INTOLERANCIA

Poeta sugerido: Juan Carlos Elijas

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Comprendo a ti te guste “el Follonero”,
te encante de la tele la bazofia,
admito de ese juicio yo difiero,
me indignan quienes hacen demagogia.

Sólo pido que a mi tú me respetes,
no preciso alharacas ni de incienso,
y evites el furor con que arremetes
si digo lo que siento, lo que pienso.

Que yo siempre he vivido haciendo gala,
de hacer lo que yo pienso, siendo libre,
buscando el raciocinio me equilibre,
sabiendo a equivocar nadie me iguala.

Pues la verdad de nadie es patrimonio
-cada uno tenemos nuestros gustos-,
nunca creas los tuyos son más justos
ni mandes al contrario al manicomio.

Tolerancia es virtud que se predica,
escasa de mostrar con el ejemplo
cada cual nos creamos nuestro templo
¡qué fácil es labor del que critica!.
©donaciano bueno

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“El follonero” es un programa de una cadena de televisión que trata de remover los sentimientos bajo el paraguas de algunas injusticias. Una forma fácil de incrementar la audiencia aunque a veces se tenga que recurrir a las exageraciones.

POETA SUGERIDO: Juan Carlos Elijas

Juan Carlos Elijas

CANTO 1

Eres la noche y un himno escarlata
se extiende a través del llanto del cuco.
Gardenias y amapolas profetizan
desde el glaciar y el circo el descanso.

Dos olivos de tronco revirado
y dos candelabros de rojas lenguas

inventan las cuatro esquinas del templo
fundado en el corazón de la selva.

La pantera y el cordero, las bestias,
regresan de un mar lejano de vidrio.

La gran estrella ha guiado su rumbo
herido el sol de azufre y de jacinto

en su coraza de cuernos triunfales,
en su arpa de oro y su diadema.

Al abrigo de una higuera descansa
la fiereza animal del querubín.

El estanque de fuego, esa muerte
segunda, esa nada ataviada en púrpura.

He ahí la noche, tu copa, tu música,
el licor del apóstol y el estío

que a predecir vienen el abandono
con el que castigarán nuestro olvido.
Del libro: versus inclusive

CANTO 2

He ahí a oscuras el pedregal,
el tránsito hacia el desierto interior.
Si vienen a por ti, no habrá reposo,
tú, mi roca ulcerada por el tiempo.

Tú que fuiste crisantemo, otoño
satisfactorio de la madurez.

Tú, cordero de madre atona, ruge.
Tiembla. Ahorcarme no será suficiente,

dice la tragedia. De tener ojos,
como uñas serían esmeraldas.

Clavé en tus labios el junco flexible
que no se espiga en aguas estancadas.

Junto a la fuente, acederas y berros,
húmedos calendarios de septiembre.

Yo no voy a estar. Quedó entre dos hojas
la pluma del halcón en un almez

de luto, abrazado por las serpientes
cuya sombra disfrazada es la hiedra.

Sobre mi frente un paño, el exterminio
con volumen y figuras de fiebre.

Siete sellos, siete trompetas, siete
copas, siete custodias, siete ángeles.

El sudor de un caballo blanco y rojo
en las blancas piedras de la victoria.

El ojo temeroso de un caballo
pajizo y negro, como una derrota.

Sobre mi frente polifema, islas
afortunadas, cíclopes, centauros.

Antes de la lluvia, ese león joven,
nervioso desde el alba, como el toro.

Ardan las siete trompetas y un ácido
golpe de aire conserve mi deseo.

Yo no voy a estar. El hombre y el águila
que soy, que fui, allá en la Gran Ciudad

ha de estrenar corbata hoy, de noche,
subido a la mesa, el balcón abierto,

el Enemigo al acecho y su brindis,
y yo intentando alzar mi cuello tenso,

patalear la asfixia a la salud del cómplice,
el luto inevitable de alguna cucaracha.

CANTO 4

El estupor final de los aviones
contra los rascacielos oficiales.
El ser es en el umbral de mi casa
la única materia en el poema.

