MIS VERSOS SON…QUÉ SON?/

Hernando Domínguez Camargo (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Hay versos que yo he escrito con placer,
algunos derramando van ternura,
en cambio, otros, destilan la amargura
de quien sufre un amor al fenecer,
y hay rasgos de locura.

Varios hay que murieron al nacer
por mor de carecer allí de hechura,
aquellos se parieron con premura
y los que nunca llegaron a crecer
por ya no tener cura.

No exagero, los hay iconoclastas,
que están rotos, destruidos, sin cimientos,
ausentes de emoción, de sentimientos,
que suenan al lector bastante plastas,
e incluso los hay cruentos.

Siempre versos de mérito dudosos,
que quizás al leer nadie comprende,
escasos de mejunje y aún sin duende,
sin música, glamur, bastante sosos,
¡que nadie compre, arriende!.

Incluso versos hay que no son versos
impropios de salir de mi cerebro,
que torcidos empiezan como enebro
y antes de terminar ya son conversos.
no sirven pa’ un requiebro.

Putrefactos, son hechos de despojos,
lisiados, deformes y aún maltrechos,
¿para qué he de engañar? versos mal hechos
me tienen como puta por rastrojos
y encima sin provechos.
©donaciano bueno

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Hernando Domínguez Camargo

San Ignacio de Loyola

Poema Heróico
Libro Primero-Canto Primero (fragmento)

BANQUETE
LII
Damascada pensión de los telares,
flamenca Aracnes descogió,
arrogante, entre hilados jazmines y azahares,
no menos blanco lienzo que fragrante.
Muró de crespas garzas, no vulgares,
sus orillas la mesa, en que arrogante,
crestado un lienzo sobre el otro,
hacía entallada de nieve cetrería.

LIII
Sol un salero, confusión de estrellas,
desmembrado en sus piezas,
derramaba; y, rayo de oro la menor,
centellas en las nubes de lino fulminaba.
De opimos frutos y de flores bellas,
Amaltea sus cuernos trastornaba sobre los cedros,
que cansados gimen de las grandezas
con que los oprimen.

LIV
Rojo penda terliz, ya que no bello,
sobre el pico, ni adunco ni torcido,
o fuelle de zafir sople en su cuello
a su canto, ni arrullo ni gemido,
el ave que, en el hombro o el cabello,
ya del Inca es diadema, ya vestido;
que hospedando en sus arcas al oriente,
voló a la mesa desde el occidente.

LV
Mentida Isis en la piel, pudiera
acicalar en Argos el desvelo
de la que el tauro codició ternera,
por darle ilustre sucesión al cielo;
lasciva Parca de las flores era la que
(la luna el cuerno, el sol el pelo)
víctima cayó idónea, y dio la vida
por que pródiga fuese la comida.

LVI
Cuantas copias el gallo perezosas
(ceñido de rubí crespo turbante)
si bellas no, crestadas celó esposas,
gran turco de las aves arrogante,
tantas con quejas lamentó amorosas
( torcido el cuello, aun de la más amante)
cuando el estrago, que él lúgubre llora,
el fuego enrubia y el rescoldo dora.

LVII
Alma de las arterias de la sierra,
en blandas pieles Dédalo mentido,
aquel que en laberintos mil se encierra
en un taladro y otro que ha torcido
conejo, aun desde el centro de la tierra
espíritus le late al prevenido
can, que lo fía en el convite ileso,
en fe que es suyo el uno y otro hueso.

LVIII
Al que la leche le ministra pasto
(desvigorada la nerviosa pluma),
eunuco muere de las aves casto,
pájaro sea plebeyo, alado Numa;
el que el piélago al aire náda vasto,
en los platos es ya tan rara suma,
que al paladar su copia nunca vista
nuevas Indias de gula le conquista.

LIX
Aquel a cuya huella aun no vacila,
el jazmín que del aura ha vacilado,
y al ardiente clavel le despabila
las cenizas del alba no violado,
su muerte en el del can dentado Scila
el ciervo halló infeliz: pues, destrozado,
de aquello que le rompe el arrecife,
un plato y otro fue dorado esquife.

LX
Alada de dos remos, la barquilla,
halcón a quien dio el remo leve pluma,
de la alcándora absuelta de la orilla,
rompe en región azul nubes de espuma;
no las caladas de su aguda quilla
(garzón del mar) el sábalo presuma
falsear velos o desmentirlas mudo,
que es su garra el arpón que sintió agudo.

