, son! ¡Oh, voz! Siquiera 
pequeña parte alguna decendiese 
en mi sentido, y fuera 
de sí la alma pusiese 
y toda en ti, ¡oh, Amor!, la convirtiese, 

conocería dónde 
sesteas, dulce Esposo, y, desatada 
de esta prisión adonde 
padece, a tu manada 
viviera junta, sin vagar errada.

Agora con la aurora se levanta

Agora con la aurora se levanta
mi Luz; agora coge en rico nudo
el hermoso cabello; agora el crudo
pecho ciñe con oro y la garganta;

agora, vuelta al cielo, pura y santa,
las manos y ojos bellos alza, y pudo
dolerse agora de mi mal agudo;
agora incomparable tañe y canta.

Así digo y del dulce error llevado
presente ante mis ojos la imagino
y lleno de humildad y amor la adoro;

más luego vuelve en sí el engañado
ánimo y, conociendo el desatino,
la rienda suelta largamente al lloro.

 

ODA VI
 DE LA MAGDALENA 

Elisa, ya el preciado 
cabello, que del oro escarnio hacía, 
la nieve ha variado; 
¡ay! ¿yo no te decía: 
—Recoge, Elisa, el pie, que vuela el día? 

Ya los que prometían 
durar en tu servicio eternamente, 
ingratos se desvían 
por no mirar la frente 
con rugas afeada, el negro diente. 

¿Qué tienes del pasado 
tiempo sino dolor? ¿cuál es el fruto 
que tu labor te ha dado, 
si no es tristeza y luto, 
y el alma hecha sierva a vicio bruto? 

¿Qué fe te guarda el vano, 
por quien tú no guardaste la debida 
a tu bien soberano, 
por quien mal proveída 
perdiste de tu seno la querida 

prenda, por quien velaste, 
por quien ardiste en celos, por quien uno 
el cielo fatigaste 
con gemido importuno, 
por quien nunca tuviste acuerdo alguno 

de ti mesma? Y agora, 
rico de tus despojos, más ligero 
que el ave, huye, adora 
a Lida el lisonjero; 
tú quedas entregada al dolor fiero. 

¡Oh cuánto mejor fuera 
el don de hermosura, que del cielo 
te vino, a cuyo era 
habello dado en velo 
santo, guardado bien del polvo y suelo! 

Mas hora no hay tardía, 
tanto nos es el cielo piadoso, 
mientras que dura el día; 
el pecho hervoroso 
en breve del dolor saca reposo; 

que la gentil señora 
de Mágdalo, bien que perdidamente 
dañada, en breve hora 
con el amor ferviente 
las llamas apagó del fuego ardiente, 

las llamas del malvado 
amor con otro amor más encendido; 
y consiguió el estado, 
que no fue concedido 
al huésped arrogante en bien fingido. 

De amor guiada, y pena, 
penetra el techo estraño, y atrevida 
ofrécese a la ajena 
presencia, y sabia olvida 
el ojo mofador; buscó la vida; 

y, toda derrocada 
a los divinos pies que la traían, 
lo que la en sí fiada 
gente olvidado habían, 
sus manos, boca y ojos lo hacían. 

Lavaba larga en lloro 
al que su torpe mal lavando estaba; 
limpiaba con el oro, 
que la cabeza ornaba, 
a su limpieza, y paz a su paz daba. 

Decía: «Solo amparo 
de la miseria extrema, medicina 
de mi salud, reparo 
de tanto mal, inclina 
aqueste cieno tu piedad divina. 

¡Ay! ¿Qué podrá ofrecerte 
quien todo lo perdió? aquestas manos 
osadas de ofenderte, 
aquestos ojos vanos 
te ofrezco, y estos labios tan profanos. 

Lo que sudó en tu ofensa 
trabaje en tu servicio, y de mis males 
proceda mi defensa; 
mis ojos, dos mortales 
fraguas, dos fuentes sean manantiales. 

