LERDO Y POBRE, SIN SUSTENTO

Tulio Mora (poeta sugerido)

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A Dios le puso una vela
y otra al diablo por si acaso,
lamentando algún fracaso,
la noche pasando en vela.
Y apagada la candela,
cuando todo ya anda a oscuras
se vió hablando con los curas
para ver si se aclaraba
y siempre allí se encontraba
con la mente y sus negruras.

Buscó a Dios en las estrellas
y en la tapa de algún cuento
más allá del firmamento
y en la mar de cosas bellas.
Y agarrado a las botellas
con su líquido elixir
se dispuso aquí a escribir
a Dios y al diablo retando
que dijeran cómo y cuando
les pudiera percibir.

Y así pasaba los días
y en las noches se angustiaba,
que a ninguno él encontraba
ni escribiendo sus porfías.
Y en estas luchas bravías
consigo y su pensamiento
por fin le llegó el momento
en que todo aquí se acaba
y en la duda se quedaba,
lerdo y pobre, sin sustento.
©donaciano bueno

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Tulio Mora

CARLOS OQUENDO DE AMAT
EL ÁNGEL DETRÁS LA LLUVIA

Yo sé que tú estás esperándome detrás de la lluvia.
C. O. A.

En ese sueño Oquendo mira tras la lluvia su tortura. Lo visten 
de overol y encogido en un barril emite el suspiro más horrendo.
Tiene el agua que lo enturbia rencor de ladrillo y pasadizo, 

los cables desprenden un arco voltaico entre sus plumas, 
el agitado relumbrón de la lámpara duplica las plegadas alas 
sucias de abono y melancolía. Crece bajo pan de estrella 

un llanto de tuba, muecas de martirio, silencio impío. El ángel 
se sale de su funda, entra en el dolor de Oquendo, le borra 
la flacura como borra el contacto de tu cuerpo la marca del jabón. 

Luce ahora terno gris -Oquendo, o sea el ángel- y al pie del lago 
baila tangos. Hay en ese asomo de sonrisa un mapa que siempre 
lo conduce a dormir en la vacía banca de una iglesia, a una batalla 

de pistoleros en la frontera, a los plátanos de una danza erótica 
que la ballerina arroja a la platea y Oquendo, el ángel demacrado, 
los devora. Flores en la balanza pesan lo que su limbo entero, 

moretones en la piel y la tos manchada, tos de cueva, a escondidas, 
de vergüenza pura. La madre bebe ron de quemar o trementina, 
se frota la sortija, tizas (o plumones) de colores decoran la pizarra: 

palabras de incontenido ardor, lo que se mira es lo que se piensa 
es lo que se siente, un paisaje sentimental. El ángel vanguardista 
calza de lejos. Poemas son avisos comerciales: con sus tubos 

rojos, en lo espigado de la ciudad, anuncia elefantes ortopédicos
y caen manzanas del bigote del aviador. Sólo por el afecto de trazar 
itinerario a la ironía, imagina al mariscal Benavides en el teléfono: 

¿qué diámetro desea para su barril? ¿Cuántos kilovatios toleran 
sus indefensos testículos? ¿Ha pensado en un desodorante mientras 
lo cuelgan en el potro? Ademanes ascendentes, toses de ocasión 

y vocación. Si riera el ángel cuando menos podría Oquendo 
perdonar a Oquendo. Algo cae de sus brazos: el padre, bellísimo 
en su intransigencia, contempla al obispo del Ku Klux Klan

que convoca a las mesnadas y brilla la casa del doctor afrancesado 
con hachas de fuego feudal. Esa madrugada le viene a la memoria, 
viento atracado en la zampoña, resuellos de carrizo apuran 

la fuga familiar. El padre: lo dejé en la ventana, la madre: su foto 
era un intento de suicidio, los amigos: no era un ladrón de frutas 
pero estuvo a un pelo. Y ¿tiene usted una vara de eucalipto para 

escribir en las arenas claras esa confianza de salir de la prisión
ni delator ni delatado? Los que fueron a su tumba: el cantinero 
derramó, sobre una torre de copas de champán, la cascada 

mineral que bebimos en su honor. Muy Oquendo, muy virrey, 
un comunista señorial sin cama y con el pulso de esos pasajeros 
que viajan colgados de sus caligramas. Una mirada (muy francesa) 

remedando y remendando el mundo. Habría que salir del polvo 
de sus tizas de colores para comprender ese consuelo de arquitecto: 
grandes avenidas, bocinazos, alegría aun en policías de un azul 

apuesto. Lo moderno, nuestra mierda nacional, royéndole los pocos 
bronquios, el poco dedo que rozó las teclas de la máquina 
Underwood. Y lo tangible, lo medible, lo pesable: 5 metros, 