LXI
Del coso sale, que muró una roca,
a la plaza del piélago espumoso,
toro el atún marino, que convoca
al uno y otro remo perezoso:
cálase al mar el fresno que lo toca,
de un joven impelido así nervioso,
que, borrándole al mar limpios cristales,
es ya, varado, escollo de corales.

LXII
Cimiento el plomo, si la corcha almena,
nudoso muro al mar, la red se tiende;
provincias mil de escollos encadena
y ciudadanos mil del agua prende:
ni al de lúbrica piel vale la arena,
ni el de escamas armado se defiende;
que es la mesa teatro, en tanta suma,
del secreto ignorado aun de la espuma.

LXIII
El que el arroyo cristalino muerde
bruñido junco, ya oficioso cubre
panal de leche, en su colmena verde,
de la oveja labrado en ubre y ubre,
con quien, helada, por morena pierde
la que ordeñó a las nubes nieve octubre:
canas ésta peinó siempre vulgares,
porque es la leche Adán de los manjares.

LXIV
Peinóse hebras de nieve la pechuga
sobre la leche, que templó süave
electro, que la abeja que madruga
a libarlo a la flor, cuajarlo sabe;
o se densa en las llamas, o se enjuga
éste, que, medio leche, medio ave,
centauro es de la gula, en el convite,
del griego el metamórfosis repite.

LXV
El cadáver augusto de la fruta
que en bálsamo de almíbar se preserva
en las mesas, al huésped se tributa
en la embebida en ámbares conserva.
Por imán de las tazas se diputa,
cuanto salada más, menos acerba,
en sazón a la sed siempre oportuna,
retaguardia a las mesas, la aceituna.

LXVI
Pelicano de frutas, la granada,
herida en sus purpúreos corazones,
su leche les propina colorada,
en muchos que el rubí rompió pezones.
Baco, que la admiró desabrochada,
apiñados le ofrece los botones
en el racimo que cató respeto
al vino de quien es diez veces nieto.

LXVII
Hijas del soplo, nietas de la hierba,
las tazas débilmente cristalinas,
y las que el chino fabricó y conserva
en las que pudre al sol conchas marinas,
con las que antigua sucesión reserva,
partos de Ofir en sus primeras minas,
dora el antiguo Baco, aún más precioso
que el cristal puro y oro luminoso.

A guatavita

Una iglesia con talle de mezquita,
lagarto fabricado de terrones,
un linaje fecundo de Garzones
que al mundo, al diablo y a la carne ahíta.

Un mentir a lo pulpo, sin pepita,
un médico que cura sabañones,
un capitán jurista y sin calzones,
una trapaza convertida en dita.

El Argel de ganados forasteros,
fustes lampiños, botas en verano;
de un ¿cómo estáis? menudos aguaceros.

Nuevas corriendo, embustes de Zambrano,
gente zurda de espuelas y de guantes,
aquesto es Guatavita, caminantes.
Hernando Domínguez Camargo.

A la muerte de Adonis

En desmayada beldad
De una rosa, sol de flores,
Con crepúsculos de sangre
Se trasmonta oriente joven.

Cortóla un dentoso arado
Que, a no ser de ayal torpe,
Por la púrpura que viste,
Le juzgara marfil noble.

Cerdoso Júpiter vibra
Rayos, marfil, sobre Adonis,
Y el alma que trae de Venus
Hiere más, mientras más rompe.

Espumoso coral vierte
Que en verde esmeralda corre,
Mar de sangre en quien a Venus
Naufragio prepara Jove.

Verdugo monstruo ejecuta
De inflexible Dios rencores,
Y siendo amor el vendado,
Son cadahalsos los montes.

«¡Ay!, fiera sangrienta, dice,
Si asegundarte dispones,
Advierte que en la de Venus
No en mi vida, has dado el golpe.

Y matar una mujer
Con hazaña tan enorme,
Más para escupida es,
Que para esculpida en bronce».

Con esto se vino a tierra
Esta hermosura Faetonte,
Y exhala beldad, ceniza
Del sol que agoniza ardores.

De la herida a la ventana
El alma, al golpe, asomóse
Y aunque halló en la sangre escalas
Saltó atrancando escalones.

Cuando de cansar las fieras,
Ciudadanos de los bosques,
Venía la diosa Venus
Guisando a su amante amores.

Perlas desata en la frente,
Y su cuerpo exhala olores,
Que en amorosa porfía
Mejillas y aire recogen.

Juega la túnica el viento
Y entre nube holanda expone
Relámpagos de marfil,
Migajas de perfecciones.

Arroyo de oro el cabello,
Libre por la espalda corre,
De la cual pende un carcaj,
Vientre de dardos veloces.