Bañen tus pies mis ojos, 
límpienlos mis cabellos; de tormento 
mi boca, y red de enojos, 
les dé besos sin cuento; 
y lo que me condena te presento: 

preséntate un sujeto 
tan mortalmente herido, cual conviene, 
do un médico perfeto 
de cuanto saber tiene 
dé muestra, que por siglos mil resuene.»

 

ODA XVIII 
EN LA ASCENSIÓN 

¿Y dejas, Pastor santo, 
tu grey en este valle hondo, escuro, 
con soledad y llanto; 
y tú, rompiendo el puro 
aire, ¿te vas al inmortal seguro? 

Los antes bienhadados, 
y los agora tristes y afligidos, 
a tus pechos criados, 
de ti desposeídos, 
¿a dó convertirán ya sus sentidos? 

¿Qué mirarán los ojos 
que vieron de tu rostro la hermosura, 
que no les sea enojos? 
Quien oyó tu dulzura, 
¿qué no tendrá por sordo y desventura? 

Aqueste mar turbado, 
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto 
al viento fiero, airado? 
Estando tú encubierto, 
¿qué norte guiará la nave al puerto? 

¡Ay!, nube, envidiosa 
aun deste breve gozo, ¿qué te aquejas? 
¿Dó vuelas presurosa? 
¡Cuán rica tú te alejas! 
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

Contra un juez avaro

Aunque en ricos montones
levantes el cautivo inútil oro;
y aunque tus posesiones
mejores con ajeno daño y lloro;

y aunque cruel tirano
oprimas la verdad, y tu avaricia,
vestida en nombre vano,
convierta en compra y venta la justicia;

aunque engañes los ojos
del mundo a quien adoras: no por tanto
no nacerán abrojos
agudos en tu alma; ni el espanto

no velará en tu lecho;
ni huirás la cuita y agonía,
el último despecho;
ni la esperanza buena en compañía

del gozo tus umbrales
penetrará jamás; ni la Meguera,
con llamas infernales,
con serpentino azote la alta y fiera

y diestra mano armada,
saldrá de tu aposento sola una hora;
y ni tendrás clavada
la rueda, aunque más puedas, voladora

del Tiempo hambriento y crudo,
que viene, con la muerte conjurado,
a dejarte desnudo
del oro y cuanto tienes más amado;
y quedarás sumido
en males no finibles y en olvido.

 

ODA II
A DON PEDRO PORTOCARRERO 

Virtud, hija del cielo, 
la más ilustre empresa de la vida, 
en el escuro suelo 
luz tarde conocida, 
senda que guía al bien, poco seguida; 

tú dende la hoguera 
al cielo levantaste al fuerte Alcides, 
tú en la más alta esfera 
con las estrellas mides 
al Cid, clara victoria de mil lides. 

Por ti el paso desvía 
de la profunda noche, y resplandece 
muy más que el claro día 
de Leda el parto, y crece 
el Córdoba a las nubes, y florece; 

y por su senda agora 
traspasa luengo espacio con ligero 
pie y ala voladora 
el gran Portocarrero, 
osado de ocupar el bien primero. 

Del vulgo se descuesta, 
hollando sobre el oro; firme aspira 
a lo alto de la cuesta; 
ni violencia de ira, 
ni blando y dulce engaño le retira. 

Ni mueve más ligera, 
ni más igual divide por derecha 
el aire, y fiel carrera, 
o la traciana flecha 
o la bola tudesca un fuego hecha. 

En pueblo inculto y duro 
induce poderoso igual costumbre 
y, do se muestra escuro 
el cielo, enciende lumbre, 
valiente a ilustrar más alta cumbre. 

Dichosos los que baña 
el Miño, los que el mar monstruoso cierra, 
dende la fiel montaña 
hasta el fin de la tierra, 
los que desprecia de Eume la alta sierra.

