ACERCA DE LA EXISTENCIA

Isabel Pérez Montalbán (poeta sugerido)
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(soneto inglés)

Vivir es construirse una quimera
tratando de soñar a cada instante,
buscando a una persona que te quiera,
andando sin parar hacia adelante.

Vivir es preguntarse qué es la vida
consciente no hay respuesta, a cada rato,
fingiendo que te das a la bebida
tratando de evitar pagar el pato.

Pensando en descubrir tu trascendencia
mas yendo de fracaso en más fracaso,
incluso si recurres a la ciencia,
consciente nadie a ti ya te hace caso.

La vida tiene un halo de misterio
y acaba en su lugar, el cementerio.
©donaciano bueno

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Isabel Pérez Montalbán

CLASES SOCIALES

Los pobres son príncipes que tienen que reconquistar su reino.
Agustín Díaz-Yanes.
Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto

Con seis años, mi padre trabajaba
de primavera a primavera.
De sol a sol cuidaba de animales.
El capataz lo ataba de una cuerda
para que no se perdiera en las zanjas,
en las ramas de olivo, en los arroyos,
en la escarcha invernal de los barrancos.
Ya cuando oscurecía, sin esfuerzo,
tiraba de él, lo regresaba níveo,
amoratado, con temblores
y ampollas en las manos,
y alguna enredadera de abandono
en las paredes quebradizas
de sus pulmones rosas
y su pequeño corazón.

En sus últimos años volvía a ser un niño:
se acordaba del frío proletario,
(porque era ya substancia de sus huesos),
del aroma de salvia, del primer cine mudo
y del pan con aceite que le daban al ángelus,
en la hora de las falsas proteínas.

Pero su señorito, que era bueno,
con sus botas de piel y sus guantes de lluvia,
una vez lo llevó, en coche de caballos,
al médico. Le falla la memoria
del viaje: lo sacaron del cortijo sin pulso,
tenía más de cuarenta de fiebre
y había estado a punto de morirse,
con seis años, mi padre, de aquella pulmonía.
Con seis años, mi padre.

ME ACUERDO DE OLVIDARTE

Tus hijos no te olvidan,
decía la corona funeraria entre claveles rojos
de rojo combatiente y comunista,
de rojo terminal que se desangra.
Y de la catarata altísima del tiempo
hacía mucho tiempo que te habían tirado
desde tu propio olvido.

Mientras caías, yo —desde mi olvido
salado y mi distancia— preguntaba por ti,
buscándote en trayectos de memoria,
en pasados color de viejo siena.
Urdía mi estrategia de preguntas
al asalto de algún pariente tuyo,
que me contaba de otro.

He sabido conductas de algún otro,
de una historia senil tiznada de carbón
y corrosivo escape.
Me hablaban de alguien parecido a ti:
un hombre ya mayor que se perdía
dando vueltas y vueltas en su barrio de siempre.

Un paseante que volvía siempre
confuso del enredo de la calle,
con el susto de un ciego acechando en los ojos,
con la velocidad clavada al corazón.
Alguien inerme de pronto en la prisa
desconocida de su acera,
que regresaba de milagro, muerto
de miedo y de torpeza y de vejez
hasta entrar aliviado al calor de su casa.

Ese otro eras tú mismo en esa casa
de otra ciudad que la suerte te impuso
después de echarte de tu hogar
campestre con geranios en el patio.
Y aunque no te gustaba el nuevo piso,
al calor del brasero y las noticias
ibas guardando el recuerdo y las dietas.
Te ibas blindando de infancia y de códigos
preventivos que solo tú entendías
en el cansancio largo de vivir.

Mirabas el horizonte de vivir
y latía el cansancio y la amargura
que te implantaron los doctores
en esos hospitales de todos los remedios.
Tantos años adictos a la medicina
y al reposo absoluto de los huesos
ya te estaban sobrando.
Por eso aquella tarde cediste como el junco
que un huracán venciera. Y te caíste
a lo tonto, queriendo y sin querer.

Eran serrín tus huesos sin querer,
polvo de noventa años de batalla.
Era tu cuerpo un planeta raquítico
que no se distinguía en el espacio.
Así que no sirvieron ya las curas
en aquel sanatorio de la sierra.
Y te fuiste apagando lentamente,
consumiendo el contagio de los días
y las noches primaverales.

En las muertes primaverales
el sicario aparece por la noche
para no detener la floración.
De madrugada vino, por tanto, la agonía,
me han contado de ti o de algún otro,
pero no supe nada hasta que el timbre
sangrante del teléfono me despertó a las nueve.
No me avisó el presentimiento.
Parecía mentira: era domingo.

Cualquier día de mayo y de domingo
no resulta propicio para el luto.
No fue fácil saltar de golpe la distancia
que había entre tu muerte y mi armadura.
Viajé a través del sol. Junto a la carretera
vi prados de amapolas
y vi a una niña antigua jugando de tu mano.
Pero no quise ver la mano
sin vida del cadáver que tal vez eras tú.
No te hubiesen gustado los bonitos elogios
que pronunció solemne
el cura de tu barrio, que no te conocía.
Entre claveles rojos de comunista viejo,
estaba tu ataúd frente al altar.
No te habría hecho gracia,
si no hubieras perdido la memoria de ti,
que te adornaran con misas y flores.
Con aquella corona: Tus hijos no te olvidan.

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