El ser, sus pócimas en alabastros,
sus malvas y sus rústicos placeres.

Como un álabe, corvado hasta el suelo,
mordiendo el polvo de los traficantes.

Mi fábrica de armas rinde un mazo,
un tirso refulgente y diamantino

para el primer caudillo o adalid,
el primer gato sin dueño que invente

un modo benévolo de dar muerte
a más de un contingente de los suyos.

El estupor final de los aviones
contra los rascacielos oficiales.

Un beduino en las montañas se enroca
en lenta jugada de inmolación.

Retira de mí tus ojos implora
David, rey de los judíos. Su hijo

Absalón ha sido abatido lejos
por un misil contra su cabellera.

Pasaremos la noche en la covacha
moviendo peones y algún caballo.

Y nos sorprenderá la madrugada
debajo del manzano, ya sin frío.

Un manojo de flechas incendiarias
liquidará el paso de las memorias.

¡Huye, amado, encomiéndate a tu estirpe!
Sube al desierto y bebe en sus ciudades.

Allí aguarda el mosto de mis granadas,
para calmar tu sed mis labios muerde.

Las mandrágoras exhalan perfumes
y lo que fue es lo mismo que será.

Lo que se hizo, lo mismo que se hará.
Todo bajo la insignia de la nada.

¿Por qué mi voz de alacrán en estanques
subterráneos, en aljibes de Alá?

No hay recuerdo eterno, pero la historia
tiene siempre la última parábola.

Hay un tiempo para el amor sin tregua
y treguas que no concede la muerte.

Hay un tiempo para la fugaz alada
de ese ser ilusorio de las cosas.

Tiempo para la justicia infinita,
la libertad o el precio miserable.

Un tiempo para la esterilidad
y un tiempo para el jaque y para el mate.

En mi jaima gime un jefe jenízaro
y el porqué de su existencia es su nada.

Mi huerto de tomates amenaza
a un F-16 que nos vigila.

La procesionaria del pino huye
a insonorizarse de los U-2.

Las cofradías con sus relicarios
desfilan, hoy oruga, ayer crisálida.
La sacerdotisa detiene el paso
y canta una saeta o jeremiada.

Levanta el crucifijo con un ritmo
de un góspel irlandés y carismático

y entonces un alfanje o cimitarra
saja la mano del pobre gusano

que no ha visto el águila o el turbante,
la media luna filuda o la estrella.

En alguna prisión de algún estado
el beduino transita con un mono

naranja por un corredor famoso
y esta vez sí que darán en directo

el último chute de un tipo malo,
su estupor final, su rey y sus torres.

En mi jaima quedan Mamadou, el príncipe,
Sandra Williams, una broker en paro,

y Salomón Sabaté, español
y catalán, biznieto de rabinos,

y entre té verde y resinas concluyen
bajo un espacio aéreo protector

que la ultraderecha es la ultraderecha,
que Él nos mata para seguir eterno.

CANTO 10

Entre el aburrimiento y la ceguera,
los paseos por bosques, por aceras,
por páramos inhóspitos, silvestres,
por descampados o por basureros.

Esos perros tocados por la sarna
me saludan con discreta confianza.

Quisieron amar a un amo y medró
su mimo y mordieron la mano al muerto.

La arrancaron del brazo y pasearon
las cinco falanges y la muñeca

por todas las calles de la ciudad.
Se creó un ambiente de puro pánico.

Los lobos y jabalíes descienden
a los estercoleros cada noche

a remover famélicos las sobras
completas de los cuatro que aquí somos.

He aprendido tanto de los discursos
contradictorios del hombre que nunca

volveré a confiar en su franqueza,
dejaré de pensar en su recuerdo.

Entre el aburrimiento y la ceguera,
los paseos por bosques, por aceras,

la sorda compañía de las fieras,
su nobleza y su garra de templanza.

Si ves pasar al sabueso del alba
y lleva en su boca mi mano manca,

haz que me entierren en esa montaña
junto a los cachorros de mi manada.

