NO HAY QUE PEDIR PERAS AL OLMO

Ramón Pérez de Ayala (poeta sugerido)

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Del pueblo y el país, los gobernantes
no pueden ser honestos,
pues siempre triunfarán los que farsantes
nos lleven a la ruina con sedantes
y bellos manifiestos.

Ganar, esa obsesión por ser quien manda
al pueblo y la nación,
sin música saber llevar la banda
borracho en una noche de parranda
lanzando al paredón.

Promesas y promesas, más promesas,
regates y regates,
espera a que gobiernen, sus sorpresas,
se quemen repartiendo las pavesas,
mentiras y dislates.

Y el pueblo ¿qué es el pueblo? marionetas
a quien hincar el diente,
insulsos monigotes de sus tretas
que intentan dirigir cual las veletas
lo mismo que a Vicente.

Que el pueblo, escucharás, no se equivoca,
descarta esa falacia,
insulto eso es lo que es de su acrobacia
que suele repicar de boca en boca
y a ti no te hace gracia.

Pues que a ellos solo ves a corto plazo,
si tocan tu bolsillo,
consciente que le quieren sacar brillo
y así puedan lograr pondrán un lazo,
o incluso un buen pestillo.

Pedir peras al olmo es de inocentes,
dirán que hay que votar
conscientes que te quieren engañar
y así puedan lograr te sacarán los dientes,
pelillos a la mar.
©donaciano bueno.

Aquí lo importante es pescar aun que sea a base de promesas irrealizables Clic para tuitear
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Ramón Pérez de Ayala

OFRENDA

En verde boscaje, quimérico moro,
que es nido de ensueños y fuente de amores:
las rosas de púrpura y fuego, las flores
sangrientas, deshojo en mi cáliz de oro.

Mi triste ferminge su canto sonoro
entona, y mis versos ritman ruiseñores,
que gozan mis dichas, lloran mis dolores
y ensalzan en salmos de amor lo que adoro.

Laureles simbólicos aroman mi estancia,
el viejo Anacreonte sus vinos escancia,
un sátiro ostenta su torso broncíneo,

sonríe el dios Término, la luz es difusa,
y en mármol pantélico te erijo allí ¡oh Musa!
el ara en que oficio mi culto apolíneo.

LA MUSA NUEVA

La escena ha sido en Francia.
El Zeus del Parnaso
en un antiguo vaso
el néctar nuevo escancia.
Dilúyese en fragancia
su risa de payaso
y deja atrás de un paso
la retórica rancia.

Como Banville divino,
derrama un nuevo vino
en cáliz principesco,
y hasta el Olimpo salto
en un muy noble y alto
rimar funambulesco.

PARA UN POETA JOVEN

(IMPROMPTU)

El papel sustituye al oro.
Hay más producción y más hambre.
La humana voz, divino tesoro,
es ya un sonido sin alambre.
El arte escénico, el estambre
que tejía ensueños, hoy en día
es «cine» incoloro y sonoro.
Terpsícore ha perdido su decoro.
Sinfonía es algarabía.
¿Qué será de la Poesía?

El inmarcesible semita,
o le acogotan o acogota.
Al as y al rey falla la sota,
y al sobrio canon de Afrodita
vence la Venus hotentota.

Son homólogos mitin y misa.
Un duce a Dios piden las ranas.
El nuevo Estado está en mangas de camisa.
El jazz ahoga a las campanas.
En lugar de minués y pavanas,
la danza negra de las bananas.

La humanidad parece una estampa
que al propio Goya desconcertaría.
Todo se lo lleva la trampa.
¿Qué será de la Poesía?

Y esto no obstante… Sin embargo…
Todo está recreándose de nuevo.
La vida es corta, pero el arte es largo.
Hay que comenzar desde el huevo.

Si es caótica la situación,
como en el Génesis para Jehová,
tanto más tentadora es la ocasión
de iluminar el más allá.

¿Hacia dónde se halla la meta?
Tiene la palabra el Poeta.

La paz del sendero

Con sayal de amarguras, de la vida romero,
topé, tras luenga andanza, con la paz de un sendero.
Fenecía del día el resplandor postrero.
En la cima de un álamo sollozaba un jilguero.

