UN CANTO A LA VIDA

»Mi Poeta aquí sugerido: Rafael Adolfo Téllez

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Quien a la vida se enfrenta
sin saber como la aguanta
es igual que aquel que canta
y un catarro se presenta.
Aquel que se toma menta
y un picor en la garganta
hace que al habla atraganta
y en vez de voz sale un pito,
ese es momento maldito
que a la concurrencia espanta.

Quien crea que el argumento
es la base de la ciencia
es que no toma conciencia
pues que también lo es del cuento.
La vida es un sufrimiento,
eso lo sabe cualquiera,
mas también una quimera
un lance, un atrevimiento,
del alma es un sentimiento,
para el cuerpo, una fresquera.

Por eso aquí me adelanto
antes que él adiós me diga
y lanzo al tiempo este viva
y a la vida lanzo un canto.
Quien no fue en la vida un santo
aunque tampoco un perdido
algo hay que haya aprendido
agradecer a quien fuera
que sembró esta sementera
y al viento haber florecido.
©donaciano bueno

MI POETA SUGERIDO: Rafael Adolfo Téllez

Rafael Adolfo Téllez

LOS VIEJOS GATOS

La noche los trae, de lejos, al ruinoso
caserón,
y miran, recostados en el suelo, la llama
que tirita en el candil.

Nosotros comemos nuestros platos,
sentados a la mesa
en la que padre, con su traje rugoso,
alza pensativo la cuchara.

No son de esta tierra
aunque suban ahora del arroyo
y en sus lomos traigan sones silvestres,
matorrales…

Los gatos portan en su piel el oro
de otros mundos.

Bajo las vigas recias del techo
duermen,
en un recodo en sombra.
Tal vez, oyen aún las viejas lluvias.

Los viejos gatos regresan, pordioseros
como nosotros,
donde antes, sin tardanza,
les servíamos, en cuencos de barro,
un poco de leche.

Pero, no sienten piedad alguna.

Sus maullidos resuenan aún acá
o en otra parte.

CON LAS PRIMERAS HELADAS DE INVIERNO

Ya no es joven,
pero, temprano, en la mañana,
se apoya aún en el brocal
de un pozo
de piedra carcomida.

Ocupa su puesto aquí bajo estos cielos
y no recuerda apenas
y saluda tímido
a ese poco de sol…

Ahora que, con las primeras heladas
de invierno,
sobre el brocal,
estalla una luz que no es suya
sino de otro

que anduvo a pie
por estos campos,
cuando bastaba apretar un puñado
de hierba entre las manos,
cuando entre las líneas de
las hojas verduscas del olivo
podía leer aún el nombre de un dios.

LO MIRO DEAMBULAR POR CALLEJAS OSCURAS...

…magnolia que mojó la luna
Homero Manzi

Lo miro deambular por callejas oscuras
y detenerse ante el mostrador
de una taberna a beber.

¿Por qué no ha de beber
si amó mucho,
y, ahora, busca, entre estas piedras,
la certeza de estar vivo?

Un hombre que en sus alforjas lleva sólo
haber amado tu piel,
magnolia que mojó la luna,

en este arrabal o en otro.
Tal vez en una ciudad distinta a esta
en la que hay un río y tranvías sonámbulos
que cruzan la noche
camino a no sé qué parte.
Es lento, mesurado, taciturno.

Y ya no sueña.
Ha escrito en su cuaderno
apenas unas cuantas sílabas,
las del adiós.

EL VELÓN EN EL QUE ARDIERON LAS NOCHES

La noche suele llegar pronto y llovizna
en la oscura calleja. Cae en la techumbre
y cae en la carcoma y en el hollín de las pesadas vigas
la lluvia que vino de tan lejos.

Qué duende revolotea
en la penumbra, entre tus risas,
tus pechos…
qué duende en las sábanas, en las que al amarte,
puedo oír, —en otra región, tal vez—
pisadas de mulos y carros.

Esos mismos que hoy se alejan
o se acercan, ya no lo sé,
mientras veo apagarse, en la vieja pared,
el velón en el que ardieron las noches
de nuestra juventud.

UNA TIENDECITA

Ya no se ve al niño
que, al doblar un recodo, llegaba,
en la mañana,
con unas cuantas monedas,
a la tiendecita que hay en la calle Torrijos.

Huyó el viejo tendero con su
delantal blanco.
Siempre bajo una luz muy tenue,
como en el Génesis.
Se fue no sé adónde
el mostrador con sus cajas de arenque
y su papel de estraza…
Se aleja todo, se sabe.

Lo mismo que aquel
cielo turbio
que era un brochazo de Dios
en la calle dormida

por donde, de cuando en cuando,
venia noviembre con su pala al hombro,
con sus alforjas de oro.

Y nos amaba.

ADIOS A TURÓBRIGA

He dicho adiós a mi calle
y al ángel invisible de mi calle.
Aquí para mí ya cantó el gallo.
Me alejo de sus piedras que no entiendo.
Un cantero grabó algo en ellas, hace mucho.

Miro eso que hay aún en sus montañas
abierto como una flor de aire.
He sido sólo un vecino que habló
con uno y otro,
mientras caían las dos otras sílabas de la tarde.

Me despido de la familia humilde
que, en el suelo,
aguarda que llegue a su puerta un poco de sol;
del ruinoso ventanal donde cantan los pájaros
que ayer saludaron mi vuelta.

He aprendido que quien viaja
necesita apenas
sombra, musgo, un poco de luz que guíe sus pasos.

Turóbriga es pobre, pero si aquí llegas un día
sin nada,
el viento te llenará las manos.

LOS CANTOS DE JOSEPH UBER

I
La lluvia llega a ratos a su chozo con alero
de paja,
pero Uber aviva un fuego,
pero Uber susurra una tonada
que hizo alguno
para cantar temprano entre las zarzas.

Mordisquea una hoja de olivo,
aquí en el monte
donde, hace ya mucho,
cruza un arroyo silencioso,
camino no sé de qué otro cielo.

¿Qué miran sus ojos mansos
hoy que una mariposa sobrevuela
con mi nombre en sus alas?
Su bastón es de escarcha.

Quizás es Joseph Uber
quien tatúa mi vida ahora,
en alguna vieja piedra.

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