EL HOY, EL MAÑANA Y EL MAL

»Mi Poeta aquí sugerido: Antonio Lloret Bastidas

MI POEMA…de medio pelo Lee otros SONETOS

 

¿Qué sería del mañana sin ayer?
es seguro que el hoy no existiría
ni el futuro también razón tendría
sin madrugada no habría atardecer.

Ni plantas que gestaran al nacer,
ni aun el grito que brota en la garganta
que se apaga como el que al mal espanta
o el zarpazo ordenado a fenecer.

Todo empieza y todo igual termina
pues todo tiene un inicio y un final
Solamente es el mal que al mal culmina,

nunca acaba pues sale de una mina,
que este es su sino, su estado natural
y convierte al humano en una ruina.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Antonio Lloret Bastidas

Antonio Lloret Bastidas

Imagen y memoria de la poesía

Primer acorde – El origen

1
Del girante secreto de tu frente
oh, sustantiva luz, se alzan el Día
y la sagrada Noche, y la ufanía
de la tierra y el mar y la Simiente.

Por ti el claro milagro de la fuente
en un verde de magia y lozanía;
por ti el árbol y el fruto. Poesía.
Del girante secreto de tu frente.

—Seis días en el Génesis ceñida.
Matriz Universal, luz detenida
en el agua, en la hierba, en la serpiente—

La Creación total, tú has modelado
y es bueno en gran manera lo creado
de girante secreto de tu frente!

2
Espada de la luz ya derramada
en el Árbol de Ciencia de la vida;
voz del Edén, presencia convertida
en espada de luz ya derramada.

Gire y vuelve tu lumbre apasionada
sobre el hombre en su tierra dolorida;
haya siempre en tu llama conmovida
el vuelo de tu lumbre apasionada.

Gire y vuelve tu lumbre apasionada
—espada de luz y ala de fuego—
sobre el Séptimo Día y el sosiego.

Sobre todo en mi paz, metal profundo,
poesía, castalia, árbol del mundo.
España de luz ya derramada.

3
Desde el perfil del Génesis tu llama
hasta el cenit de Dios se muere pura;
tu voz de vaticinio y de ternura
por los signos del hombre se proclama.

Con el dolor del hombre te reclama
tu leve pie de eterna arquitectura;
te reclama la música segura
de tu perfil de Génesis y llama.

Canción de las Canciones: Poesía.
Fanal de soledad y de alegría.
Llama de Dios, solemne criatura.

Cantar de los Cantares: Poesía
me hundo en tu mar de Dios y de Armonía
Asido hasta la muerte de tu cintura.

Segundo acorde – La soledad

1
Cuando yo fui rumor, viento sencillo,
indefinido trébol, tierno idioma.
Júbilo y plenitud, salvado aroma.
Ya descubrí tu faz como un anillo.

En mi clima después —cielo amarillo—
Para el duelo del ciervo y la paloma.
Mezcláronse el amor con el aroma
y el aire de mis lutos con tu brillo.

Tu ademán, soledad, guarda mi llanto.
—Trébol que espera su último quebranto—,
desvelado de pie sobre la arena.

Sidérea plenitud, lámpara y arpa,
en tu luz musical tu noche zarpa
hacia el mar absoluto de la pena.

2
Por mi piel sin clamor cruza el gemido
con tu aljaba de flechas clamoroso.
Al par que ciega el viento tempestuoso
el párpado nocturno del olvido.

El párpado nocturno del olvido
que apacienta cenizas, amoroso.
Y este polvo tan duro y tan gozoso
que en mi piel permanece detenido.

Soledad sin cuartel ni flor se nombra.
¡Qué batalla interior la de mi sombra
con la sombra de un huésped desvalido!

Tal los días sin pan del forastero,
así es mi soledad, cuando agorero
por mi piel sin clamor cruza el gemido.

3
Alta rosa plural, temblante hiedra.
Laurel en desamor, sombra advertida,
encendido mural, ala abatida,
en mi memoria estás labrada en piedra.

Soledad, soledad, aire que riega
mi sendero interior, mi sombra amiga,
ojo de mi eternidad, ¡ay lenta espiga,
en mi memoria estás hundida y ciega!

Mediodía tenaz, lengua de fuego.
En mi memoria te alzas como un ruego
temblante, en el agosto de la hiedra.

Soledad maternal, nada te pido
desde esta viva orilla hasta el olvido
si en mi memoria estás labrada en piedra.

Tercer acorde – El amor

1
Y tú, fiesta del cielo, Amor, bandera
de cardinal temblor, corcel del sueño;
tú, del nardo en el cántico risueño
y en la cítara impar de la alta esfera.

