ME DICEN QUE SOY SERIO

Carlos Marzal (poeta sugerido)

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Me dicen con frecuencia que soy serio
y a veces hay quien tilda de educado,
lo dice la cajera del mercado,
no sé si he de entender que es su criterio
o quieren que me sienta algo halagado.

Será porque aparento y sobrestiman,
será porque el respeto hoy no se lleva,
será porque se ha puesto una falleba
al hecho que me enfade, y se repriman,
delante de otras gentes no se atreva.

Pudiera parecer que han confundido
lo que es libertinaje y el respeto,
no saben apreciar al que es discreto,
-de un buen nacido es ser agradecido,
como hace al que ha tocado a su boleto-.

Y olvidan, lo importante es el detalle,
fingir, si hace mal viento es una brisa,
decir a una mentira que va a misa,
cogiendo a una paloma por su talle,
sacando al que te escucha una sonrisa.
©donaciano bueno

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Carlos Marzal

EL MUNDO NATURAL

Sucede en cuestión de unos segundos,
como todo lo que es definitivo,
igual que un bisturí se abre paso en el cuerpo.
En Kenia. En la sabana. Un león
acosa el pánico veloz de una gacela,
y, cuando la acorrala, de un zarpazo
la lanza por el aire, abierto el vientre
por donde asoma su futura cría.
Ya en el suelo, el león, fatigado,
devora el corazón de la gacela.

Unos días más tarde, ese mismo león
se acerca amenazante a un campamento.
Los cazadores blancos deciden acosarlo.
El león huye herido, se oculta en la espesura,
y los blancos, entonces, recurren a un masai,
para que con su lanza lo remate.
El guerrero persigue la huida del león,
lo acorrala, y es herido, y lo hiere,
y cuando le da muerte,
arranca el corazón del animal
y orgulloso lo come, aún palpitante.

Unos meses después, ese masai
acude a la ciudad. Va a intercambiar,
humillado, su imagen, por monedas,
para que los viajeros, en otro continente,
ilustren sus relatos con más veracidad.
Las cosas no resultan como se calculaban.
El masai, acosado, agrede a los turistas,
y un policía negro, temoroso,
desenfunda y dispara. El masai cae a tierra,
partido el corazón por un trozo de plomo.

Por regla general, estos poemas
de imágenes y tiempos superpuestos
exigen desenlace, exigen una clave.
Juzgue el lector, desde su corazón,
mientras lo tenga.

Decrepitud

Asilados en una infancia obscena,
en el exilio de su misma sombra,
desde un limbo de hielo,
derritiéndose,
los viejos testimonian, sin enigma,
sobre el enigma viejo de estar vivo.

Gota a gota en presente, son futuro,
evanescencia al fin fuera de tiempo,
que en la fronda del tiempo anda perdida.
Espectros de la carne en su derrota,
se acogen al sagrado de la carne,
que en deserción de sí no los ampara.
pabilos sin fulgor de inteligencia,
arden a fuego extinto en su hendidura,
ascuas de quienes fueron, balbucientes.

Isla del fin del mundo, conmovidos,
vemos flotar en pasmo la vejez,
a la lunar deriva del asombro.
Nos resulta del todo inconcebible
nuestra decrepitud, nuestra mudanza
hasta desconocernos en nosotros
y en nosotros errar entre lo ajeno.

Cómo subsiste ciega la energía
en su impúdico afán de propagarse.

Madre senilidad, nunca te amamos.
Madre senilidad, no te amaremos.

Qué frágil, en su ser, la fortaleza.
Qué sólido el vivir, de sumo frágil.
De “Metales Pesados” 2001

El pozo salvaje

Por más que aburras esa melodía
monótona y brumosa de la vida diaria,
y que te amansa;
por más lobo sin dientes que te creas;
por más sabiduría y experiencia y paz de espíritu;
por más orden con que hayas decorado las paredes,
por más edad que la edad te haya dado,
por muchas otras vidas que los libros te alcancen,
y añade lo que quieras a esta lista,
hay un pozo salvaje al fondo de ti mismo,
un lugar que es tan tuyo como tu propia muerte.
Es de piedra y de noche, y de fuego y de lágrimas.
En sus aguas dudosas
reposa desde siempre lo que no está dormido,
un remoto lugar donde se fraguan
las abominaciones y los sueños,
la traición y los crímenes.
Es el pozo de lo que eres capaz
y en él duermen reptiles, y un fulgor
y una profunda espera.
En tu rostro también, y tú eres ese pozo.

Ya sé que lo sabías. Por lo tanto,
Acepta, brinda y bebe.
De “Los países nocturnos” 1996

Metal pesado

Igual que sucedía, siendo niños,
con las mágicas gotas de mercurio,
que se multiplicaban imposibles
en una perturbada geometría,
al romperse el termómetro, y daban a la fiebre
una pátina más de irrealidad,
el clima incomprensible de los relojes blandos.
Algo de ese fenómeno concierne a nuestra alma.
En un sentido estricto, cada cual
es obra de un sinfín de multiplicaciones,
de errores de la especie, de conquistas
contra la oscuridad. Un individuo
es en su anonimato una obra de arte,
un atávico mapa del tesoro
tatuado en la piel de las genealogías
y que lleva hasta él mismo a sangre y fuego.
No hay nada que no hayamos recibido
ni nada que no demos en herencia
Existe una razón para sentir orgullo
en mitad de esta fiebre que no acaba.
Somos custodios de un metal pesado,
lujosas gotas de mercurio amante.
De “Metales Pesados” 2001

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