»VICENTE ALEIXANDRE

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A GABRIELA MISTRAL

Lago transparente
donde un puro rostro
solo se refleja.
Grandes ojos veo,
frente clara, luces,
boca de tristeza.
Viento largo pasa
que riza y deshace
la suave belleza.
Allá arriba hay águilas
caudales, y crujen
las alas serenas.
Hermosa es la vida
potente: en la mano
de Dios se ve plena.
¡Qué azul acabado,
cuajado! No hay nubes.
¡La luz es benévola!

Pero abajo hay voces,
hay roces. ¿Quién llama?
Hay sombras y piedras.
Hay trochas, caminos,
desiertos, paredes,
ciudades espesas.
El sol. Su esperanza…
Las lluvias continuas.
Las muertas tormentas.
La luz. Su consuelo…
Las manos que tocan
las frentes en niebla.
Todo está en el nítido
temblor de la lágrima
que brilla en tus ojos, Gabriela.

A FRAY LUIS DE LEÓN

¿Qué linfa esbelta, de los altos hielos
hija y sepulcro, sobre el haz silente
rompe sus fríos, vierte su corriente,
luces llevando, derramando cielos?

¿Qué agua orquestas bajo los mansos celos
del aire, muda, funde su crujiente
espuma en anchas copias y consiente,
terso el diálogo, signo y luz gemelos?

La alta noche su copa sustantiva
—árbol ilustre— yergue a la bonanza,
total su crecimiento y ramas bellas.

Brisa joven de cielo, persuasiva,
su pompa abierta, desplegada, alcanza
largamente, y resuenan las estrellas.

 

A LA MUERTA

Vienes y vas ligero como el mar,
cuerpo nunca dichoso,
sombra feliz que escapas como el aire
que sostiene a los pájaros casi entero de pluma.

Dichoso corazón encendido en esta noche de invierno,
en este generoso alto espacio en el que tienes alas,
en el que labios largos casi tocan opuestos horizontes
como larga sonrisa o súbita ave inmensa.

Vienes y vas como el manto sutil,
como el recuerdo de la noche que escapa,
como el rumor del día que ahora nace
aquí entre mis dos labios o en mis dientes.

Tu generoso cuerpo, agua rugiente,
agua que cae como cascada joven,
agua que es tan sencillo beber de madrugada
cuando en las manos vivas se sienten todas las estrellas.Peinar así la espuma o la sombra,
peinar —no— la gozosa presencia,
el margen de delirio en el alba,
el rumor de tu vida que respira.

Amar, amar, ¿quién no ama si ha nacido?,
¿quién ignora que el corazón tiene bordes,
tiene forma, es tangible a las manos,
a los besos recónditos cuando nunca se llora?

Tu generoso cuerpo que me enlaza,
liana joven o luz creciente,
aguda teñida del naciente confín,
beso que llega con su nombre de beso.

Tu generoso cuerpo que no huye,
que permanece quieto tendido como la sombra,
como esa mirada humilde de una carne
que casi toda es párpado vencido.

Todo es alfombra o césped, o el amor o el castigo.
Amarte así como el suelo casi verde
que dulcemente curva un viento cálido,
viento con forma de este pecho
que sobre ti respira cuando lloro.

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