PRESOS DEL PASADO

»Mi Poeta aquí sugerido: Abate Marchena

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Pongamos que has nacido en Senegal,
en Cuba o en la China comunista,
en Suiza, en un país capitalista,
y todo te parece a ti normal.

Pongamos que tus padres son ateos
o en cambio son fanáticos creyentes,
y sigues como todos las corrientes
cuidando de adaptarte a sus deseos.

Te enseñan que el amor es de por vida
y ves como la gente hoy se separa,
mas tú, tú seguirás dando la vara
tapando con tiritas esa herida.

Pongamos que pretendes liberarte
de aquello que inculcaron tus ancestros,
y asaltan el camino unos cabestros
jurando si traicionas con matarte.

Te insultan y te llaman mal nacido
te acusan al pasado de traiciones,
que debes respetar sus tradiciones
que has sido de otros predios abducido.

Pues todos desde niños somos presos
negados por romper las ataduras,
después cuando ya entiendes y maduras
desean ya esquilmar te hasta los huesos.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Abate Marchena

Abate Marchena

A Chabanó

Las humildes mansiones
desaparecen del linaje humano,
y las nubes preñadas
mis plantas huellan: lejos ¡oh profano
vulgo! a ti no son dadas
las sagradas armónicas canciones
oír que Apolo inspira,
no el oír los tonos de la acorde lira.

Rásgase el mortal velo,
que al hombre siempre encubre tenebroso
los sublimes arcanos,
que intenta en vano escudriñar curioso;
y a ti, Chabanó, en manos
de la sabia Minerva, al alto cielo
arrebatado veo,
cual lo fuera en otro tiempo Prometeo.

Las leyes de natura
sublimes y sencillas, ilustrado
con la antorcha Febea
la Diosa ante tus ojos ha mostrado;
cómo una misma sea
la que del monte en la caverna escura
forma el oro y contiene
los mundos que en sus órbitas retiene.

El oro apetecido,
que guerra y muertes trujo a los mortales
y que escondiera en vano
la tierra en sus entrañas: ya los males,
la codicia, el insano
furor a luz se muestran, del sumido
pozo con él parecen;
inocencia y candor desaparecen.

El mercader las naves
avaro apresta; el Aquilón sañudo
en vano se embravece,
y las olas del mar azota crudo;
el oro que se ofrece
a su esperanza busca y las suaves
playas trueca cuidoso
por el mar alterado y borrascoso.

No así bajo el reinado
del buen Saturno; que en inalterable
paz el mundo vivía,
y la doncella tímida y amable
su favor concedía
por premio de sus ansias a su amado;
mas ora la riqueza
¡oh mengua! compra y goza la belleza.

El sueño engañoso

Al tiempo que los hombres y animales
en hondo sueño yacen sepultados,
soñé ante mí los pueblos ver postrados
alzarme rey de todos los mortales.

Rendí el cetro a las plantas celestiales
de Alcinda, y mis suspiros inflamados
benignamente fueron escuchados;
me envidiaron los Dioses inmortales.

Huyó lejos el sueño, mas no huyeron
las memorias con él de mi ventura,
la triste imagen de mi bien fingido.

El mando y el poder desparecieron.
¡Oh de un desventurado suerte dura!
Amor quedó, mas lo demás es ido.

A una dama que cenó con el autor

Dase Dios por manjar a su escogido
pueblo en la pascua cena misteriosa;
Cristo es comida y mesa deliciosa
del hombre de amor tanto confundido.

Jesús asiste en gloria y prez ceñido
eternamente con su amada Esposa;
¡de amor omnipotente portentosa
hazaña! En tierra mora, al Cielo es ido.

Tú que por Diosa adora el alma mía,
bellísima Amarilis, a ti es dado
hacer tan gran milagro nuevamente.

Cristo se ha dado a sí en la Eucaristía:
¡ay! tú date a mi pecho enamorado,
y vivirás en él eternamente.

La Revolución Francesa

Suena tu blanda lira,
Aristo, de las Ninfas tan amada,
cuando a Filis suspira,
y en la grata armonía embelesada
la tropa de pastores
escucha los suavísimos amores.

Mientras mi bronco acento
dice del despotismo derrocado
de su sublime asiento,
y con fuertes cadenas aherrojado
el llanto doloroso
al pueblo de la Francia tan gustoso.

Cayeron quebrantados
de calabozos hórridos y escuros
cerrojos y candados;
yacen por tierra los tremendos muros
terror del ciudadano,
horrible baluarte del tirano.