Duplica en la espalda flechas,
Rigores ostenta dobles,
Bruñido dardo a las fieras,
Sutil cabello a los hombres.

Al pequeño pie el coturno
Le pone armiñas prisiones,
blando muro a dura espina
Que a tanta beldad se opone.

Fuentes le abrió de coral,
Quizá previniendo entonces,
Que tanto fuego tuviese
Por la sangre evacuaciones.

Hilos de rubí desata
Para que su nieve borden,
Con que en la tez de las rosas
Lácteos purpureó candores.

Ramos de sangre en tal cielo
Fueron cometas atroces
Que le escribieron desastres
En tan sangrientos renglones.

Espoleóle a su desgracia
Con la espina y arrojóse
Desde el risco del amor
Al zarzal de confusiones.

Trajinaria de distancias,
La vista escudriña el orbe,
Ve un atleta con la muerte
Luchando en rojas unciones.

A Adonis vio, jaspe yerto,
Por lo manchado y lo inmoble,
Y por dudar lo que ve,
Adrede le desconoce.

Asómase toda el alma
A los ojos, conocióle,
Y por dudar y engañarse,
Con engaños se socorre.

Beber la muerte en sus labios,
Cervatilla herida, escoge,
Muerte bebe en barro y vida
En boca rubí propone.

A voces le encaña el alma
Y a la de Adonis, sus voces,
Como se va por la herida,
Son a su prisa empellones.

Mira al cielo de su rostro,
Que alumbraban zarcos soles,
Y halla que a eclipsarlos vino
La luna de su desorden.

De las mejillas, que en rosas
Desabrocharon botones,
Si bordados, no alelíes,
Cárdenas violetas coge.

El panal dulce del labio,
Que entre ambrosia daba olores
Si es ámbar flor maltratada,
Hiel al néctar corresponde.

Mas las víboras de sangre,
Que se arrastran por las flores,
Nueva Eurídice, la muerden,
Miembros de mármol la ponen.

Rabiosamente se arroja,
Y es el remedio que escoge,
Beberle en la boca el mismo
Veneno que la corrompe.

La boca avecina al labio,
A heredarle el alma, adonde
Como llegó Venus muerta,
Alterna muerte matóles.

Ay Píramo!, ay, Tisbe nueva!
Riscos ablandáis que os lloren,
Pues caváis en una herida
Hoyo a dos vidas conforme.

Con las palabras enjagua
Y dando nieve en sudores,
Con cansados huelgos dice
Estas quejas a los dioses:

«¡Ay Dios bronce!
¡ay Dios diamante!
¡ay Júpiter!, cuando adores
A Europa toro, oro a Dafne,
Tus amores se malogren.

¡Ay, Apolo vengativo!,
Cuando con pies voladores
Sigas a Dafne, de ingrato
Laurel tus sienes corones.

¡Ay!, náufraga vida mía!,
Que un mar bermejo te sorbe
Y en la roca de la muerte
Te estrellas ya sin tu norte».
Dijo, y por la herida misma
Hasta el corazón entróse,
Que aún más allá de la vida
Un dulce amor se traspone.

A un salto por donde se despeña el arroyo Chillo

Corre arrogante un arroyo
por entre peñas y riscos,
que, enjaezado de perlas,
es un potro cristalino.
Es el pelo de su cuerpo
de aljófar, tan claro y limpio,
que por cogerle los pelos,
le almohazan verdes mirtos.
Cíñele el pecho un pretal
de cascabeles tan ricos,
que si no son cisnes de oro,
son ruiseñores de vidrio.
Bátenle el ijar sudante
los acicates de espinos,
y es él tan arrebatado,
que da a cada paso brincos.
Dalen sofrenadas peñas
para mitigar sus bríos,
y es hacer que labre espumas
de mil esponjosos grifos.
Estrellas suda de aljófar
en que se suda a sí mismo,
y atropellando sus olas,
da cristalinos relinchos.
Bufando cogollos de agua,
desbocado corre el río,
tan colérico, que arroja
a los jinetes alisos.
Hace calle entre el espeso
vulgo de árboles vecino,
que irritan más con sus varas
al caballo a precipicio.
Un corcovo dio soberbio,
y a estrellarse ciego vino
en las crestas de un escollo,
gallo de montes altivo.
Dio con la frente en sus puntas,
y de ancas en un abismo,
vertiendo sesos de perlas
por entre adelfas y pinos.
Escarmiento es de arroyuelos,
que se alteran fugitivos,
porque así amansan las peñas
a los potros cristalinos.

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