SENTADO JUNTO AL MAR

»El Poeta sugerido: Carla Faesler

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En la tercera parte de la vida
ha hecho un receso, se ha parado a pensar,
extenuado ya de tanto caminar,
que ha abierto en sus talones una herida,
hoy se sienta en la vereda junto al mar.

Mirando fijamente en la distancia,
-tamaña longitud al infinito-,
se ha sentido tan frágil como un grito
que se infla y va perdiendo su arrogancia

pensando que al final ya está proscrito.
¡Pobre de él, qué corta fue la estancia,
qué rápido pasó, cómo pudiera
ser el tiempo tan corto, tal quimera!

Retorna su memoria hacia la infancia
sintiéndose en su barca prisionera.
Contempla que la tarde ya se apaga,
y el cenit cada vez más se aproxima,

la brisa va soltando su calima
sobre la vista y la mirada vaga
se despeña al vacío de una sima.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Carla Faesler

Carla Faesler

Fiesta de Izcalli o décimo octavo mes

“…y a los hombres ataban unas sogas por medio del cuerpo,
y cuando salían a orinar, los que los guardaban
teníanlos por la soga porque no se huyesen.”
Fr. Bernardino de Sahagún.
Historia general de las cosas de la Nueva España.

Será sacrificado el cautivo
Así, de la manera que aquí sigue:
primero, se le arrancan los cabellos,
sólo de coronilla, no los otros.

Se recogen en cajas los mechones
porque son las reliquias de este día.
Entonces se le lleva hacia el templo,
porque él será la ofrenda de la fiesta.

Hay veces que no quieren, van llorando,
y como que se caen por el camino.
Si no quieren subir, se les obliga

por los pelos. Así se les arrastra,
aunque cueste trabajo. Da coraje,
mas con la fiesta, luego uno se olvida.
De No tú sino la piedra. Ed. El Tucán de Virginia, México 1999.

Carnicería

Sangra la carne expuesta entre las moscas
Dentro de las vitrinas

Muestran los cerdos sonrisas
Estremecidos hasta el miedo

Y sus ojos son difíciles al ojo

Entro a los olores saturada
Y extiendo el dinero al del cuchillo

Tres monedas mojadas me devuelven sus uñas

Me llevo una cabeza para reconstruir
La oreja, el hocico, la sonrisa.
De No tú sino la piedra. Ed. El Tucán de Virginia, México 1999.

Es hora de dormir

Cuántas horas habrá de sostenerme
la inquietante virtud inanimada,
el terror de la ausencia que preparo
en el suave disfraz de la pijama.

Cuando ya abro la cama me pregunto,
mientras mi cráneo se abre sombra-espacio
entre la almohada: ¿dónde voy?, ¿voy cómo?
Y mi mente resiste en la pared clavada,

en la invisible lámpara gimiendo,
al sentir que mi cuerpo la abandona.
Se abre entonces acuático arrecife,

la aérea sinrazón que nos sepulta
cuando al caer subimos sin sentidos,
a la cordura cárnica del otro.

Cuerpo

Si las manos supieran
del poder de las pinzas,
del metálico alcance de las grúas,

y los ojos se vieran comparados
con las lupas y con los telescopios,
la ciencia que se encarna en mineral.

Si los pies conocieran
vehículo, escalera, elevador,
su mecánico viaje sin los pasos,

y la voz adquiriera la conciencia
del sintetizador y del micrófono,
la presencia en la ausencia electrizada.

Si el oído supiera
de radares, de radios y de amplificadores,
su ondular sin la traquea y las costillas,

y la mente, en su puro andamiaje
frente a los discos duros compitiera,
en memoria, en síntesis, en cálculo,
sus acertados plásticos abstractos.

Se aprecian las ventajas
y la ignorancia práctica del cuerpo,
en fracciones aisladas de un alcance impensado,

de tantos atributos
saqueados en matraces, en los tubos de ensayo,

que esas mismas mentes diseñaron,
que esas manos mismas practicaron,
que esos mismos ojos vislumbraron,

junto a esos oídos en alerta,
y a esos pies que les dieron estatura.

La casa del investigador

Había en el florero un ramillete de brazos.

Mi amigo me había hablado
de un busto de cadáver sobre el piano,
que tenía una peluca.

Guardaba el anfitrión, para los niños,
en una estancia alegre y llena de color,
fetitos momificados con ropa de muñeca.

Noté algunas piernas de señorita
al pie de las puertas para impedir chiflones
y en su gran biblioteca, una pálida lengua
había sido adaptada como control de tele.

Varias nalgas servían de cojines en los amplios sillones de la sala.

Durante la comida, le pedí una cuchara
y abrió un largo cajón del trinchador
lleno de pies dispuestos, uno después del otro,
en cuyos muchos dedos se ordenaban, de plata, los cubiertos.

Tomamos el café en la terraza,
la sombrilla tenía color de pergamino.

Un intestino grueso servía como manguera
y una mano sin uñas hacía de rehilete sobre el pasto.

Para espantar las moscas,
en el techo giraban unos ventiladores
hechos con cuatro fémures y cueros cabelludos.

Como adorno en el baño,
ojos de mil colores bajo el agua,
en un bibelot de cristal cortado.

Estaba pensando en donar mi cuerpo,
cuando muera, a la ciencia.

Pero sería más útil dar mi computadora.

Tendencia

Notamos la mordedura del tiempo
en los cabellos. Los tintes azules
amarillos y rojos se colgaban
a punto de soltarse de las puntas.

Crecían blancas las cortas uñas negras,
los adornos del piercing habían sido
útiles en la pesca, en la palapa.
Preservábamos algunos tatuajes

que ya no contrastaban con las pieles
cada vez más oscuras por el sol.
Éramos extrañamente distintos.

Ahora el cuerpo original ganaba
y adquiríamos todos la igualdad
en un gesto común inevitable.

Acuciamiento

Y de entre la quietud y el pasmo,
se decretó prohibición de la cópula.

¿Cómo enfrentar el riesgo, reproducir la esencia y el hastío?

Unos talaban árboles menores.
Se acostaban bajo sus troncos para
sentir su peso y cerraban los ojos.

Otros se dedicaban a la recolección
de frutos y al estirarse las sombras,
los reventaban con uñas y manos
hasta sentir caliente su pulpa entre los dedos.

Cuando nos atisbábamos de lejos,
bajo la piel el recuerdo nos era suficiente.

Güera Miss Clairol

En la tienda, la caja ronronea,
libera el cuerpo aquello que le falta:
feromonas y rosa adrenalina,
sonrisas de sustancias incoloras.

Es el nuevo color en los cabellos,
obligados al rizo, sometidos al rayo,
lejos del lacio oscuro que señala
el emblema más pobre. La industriosa

bondad de lo exitoso, ese blanco
compacto en las mejillas, sobre aquellas
facciones de vencidos ahora alegres,

maquillado su miedo y su fracaso,
cuya imagen por fin ya palidece,
del espejo del mundo eliminada.

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