Amor, ¡ah tú, florida y dulce espera!
Ámbito del fervor, gallardo empeño;
tú, Amor grato doncel, ardiente dueño
del corazón del mundo en primavera.

Amor, tiempo encendido, ciego arquero,
ilímite pregón del pregonero,
¿quién a tu voz no ha alzado tu bandera?

Yo amanezco en tu luz y te amo tanto,
corcel del cielo, Amor, fiesta del canto,
primavera del mundo, ¡primavera!

2
Tú, en el día inicial. Tú en el temprano
don de la claridad. Tú, el tempranero;
tú, en el huerto cerrado y duradero
y en esa ansia total del beso humano.

Tú, en la cuenca pastora de la mano;
tú, en el Sí de verdad. Tú, el verdadero.
Tú, antes; tú, después. Siempre ligero.
Unas veces distante, otras cercano.

Tú, en el más fino estambre. Tú, en el trino.
Tú, en el gozo nupcial. Tú, en el camino.
Tú, en mis vientos; y tú, en mi regocijo.

Tú, en todo el tiempo, Amor, y en toda cosa.
Tú, en el íntimo encanto de la esposa
y en la ronda ternísima del hijo.

3
Yo abrevé en su lagar. Tuve una estrella:
se llamó Laura-Luz, cielo del talle,
cielo que se hizo miel a que batalle
mi ola, en su espuma de ávida doncella.

Solaz donde yo hundí mi honda querella:
allí estuvo la miel que hallé en su valle;
¡cielo y solaz, qué clima el de su talle
para mi ola, en su espuma de doncella!

¡Qué panal fue su olor como de arcilla,
–también el mar se bate con su orilla
si hay un cuerpo desnudo que destella!–

¡Qué frescura de arcilla le bañaba;
Laura-Luz: se llamó… Bien se miraba
mi ola, en su espuma de ávida doncella.

Cuarto acorde – La tierra

1
¡Oh, patria milenaria de las cumbres
en ebrio memorial de antiguos sismos,
vuelve a tu tempestad y a tus abismos
y a tu maíz de siglos y costumbres.

Vuelve al dios de tus recias muchedumbres,
al compás de tus viejos cataclismos,
al altar de tus piedras y guarismos
y al pastor de tus riscos y techumbres!

Vuelve al indio del chasqui y de la tola
vuelve a sonar tu insomne caracola
en la sangre del quitu y huancavilca.

Y en la noche trajinada entre montañas
y en temporal de rocas y de hazañas
reconstruye tu piedra de Ingapirca.

2
¡Oh, tierra equinoccial, oh verde arriera
de lluvias y jornales! –tarja y cierzo–
¿De qué furor nació tu árbol disperso,
tierra de la semilla jornalera?…

Tierra de la corteza pasajera,
del castigado pan del universo;
tierra del sembrador en surco adverso,
pero tierra de mano jornalera.

¿Dónde no tu sudor, tu pan partido?
¿En dónde no tu rostro malherido?
¿Dónde no tu peón, el desolado?…

¡Sí, por eso nos dueles como extraña.
Pero bien que nacimos de tu entraña
y aquí estamos de pie, tierra, a tu lado!

3
¡Aquí, Patria, la voz que se levanta
del Viejo luchador con su machete;
aquí, la montera; aquí, el jinete
que al paso de la antorcha se adelanta!

Va encendiendo un tumulto en cada planta
la voz del General, cuando acomete;
libertad en cada arma nos promete,
con diaria guerrilla que levanta!

¡Y aquí, Patria, su sangre está en la hoguera,
su doctrina prendida en la bandera
y su nombre de fuego en el disparo;

porque un grito es tu historia, como un cuño,
cuando el pueblo dispara con el puño
este grito tan de hombres: –“¡Viva Alfaro!”

Quinto acorde – El hombre

1
Escrito está mi Diario: ved mis años
sobre la edad que espero y desespero,
torva que agito cuando en ella muero
por ángeles de bruma y desengaños.

Con navajas golpeáronme y con daños,
con cuchillas de cal y grito artero,
y ademanes de duelo mañanero,
grabáronse en el friso de mis años.

Hasta la muerte voy con muerte entera,
desplegando en los hijos la bandera
de mi sangre sedienta y con corolas;

llorando amante de hierro de mis penas,
la víspera mortal de las cadenas
y este amargo perfil de las aureolas.

2
¿Mi padre? ¡Qué estatura! Hoy me ilumina
el buque de altamar de su ceniza;
pero en mi sed tenaz para la brisa
de brazo con mi madre que camina.

En mí están: la sola agua diamantina
y una sola verdad: la que es precisa;
el clamor de mi sangre en mí agoniza
y en mi sol nace en mí, y en mí termina.

