ESTA VIDA ES UN CLUB/

Roberto Mascaró (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Amigo, éste es un club. Esto es la vida.
Para entrar se precisa de un permiso.
¡Interdit!, en francés está el aviso,
la puerta sólo tiene una salida.

No se puede cantar que aquí las normas
las pone el director que es el que manda,
solamente los miembros de la banda
bulas tienen para romper las formas.

Nos creemos ser más, mas todos somos
del rebaño de ovejas, nuevos socios
llegados para ver y hacer negocios,
lacayos, que otros son los mayordomos.

Del teatro sólo somos figurantes.
Somos del espectáculo el atrezzo.
Somos imitación, meros farsantes,
el aceite y vinagre, el aderezo,
©donaciano bueno

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Roberto Mascaró

Es decir: conmigo, y, también, conmigo.

Nadie sino yo ha escuchado estas palabras,
nadie conoce la causa de estas razones,
nadie ha oído antes nada semejante,
nadie escuchará jamás nada acerca de esto
que no ha sido dicho, que jamás lo será.

Es una podrida verdad que se pierde,
que va a parar al tacho de desperdicios
sin que nadie la haya sospechado siquiera.

Lo cómico es que todos piensan que algo
de esta verdad ha sido al menos rozado
o que por lo menos un aroma se ha reconocido:
malentendido general.

Pero, sentémonos a esperar el día
que lindará con el día, con el otro
lindo día que vendrá a encontramos
sentados esperando un día lindo
en la linde precisa de ese día.

Individuación: pura
y antigua monstruosidad, chispas
de neojipismo que se pierden en el magma
con sonrisas lamentables de la multitud lejana.

Sólo lo que es drogo atenúa esta confusión
con su nirvana dudoso, con su falso
paraíso, que es único en su especie.

Una verdad que se queda entre casa.
Una sirena que nadie ba escuchado.
Un temblor imperceptible.

Agradable mal tiempo

Brusco se deshilacha el humo sobre las casas.

Licuación y cristales en toda la ciudad.

Es el fin del invierno.
……………………. Llamas
de primavera.
…………….Todo lo que no se dice,
¿adónde va? ¿Está dicho o no clicho?
¿Y el miedo o el coraje de decirlo o callarlo?
¿Y la transparencia? ¿Y la verdad?

¿Y la verdad tras la verdad?

Todo está dicho por las hojas viejas,
ese humus espeso que arderá este verano
en la ciudad que hoy lame
sus flancos y se enjuaga en neblina.

Se humaniza el cemento.

Todo es una conversación en calma.

El café da su aroma benigno.

Mas la pasión, que sube
del más oscuro fondo de linces y de pumas,
se adhiere a la sombra más pura y metálica
y brilla en un ángulo, por sí misma abrasada.

Razones no agita:
devora tiempo,
devora conversaciones,
devora fricciones de los cuerpos en la penumbra,
devora drogas que queman el alma
y agotan los sentidos.

La ciudad muestra su espalda oxidada.
Es como la espalda de una doncella
impura, impúdica, incendiaria.

El otoño está lejos. Y todos los otoños.

Vamos llegando a casa.

La ciudad arde por sus cuatro costados.

Cada día
es como una llamarada
en un cielo infinito.

Muchacha de Málaga

No es otra esta sino la chica prístina
que tendida en las leves arenas de Málaga
ocupa casi entera la península.

Allí está, como bello juguete mecánico
junto a las restallantes aguas del piélago
posando como un ícono.

Sus ojos: dos indianos ídolos
que nada tienen de mirar hierático.

Sus sentimientos son a veces nítidos;
casi nunca traslúcidos.
Por eso dejan esperanza sólida
cada vez que la veo y el monólogo
merecerla debiese para un día ser diálogo
y deseo magnífico.

Siempre he admirado a esta muchacha sólida
de manos grandes y rubóricas
que un día quisiera que llegasen beatíficas
para brindarse impávidas
como dos pavorreales que se abriesen benéficos
y se cerrasen como células ópticas
despertando al estímulo.

Con ella se apaga el sol de Málaga
y las estrellas se vuelven puntos cómicos
y me llega de pronto un terror cósmico
que me obliga a dormir.

Esto todo es, de acuerdo, esdrújulo
elemento, de a ratos feliz y a veces básico
ciclo que ha de cursar infante pálido
pero duro y salvaje como indígena
que poblar pudiese esta república
que la chica de Málaga
a formar va con mítica
indumentaria, con su alma que lúcida
es sin duda, porque fulge sin mácula
en la clara penumbra de mi cuarto poético.

Soliloquio sado-masoca de nosotros

En la soledad hablo solo, o conmigo mismo, en silencio o voz alta,
y no sé si otros hablan consigo mismo o solos
porque nunca lo cuentan, como yo no lo digo.

A menudo me aburro de mis propias manías,
me peleo conmigo mismo, me ataco y me defiendo
y me condeno y me hundo en el olvido
de mí mismo, me abandono, abro mi corazón
a mi propio corazón, lo cierro,
me muestro cara a cara, me comprendo,
me enfrento con mi propia sombra,
me pongo los tacones altos frente al tocador,
apoyo mis acciones, severo me condeno,
me malentiendo acaso,
me engaño y me oculto hasta ya no encontrarme,
me miento en las propias narices de mí mismo,
me resigno a ser mi yo falso frente a mi falso yo,
me exalto y glorifico,
me arrepiento de todo y de nada,
me chongueo a una morocha junto a la rambla Sur,
elaboro mi complicada emblemática,
mi toponimia,
mi pacotilla,
mi mineral ordeno sobre mesas rituales,
me encomiendo a los más altos mandos imaginables,
y termino precipitado en la angustia y la alegría
de la vida, el amor y la muerte.

Y yo conmigo, yo y yo, en la soledad
(como en la soledad de otros)
somos dos, mano a mano,
rostro frente a rostro,
como en el Gran Masturbador de Salvador Dalí
(que no es obra freudiana mas monumento místico).

Somos dos, la pareja
(que sombra ya te has vuelto, pareja,
monstruo prehistórico
tal vez nacido en húmedas cavernas)
inseparable.

Discutimos punto por punto cada tema,
desde distintos ángulos, profundizamos
y confrontamos toda verdad con lo real, es decir,
sometiendo toda prueba ante el juez implacable
que es cada Otro y también el Los Otros y también el Nosotros.

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