La libertad del cielo
desciende, y la virtud dura y severa;
huye del francés suelo
el lujo seductor, la lisonjera
corrupción, el desorden;
reinan las leyes con la paz y el orden.

El fanatismo insano
agitando sus sierpes ponzoñosas
vencido clama en vano;
húndese en las regiones espantosas,
y con él es sumida
la intolerancia atroz aborrecida.

Dulce filosofía,
tú los monstruos infames alanzaste;
tu clara luz fue guía
del divino Rousseau, y tú amaestraste
el ingenio eminente
por quien es libre la francesa gente.

Excita al grande ejemplo
tu esfuerzo, Hesperia: rompe los pesados
grillos, y que en el templo
de Libertad de hoy más muestren colgados
del pueblo la vileza,
y de los Reyes la brutal fiereza.

El amor rendido

Las pesadas cadenas
del despotismo atroz ufano hollando,
cantemos, lira mía,
el acordado tono al cielo alzando,
la presente alegría
y las pasadas penas;
libertad sacrosanta, tú me inspira;
que sólo libertad suene mi lira.

Mientras fue mi morada
la esclava Hesperia, del rapaz Cupido
la flecha penetrante
de aguda llaga el corazón ha herido;
hoy peto de diamante
a su punta acerada
oponer quiero, y, de firmeza armado,
sus amenazas arrostrar osado.

¡Oh deidad inclemente!
¡Oh Cupido implacable! ¡Oh santo cielo!
¿Qué beldad peregrina
Viene a las Galias del hesperio suelo?
¡Oh belleza divina!
A tus pies reverente
me postro humilde, y ante ti rendido,
Amor, confieso a voces, me ha vencido.

Al duro yugo atado
la cerviz humillada, al fiero en vano
perdón ¡ay Dios! le pido;
que en mis lloros se ceba el inhumano,
y al carro en triunfo uncido,
con el dedo mostrado,
el quebrantado cuerpo puede apenas
arrastrar las gravísimas cadenas.

De mis ojos cansados
huyó por siempre el apacible sueño,
y en perenes raudales
de amargo llanto el porfiado empeño
de mis penosos males
en mi daño obstinados
¡ay! los ha para siempre convertido,
y en quebranto inmortal ¡ay! me ha sumido.

Deidades sacrosantas
que en Olimpo subido hacéis manida,
muévaos mi humilde ruego;
apagad en mi pecho la encendida
llama de amante fuego;
postrado a vuestras plantas,
de vos aguarda un triste este consuelo;
mas ¡ay! que al desdichado es sordo el cielo.

¡Oh deidad sobrehumana!
A ti fue dado, hermosa, solamente
la pasada alegría
tornar ¡ay triste! al corazón doliente;
ablanda, Diosa mía,
tu condición tirana;
mira cuál a tus pies ruego amoroso;
di una sola palabra, y soy dichoso.

A Amarilis

Soledad deliciosa, bosque umbrío
¡ay, cómo en tu retiro busco en vano
alivio al inmortal quebranto mío!

Me hirió de Amor la poderosa mano,
de Amor la flecha aguda envenenada
que contra mí lanzara el inhumano.

¡Oh mil veces feliz edad dorada
en que fue la ternura y la firmeza
del constante amador siempre premiada!

Agora al rendimiento, a la fineza
se retribuye indiferencia fría,
al obsequio humillado cruel dureza.

¿Qué mal Dios en su cólera daría
el siempre infame honor a los mortales,
que tanto de natura los desvía?

Él el pudor nos trajo, él sus fatales
leyes a Amor impuso, y él los bienes
más dulces transformó en acerbos males.

De mi dulce enemiga los desdenes
el acaso los causa, y hace en llanto
mis ojos dos raudales ¡ay! perenes.

Sigue, Amarilis, de Cupido santo
las leyes, del amor sigue el sendero
exento de pesar y de quebranto.

Honor, de la natura comunero,
ejercite en el vulgo su tirana
dominación y su poder severo.

Tú escucha del Amor la soberana
voz, que al deleite agora te convida;
que esta la edad en su verdor lozana.

Huye la primavera de la vida
cual un ligero soplo, un breve instante,
y nunca torna si una vez es ida.

Vendrá ¡ay! la vejez corva, y el amante
que agora sólo espira tus amores,
y que esquivas más dura que diamante,

Lejos huirá de ti; de adoradores
la turba que te cerca de contino,
cual brillo suele de caducas flores

tal desparecerá; que del destino
esta es la ley severa, inexorable;
éste de la hermosura el hado indino.

