FANÁTICOS

Mi Poeta sugerido: »María Rosa Lojo

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En este mundo traidor
nada hay verdad ni mentira,
todo es según el color
del cristal con que se mira.
(Campoamor)

En este mundo traidor
hay quien nunca te ha leído,
Campoamor, 
pues que él es predicador
de su verdad, presumido.

 – – –

Fanáticos del budismo,
del dios del catolicismo
los hay en contra, a favor,
del odio hacia el feminismo
del racismo y del machismo
del rencor y del amor.

Sectarios de tomo y lomo
que de argumentos ni asomo,
capaces de defender
la premisa y su contraria
pues que es su verdad palmaria
que todos deben creer.

Fanáticos a porrillo
que a lo suyo sacan brillo
y a los demás menoscaban,
obsesos de sus razones
que mezclan con sus pasiones
y sus vergüenzas no lavan.

Fanáticos a millares
más que hay gotas en los mares
que pululan como chinches,
exaltados, doctrinarios,
seguidores de idearios
que provocan sus berrinches.

Botarates extremistas
por demás siempre cuentistas
y en el rencor enfangados,
adictos intransigentes
que sembrando van simientes,
de odios llenos redomados.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: María Rosa Lojo

María Rosa Lojo

 Medalla Europea de Poesía y Arte (European Medal of Poetry and Art-Homer)

La campana perdida

Cuando era niña, tuve una campana con poderes mágicos.
Era mínima, de bronce y de juguete, pero sonaba de veras.
Había que ocultarla bajo la cama los días de tormenta.
-No la muevas, no despiertes al trueno, no atraigas el rayo, no llames a la tempestad—
me decían.
Yo la colocaba en silencio entre los algodones de su caja.
De mí dependían el orden doméstico y el orden del mundo
–uno era igual al otro, uno estaba en el otro, bajo la misma ley–.
La noche entraba en el día.
Los sueños trepaban como la humedad por las paredes de la casa
No quedaba más que dormir, o leer.
–Bajo las mantas, entre los almohadones
un libro me contaba al oído
historias extraordinarias—
La tormenta cantaba lejos
con una voz finita y transparente que nunca sería rugido
Porque la campana continuaba recluida en su celda diminuta.

Cuando crecí dejé de creer en campanas mágicas.
Perdí la caja, perdí la casa de la infancia, perdí la memoria del lugar
Donde la campana había dormido en un silencio obediente.

Ahora la busco, sin embargo.
Quiero tormentas milagrosas para cambiar el orden de un mundo equivocado.
Quiero trastornar los signos de los tiempos y los climas de la tierra.
Quiero golpear a las puertas del cielo con un timbal de ira y de justicia
Dar órdenes al rayo y convocar al trueno
Para que desgarren la manta de sueño de los días nublados
Y alarmen a los poderosos
Y alegren a los justos con la buena nueva.

La busco, sí,
Ya que la sangre y el sudor y las lágrimas
Ya que toda plegaria, toda pasión y toda muerte
Han sido en vano.

En la llanura

En la llanura la vida es un manojo de hilos sueltos.
Una sombra que vuela como la flor del cardo, sin detenerse para siempre

En ningún sitio.
No hay nada que esperar en esta tierra
Donde las casas son frágiles como castillos de naipes
Y la voz de Dios se oye deformada y lejana
Como si llegara a través de un gramófono muy viejo,
O de una radio que transmite mensajes en una lengua indescifrable.
El viento borra también esa voz.
El viento borra todas las memorias depositadas por un instante
Sobre las sementeras y los pajonales
Como si nada pasara,
Como si nada hubiese pasado nunca en ese país de los ganados y de las mieses
Con ejércitos de niños pordioseros en las orillas de las ciudades.

Sin embargo al atardecer, cuando el sol se derrite y gotea sobre el mundo,
la pampa se hace traslúcida como el vidrio de una ventana,
se dejan ver
los yelmos inútiles y las espadas de óxido
los pies que se extraviaron en el falso camino de la Plata,
las espuelas nazarenas y las botas de potro
los fusiles, las lanzas y las carabinas,
las mantas con dibujos del sol y de la luna,
los uniformes azules y los ponchos rojos,
los anarquistas y los bandidos y los santitos ajusticiados
y los otros, los que nadie vio morir en ninguna parte
que llegan en busca de su nombre y de su sepultura
Nadie duerme en el descanso eterno.
Son bellos insomnes, que brillan en una caja oscura de cristal
Caminando a lo largo de la noche radiante.
Luces malas, los llaman.
Avanzan en procesión por la pampa redonda
Llevan sus propios huesos encendidos como cirios.

Desaparecen cuando llega el amanecer.
Desaparecen como si nunca hubieran existido
A esa hora en que la pampa se derrama en el cielo.
A esa hora en que el cielo es un abismo devorador de hierbas y de leguas.
Entonces camino por la superficie de la tierra azul,
alucinada por las grandes claridades
Y el cielo es una tela incandescente hecha de puntos que titilan
Son los ojos sin párpados de los muertos
Los ojos que reflejan sus pupilas quemadas contra la bóveda del aire
Los ojos que nadie ve, que nadie recuerda,
Porque ellos hacen la luz que nos ilumina.

El mate

Las caras se deshacen a última hora de la tarde.
El silencio borra las superficies como un restaurador que busca, al fondo, colores primitivos.
Los viejos rejuvenecen y los niños vuelven a sus memorias de antes de nacer
cuando eran una idea loca y flotante dispuesta a caer como la lluvia
sobre la extraña tierra.
El perro aúlla porque oye músicas inaudibles y un ángel desviado
le roza las orejas.
El mate pasa sin palabras de mano en mano.
Cuando se sorbe el agua, se sorbe un alma antigua, oculta e impalpable
bajo la yerba verde.