 

ODA XXI
A NUESTRA SEÑORA 

Virgen, que el sol más pura, 
gloria de los mortales, luz del cielo, 
en quien la piedad es cual la alteza: 
los ojos vuelve al suelo 
y mira un miserable en cárcel dura, 
cercado de tinieblas y tristeza. 
Y si mayor bajeza 
no conoce, ni igual, juicio humano, 
que el estado en que estoy por culpa ajena, 
con poderosa mano 
quiebra, Reina del cielo, esta cadena. 

Virgen, en cuyo seno 
halló la deidad digno reposo, 
do fue el rigor en dulce amor trocado: 
si blando al riguroso 
volviste, bien podrás volver sereno 
un corazón de nubes rodeado. 
Descubre el deseado 
rostro, que admira el cielo, el suelo adora: 
las nubes huirán, lucirá el día; 
tu luz, alta Señora, 
venza esta ciega y triste noche mía. 

Virgen y madre junto, 
de tu Hacedor dichosa engendradora, 
a cuyos pechos floreció la vida: 
mira cómo empeora 
y crece mí dolor más cada punto; 
el odio cunde, la amistad se olvida; 
si no es de ti valida 
la justicia y verdad, que tú engendraste, 
¿adónde hallará seguro amparo? 
Y pues madre eres, baste 
para contigo el ver mi desamparo. 

Virgen, del sol vestida, 
de luces eternales coronada, 
que huellas con divinos pies la Luna; 
envidia emponzoñada, 
engaño agudo, lengua fementida, 
odio crüel, poder sin ley ninguna, 
me hacen guerra a una; 
pues, contra un tal ejército maldito, 
¿cuál pobre y desarmado será parte, 
si tu nombre bendito, 
María, no se muestra por mi parte? 

Virgen, por quien vencida 
llora su perdición la sierpe fiera, 
su daño eterno, su burlado intento; 
miran de la ribera 
seguras muchas gentes mi caída, 
el agua violenta, el flaco aliento: 
los unos con contento, 
los otros con espanto; el más piadoso 
con lástima la inútil voz fatiga; 
yo, puesto en ti el lloroso 
rostro, cortando voy onda enemiga. 

Virgen, del Padre Esposa, 
dulce Madre del Hijo, templo santo 
del inmortal Amor, del hombre escudo: 
no veo sino espanto; 
si miro la morada, es peligrosa; 
si la salida, incierta; el favor mudo, 
el enemigo crudo, 
desnuda, la verdad, muy proveída 
de armas y valedores la mentira. 
La miserable vida, 
sólo cuando me vuelvo a ti, respira.

Virgen, que al alto ruego 
no más humilde sí diste que honesto, 
en quien los cielos contemplar desean; 
como terrero puesto— 
los brazos presos, de los ojos ciego— 
a cien flechas estoy que me rodean, 
que en herirme se emplean; 
siento el dolor, mas no veo la mano; 
ni me es dado el huir ni el escudarme. 
Quiera tu soberano 
Hijo, Madre de amor, por ti librarme. 

Virgen, lucero amado, 
en mar tempestuoso clara guía, 
a cuvo santo rayo calla el viento; 
mil olas a porfía 
hunden en el abismo un desarmado 
leño de vela y remo, que sin tiento 
el húmedo elemento 
corre; la noche carga, el aire truena; 
ya por el cielo va, ya el suelo toca; 
gime la rota antena; 
socorre, antes que emviste en dura roca. 

Virgen, no enficionada 
de la común mancilla y mal primero, 
que al humano linaje contamina; 
bien sabes que en ti espero 
dende mi tierna edad; y, si malvada 
fuerza que me venció ha hecho indina 
de tu guarda divina 
mi vida pecadora, tu clemencia 
tanto mostrará más su bien crecido, 
cuanto es más la dolencia, 
y yo merezco menos ser valido. 

