EL DÍA EN QUE DIOS VINO A VERME

Vicente Gerbasi (poeta sugerido)

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Y un día vino Dios a verme y dijo
mejor échate a un lado,
¿no ves que yo hice el mundo y me ha costado
a mí sangre y sudor? Que este cortijo,
el mismo que te sirve de cobijo,
aún de construir no he terminado
y un día lo has de ver ya acicalado,
y si algo hay no funciona lo corrijo.

No creas me fue fácil que hoy los toros
se ven de la barrera,
pues tuve que esforzarme a la carrera
mirando si en la costa había moros,
haciendo caso omiso a los decoros
obviando que el detalle se puliera.
Y así que no salió como quisiera
no olvides que ella encierra mil tesoros.

Si alguna vez preguntas ¿quién lo hizo?
no pongas tu alma en venta,
ni insistas, que el dudar no trae a cuenta,
si fue la consecuencia de un hechizo,
o fruto del azar fue su bautizo,
ni creas lo que dicta tu mollera,
pues solo pudo hacerlo una lumbrera,
la misma que hizo al cielo un pasadizo.
©donaciano bueno

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Vicente Gerbasi

En el fondo del día

El acto simple de la araña que teje una estrella
en la penumbra,
el paso elástico del gato hacia la mariposa,
la mano que resbala por la espalda tibia del caballo,
el olor sideral de la flor del café,
el sabor azul de la vainilla,
me detienen en el fondo del día.

Hay un resplandor cóncavo de helechos,
una resonancia de insectos,
una presencia cambiante del agua en los rincones pétreos.

Reconozco aquí mi edad hecha de sonidos silvestres,
de lumbre de orquídea,
de cálido espacio forestal,
donde el pájaro carpintero hace sonar el tiempo.
Aquí el atardecer inventa una roja pedrería,
una constelación de luciérnagas,
una caída de hojas lúcidas hacia los sentidos,
hacia el fondo del día,
donde se encantan mis huesos agrestes.

Penumbras secretas

Encontré la desdicha al amanecer,
en un caballo que sangraba
con la cabeza un poco caída en la yerba
y el llanto de mi hermana de dos años
que había sido operada en el vientre.

Yo sentí un poco de sangre en las manos,
un dolor triste como un cabrito degollado,
una piel puesta a secar sobre las piedras.
Anduve por el aire frío de las últimas estrellas
donde moraban gallos dispersos,
y sentí mi propia presencia
en un árbol iluminado en el fondo de la casa.

El día acogió el caballo herido
con el llanto de mi hermana en los ojos.
El día me recluyó en los rincones oscuros.
Seguí siendo un triste que espanta las moscas de la tarde
o dibuja una iglesia rodeada de aves marinas.

Los enamorados

Los rostros de los enamorados, en el césped,
se vuelven indiferentes, hacia el trueno,
hasta que brillen en la lluvia
que hace temblar las flores.

Entre durazneros y almendros,
que al giro de las estaciones
se cubren de abejas,
los enamorados
son un infinito instante,
el sueño del tiempo
estremecido en su propia tempestad.

El relámpago va huyendo
entre rosas y gallos.

El tiempo se hunde con ramas y nubes
en las charcas que de la lluvia
cerca de los enamorados
que eternamente olvidan
su propia historia,
abandonados al relámpago
y a un sabor de mieles silvestres.

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