LA MISMA MELODÍA

»Mi Poeta aquí sugerido: Isabel Bernardo

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En las cosas banales yo me fijo,
en un papel asido al firmamento
cogido por los pelos por el viento,
en una lagartija y su escondrijo.

Me fijo en ese banco arrinconado
de alguno que se siente allí a la espera,
o esa mosca molesta, cojonera,
que sigue y te persigue a cualquier lado.

Observo mientras voy a paso lento
a una niña del brazo de su abuela,
el suave replicar de alguna suela
que grita repicando en el cemento.

Y miro a los humanos y a los canes
y a las plantas, los pájaros, los coches,
y a las estrellas miro por las noches
y a las niñas que lucen cual faisanes.

Yo observo lo que cambia cada día,
pues que yo me intereso en lo que veo,
de aquello que me encuentro en el paseo,
siempre atento a la misma melodía.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Isabel Bernardo

Isabel Bernardo

Y ELLA (MI PERRA) SE MARCHÓ EN LUNA DE INVIERNO

ME HABLA ESTA TARDE EL BOSQUE azul
que guarda a mi perra, y los pájaros blancos
me envían trinos de aire
desde allá arriba.
Ancha se derrama la luz en la sombra vacía del jardín,
junto a las pequeñas lavándulas que planté
para velar su tierra de muerte.

El invierno me obligó a sepultarla bajo el hielo,
las manos y las patas recogidas
al regazo de su vientre, para no matarla
de frío.

Una y otra noche,
el cielo descendía sobre ella,
como lienzo de escarcha donde quise soñarla dormida
en un nido templado
de muníficas estrellas.

Ni las más cerradas noches pudieron ensombrecer
tan aterida soledad. Ni los más opacos silencios
lograron intimidar la débil voz
del perro yerto.

Dichoso y dorado ha llegado este sol de retoños de marzo
que fértil cae sobre tréboles de lluvia.

Y corre mi perra tras los pájaros
que ensayan inseguros sus primeras voladas.
Y luego hunde su resuello en la hoya fresca
de la fuente, la lengua rosada sorbiendo
el velo en flor transparente del agua, los ojos,
dos preciosas gallaritas que me buscan
con el color de los quejigos
que traban las laderas cercanas de la sierra.

Y canta la primavera en la enramada alta del jardín
silenciando las larvas que en la fosa muerden
los huesos de mi perra muerta.

¡Ah, alma que te elevas sobre la soledad fría del nicho
como ave celeste
hacia los bosques azules de Dios!

Y yo que te creía aun, ahí abajo,
respirando helmintos y cenizas
de perra vieja.

Ladra, ladra, mi perra, a esta tu casa
desde más allá del sol.
Ladra y ven en tu voz de aire
como vienen en la atardecida las retamas
en la brisa amarilla.

Ladra, perra, ladra
a esta memoria tuya que vengo llorando de rodillas,
vencida, sobre la piedra.
Levántame al perfume delicado de las rosas,
a la libertad del río, al vuelo transparente
del gorrioncillo blanco
que canta tu ausencia
sin lágrimas.

RAMA DESNUDA

IRÉ A HACERME RAMA desnuda
en la luz dulce del almendro.
Invierno tras invierno, esperaré
que alguien me despierte en su memoria
con las primeras yemas de febrero,
cuando los ríos aun sean un sueño
bajo el hielo que corona el horizonte
de la espesura de mi dehesa.
Tal vez los pájaros nuevos pernoctarán
sobre mi nombre. Tal vez
solo yo habré de soñarlos
cantando en mis oídos de aire.
Nada quiero que se detenga
en esa eternidad sagrada que hoy
parezco tocar con los dedos.
Todo de mí se me hace un hermoso poema
donde ni siquiera la muerte
me es ajena.

MUJERES DEL FUEGO

Chris Hani Baragwanath Hospital
(3.200 camas. El hospital más grande del mundo)
Johannesburgo (Sudáfrica)
Septiembre 1989

NO, LAS MUJERES NO SE ATREVIERON
a respirar sus nombres; ni siquiera,
a esconder sus pechos
–negros, agrietados, al aire–
derramándose impúdicos
en las bocas desnudas de sus vástagos.
Recostadas en sus lechos
ellas me observaban: el pensamiento oculto
en las pupilas, los ojos con el pulso sostenido,
y un silencio en los labios que zahería,
de tan ancho,
de tan callado.

Yo venía del otro lado de la ciudad, de allí
donde las jacarandas ardían
en una hermosa metáfora de libélulas
y amatistas titilantes,
que el viento deshojaba,
delicadamente,
en el suelo.
Yo venía de los espejos que mistificaban
la metrópoli,
de las orillas de sus noches de argento,
donde los blancos
–los blancos, solo los blancos–
celebraban el sol, y el temblor
de los atardeceres.

Al sur de aquel paraíso, Soweto
amparaba en pequeñas casas,
la negra soledad de las mujeres del fuego.
Afuera, junto a las puertas, las latas
de benzina.
Afuera, junto a las puertas, los niños
descalzos.
Afuera, las mujeres negras y los árboles mudos.
Porque nadie quería oír, escuchar
sus adentros.
Solo beber, huir, vaciar
litros de alcohol en la garganta
hasta encender la sangre;
disputarse el sol, el aliento; el beso
del negro y su virilidad entre las sábanas…;
arrojarse el combustible y perderse en el grito negro
y sin eco, de su raza; en la urgencia
amarilla de la ambulancia.

