NOSTALGIA

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¡Oh, aquellos resecos pinos
y polvorientas encinas!
En el corral las gallinas
y en las bodegas los tinos.
Y ese rito en la matanza
donde los pobres cochinos
oficiaban de padrinos
y reyes de la pitanza.

Los molestos sabañones
que atrofiaban nuestros dedos,
de la iglesia algunos credos,
de los quintos sus canciones.
La vendimia y los colgajos,
los mozos, sus lagarejos*
y en el río los cangrejos
y el crujido de los grajos.

¡Oh, aquellas tardes de estío
con la escarcha en primavera!
En los que la sementera
sembrando iba su albedrío.
Los segadores cortando
la testa a la mies dorada
y al terminar la jornada
a la misa y repicando.

Y del colegio, ¡oh, la escuela,
los pupitres, los maestros!
Los castigos siempre prestos
para clavarnos la espuela.
Y en el monte a por las piñas,
los cándalos para leña,
de conejos, santo y seña
de los amigos, las riñas.

Y esos juegos en la plaza
y en Santa Isabel, la fiesta,
los gaiteros. Y a la fresca
rosas con papel de estraza.
Y aquel brasero, el candil,
los rebaños, las ovejas
los chuzos desde la tejas
cual si fueran de marfil.

La cocina castellana
con sus perniles oreando,
los sarmientos tiritando
en la parrilla galana.
Las chuletas, bien regado
de vino fino el gaznate
para darle el jaque mate
del porrón empitonado.

Y otros mil recuerdos, mil,
que ahora hasta mi mente afloran,
disuelven y decoloran
como al blanco hace el añil.
De aquello, ¡ay amigo mío!,
la nostalgia es lo que queda
la poda, escarda y la veda,
con mi adiós, su escalofrío.
©donaciano bueno

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Castilla – Manuel Machado
A Manuel Reina. Gran poeta

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos,
¿polvo, sudor y hierro? el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo…
Nadie responde. Al pomo de la espada
y al cuento de las picas, el postigo
va a ceder… ¡Quema el sol, el aire abrasa!

A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca,
en el umbral. Es toda
ojos azules; y en los ojos, lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.

«¡Buen Cid! Pasad… El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El Cielo os colme de venturas…
En nuestro mal, ioh Cid!, no ganáis nada».

Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: «¡En marcha!»

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
¿polvo, sudor y hierro? el Cid cabalga.

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