LOS SIGNOS DEL ZODIACO/

Emma Barrandéguy (poeta sugerido)

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¿Los signos del zodiaco? ¡Que no me chupo el dedo!
Quien quiera a mi engañarme que invente otro sistema.
Que siembran en baldío, que a bobos con el tema,
no creo en las patrañas y no me meten miedo.

¿Los signos del zodiaco? por mucho que me adulen,
que digan que soy guapo, que pronto seré rico,
a mí no me la pegan ni aun bailen un zorcico,
que insistan y pregonen, y así que me vapulen.

Profetas y adivinos, nadie me da lecciones.
Que nadie se confunda, no soy esa vecina
que goza con los chismes beldando en sus balcones.

Augures y profetas, videntes, nigromantes,
que anuncian el futuro, pues nadie lo adivina.
¡Malditos vaticinios, malvados los farsantes!
©donaciano bueno

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Emma Barrandéguy

El apaciguamiento de las cosas

Todo está en calma.
Doy una última mirada al cuarto:
si muriera esta noche
mínimas serían las dificultades que siguieran.
No hay nadie ya despierto
y he concluido la última anotación
de lo que haré mañana.
Todo está encarpetado,
no hay ningún ángulo que sobresalga.
Casi no hay objetos redondos.
Los piolines en su sitio
y los suicidas sonriendo tras los vidrios.
Este poema es lo único que da
la clave de la madeja:
‘Los monstruos, bien peinados, por dentro’.

Desconozco tu mano

Desconozco tu mano que se agita
hacia una orilla donde no me encuentro.

Veo el asombro con que te interrogas
buscando las señales de la dicha.

Y conozco el sabor de tus palabras:
‘Nada hay desesperado ni furioso’.

Sólo un dejarse acompañar que acepta
que haya mareas que nos solicitan.

Y saber que ni al filo de la rama
nos ha de desprender la misma brisa.

Verbos y preposiciones

Hasta el hueco del cuello y la clavícula,
hasta sentir las manos por las sienes,
hasta el color de las calcomanías
repatriarse.
Hasta acceder al gesto que nos llama
sin anhelo, fatiga ni malicia,
hacia el minuto que no habita nadie,
encaminarse.

La foto

Esa soy yo:
una mujer gastada y melancólica
con la mirada
que arranca de una infancia razonable
y una cabeza peinada
como corresponde
a una señora de tantos años.
Procuro que las canas
tengan su orden natural
que tranquiliza a los que miran,
aunque yo casi estoy segura,
después de todo,
que moriré sin haber sentado cabeza.

Planta

A través de decenios, de patios,
trasplantes, mudanzas, basuras,
desdenes, colillas y helechos
vuelve a florecer el lirio atigrado
de noviembre,
traído por tus manos
a los canteros de mi adolescencia.
Miro sin asombro el milagro.
Envejezco,
rabiosa de vida, como el lirio.

Siempre sorprende
la repetición de los gestos
al bañarse,
al doblar la ropa
y guardarla en los roperos.
Los años me han enseñado
el ahorro de energías
y la precisión.
Y hasta a mirarse en los espejos
con la ceguera necesaria.
Sabemos que hay siempre una frase
que nos espera.
Y el beneficio de la lluvia.
Y hasta la sonrisa
ha encontrado su medida justa
y el domingo la dimensión doméstica adecuada.
Pero hay cosas que todavía nos indignan.
Y todavía
la mentira presurosa
viene en ayuda de un amor imposible.

Refrán

Porque has dicho:
‘El que mucho abarca poco aprieta’.
¿Aprieta qué?
Aprieta el acopio de las cosas.
Quisiera en cambio no poseer nada
más allá del secreto silencioso de las lámparas.
Aprieta tú en tu mano
aquello que adquiriste.
Aprieta lo especial, lo que autoriza,
aprieta tú el sumario
y déjame abarcar la nube,
la rama, el rumor de los cables,
el vuelo, el mar,
la receta del bizcochuelo,
los bolsillos del niño
y también el cobro de la quincena.
Déjame abarcarlo todo
y no retener nada
ya que debo irme con las manos vacías
como vine.
Te dejo medir el gesto que conviene,
acumular los recibos y las planillas.
Me encontrarás en el frigorífico,
en la simetría de las plumas,
en la cantera, en el motor, en el basket,
en la exposición de grabados,
en la charla con el guarda,
en el derrumbe de las jerarquías
o mirando el cielo de noviembre
cuando es de día a la salida de la oficina.
Mi respuesta tiene la única vulgar certeza:
dentro de cincuenta años,
todos los de mi edad estaremos muertos.
Y tu cargo será ocupado por otro.
Déjame pues.
Mientras,
déjame terminar de leerlo.
Para ir abarcándolo todo
para ir cada día apretando en mis manos menos cosas.

Déjenme ser una hoja de árbol…

‘Déjenme ser una hoja de árbol,
acariciada por
la brisa’
La última hoja amarilla
de los fresnos,
del ceibo, de la glicina blanca.
Soy.
Ya culmina el otoño
entre nosotros.
Las hojas esperan en la vereda
El agua que las empape y las ensucie.
El árbol, libre de ellas,
al fin puede conversar con la luna
que asoma brillante y sensual
por el este de la noche
que silba entre las ramas.

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