Virgen, el dolor fiero 
añuda ya la lengua, y no consiente 
que publique la voz cuanto desea; 
mas oye tú al doliente 
ánimo, que contino a ti vocea.

 

ODA XII
A FELIPE RUIZ 

¿Qué vale cuanto vee, 
do nace y do se pone, el sol luciente, 
lo que el Indio posee, 
lo que da el claro Oriente 
con todo lo que afana la vil gente? 

El uno, mientras cura 
dejar rico descanso a su heredero, 
vive en pobreza dura 
y perdona al dinero 
y contra sí se muestra crudo y fiero; 

el otro, que sediento 
anhela al señorío, sirve ciego 
y, por subir su asiento, 
abájase a vil ruego 
y de la libertad va haciendo entrego. 

Quien de dos claros ojos 
y de un cabello de oro se enamora, 
compra con mil enojos 
una menguada hora, 
un gozo breve que sin fin se llora. 

Dichoso el que se mide, 
Felipe, y de la vida el gozo bueno 
a sí solo lo pide, 
y mira como ajeno 
aquello que no está dentro en su seno. 

Si resplandece el día, 
si Éolo su reino turba, ensaña, 
el rostro no varía 
y, si la alta montaña 
encima le viniere, no le daña. 

Bien como la ñudosa 
carrasca, en alto risco desmochada 
con hacha poderosa, 
del ser despedazada 
del hierro torna rica y esforzada; 

querrás hundille y crece 
mayor que de primero y, si porfía 
la lucha, más florece 
y firme al suelo invía 
al que por vencedor ya se tenía. 

Esento a todo cuanto 
presume la fortuna, sosegado 
está y libre de espanto 
ante el tirano airado, 
de hierro, de crueza y fuego armado; 

«El fuego —dice— enciende; 
aguza el hierro crudo, rompe y llega 
y, si me hallares, prende 
y da a tu hambre ciega 
su cebo deseado, y la sosiega; 

¿qué estás? ¿no ves el pecho 
desnudo, flaco, abierto? ¿Oh, no te cabe 
en puño tan estrecho 
el corazón, que sabe 
cerrar cielos y tierra con su llave?; 

ahonda más adentro; 
desvuelva las entrañas el insano 
puñal; penetra al centro; 
mas es trabajo vano, 
jamás me alcanzará tu corta mano. 

Rompiste mi cadena, 
ardiendo por prenderme: al gran consuelo 
subido he por tu pena; 
ya suelto encumbro el vuelo, 
traspaso sobre el aire, huello el cielo.»

 

ODA XVII
EN UNA ESPERANZA QUE SALIÓ VANA 

Huid, contentos, de mi triste pecho; 
¿qué engaño os vuelve a do nunca pudistes 
tener reposo ni hacer provecho? 

Tened en la memoria cuando fuistes 
con público pregón, ¡ay!, desterrados 
de toda mi comarca y reinos tristes, 

a do ya no veréis sino nublados, 
y viento, y torbellino, y lluvia fiera, 
suspiros encendidos y cuidados. 

No pinta el prado aquí la primavera, 
ni nuevo sol jamás las nubes dora, 
ni canta el ruiseñor lo que antes era. 

La noche aquí se vela, aquí se llora 
el dia miserable sin consuelo 
y vence el mal de ayer el mal de agora. 

Guardad vuestro destierro, que ya el suelo 
no puede dar contento al alma mía, 
si ya mil vueltas diere andando el cielo. 

Guardad vuestro destierro, si alegría, 
si gozo, y si descanso andáis sembrando, 
que aqueste campo abrojos solo cría. 

Guardad vuestro destierro, si tornando 
de nuevo no queréis ser castigados 
con crudo azote y con infame bando. 

Guardad vuestro destierro que, olvidados 
de vuestro ser, en mí seréis dolores: 
¡tal es la fuerza de mis duros hados! 