Nada pido ni espero. Nada temo.
He quemado mis días y me quemo
dialogando con niños y campanas.

Cuando muera mil veces de esta herida
y retorne en el polen a la vida
encontradme entre hierbas y gencianas!

3
Hoy soy mi propio amigo. Escribo Cielo.
Busco en mi ser la paz. Me basta poco;
acaso el desamor que a veces toco,
tal vez la soledad en que me hilo.

Me basta poco, es cierto: algún desvelo,
una voz, cuando a veces me equivoco,
un retrato de niño en que me evoco,
un libro, el gesto altivo, mi pañuelo.

Busco en mi paz la luz. Mi pan me busco
acaso el desamor un tanto brusco.
Tal vez la soledad que va conmigo.

Como veis, es muy poco, casi nada:
¿para qué buscar más? Ya está alcanzada
la gloria de ser hoy mi propio amigo.

Sexto acorde – La muerte

1
¿Morir? Cómo se muere, siempre a diario:
Se muere en la mirada de un espejo,
por la rosa se muere o su reflejo,
se muerte un poco en todo aniversario.

Se muere en cada signo del horario,
se muere por costumbre de cortejo,
se muere por morir: de niño o viejo,
o se muere a la orilla de un vestuario.

¿Morir? No importa mucho si la muerte
es simple desazón o simple muerte
¡No se sabe morir cuando se quiere!

Morir así es tan fácil, por exceso…
Hay que morir creyendo en el regreso,
porque morir de veras, ¡no se muere!

2
La muerte elemental está en un lazo
de ojos verdes en fuga. Su mirada
va en el aire sonando su mirada…
–La muerte silba un rostro en cada lazo–

silba oscuro el claro y oscuro el lazo
que tiende entre los muertos. Su llamada
va en el agua sonando su llamada…
–La muerte se distiende en cada lazo–

Va en el fuego la muerte y no se quema.
Va en tierra la muerte y reflorece,
va en el fuego sonando su anatema.

Va en la tierra sonando cuando acrece
la muerte elemental… Mi hora suprema
después de este morir: ¡cuando regrese!

3
¡Qué inmenso retornar lleno de júbilo
al alma del Gran-Todo en este instante:
Mirarse en la raíz, ser el radiante
perfume de la tierra en verde fúlgido.

Crecer ente la grama. Ser el súbito
esplendor del rocío delirante.
Caminar otra vez. Estar delante
del ritmo universal, con aire lúcido.

Morir es retornar. Volver al cántico.
Bajar desde la lluvia en vuelo mágico
y encenderse en el rojo de las rosas.

¡Vedme a mí cual ya sol: eterno y férvido,
esplendor sin confín, ala sin término,
cantando, renacido, entre las cosas!

El acorde final – La poesía

1
¡Esta es la Poesía: noble espiga,
la niña de los ojos de la altura,
la manzana de olor de la ternura:
–que quien quiera seguirla, que la siga–!

Poesía caudal, pie sin fatiga,
imagen de la Augusta Criatura,
Memoria terrenal, tierna escritura:
–Que quien quisiera, seguirla ¡que la siga!

¡Esta es la poesía: voz de voces
tierra natal de Dios, coral de dioses
en el olaje rubio de la espiga!

Profunda agua lustral, aire que inflama,
esta es la poesía: mar y llama;
–¡que quien quiera seguirla, que la siga!

2
Semanera del Génesis. Victoria
del Día y de la Noche. Cielo abierto.
Pan del fecundo bien. Color despierto
en la grácil corola transitoria.

Frente al río de tu alma promisoria,
corre unciosa la voz en que me vierto,
y en el múltiple don de tu concierto
se reclina el color de mi memoria.

Al compás clarísimo en que subes
por tu escala de sueños y de nubes,
mi celeste ración se torna escasa;

porque está hecho de sílices sutiles
el secreto cristal de tus perfiles
que en mi herido jornal se inclina y pasa.

3
Este es mi testamento: por el lírico
caudaloso raudal de tu fragancia,
por la música – amor y la distancia
que esparces en el mundo en son davídico.

Por sola – soledad, tu sol magnífico,
por el laúd de eterna resonancia,
por la vuelta del hombre a la sustancia
y al olor de su limo en salmo bíblico.

Este es mi testimonio: por la pródiga
dulce – sed de tu mar, mi sed recóndita,
mi alta – sed por tu imagen dulce y fuerte;

poesía, en tu flor dejé mi pétalo
y en mi canto total se hundió en el piélago
soñando en tu Memoria hasta la muerte!
Primer premio del Ismael Pérez Pazmiño de 1960

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