HOY HE VUELTO AL FRÍO

Poeta sugerido: Juan Carlos Rodríguez Búrdalo

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Al frío, hoy de nuevo he vuelto al frío
receloso del bajo Guadarrama,
con el alma y estómago vacío,
harto de andar, de tanto desvarío,
cual agua que del río se derrama.

Ya han pasado cinco años y parece
que el tiempo por aquí nada ha cambiado,
la lluvia al clarear se desvanece,
sólo a un árbol he visto como crece
alto y fuerte que un día hube plantado.

Me han dicho que ascender hasta la torre
no es camino de cabras, no es agreste,
que el balcón si hace ruido se descorre,
con el aire de sierra viene y corre
a la espera que abrigo alguien le preste.

Como antaño, por el monte ruge el tren,
de su ritmo cansino acompasado,
ya no hay ratas y conejos no se ven,
pues que huyeron asustados al vaivén
del metal del gusano articulado.

Hoy el río del pueblo en que no hay río
va arrastrando memoria en la corriente
recordando hubo un tiempo en que era mío.
Y así fuera pudiera estar baldío
en mi alma ha de seguir siempre presente,
©donaciano bueno

A lo largo de la vida hay etapas que se recuerdan cn especial agrado- Para mí estos son los aproximadamente veinte años que viví en Torrelodones. Torre es el diminutivo de Torrelodones igual que lo es Dona de Donaciano.

POETA SUGERIDO: Juan Carlos Rodríguez Búrdalo

Juan Carlos Rodríguez Búrdalo

LO HONDO

El sol muriendo bajo el frío seco
de noviembre,
timbal en la frontera
que ilumina el silencio cada tarde
en las postrimerías de la luz.
Después la noche, póstumo legado
que añade ceguedad entre lo oscuro,
como sombra que agranda más en sombra
cuando todo es retorno hacia la nada.
¿Qué puedo yo ofrecerte en despedida
si contigo se va también mi tiempo?
Cortemos los dos lluvia para un ramo
que sea a nuestros pies blanca ceniza.
Sí, cortémosla pronto, que ya veo
claridad, y en sus pétalos el fuego.

LOS CIMIENTOS DEL AIRE

Hay horas que la luz ocupa leves
con signos transparentes de belleza,
espejos delicados del silencio
que devuelven su raíz a la mirada.

Oímos, fugaces, las voces del mundo
llenando de brasas la memoria,
cayendo verticales sobre el tiempo
como lluvia tardía y deseada.

Así las horas desnudas de distancia
traslucen presencias efímeras,
abarcan verdades inasibles
como abarcan los mares las estrellas.

Los cimientos del aire han levantado
la incierta luz de la melancolía.

CIUDAD MONUMENTAL

OTRO TIEMPO que hubo reside en la piedra,
estoico en la muralla, volcado al Adarve
otea rapiña de Castilla,
algarada codiciosa del Moro,
inquieta mirada del Señor de Braganza.

A ti, indiferente extranjero que buscas
el perfil insólito,
la voz original,
algún vestigio;
a ti, fugaz galeote de templos y palacios
ofrezco la llave del silencio,
palabras resbaladas de los libros
que duermen su misterio sobre el mármol.
Mira esta plaza adoquinada, oye
latir de callejas que le brotan, prepara
aposentos del corazón para la Historia.
Como viniste, vuelve luego tan silenciosamente
sobre tus pasos;
dejas atrás
bóvedas que guardan la fuente que buscas,
rejas que agudizan la pupila hacia el oro,
yeso muerto bajo pliegue solemne en hornacinas
y, seguramente, el esplendor azul
que no has podido encerrar, pese al esfuerzo,
en el ojo rapaz de tus fotografías.

GUADALUPE

Más allá de las cepas indolentes,
más allá del rostro invariado del tiempo,
más allá del credo impositivo.
Hay una ternura de caricia frágil sobre el aire,
a la cintura vertebrada de Villuercas.
(…)
Dice la campana diptongos de quietud,
y cae la tarde.
Afuera
sigue hilando la fuente
su rumor antiguo.
Más lejos,
el frenesí de la noche
cabalga ciudades entregadas…

No sé, no sé cómo este puente
que hubo de escupir el olvido,
escarnio que los dioses nos dejaron
antes de partir, este racimo colosal
de piedras obedientes
sigue fiel al mandato o al designio.
Sé que al pisar los siglos de su palma
un largo escalofrío me recorre
y me dice que allí,
sobre las aguas,
bajo el cielo,
se reconocen mis huesos en la piedra
y medito la herencia de mis pasos.

No barrunta la tarde otra algarada.
Yace un arco de púrpura igual
por donde el mirar concluye.
Casi noche el cerro en su abandono,
y yo mismo.
Cae un rocío piadoso
a las alas del pájaro último.
Arde el crepúsculo su lágrima perenne
sobre el roto afecto de los hombres.
Enciende la distancia luminarias de ausencia
donde el corazón habita.
El encinar acuesta
mustio silencio,
la piel vieja de siempre,
oscura melodía,
acre levadura.

Se ha perdido en las estrellas el chillo del búho
y no barrunta la tarde otra algarada.
Casi noche el cerro
y el silencio
y yo mismo.

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