La luz argentina

En esta tierra no había oro ni plata,
No había palacios ni templos ni teatros ni pirámides
Ni grandes escaleras ceremoniales que llevaran al encuentro de Dios
Ni príncipes enjoyados como aves del Paraíso
Ni calendarios de piedra que señalasen la ruta de los planetas.

Los que llegaban del otro lado del mar
Buscaron los metales, las ciudades, los templos.
Pero las raíces de la selva bebieron el hierro y el verdín
De sus armaduras
Y los caranchos de la pampa devoraron los ojos
De las cabezas muertas
Y en los caminos más altos de la montaña
Donde no cambia la nieve
Quedaron sus cuerpos de congelados centinelas.

No había plata en la tierra de la plata.
Pero en los torrentes secretos de la selva,
En las lagunas del llano,
En los cauces tan anchos como un mar
la luna y las estrellas crecen de noche
Y tiñen de blanco fulgor el agua verde.
Los cuerpos que se sumergen arden sin fuego
con una luz tranquila que no ciega.
Es la luz de los ríos de la plata,
La luz argentina,
Sin peso ni medida,
Invulnerable al robo y la codicia
La luz de todos
Que fluye como el tiempo y que permanece.

Par délicatesse j’ai perdu ma vie.

Y la sigo perdiendo
Fluye como la sangre de las venas cortadas
Pero no me muero.

Estoy aquí para ser testigo y partícipe
de crueldades.

Niña vieja
Siéntate y aprende.
Es hora de que sepas:
El pez grande se come al chico
Las águilas y los cóndores roban pichones, gazapos y pollitos
Para destriparlos.
Lo perdido no vuelve
Por bueno que sea el conjuro que apliques
O tus amistades con hadas poderosas.

Niña vieja,
tonta,
también los pollitos inocentes abren bocas devoradoras
y agotan a los padres con sus demandas.
Las hadas tienen espalda de brujas
Y un rabo casi invisible de demonio
Te engañan frente al espejo.

Las llaves del Reino

Alguien dijo que se perdieron
Las llaves del Reino.
Nunca tuviste ni siquiera las llaves de tu casa
Y menos aún las llaves de Reino alguno.
Siempre estás entrando a todas partes al revés,
Por el costado,
Por una puerta mal cerrada o una ventana lateral,
Deslizándote, sucia, por el hueco de la chimenea:
Una falsa y rebelde aprendiz de Mary Poppins.

No hay alegría en esos cielos turbios que te miran bajar
Así de clandestina
Y cuando llegas a la sala, huyendo,
Con la cara manchada, los codos rotos
Ni tu padre ni tu madre te aguardan en la mecedora
Para darte refugio.
Cruje, vacía, la madera enrulada.
Cruje, y ya no hay escapatoria,
Ni siquiera un fantasma que te sirva de excusa.

Era la muerte quien te esperaba en Samarcanda
Y no has llegado al reino
Y la casa de infancia no es la misma.

Ese asiento ahora desnudo es para ti.

Dios es un carro viejo

Sentada a la mesa,
cuando todos se han ido o no han llegado todavía,
veo venir a Dios.
Dios es un carro viejo, roto, que tambalea por momentos.
Tiene una rueda más gastada que las otras,
y si la tierra de Buenos Aires no fuera desesperadamente llana
se habría despedazado en cualquier curva.
Llega de todos modos, facilitado por la llanura,
empujado por el viento que sopla de noche,
y se detiene junto a la puerta del jardín del fondo para que bajen mis muertos.

Bajan cansados, indiferentes, como si no estuvieran aquí,
como si no me viesen.
Su castigo es no verme. Mi castigo es verlos.
Les tiendo las manos y es inútil, no me tocan ni me huelen,
sin embargo el cuarto se llena de su perfume ciego, quebradizo.

Esos muertos no hieden.
Son como las hojas que se han puesto a secar entre las páginas de un libro. Dejan una aureola de color ocre, la huella de una sombra que fue cuerpo.
Las páginas que los contuvieron no se pueden leer.
El sudor y los jugos de la vida trastornaron las letras, las enloquecieron, desvaídas, transversas, no sirven para nada,
salvo como testigos, secos también, de aquella pulpa espesa.
Si Dios no fuera un carro viejo, tan viejo, me subiría a él.
Me acostaría en el fondo de ese carro para que me llevase a ver la tierra
donde parpadean las estrellas secretas, como ojos hundidos.

Pero Dios cruje, y golpea, y se partirá por el eje.

Me dejará en mitad de la pampa, sin rumbo.
Nunca fui baqueana, soy torpe, lenta, miope
como un animal insuficiente que cualquier puma liquidaría de un zarpazo.
No sé descifrar otros signos que los escritos en los libros.
El carro cruje, golpea, se partirá por el eje.

Lo abandono en el jardín, arrumbado,
que le crezcan enredaderas,
que le trepen hormigas,
que le hagan nidos los pájaros.

El viento que sopla de noche se ha llevado los muertos,
tan livianos son,
tan inestables.
Eran sólo un sueño –diré mañana— eran un recuerdo en un sueño.
Eran mi sueño de terror, para tenerme miedo.
Y si el carro no estuviera aún en el fondo del jardín,
si no fuera una ruina,
un camino de hormigas,
un racimo de nidales donde los pájaros despiertan,
diría que también fue un sueño,
una equivocación de la memoria,
una prueba patética de la inexistencia divina.

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