CARNAVAL

»Mi Poeta aquí sugerido: Juan Liscano

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Mi mundo, el que enseñaron de pequeño,
-apenas si fue ayer-
se fue sin que acabara de entender,
y a veces me pregunto si fue un sueño,
que vino y que murióse en el empeño,
en un atardecer.

Pues miro hacia el pasado y lo comparo
con lo que hoy se me dice,
y encuentro, la verdad, se contradice.
Si a alguno hay que lo sepa pido amparo,
me mira y me responde soy muy raro
y el cambio lo bendice.

Posible es que eso sea natural,
me esté volviendo viejo,
pues miro y no me encuentro en el espejo
queriendo descubrir a aquel chaval
y ver que todo ha sido un carnaval,
borrando su reflejo.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Juan Liscano

Juan Liscano

Niño

(A Reinaldo Pérez Só)

Inmóviles mujeres vegetales
en torno al lecho
mueven sus grandes abanicos.
El niño mira el mapa
del muro empapelado,
cuenta una y otra vez las vigas
hasta confundirse,
hasta perderse y quedarse dormido
entre las húmedas sábanas de su fiebre.
Hojas flabeladas, laciniadas.
Seis palmeras para el juego
y las enfermedades
suscitan presencias
de vainas caídas, canoas
para las aventuras marítimas;
esbeltos talles anillados,
altas serpientes
erguidas en la selva.
Oleaje del patio bajo las palmas,
mar de baldosas hasta donde llega
el olor de fiera y hormiguero
de las selvas nubladas.
La desaparecida casa resurge, entera,
en cualquier parte del recuerdo.

LOS DÍAS

Un día se distingue de otro
tan solo en apariencia
de pasar o de empezar
Los días se acogen
en un mismo espacio
en un mismo tiempo
y somos sus testigos
Se espejan se reconocen se encadenan
componen una temporada de ecos
efímera
y no tenemos más.

OTROS SUCESOS MENORES

Contados tantas veces
en el espejo
de voces femeninas:
la saliva
los humores
las encías
el hambre
las blanduras llorosas
y el sueño maternal

Contados erosionados
gastados
basta
De aquel tiempo
Solo subsiste
la desmemoria
y su don de imaginar.

JOVEN ROSTRO MILENARIO

Me asomo al agua corriente de su cara
a la cambiante luna de su espejo
la estoy mirando, la miro al fondo
parece otras en ella misma
sus rostros pasan, se arremolinan
se van a pique surgen de nuevo:
el de la infancia afortunada
dueña de guardas y de siervos
el de la joven voluntariosa
que pudo quemar sus edad en un gesto
el maternal y lleno sin una sombra
el que equivocó los signos
el que tiznó el deseo
el del acecho, el de las trampas
el naufragado, el amanecido
el que miró la muerte y la locura
con los ojos del vidrio o de la llama
el que brilló entre las tinieblas
el que despuntó un día.

Rostro sin tiempo el suyo
modelado por los dedos de la tormenta.
Joven rostro milenario
que destruye y reconstruye su apariencia
como el tiempo
como la noche
como el fuego
como el agua que siempre da frescura
y al pasar se va quedando en agua, siempre.
En sus mejillas rozo su infancia.
Su juventud
persiste en su cabellera.

El tiempo hirió su nariz de ave serrana.
Carbón de luna brilla en sus ojos.
Sus párpados tienen el peso de sus alas
las huellas de sus caídas.
El júbilo y la tristeza se besan en su boca.

Asomado al río de su rostro
miro profundamente
pasar en su semblante todas sus caras.
Ríe, se alza un vuelo, tiembla el follaje
la empaña algún eclipse
oscurece
cae una estrella
resplandece otra vez
resplandece ahora mi risa sobre su risa
mi rostro asciende sobre sus rostro
sus labios son el reflejo de mis labios.

Entonces aflora el rostro doble de la dicha.

MANOS EN EL ZODIACO

Tan sólo con un gesto
puedes abrir las puertas más herméticas,
quebrantas los muros con un dedo,
cortas la coraza de mi duda
con el filo de tu uña más pequeña,
llenas de ti el aire que respiro
cuando tus manos hablan, cantan
cuando tus manos tocan, anuncian o desnudan
no sé qué lumbres, qué frutas, qué esculturas.

Tus dedos danzan la pequeña bailarina que fuiste,
danzan la primavera, las fiestas de la infancia,
danzan la adolescencia hecha a tu imagen,
la juventud de un largo y sólo día,
y aquella crepuscular historia
del corredor secreto de la alcoba prohibida
de la llave del castigo
—la llave siempre a punto de sangrar—
con que abriste la puerta rechinante
de un miedo curioso, retenido.

Eran sombras en suspenso, rincones poblados,
maderas denunciando las pisadas,
polvo como arenal de soledades
y de pronto el tajo, el relámpago,
el brinco de un tigre de silencio
la herida aullante, desmelenada, venosa,
el pavor con sus mil lenguas trabadas
y la fuga, el aire hecho añicos,
entre espejos deformantes, muros dehiscentes,
corredores asaltados por un viento andrajoso
que amontona desperdicios contra las paredes.