Los bienes más queridos y mayores 
se mudan, y en mi daño se conjuran, 
y son, por ofenderme, a sí traidores. 

Mancíllanse mis manos, si se apuran; 
la paz y la amistad, que es cruda guerra; 
las culpas faltan, más las penas duran. 

Quien mis cadenas más estrecha y cierra 
es la inocencia mía y la pureza; 
cuando ella sube, entonces vengo a tierra. 

Mudó su ley en mí naturaleza, 
y pudo en mí el dolor lo que no entiende 
ni seso humano ni mayor viveza. 

Cuanto desenlazarse más pretende 
el pájaro captivo, más se enliga, 
y la defensa mía más me ofende. 

En mí la culpa ajena se castiga 
y soy del malhechor, ¡ay!, prisionero, 
y quieren que de mí la Fama diga: 

«Dichoso el que jamás ni ley ni fuero, 
ni el alto tribunal, ni las ciudades, 
ni conoció del mundo el trato fiero. 

Que por las inocentes soledades, 
recoge el pobre cuerpo en vil cabaña, 
y el ánimo enriquece con verdades. 

Cuando la luz el aire y tierras baña, 
levanta al puro sol las manos puras, 
sin que se las aplomen odio y saña. 

Sus noches son sabrosas y seguras, 
la mesa le bastece alegremente 
el campo, que no rompen rejas duras. 

Lo justo le acompaña, y la luciente 
verdad, la sencillez en pechos de oro, 
la fee no colorada falsamente. 

De ricas esperanzas almo coro, 
y paz con su descuido le rodean, 
y el gozo, cuyos ojos huye el lloro.» 

Allí, contento, tus moradas sean; 
allí te lograrás, y a cada uno 
de aquellos que de mi saber desean, 
les di que no me viste en tiempo alguno.

 

 

ODA IX
LAS SERENAS 

A Cherinto 

No te engañe el dorado 
vaso ni, de la puesta al bebedero 
sabrosa miel, cebado; 
dentro al pecho ligero, 
Cherinto, no traspases el postrero 

asensio; ten dudosa 
la mano liberal, que esa azucena, 
esa purpúrea rosa, 
que el sentido enajena, 
tocada, pasa al alma y la envenena. 

Retira el pie; que asconde 
sierpe mortal el prado, aunque florido 
los ojos roba; adonde 
aplace más, metido 
el peligroso lazo está, y tendido. 

Pasó tu primavera; 
ya la madura edad te pide el fruto 
de gloria verdadera; 
¡ay! pon del cieno bruto 
los pasos en lugar firme y enjuto, 

antes que la engañosa 
Circe, del corazón apoderada, 
con copa ponzoñosa 
el alma trasformada, 
te ajunte nueva fiera a su manada. 

No es dado al que allí asienta, 
si ya el cielo dichoso no le mira, 
huir la torpe afrenta; 
o arde oso en ira 
o, hecho jabalí, gime y suspira. 

No fíes en viveza: 
atiende al sabio rey Solimitano; 
no vale fortaleza: 
que al vencedor Gazano 
condujo a triste fin femenil mano; 

imita al alto Griego, 
que sabio no aplicó la noble antena 
al enemigo ruego 
de la blanda Serena, 
por do por siglos mil su fama suena; 

decía comoviendo 
el aire en dulce son: «La vela inclina, 
que, del viento huyendo, 
por los mares camina, 
Ulises, de los Griegos luz divina; 

allega y da reposo 
al inmortal cuidado, y entretanto 
conocerás curioso 
mil historias que canto, 
que todo navegante hace otro tanto; 

Todos de su camino 
tuercen a nuestra voz y, satisfecho 
con el cantar divino 
el deseoso pecho, 
a sus tierras se van con más provecho. 

Que todo lo sabemos 
cuanto contiene el suelo, y la reñida 
guerra te cantaremos 
de Troya, y su caída, 
por Grecia y por los dioses destruida.» 

