AMANDA, AMADA MÍA/

José María Jurado (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Amanda, amada mía, si me muero
no pienses te he dejado o que me he ido,
que es cierto que a otro cielo me he subido
quedando aquí la causa el desespero.

Tú sabes como yo cuanto te quiero,
lo mucho que los dos hemos sufrido,
mas quiero que recuerdes que el olvido
huyó cuando me hiciste prisionero.

Si el pájaro se siente agradecido
nunca habrá de mostrarse traicionero
tornando con amor a lo vivido.

Que el que firma un acuerdo convenido
lo mantiene hasta el fin. Y yo te espero
a gozar para siempre en otro nido.
©donaciano bueno

¿Conoces a José María Jurado? Lee/escucha algunos de sus poemas

José María Jurado

EMILY DICKINSON

Ella tenía abejas en los ojos,
pisaba un silencio de palabras completas.
Si decía la Flor, el Pájaro o la Nube,
un encaje temblaba en las manos del cielo.
Imágenes y voces en un cuenco de almendras,
semillas que volaron más allá del sendero,
por el cielo del bosque y la cabaña perdida
en busca de la tierra y de su negro alabastro
donde crece el jacinto y palpita la oruga.
Cuando llama la esquila al oficio divino
y las niñas son ángeles de Nueva Inglaterra
hay una sombra blanca que susurra en la casa
los nombres azules de todas las estrellas
para cribar las arenas de las playas lejanas.
Un viento ajeno roza las copas de los árboles,
borda un dibujo nuevo sobre el cristal del mundo.
En el cuarto solitario nos aguardan -Ellos-
los ha llamado –Ella–.

«Aquel día hubo bruma, pero hoy yo puedo verlos
gravitar sobre el agua como cuerpos celestes,
como lentos castillos de maderas y nubes…»
JMJ

«Bodegón»

Una vara de mimbre con jilgueros,
algunas hortalizas, las perdices
suspendidas del cielo, cicatrices
de parda luz, y el sol del limonero.

A un cordel amarrados siete peros,
otros dos pajarillos, las raíces
del rábano y el cardo que bendice
con su clara estameña este tablero.

En el silencio negro del atril
donde habitan la muerte y la blancura,
el cardo, alabeado como un cuerno

o un colmillo tallado de marfil,
hiende la carne de la noche oscura
asomado al abismo de lo eterno.

CHOPIN

(Balada No. 1 en sol menor)

El piano es una góndola sin luna
que boga por canales de silencio
bajo las sombras mansas de la noche
y la belleza de Varsovia herida.

Los dedos de cristal sobre las aguas,
las estrellas mojadas por la música,
diez cisnes irisados de tristeza
y la blancura de París nevada

cuando la muerte ostenta por las calles
la diadema de plata de los daguerrotipos.

«…No sé soñar despierto, sólo sé soñar…»
JMJ

«Mañana de Pascua»

(Caspar David Friedrich)

Las mujeres, calladas, contemplan el camino
que se pierde en el páramo espectral y brumoso.

Esqueleto del alma, los árboles desnudos,
como dos urnas negras enmarcan el paisaje.

Y aunque las ramas tienen algunos brotes tiernos
no pueden impedir la profusión de espinas.

Bajo la luz dudosa del recuerdo de un sueño
se esfuman a lo lejos ciertas sombras extrañas.

Todo es simple y solemne como el astro radiante
que enciende en el espacio una pálida hoguera.

Por su altura en el cielo debe de ser la luna,
parece, sin embargo, un sol recién nacido.

Pero no canta el gallo y aún dormitan las bestias,
¿Amanecer? ¿Anochecer? Algo está sucediendo.

La muerte esta mañana es débil e imprecisa.
El frío está pintado de forma minuciosa.

Águilas, 14

[Sevilla]

Llueve sobre la casa de mi madre.
El agua descuartiza las paredes.
De pie, bajo la lluvia, ante el umbral contemplo
cómo pasan las sombras,
cómo pasan las sombras de las sombras,
a través de los siglos y los siglos.

Este solar,
que alguna vez fue huerta, cuadra,
horno de pan, taller de alfarería,
vio desfilar las águilas de Roma
y ya llevaba mil años habitado.
Desde aquel remotísimo fenicio
que atravesó la niebla y los pantanos
y cobijó sus sueños tras un muro
en el siglo, ¿cuál?, antes del tiempo.

En su recinto
hubo alegría y duelo;
en primavera, flores y, en el invierno, lumbre.
Engendrados y muertos en la casa
se sucedieron hombres y mujeres
bajo los alminares y los galeones
como las hojas de los árboles.

Acaso pudo dar refugio
a un soldado de Urbina
o alojar a una escuadra de dragones franceses,
y escuchó –esto es seguro-
las radiadas arengas de Queipo de Llano
(«y nadie se atrevía a asomarse a las ventanas»).

Sentados a la mesa cuatro niños
atienden a sus juegos.
Mi madre borda y canta,
junto al balcón su padre lee
y una luz cereal ilumina la estancia.
Es una tarde clara de verano.
La última.

Pasajeros terrestres de la casa,

«… la luna es una flor de ciruelo
y en el aire tiembla
la rama del cerezo…»
JMJ

«Todas las primaveras»

A Fernando Ortiz

A la luz albariza de las tardes de marzo
cuando el breve vencejo y la lenta espadaña
escriben sobre el cielo La Epístola Moral

y la flor del naranjo se posa en las callejas
con su asiático velo de nieve perfumada,
oh Góngora de oro los retablos abiertos,

cuando la muchedumbre cordial y velazqueña
irrumpe como un río por tabernas y plazas,
gran teatro del mundo y don de la ebriedad,

la dama de blanco corta las cuerdas del arpa
—nocturno de Chopin bajo la luna—
desde el ángulo oscuro de algún viejo balcón.

Amor constante más allá de la muerte (Francisco de Quevedo)

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora a su afán ansioso lisonjera;

Mas no, de esotra parte, en la ribera,
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas que han gloriosamente ardido:
Su cuerpo dejará no su cuidado;

Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.
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