Y a lo mejor la duda existe para
que yo pueda acertar en el error.

DE LUNA Y PLATA
En esta casa se moría a oscuras.
Todas las noches se escapaba un niño
por salir al mar con los pescadores.
Tres kilómetros marcaron mi infancia.
Con el sudor del riesgo en todo el cuerpo,
de vuelta abría, muy de madrugada,
la puerta entornada tras la aventura.
Respiraba hondamente si ella,
mamá, aún no había regresado.
Mi hermana dormía un frío de velas.
En esta casa murió tanta gente
mucho antes de que nosotros viviéramos…
Mamá, el hombre tardío de tu vida
se ha criado en la mar
                                 y su olor escucha
dormir en tu frente de luna y plata.
 
TUS AMORES
 
Hoy no puedes demostrar que me quieres
pues toda mirada es dardo directo,
bala convulsa contra quien decida
dar un paso adelante en favor mío.
Hoy, según la paliza, como siempre,
el hermano Cecilio, ya mayor,
acariciará mi rostro y mi mano
los testigos buscará del cariño.
Mañana seguirá ignorando en clase
los insultos, marica, en voz muy baja,
que bien pronunciaréis cuando yo salga
con un dolor de tiza a la pizarra.
Él me requiere en sus habitaciones
y vosotros en sórdidos retretes;
menearéis la insaciable conciencia,
vuestras manos limpiaréis en mi cara.
Hoy no puedes demostrar que me quieres,
decir no debes cuáles tus amores.
MODELO
 
Social life, Iggy
Porque también fue cárcel del cuerpo cada copa,
siempre tan a deshora, siempre yendo más lejos.
Esas cosas suceden a veces en la vida
—a veces se enmascaran, a veces no hay complejos—.
El adiós fue la página primera de esta historia
de barra de bar, típica,
                                            el índice futuro
de un tacto terso y dócil en costuras ungidas
por yemas deseadas del brote más maduro.
Pero el amor fue sólo un tercer grado,
una fase tercera del abismo.
Tener ese misterio y no tenerlo,
lograr que el tiempo nunca sea el mismo.
Cuanta dulzura ayer acumulamos
entre las cuatro paredes del ático,
es hoy mensaje en locutorio umbrío,
correo sin sello de invierno a invierno.
Siempre se nos presenta una nueva ocasión
para descubrir de lo que somos capaces.
Invitación al suero

I
MI CORAZÓN ES UN PANTANO
que sepulta con sus culebras
las ruinas de un poblado y sus leyendas.
Alguien ha reventado los candados
de este tiempo amarillo,
de esta distancia sumergida
bajo el peso de la luz.
Toda la noche del encinar en tus espaldas
bajo surcos arañadas, impacientes
de una estancia interior entre las aguas.
Mi corazón es la compuerta
de un caudal turbio y prisionero,
un órdago ahogado entre la ilusión
y el lento discurrir de mi cerebro.

II
MI CORAZÓN ES EL ÚLTIMO SIGNO
del día que se acaba.
Conjuntado de arterias y de arcillas
se pierde tras el monte
porque ya está repleto.
Ahora sí, después del lenguaje,
después de la visita
a los vírgenes páramos
de la imaginación.
Ahora un silencio en cada rincón,
en cada abeto,
en cada pizarra. Silencio
violado por un temblor
de moscas pertinaces machadianas.
Mi corazón guarda bajo sus aguas
una carretera antigua, establos
del deseo y de la melancolía,
una música de tamborilero
tañida con el pífano
que precipita su canción
hasta el barranco de la soledad.

III
MI CORAZÓN ES UNA NUBE TÓXICA
bajo las húmedas cuevas del suero.
Como si no hubiera bastado
el haber sido cómplices,
río arriba mil palacios deciden
la anestesia del vientre,
el eclipse fugaz del mediodía
y su corona de muerte pequeña
en un sueño vacío, sin saber lo que ocurre.

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