por ejemplo, es la extensión del traje que ocupó siempre a deshora. 
El ángel que ahora bañan, tan Oquendo como el patio donde 
una muchacha prende un cine, un cisne en su mejilla, pasa en limpio 

sus poemas en papel japón. Llueve siempre, llueve inmaterial, pero 
ya no llueve limpio. Y a gritos se derrama en la ablución punible. 
Ser casi de verdad, castigo en tanta ala, comedor cansado 

en plato de brisa. Un testigo: bueno, uno es peruano y tiene 
su accidente policial, ¿qué Oquendo no es un ángel a la hora 
de mostrar sus documentos? Y sin embargo se pinta golondrinas 

en las cejas, se toca el pulso, registra los grados de la fiebre, 
cuida sus esputos. Papelitos impecables, servilletas de lujoso hotel 
doblados con esmero se llevan la escritura del pulmón ferido. 

Una enfermedad de siglo, agrega el mariscal, una cifra, asiente 
con una reverencia escoria obispo, que ya catorce mil Oquendos 
pasan por el mismo pasadizo antes de leer poemas acéntricos. 

Cierto, algo nos afilia a su mueca compasiva. Hay en el ángel 
con anteojos rayos láser una mirada que picotea en el futuro, 
eso es poesía acéntrica, la ciudad de letreros invertidos: prohíbe la tristeza, 

en el hotel del Grito repinta el fajín del horizonte, lee con prisa 
los diarios del año 2100, ¡un doctor, un doctor! (llama a su padre), 
receta píldoras de mar y riega a la luna en la maceta. Construir otro 

cielo, qué tal locura modernista. Usted dirá, ¿por qué no?, era un poeta, 
¡está mintiendo!, grita el prefecto de Arequipa con su diente de oro, 
¡nombres, nombres!, las oxidadas paletas del ventilador dan rienda 

a su concierto. Pasemos del barril a Puno, a esa foto donde baila 
el tango de su última sonrisa. No ha regresado allí desde 
su infancia, padre/madre, la heredad en latas de humo, nada 

ha quedado, salvo avispa obispo, el futuro salta cojo entre los surcos. 
Su primo: reía en un chorrito, la novia junto al auto: le gustaba 
conversar con viejas lavanderas, un soldado: lo andaban persiguiendo 

desde Oruro. En esa danza va en arcángel a espantar al diablo 
macho, al diablo diablo, craneando descolgar sus tizas, 
remojar al sol en una frase de ríos bondadosos, recordando 

al cronista policial que obsequia al carterista la ternura del apache 
y a Tom Mix la cabalgata recia en auto patrullero. Otro aviso 
comercial: relojes anudados a despreocupadas rosas y cae, cae, cae 

el ángel del piso 25 y en todas las ventanas Oquendo lo despide 
casi feliz, casi perdiz, al alquiler de la mañana, en vals de trenzas, 
de tarjetas, de nostalgias. Y Mary Pickford besándole los ojos. 

¿Era feliz?, se disculpa el mariscal, ¿era lombriz?, mete su cuchara 
escombro obispo. Pero entonces lee la carta: otra muerte, otro 
padre, otra tos que resbalar por los pañuelos perfumados del salón. 

Suena el fox-trot en esa mancha sin sílabas que brota de su sangre. 
Padre, se repite, viendo la foto del sepelio, los números de Amauta, 
la silla de ruedas donde lame un gato la sombra de Mariátegui. 

Quizá el otro ángel amputado lo vio con ojos nuevos, atado a las rejas 
de un jardín de espejos. ¿Oquendo?, cuídese esa tos, deje a los obreros 
con su gorra a cuadros capturar el cielo, concluya usted el verso 

que dejó colgado en la falda de las chicas. Pero ya caen al barril pumas 
e indios con sus botas de oro, la madre con su nombre lento y sus músicas 
humildes. El ángel de la lluvia cruje, Oquendo entra al sueño verdadero.

JOSÉ A. RÍOS
EL ÁNGEL TURBULENTO
Los voy a buscar hasta el infierno.
J. A. R.

Al ángel turbulento la noche le parece residir 
al interior de una botella rota. A sus 20 años 
él y los ángeles cuatreros ya se pintan con el rojo 

bandera de las emboscadas, en forros de dudosa 
referencia a dogmas que acumulan capítulos 
de muerte, pichones de la hoguera donde -esa es 

la artera partera de la innoble gloria- más arderán 
en masa, en mesa de naufragios, en misa de labios 
arrancados. Malos sueños, rabia desvestida, 

postergaciones del deseo bajo amenaza 
de una clonación del tiempo pervertido 
contra inclementes profecías. Un auto 

se marchita en esa luz de menta donde las armas 
pesan lo que ausentan, fogonazos y sorderas, 
la cremación en grandes hornos industriales. 

