A UN DISLATE/

Augusto Fábrega Donado (poeta sugerido)

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A esa puta viruta disoluta
que ignora que no es puta que es viruta,
que va preñada a tope de aguardiente
y finge cual si fuera un pretendiente
del arma, que no el alma de un recluta
y le obliga a tirarse en parapente,
se mete entre mis ojos de repente
y yo con mi dolor le grito ¡puta!

A esa hormiga boñiga con su miga
que arrastrando a la miga no fatiga,
y no cabe en su boca ni en su vientre,
se sabe que ella sólo es asistente
libando del manjar que allí consiga,
se mete por mi cuerpo, por mi frente
con sus patas de cieno repelente
esparciendo sus trazos de boñiga.

A ese tipo faltón que es fanfarrón
que se pasa mil pueblos de fardón,
que mira y que te ignora o te desprecia,
se esconde amilanado cuando arrecia
o empieza a predicar desde el balcón
cual fuera el que presume de vidente
aunque es impresentable, impertinente,
tonto del culo, del haba y un faltón.
©donaciano bueno

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Augusto Fábrega Donado

Promesas

Prometo amarte sin límites,
para siempre y por siempre.
Prometo que te querré sin condiciones ni dudas.
Prometo que recordaré cada instante contigo
compartido,
todas las caricias por ti dispensadas.
Prometo que jamás olvidaré
las palabras de amor
por tus dulces labios pronunciadas.

Será hoy

Confío
en que hoy será el día
de tu ansiado retorno.
intuyo que con tu regreso
volverá a mí
la felicidad plena.
sé que con tu vuelta
y tu presencia
vibrará mi ser de amor
y de emociones exquisitamente extasiantes.

El Capricho de las Musas

¡Oh qué pena!
¡qué dolor,
qué tristeza!
se lamentan
los Bardos:
las Musas
son caprichosas,
te visitan cuando
lo desean
y no cuando
las invitas.

Confesión

(Variación de un tema del autor)

Me sorprende admitirlo,
sin embargo reconozco
que es la impactante
y cruda realidad,
el otrora ardiente amor por ti,
se ha convertido hoy
en un ligeramente tibio recuerdo,
y la impronta en mi grabada,
por ese apasionado romance del ayer
es comparable con las huellas imperceptibles
que dejan los nómadas trashumantes
a su paso por los polvorientos caminos
azotados por los vientos
o con los rastros invisibles
de las salamandras cantoras,
sobre las desnudas paredes,
y esto en nombre de las antiguas ternuras,
creo que debes saberlo.

Las Palabras

¡Lo confieso!,
lo admito sin reticencias,
Me gusta
hacer de las palabras
un instrumento
para con ellas
construir sueños
y encantos.
¡Bendito sea
el don de la palabra!

A Ratos Breves

Qué dicha;
¡Oh prodigio!
He atrapado cada instante
a tu lado transcurrido,
la memoria
cual cascada de molino
de agua
retrotrae los fugaces
y felices momentos
que contigo he pasado,
gracias a este
maravilloso mecanismo
revivo repetidamente
la felicidad
disfrutada a ratos breves,
por ello prefiero tenerte a veces,
a no tenerte.

Detente Cronos

(Suplica al Dios del Tiempo)

Por Zeus,
te imploro Cronos, détente:
en nombre de los Dioses del Olimpo,
te conmino a que aminores
la velocidad de tu marcha
y con ello dilates
el fugaz instante
que se me ha concedido
al lado de mi amada.
Permíteme prolongar
cada momento del deleite
que me produce el rico néctar
excelente ambrosía
que de sus labios recibo y
me colma de bienestar y felicidad.

Contando las horas

Desesperado sufro
el transcurrir del tiempo
y tu distante retorno,
contando las horas
espero impaciente
el maravilloso instante de tu regreso,
tremulante anhelo
el momento en que he de escuchar
de tus labios carmesíes:
“Aquí estoy, tu espera terminó”,
desesperado aguardo
la vuelta a tus brazos
y la posibilidad de beber, nuevamente,
el néctar de tu cáliz precioso,
miel extasiante con la que habré de recuperar
la felicidad perdida.

Llamado vehemente a la mujer amada

Escucha mi llamado imperioso
y vuelve para que con tu regreso
restañes las profundas heridas
que me laceran desde tu partida,
vuelve para que con tu retorno
me rescates del mar profundo
de desesperanza en que tu
despedida me ha sumido,
vuelve para que yo recobre
la serenidad que me proporciona
tu presencia.
Vuelve y con tu retorno
tráeme la felicidad que
me produce oir tu dulce
cadenciosa y sensual voz.

Poema en línea recta – Fernando Pessoa

Nunca conocí a nadie a quien le hubiesen roto la cara.
Todos mis conocidos fueron campeones en todo.
Y yo, que fui ordinario, inmundo, vil,
un parásito descarado,
un tipo imperdonablemente sucio
al que tantas veces le faltó paciencia para bañarse;
yo que fui ridículo, absurdo,
que me llevé por delante las alfombras de las formalidades,
que fui grotesco, mezquino, sumiso y arrogante,
que recibí insultos sin abrir la boca
y que fui todavía más ridículo cuando la abrí;
yo que resulté cómico a las mucamas de hotel,
yo que sentí los guiños de los changadores,
yo que estafé, que pedí prestado y no devolví nunca,
yo que aparté el cuerpo cuando hubo que enfrentarse a puñetazos.
Yo que sufrí la angustia de las pequeñas cosas ridículas,
me doy cuenta que no hay en este mundo otro como yo.

La gente que conozco y con la que hablo
nunca cayó en ridículo, nunca fue insultada,
nunca fue sino príncipe – todos ellos príncipes – en la vida…

¡Ah, quien pudiera oír una voz humana
confesando no un pecado sino una infamia;
contando no una violencia sino una cobardía!
Pero no, son todos la Maravilla si los escucho.
¿Es que no hay nadie en este ancho mundo capaz de confesar que una vez fue vil?
¡Oh príncipes, mis hermanos!

¡Basta, estoy harto de semidioses!
¿Dónde está la gente de este mundo?
¿Así que en esta tierra sólo yo soy vil y me equivoco?

Admitirán que las mujeres no los amaron,
aceptarán que fueron traicionados – ¡pero ridículos nunca!
Y yo que fui ridículo sin haber sido traicionado,
¿cómo puedo dirigirme a mis superiores sin titubear?
Yo que he sido vil, literalmente vil,
vil en el sentido mezquino e infame de la vileza.

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