Niña hechizada: para huir de un secreto
rompiste vidrieras de seculares ventanas
y empujando de un golpe tu vida
caíste en la noche, en la grama nocturna,
bajo los presagios de la luna;
te arrojaste a la calle, al día caliente,
a las tormentas próximas del verano,
cuyos torbellinos de arena y de espuma negras
cubrieron tu adolescencia enamorada,
la alcoba maldita, la casa abandonada,
la primavera rota en mil cristales.

En la piel de tus palmas
el verano puso montes para ocultarte,
sequías para asfixiarte, desiertos para perderte.
En la piel de tus palmas
el estío aventó su mies solar,
los rubios granos de las bayas
que en los mediodías extenuados
estallan con ruidos de cáscaras partidas.
En la piel de tus palmas
¡cuánto camino veraniego volcado en una playa,
cuánta escondida senda caída en un abismo,
cuánto riachuelo convertido en cauce seco,
cuánta fuente clavada, cuánto volcán, cuánta ceniza,
cuántos arbolillos de fuego en el viento de la desdicha!

El otoño advino sobre el dorso de tus manos
a espaldas del feroz estío
y exprimió sus uvas, sus lunares de oro,
sus racimos de lumbres y follajes.
Las horas eran colinas ondulantes
llenas de nuestra nostalgia o de nuestro anhelo.
Una quietud apasionada y sin nombre
nos juntó en una misma entrega lúcida.

El otoño: resina que gotea de una herida,
monte de fermentos y de olores amargos,
dunas del crepúsculo, playas del equinoccio.
Pudiste alzar la copa con la frente en alto,
beber, a veces, junto con el vino,
algún reflejo de astro, alguna exhalación.
Pudiste contemplar en paz las huellas,
las obras que tu deseo o tu esperanza levantaron
contra lo que sin cesar nos deshace:
rompientes y mareas, ventiscas y tormentas,
cuernos del Tiempo, rebaños del Tiempo enfurecido,
simplemente lluvia, lluvia interminable del Tiempo.
Estabas ante tus obras y también ante tus derrotas:
ecos, rompecabeza de sonidos, de recuerdos,
imágenes que volvían a la superficie del sufrimiento
como un atroz ahogado que los légamos soltaban.

Entonces el otoño se hinchaba de gritos.
No era ya la estación templada
—rojo fulgor milenario de las yedras—
ni era prado tibio el dorso de tus manos,
sino la escarcha, la helada, el crudo invierno,
caídos de un golpe sobre la estepa del recuerdo
donde errantes y solitarias aullaban
las bestias insomnes de tu pena y de mis celos.
El otoño clavaba en mí sus dientes,
hincaba en mí tus uñas,
tus diez carámbanos de hielo,
tus diez cortantes láminas de vidrio,
tus diez hojillas de nácar afilado.
Me revolvía mugiente, cavernoso,
era preciso pelear por la dicha,
pelear contra el Tiempo, arrancarte del ayer,
empezarte otra vez, cubrirte con todo el humus mío;
ronco , gimiente, sordo, intemperante,
hasta que al cabo de las nieves holladas,
al término de los meses amoratados por el frío
se escuchaba un despertar cristalino,
el regreso de los vuelos, de las fuentes
y los dedos volvían a bailar
los invisibles triunfos de polen
la estación de la primavera recóndita
y era, en otoño, otra vez el verano,
una tórrida vendimia gozosa,
los mediodías llameantes,
las parras transformadas en trigales,
los climas confundidos en los labios,
el solsticio de estío sangrado por tus palmas,
las líneas de fuego del destino,
el calendario como rueda de cambiantes luces,
estrella giradora de los vientos:
¡y tus manos en el centro del trémulo zodíaco!

MAREA VIVA

Como la ola pero no como la mar inacabable
como la ola solamente que nace y se derrumba
como la ola que muere de su propio impulso
que se expande rugiente y se estrella espumea destella
hasta abolirse en la ribera o regresar a su origen
como la ola que es un temblor del tiempo
tú y yo sobre la playa
frente a las olas
en el tiempo que nos destruye y nos repite.

Más tarde
después
cuando no estemos
¿verán otros ojos este mismo movimiento
con los ojos de quienes lo contemplamos ahora?
¿podremos asomarnos a aquella mirada?
¿tendrá la nostalgia en otros labios
sabor a salitre
como ahora la tiene en tus labios?
¿despedirán las aguas descendentes
este profundo macerado olor sulfuroso
levemente carnal y carnívoro
que evoca despojos de líquenes de algas de mariscos?
Si así fuese: ¿lo sabrán nuestros polvos
lo sabrá nuestra muerte?

Desde lo profundo del otoño marino
te invito a subir hacia el día futuro clarísimo
en que alguna pareja enlazada
semejante a la nuestra
al contemplar las olas que rompen destellan espumean se abolen
pensará en la muerte uniforme general
pensará en la suya y en quienes más tarde
podrán perpetuar la mirada con que se aman ahora
la mirada con que también ven moverse las olas
en el tiempo sin duración que las repite y las destruye.

Acaso sientan ellos entonces vivir su eternidad.
Acaso la sentirán como si fuera el firmamento
acaso empiecen a ascender hacia su nebulosa
como las aguas vivas del mar en tiempos de equinoccio.
Poemas del libro Carmenes (1993).

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