Una sola certeza: el ángel del abismo, de idioma 
fronterizo y arrojado a la ambigüedad, 
por puro instinto huye por zaguanes hacia atrás 

donde ya todo le ha ocurrido. Nadie más 
turbio que él, murmulla él de sí en el aire 
enrarecido por los grillos y el verano yendo 

por ese torbellino hacia las cuentas pendientes 
que se arreglan, como en el cine, con disparos y falsos 
pasaportes. Al bronco alborotado el minúsculo 

montón de cálidas coartadas y esas mañas 
sin mañanas que se pesan por atroz revelación. 
Planos de bancos asaltados, tiroteos en playas 

pedregosas, épicas que atizar con disolvencias 
de luz, desasidas crujen las bisagras de la historia 
y no pasan más los pájaros por su cielo de agua 

tibia -si es que tiene cielo- donde él sueña reposar 
con mancebos mondados y montados. Corvas dunas 
del insomnio siempre similar, como dos gotas 

de ron, se piensa de quien grito y garabato 
escribe de la bruma cuando da con su memoria 
condenas de sí solo, saliendo al mundo 

como de una madriguera. Un perro terminal. 
Con mano que acaso acariciara sus propias 
perforaciones de la fe, y no este anticipo 

del gran río de una tragedia inacabable, 
en descampado incendio traza el círculo virtual 
de la zozobra: ¿apenas somos la copia desgastada 

de un mismo rencor? ¿Lo que quisiéramos 
precipitar tiene una sola derrota y todas las traiciones? 
¿En qué volcán recién parido ahogaremos al sol 

del exterminio? El ángel turbulento mira de reojo 
la última acuarela de Lima, extraviado en afilado 
rayo y sabiendo que asiste al entierro del futuro.

Por eso petardea al luto de la madrugada 
decorándola con el destello de una estrella 
delatora. A él, el ángel turbulento, de pellejo 

duro y ronquera del infierno, a él y los otros 
gavilleros de aromados sobrenombres 
que en el mapa de las conspiraciones pretendían 

degollar al animal destino, los prendedores 
del peor remordimiento. ¿Así todo arrancó, así todo 
mancó? Claro, aún puede decir -pero ahora está 

en Varadero escurriendo en el cuerpo de arena 
de un miliciano una afrenta inmerecida-: si escarbo 
hacia adelante más muertos danzan y no los lloran 

ni la lluvia del reposo ni el responso de la revolución. 
Solitario de todas las cantinas, de risa desbocada 
y apacible furia que jamás lo desocupa 

destrenza de las eras proscritas inocencias. Un ángel 
de esquina alerta ante las cercanas ululaciones 
de patrulleros y redadas. ¿Enero? Siempre fue enero 

para él, leal a toda despatriada sombra. Así quedó 
bajo nubes mariconas, asolapadas en la eterna sospecha
pero siempre de intacto júbilo y con toda su fragilidad 

salvaje. Ya en París, muchos años después, 
con la tribu de los saqueadores del barrio XVI, 
se reconocería el inquilino travestido de Polanski 

borroneando la imagen de la misma noche: 
filósofos de ironía comedida, abogados de crispados 
laberintos, poetas renegados de nostalgia, con ellos 

traspirando invariables pesadillas. Todos duraron 
lo que ya se está muriendo, yéndose por el mismo 
callejón con los ariscos a ese punto en que el espejo 

lame el océano de otra sangre. Lo veo inmóvil 
en esa secuencia de un poste resplandeciente
de polillas donde el gángster se toca el corazón 

y sabe que aún sobreviviente ya no es él, ni siquiera 
girando el tambor de su pistola o de un recuerdo 
moribundo. El de erráticos arranques, con sus bromas 

vocingleras, piensa desde entonces y siempre 
sin remanso, trascribiendo a control remoto 
este presentimiento: el asma de su discordia 

ya tuvo una infancia demolida y contra él mismo 
vuelve a echar la venganza de esa iniquidad 
incitando las batallas de su alma a una aspereza injusta. 

Callos de la suerte, después surcos, billetes 
suspendidos en la niebla, una pericia policial. 
Perro peripecia errando por todos los costados 

del fracaso, sí, hay un cielo que tumbar, pero 
¿cuándo y para qué? Fue en enero, en ese mes 
ladrón de sol y noches sin anestesia. Tres tristezas 

le bastaron como imagen del mundo. Ahora 
muerto el ángel turbulento y sus amantes 
se van de aguas a un bar de espejos redimidos. 

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Un niño renacuajo es incipientede un ser que puede ser que salga rana,o pase por la vida con desganao siga con galbana la corriente,le zurren…