Yo era blanca y las mujeres
no se atrevieron a respirar sus nombres,
o su vergüenza.
Yo venía de las flores del fuego
y ellas venían del fuego
de los silencios.
Cuando la poesía y la ignominia se miran
frente a frente,
dejan de existir el aire
y las palabras.

(Del poemario: Flores del fuego)

El 2 de febrero de 1990, Frederik de Klerk, en su discurso de apertura del Parlamento, anuncia que comienza el proceso de eliminación de leyes de discriminación racial. Comienza a desmantelarse el apartheid. En abril de 1994, la población negra ejerce su derecho a sufragio por vez primera en la historia de Sudáfrica, y Nelson Mandela resulta elegido presidente por una amplísima mayoría.

LISBOA AZUL

NO ACIERTO A DESCUBRIR las lágrimas
de la vieja saudade
en tan dilatado cauce de luz.
Aguas abajo, esta mañana arrastra el Tajo
un océano de cielos infinitos
que, en bajeles de cristal, delicadamente
zarandea el aire.
En algún más allá de esta Lisboa azul
el azul abrirá las mañanas de otro mundo
y alguien escribirá nostalgias en una esquina
con la garganta escocida
y el corazón roto.
Cierro los ojos
y rompe el fado en mis oídos
con la lejana tristeza de hombres y mujeres
de los que no conozco el nombre.
Acaso soy yo la que canto.
Acaso sea solo el eco de esa música
a la que mi alma niega
desde hace tiempo
la melancolía inconsolable de su voz.

DÓNDE ESTÁS, LIBERTAD

TE ESCRIBÍ, LIBERTAD, verde
sobre el silencio de los campos de mayo,
desangrándote sin dolor en las amapolas del trigo
y en el rocío
más apacible de la mañana.
Eras un don en mis manos y te hacías pájaro
en cada letra sobre el papel.

Te llevé a todas partes,
de la meseta a la colina, de la colina al horizonte,
como una dulce brisa que apenas rozaba el aire
o inquietaba los sentidos.

Te escribí grácil y transparente
sobre el lecho del río, voluptuosa y desnuda
como una náyade que me cantaba al oído
las pasiones ocultas en los juncos,
mientras te contorneabas y mecías sobre los cálices
abiertos de los lotos, hermosamente desfallecida,
al mirar del sol.

En otras horas, libertad, eras madero;
una cruz apuntalando la noche de mis sin-silencios
más callados.
Un astro sin luz engendrado en la oscuridad
donde yo ocultaba mis temblores
y mis miedos.

Ni siquiera necesité pronunciar tu nombre
para saberte ahí. Ni siquiera
adelantar los brazos hacia tu regazo de aire,
porque tú eras mía, libertad, mía
como un bien resignado y obediente
al que yo subyugaba a mi capricho
con la misma ambición y tiranía
del que niega la libertad a su propia libertad.

Y así comencé a hacer de ti
una contenida libertad incandescente.
Más allá de defender mis rebeldes llamas
tú eras solo un fuego cautivo
que apenas osaba despuntar en la intemperie de la lluvia.
Y aun cuando el viento arrostraba,
frente a frente, tus iras,
tú te abatías en tu sombra, pequeña y desvaída,
como si nada en ti de aquel gigante
pudiera haber sido.

Dime, libertad, ¿dónde estás que no te siento?
Todo mi alrededor se ha vuelto distante
como un horizonte inalcanzable. Todo
incierto y hostil, peligrosamente,
enmudecido y salvaje.
¿Dónde estás, libertad…?
¿Dónde?

Y mi grito se hace un cuchillo en el aire,
de norte a sur, de esta a oeste,
que hiende la ciudad, las aguas y los campos.
De norte a sur, de este a oeste,
entre hombres, mujeres y niños sin techo
y sin destino.
De norte a sur, de este a oeste…,
desgarrado en el viento, un eco
que apenas puede abrirse paso
en estos cielos sin Dios
y sin pájaros.

LA VIDA ME PESA, PADRE

Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido.
Fray Luis de Granada

LA VIDA ME PESA, PADRE,
mientras pasa.

Por los caminos voy cayendo y dejando
parte de lo que soy.
No sé qué o quiénes
guardarán mi memoria. Si acaso,
mis restos quedarán inertes en la tierra,
como una pavesa
que muere,
al rozar el rumor salobre de la mar.

Cada vez hallo menos fuerzas
para levantarme de mi costumbre.
Me inquietan los pesados indicios de mis pasos
cuando caen
y se hincan de rodillas en la memoria tranquila del camino,
como culpas que amputan las flores,
como sombras que mancillan,
la transparente amanecida de ese manantial
donde se mira el tilo.

Y aún así, Padre, con los sentidos
ya viejos y malheridos,
esta mañana me he despertado cantándole
a esa hoja de otoño que, el parque,
ha dejado sacudiéndose en fuego
bajo mi ventana.

(Del poemario: Para que calle el viento. XXXIV Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística)

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