Tal la purpúrea rosa, que al amable
Céfiro abrió su seno, el soplo airado
del vendaval deshoja, y despreciable
yace y marchita en el florido prado.

La primavera

¿Ves, hermosa, la fuente que bullendo
el céfiro menea blandamente?
Amor la agita: mira su corriente
hacia el amado arroyo huir riendo.

Mira volar la abeja susurrante
en torno de las violas olorosas,
y su néctar le ofrecen amorosas,
zagala; que es la flor también amante.

¿No escuchas gorgear los ruiseñores,
de aguda flecha el tierno pecho heridos,
y en meloDiosos trinos no aprendidos
explicar sus dulcísimos amores?

¿No ves las palomillas amorosas
exhalar sus arrullos inflamados?
¿Los pichones no ves enamorados
responder en querellas cariñosas?

Todo es amor; la alegre primavera,
al universo nueva vida dando,
naturaleza yerta va inflamando,
que Enero con su escarcha entorpeciera.

Y tú, por más que lo rehuyas dura,
has de rendir a Amor el cuello erguido,
que todo se avasalla ¡ay! a Cupido:
tal es la ley eterna de natura.

Elegía a Lícoris

Del airado Mavorte la crueza
¡oh! no cantes, mi lira, ni la insana
sed de sangre, el furor y la fiereza.

Mas di de Venus, reina soberana
de Pafos, el poder; di los amores
y de las Gracias la belleza humana.

Canta del Dios vendado los loores,
de Cupido certero las doradas
flechas, su blanda risa, y sus favores.

Deja, Cupido santo, las preciadas
aras de Chipre, y en tu fuego ardiente
enciende mis entrañas frías y heladas.

¡Oh mil veces fatal ruego, imprudente
súplica, por mi mal bien acogida!
¡Oh condición de Amor cruda, inclemente!

Baja de Olimpo el pérfido, y fingida
piedad muestra en su rostro y apostura
dulce el falso, y sonrisa fementida.

«Del Betis a la orilla una hermosura
(amarla es tu destino eternamente)
te ofrezco; parte, corre a tu ventura».

Dijo y voló; yo loco encontinente
el Manzanares dejo, y desalado
al Betis corro con anhelo ardiente.

Ya no hay más libertad ¡ay! ya aherrojado
Lícoris en durísimas prisiones
me tiene, al duro remo ¡ay! amarrado.

Yo triste los pesados eslabones
arrastro, mientras que tormenta horrible
levantan en mi pecho las pasiones.

Amor en fuego ardiente, inextinguible,
me abrasa sin cesar; jamás la hoguera
aparta, que esquivar me es imposible;

que el crüel me persigue por doquiera,
cual cierva a quien fatal punta acerada
el costado rompió con llaga fiera;

que el monte, el llano corre la cuitada,
el doliente bramido al cielo alzando,
del rabioso dolor siempre aquejada.

Así mi cruda pena va aumentando
la aguda flecha con que Amor me ha herido,
siempre el enfermo pecho lastimando;

la imagen de Licoris, el bruñido
cabello de azabache, la alta frente,
el sonrosado labio, el cuello erguido,

y el hablar, y el reír suavemente
Amor grabó con punta de diamante
en el mezquino corazón doliente.

Mora Licoris en mi pecho amante,
Licoris mora en él; vos amadores,
de Gnido desertad la ara humeante.

Ved cuál la abandonaron los amores
y a Lícoris festivos rodeando
de guirnaldas la ciñen de mil flores.

El sangriento Cupido está aguzando
la inevitable flecha, y falsa risa
va por sus labios pérfidos vagando.

¿Quién de mi dulce bien vio la sonrisa,
y cantar pudo la ambición, la guerra
que los tronos trastorna, rompe y pisa?

Obra de un Dios maligno es nuestra tierra;
el duelo la pasea de contino,
que todo bien lejos de sí destierra.

Y cuando el placer muestra su divino
rostro, nosotros necios le esquivamos,
¡oh del error efeto el más indino!

Que la flor de la vida así pasamos;
la vejez nos señala el tenebroso
ataúd, que en vano tristes evitamos.

Gusta, Lícoris mía, el delicioso
néctar de amor, agora que te es dado
del tiempo del placer nuestro enviDioso,
y nunca sin desdicha despreciado.

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