No hubo en lugar de tierra la paz que allí reinaba.
Parecía que Dios en el campo moraba,
y los sones del pájaro que en lo verde cantaba
morían con la esquila que a lo lejos temblaba.

La flor de madreselva, nacida entre bardales,
vertía en el crepúsculo olores celestiales;
víanse blancos brotes de silvestres rosales
y en el cielo las copas de los álamos reales.

Y como de la esquila se iba mezclando el son
al canto del jilguero, mi pobre corazón
sintió como una lluvia buena, de la emoción.
Entonces, a mi vera, vi un hermoso garzón.

Este garzón venía conduciendo el ganado,
y este ganado era por seis vacas formado,
lucidas todas ellas, de pelo colorado,
y la repleta ubre de pezón sonrosado.

Dijo el garzón: —¡Dios guarde al señor forastero!
—Yo nací en esta tierra, morir en ella quiero,
rapaz. —Que Dios le guarde. —Perdiose en el sendero…
En la cima del álamo sollozaba el jilguero.

Sentí en la misma entraña algo que fenecía,
y queda y dulcemente otro algo que nacia.
En la paz del sendero se anegó el alma mía,
y de emoción no osó llorar. Atardecía.

Una vez, érase que se era…

Érase una niña bonita.
Le decían todos ternazas
y le hacían dulces halagos.
Tenía la niña una muñeca.
Era la muñeca muy rubia
y su claro nombre Cordelia.

Una vez, érase que se era…

La muñeca, claro, no hablaba,
nada decía a la chicuela.

”¿Porqué no hablas como todos
y me dices palabras tiernas?”
La muñeca nada responde.
La niña, enojada, se altera.
Tira la muñeca en el suelo
y la rompe y la pisotea.
Y habla entonces por un milagro,
antes de morir la muñeca:
”Yo te quería más que nadie,
aunque decirlo no pudiera.”
Una vez, érase que se era…

LA MANDOLINATA

Sobre las ebúrneas gradas bizantinas,
entre rasos ricos y piedras preciosas,
van las seis princesas, en sus mandolinas
modulando gráciles frases amorosas.

Son las seis princesas de un país distante
de que hablan las áureas crónicas francesas;
de un país en donde la brisa galante
suspiros murmura, son las seis princesas.

Amalia: corona la regia figura
las líneas correctas de su rostro fino,
de Bizancio finge débil escultura
o frágil madona del buen Perusino.

Paz: lo austero tiene <le una diosa ática
que esculpiera Fidias en mármol pentélico,
y surge en sus ojos atracción simpática
que esfuma en el ánimo propósito bélico.

Victoria es capullo de tibia fragancia
que a un beso temprano de amor se entreabrió;
luce de las reinas la misma elegancia
que, a un tiempo, en Versalles, pintaba Watteau.

Es suave y de brisa la risa de Luisa,
aroma y conjura los besos soñados
cuando la princesa deslíe su risa
que finge por entre los dientes nevados,

María: sus ojos son de terciopelo,
ojos que destellan en tenues cambiantes.
Luce rosas ígneas sobre el negro pelo;
tal en sus gitanas Miguel de Cervantes.

Y Ana, en cuyo rostro no es blanca la nieve,
un ángel ha hilado su cabello en oro;
de su cuerpo lindo la escultura es leve
y en sus labios arde de amor un tesoro.

Sonríen las rosas pomposas y hermosas
-las mejillas rosas son en las princesas-
y las mandolinas dicen quejumbrosas
secretos que ocultan las bocas traviesas.

El crin crin armónico tiene indiscreciones
y al azul lanzando sus notas perladas
el ritmo modula de los corazones
y rima destellos de amantes miradas.

De los recios trajes entre brocateles
cual pálido lirio florece la mano;
tal trazó sus vírgenes con suaves pinceles
en sus cuadros místicos el viejo Tiziano.

El plectro de Concha destaca en la cuerda,
la mano de nieve nostalgias evoca
y la vacilante música se acuerda
al leve y discreto temblor de una boca.

Hablan indiscretas las seis mandolinas
de las seis princesas de los labios rojos;
hablan los secretos de las bocas finas,
de los pechos frágiles, de los negros ojos.

Y entre el torbellino de las notas locas
que brillan con giros mágicos de plata,
tienen languideces de dolor las notas
que va sollozando la mandolinata

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