QUIZAS, POSIBLE, SEGURO

Ignacio Rodríguez Galván (poeta sugerido)

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(o la realidad virtual)

Quizás lo que he vivido no sea cierto,
quizás alguien sospeche que he mentido,
quizás es que haya andado ciego o tuerto,
quizás es que haya sido un desvalido.

Posible nada fue lo que parece,
posible que en la bolsa no cotice,
posible que contarlo no merece,
posible es con el tiempo cicatrice.

Seguro que pasó sin darse cuenta,
seguro que ya fue, no estoy seguro,
seguro que nada es lo que aparenta
seguro no se salva de un conjuro.

Seguro fue, quizás, posiblemente,
que aquí no sirve ya, la duda ofende,
las cosas que le ocurren a mi mente
no tengan parangón. Todo depende.

Pues todo aquí se muestra sibilino
no acierta a distinguir real, virtual,
borracho vaya andando mi camino
el mundo ya no exista. Me da igual.
©donaciano bueno

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Ignacio Rodríguez Galván
A LA MUERTE DE MI AMIGO

¿Por qué, el aire surcando,
dilatándose del bronce los sonidos;
y sin cesar vibrando
llegan a mis oídos
profundos y tristísimos gemidos?

¿Por qué de muerte el canto
en torno de ese féretro resuena?
¿Por qué el fúnebre llanto?
¿Por qué la amarga pena,
los cirios, y el clamor que el aire llena?

Te miro ante mis ojos
postrado sin aliento, amigo mío;
y sobre tus despojos
su manto negro y frío
tiende la muerte con placer impío.

Y en alas de querubes,
envuelta tu alma en esplendente velo,
y entre rosadas nubes
deja el impuro suelo,
y blandamente se remonta al cielo.

¡Oh, quién te acompañara!,
y ese mundo feliz que habitas hora
contigo disfrutara,
y la paz seductora
que, sin turbarse, en él eterno mora.

En mi patria no viera
sangre correr por la ciudad y llanos,
y que entre rabia fiera
hermanos con hermanos
hasta hundirse el puñal pugnan insanos.

Ni viera la perfidia
de nación, que risueña nos abraza,
y bramando de envidia
luego nos amenaza
y en su mente infernal nos despedaza.

Ni viera hombres malvados,
que sin temer de Dios el alto juicio,
de la ambición guiados
y el deshonroso vicio,
despeñan mi nación al precipicio.

Ni con feroz despecho
la miseria, elevándose espantosa,
cerrar contra su pecho
la humanidad quejosa
y devorar sus lágrimas ansiosa.

Y el luto y exterminio,
en pos del hambre descarnada y yerta,
extender su dominio
sobre su tierra muerta,
y a la peste letal abrir la puerta.
Feliz mi caro amigo,
feliz mil veces tú, que ya en el mundo
el dolor enemigo
con brazo furibundo
no rompe tus entrañas iracundo.

Dichoso tú, que vives
entre el gozo, la paz, la bienandanza
y no, cual yo, recibes
de amor sin esperanza
zozobras y martirios sin mudanza.

Y no sientes el yugo
de la suerte pesar sobre tu cuello,
ni el hombre es tu verdugo,
ni con ansia un destello
buscas de la verdad, sin poder vello.

Cuando el mundo habitabas,
con la voz de amistad consoladora
las penas aliviabas
de tu amigo, que ahora
hundido en e1 pesar tu ausencia llora.

A1 escuchar tus cantos,
do la razón brillaba y la poesía,
celestiales encantos
mi corazón sentía,
y en su mismo dolor se adormecía.

Si a tu alma por ventura
le es permitido descender al suelo,
cuando la noche oscura
me traiga el desconsuelo
ven a elevar mi pensamiento al cielo.

De mi agitado sueño
las escenas de horror benigno ahuyenta;
la imagen de mi dueño
en vez de ellas presenta,
y haz que tu grata voz mi oído sienta.