Ansí falsa cantaba 
ardiendo en crueldad; mas él prudente 
a la voz atajaba 
el camino en su gente 
con la aplicada cera suavemente. 

Si a ti se presentare, 
los ojos sabio cierra; firme atapa 
la oreja, si llamare; 
si prendiere la capa, 
huye, que sólo aquel que huye escapa.

  

 

 

ODA XIX
A TODOS LOS SANTOS 

¿Qué santo o qué gloriosa 
virtud, qué deidad que el cielo admira, 
oh Musa poderosa 
en la cristiana lira, 
diremos entretanto que retira 

el sol con presto vuelo 
el rayo fugitivo en este día, 
que hace alarde el cielo 
de su caballería? 
¿qué nombre entre estas breñas a porfía 

repetirá sonando 
la imagen de la voz, en la manera 
el aire deleitando 
que el Efrateo hiciera 
del sacro y fresco Hermón por la ladera?; 

a do, ceñido el oro 
crespo con verde hiedra, la montaña 
condujo con sonoro 
laúd, con fuerza y maña 
del oso y del león domó la saña. 

Pues, ¿quién diré primero, 
que el Alto y que el Humilde?, y que, la vida 
por el manjar grosero 
restituyó perdida, 
que al cielo levantó nuestra caída, 

igual al Padre Eterno, 
igual al que en la tierra nace y mora, 
de quien tiembla el infierno, 
a quien el sol adora, 
en quien todo el ser vive y se mejora. 

Después el vientre entero, 
la Madre desta Luz será cantada, 
clarísimo Lucero 
en esta mar turbada, 
del linaje humanal fiel abogada. 

Espíritu divino, 
no callaré tu voz, tu pecho opuesto 
contra el dragón malino; 
ni tú en olvido puesto 
que a defender mi vida estás dispuesto. 

Osado en la promesa, 
barquero de la barca no sumida, 
y a ti que la lucida 
noche te traspasó de muerte a vida. 

¿Quién no dirá tu lloro, 
tu bien trocado amor, oh Magdalena; 
de tu nardo el tesoro, 
de cuyo olor la ajena 
casa, la redondez del mundo es llena? 

Del Nilo moradora, 
tierna flor del saber y de pureza, 
de ti yo canto agora; 
que en la desierta alteza, 
muerta, luce tu vida y fortaleza. 

¿Diré el rayo Africano? 
¿diré el Stridonés sabio, elocuente? 
¿o el panal Romano? 
¿o del que justamente 
nombraron Boca de oro entre la gente? 

Columna ardiente en fuego, 
el firme y gran Basilio al cielo toca, 
mayor que el miedo y ruego; 
y ante su rica boca 
la lengua de Demóstenes se apoca. 

Cual árbol con los años 
la gloria de Francisco sube y crece; 
y entre mil ermitaños 
el claro Antón parece 
luna que en las estrellas resplandece. 

¡Ay, Padre! ¿y dó se ha ido 
aquel raro valor? ¡Oh!, ¿qué malvado 
el oro ha destruido 
de tu templo sagrado? 
¿quién cizañó tan mal tu buen sembrado? 

Adonde la azucena 
lucía, y el clavel, do el rojo trigo, 
reina agora la avena, 
la grama, el enemigo 
cardo, la sinjusticia, el falso amigo. 

Convierte piadoso 
tus ojos y nos mira, y con tu mano 
arranca poderoso 
lo malo y lo tirano, 
y planta aquello antiguo, humilde y llano. 

Da paz a aqueste pecho, 
que hierve con dolor en noche escura; 
que fuera deste estrecho 
diré con más dulzura 
tu nombre, tu grandeza y hermosura. 

No niego, dulce amparo 
del alma, que mis males son mayores 
que aqueste desamparo; 
mas, cuanto son peores, 
tanto resonarán más tus loores.

 

 

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