ADIÓS, OH PATRIA MÍA

Alegre el marinero
en voz pausada canta,
y el ancla ya levanta
con extraño rumor.
De la cadena al ruido
me agita pena impía
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

El barco suavemente
se inclina y se remece,
y luego se estremece
a impulso del vapor.
Las ruedas son cascadas
de blanca argentería.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

Sentado yo en la popa
contemplo el mar inmenso,
y en mi desdicha pienso
y en mi tenaz dolor.
A ti mi suerte entrego,
a ti, Virgen María.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.
De fuego ardiente globo
en las aguas se oculta:
una onda lo sepulta
rodando con furor.
Rugiendo el mar anuncia
que muere el rey del día.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

Las olas, que se mecen
como el niño en su cuna,
retratan de la luna
el rostro seductor.
Gime la brisa triste
cual hombre en agonía.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

Del astro de la noche
un rayo blandamente
resbala por mi frente
rugada de dolor.
Así como hoy la luna
en México lucía.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

¡En México! . . . ¡Oh memoria! . . .
¿Cuándo tu rico suelo
y a tu azulado cielo
veré, triste cantor?
Sin ti, cólera y tedio
me causa la alegría.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

Pienso que en tu recinto
hay quien por mí suspire,
quien al oriente mire
buscando a su amador.
Mi pecho hondos gemidos
a la brisa confía.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

LA INOCENCIA

I.-
Al principiar la noche silenciosa
es más grata la estrella misteriosa
de risueño fulgor,
que si riela en transparente río
la taciturna reina del vacío
en todo su esplendor.

Es más bella la fuente clara y pura
que en delicioso prado con blandura
deslizándose va,
que el torrente veloz que se abalanza
y en un abismo da.

Es para mi más dulce el sol fulgente
cuando arroja del seno del oriente
rayo consolador,
que si mis venas ardoroso inflama
cuando en la tierra espléndido derrama
su fuego abrasador.

Así a mis ojos eres más hermosa,
de mi feraz nación temprana rosa,
niña pura y feliz,
que la joven que erguida se levanta,
y a cuya bella y delicada planta
rendimos la cerviz.

II.-
Modelo de belleza,
la pureza
brilla en tu cándida faz;
la inocencia es tu divisa,
y tu risa
es como un signo de paz.

Alguna vez la hermosura
con ternura
amante me sonrió;
dichoso ya me creía,
y ella impía
con falacia me burló.

Mas tu sonrisa graciosa
candorosa
no es de amor, es de amistad;
¡tu corazón ardiente
inocente
no conoce la maldad.-

Oh cuán venturosa fueras,
si vivieras
de tu infancia sin salir:
entonces feliz serías;
no sabrías
lo que es penar y sufrir.

Mas la ley de la natura
siempre dura,
no perdona a la virtud;
de la humanidad es dueña,
y le enseña
la vejez o el ataúd.

Con los fatigosos años
desengaños
vienen del mortal en pos;
y contra el mundo un abrigo
y un amigo
halla el infeliz en Dios.

El no mas nos da consuelo;-
en el suelo
solo existe una verdad,
y es que la inocencia gime,
y la oprime
triunfadora la maldad.

-Tu vives, oh niña hermosa,
cual la rosa
en lo interior de un breñal;
no de tu sueño despiertes,
porque adviertes
cuán horroroso es tu mal.

Al sueño tornar querrías,
no podrías;
el cielo así lo ordenó;
y tan solamente el llanto
y el quebranto
por patrimonio nos dio.

La vida es estrecha vía,
do nos guía
solo el destino fatal:
encantados proseguimos,
mas sentimos
de súbito frío puñal.

III.-
¿Ese celaje miras que se avanza
meciéndose hechicero,
o volando ligero
como águila veloz?
Aquella nube tétrica lo alcanza,
y aquí y allá lo vuelve,
y rugiendo lo envuelve
con ímpetu feroz.

¿Ves aquella avecilla revolando,
que rápida se eleva,
y su arrojo la lleva
hasta el cielo tocar?
Huracán espantoso rebramando,
desde el espacio inmenso
en remolino denso
la hace al suelo bajar.

¿Ves en las aguas de apacible río
blandamente flotando
y graciosa vagando
la delicada flor?
se acerca al fin a un vórtice bravío;
sus olas bramadoras
la sumergen traidoras
en abismo de horror.

Imágenes son estas de la vida:-
es dulce, placentera,
juguetona, ligera
del hombre la niñez.
En su pecho después la pena anida:
los placeres fenecen,
y los martirios crecen
con furia y rapidez.

IV.-
Goza, goza, niña pura,
de tus días de ventura,
de tu inocencia feliz;
y de tu dicha presente
jamás se borre en tu mente
el delicado matiz.

El pesar que me fatiga
se cambie en delicia amiga
que me halague el corazón;
y pueda lleno de gozo,
de alegría, de alborozo,
entonar grata canción.

Corona de frescas rosas,
apacibles, olorosas,
tejerte quería yo;
y a tiempo que la formaba,
espina que me punzaba
en mis manos se tornó.

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