YO CUENTO MIS HISTORIAS/

Ricardo Prieto (poeta sugerido)

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Yo cuento mis historias como el cantor que canta
sus logros, sus temores, y expande sus miserias
y siente aunque no quiera que un nudo en la garganta
cual coagulo mental le ataca a sus arterias.

Yo cuento aunque no quiera la vida como pasa
y siento un estertor cuando en la tierra piso
e intento aunque no pueda tomar la vida a guasa
sabiendo que el vivir la vida es un inciso.

Y pienso un pasatiempo resulta el escribir
para el que quiera oír aquello que hoy presiento
aun cuando algunas veces no quiera eso decir.

Y no quiero insistir que el mío es un lamento
un hábito cruento al que hay que desvestir
volviéndole a vestir tal cual se escribe un cuento.
©donaciano bueno

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En mi caso, a veces pienso en una idea y comienzo a escribir lo que se me ocurre en torno a ella, y a medida que avanzo ésta se va desviando por otros derroteros que nunca yo hubiera previsto.

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Ricardo Prieto

Poemas franceses

XIV

El aire pesa, es sombrío.
París en verano, la luz de Francia
envuelve el tiempo.
Interminable hilera de muertos
pasan, claman ante mí
que estoy, inofensivamente,
tomando un café frente a la Concergierie.
Desciende Marie Antoinette erguida,
silente, marmórea.
Va en carreta hacia la muerte.
Proust pasa en un carruaje
escudriñando el ser de las cosas.
Canta el aire, la luz canta.
Son sombríos
-a pesar de la luz-
la piedra, las tejas, la suave
brisa del atardecer.
¿Dónde están los muertos,
los reyes, los duques, las condesas?
¿Dantón y Robespierre?
¿Napoleón y Ana de Noaïlles?
Tumba tras tumba magnificada
he visto aquí.
En París, en Versailles, en Nantes.
Inútil afán de perdurar en los mausoleos.
Polvo al polvo, Ana de Bretagne.
Y también Sophie, cocinera de Flaubert.
Quedan, inmóviles, la piedra
y el dolor cristalizado.
Busqué a Sartre en el café de Flore
y me dijeron que ya no puede ir.
Muerto.
Y a Juliette Grecco no se la ve
Por Saint Germain de Pres.
¿Seguirá amando los pequeños cafés,
los sombríos edificios ancianos,
el petit café servido con tierna prisa
por los oficiantes del quartier de los poetas?
¿O habrá muerto ese amor también?
Muerte incesante.
Todo es frágil, ínfimo, casi inútil.
Sin embargo, la muerte no pesa tanto aquí.
Es más liviana, quizá.
Sobrevive el aire.
Fructifica en él un latido,
Un soplo incesante:
El viejo dolor.

Piel derramada

a Miguel Ángel Prieto

Julio horrible.
Se nos vino la muerte
sin golpear,
sin pedirnos.
Se nos cayó el reposo
y el viento humedecido
también nos vio morir.
Se fue el hermano oscuro
por el ardor, con miedo,
temblando, se fue.
Julio horrible.
Se nos vino la muerte.
La vida se murió.

II
Te he perdido.
Desde la oscura noche del nacer
te he perdido
a ti que amé más que a Dios sin saberlo,
más que todo,
a ti,
pórtico del deseo por el que entré
sin que huyeras
para quedarme siempre allí.

III
Miguel Ángel, niño oscuro,
ven hacia la tierra donde anclamos
madre y yo
con la bandera del amor a medio flamear
haciendo tristes señas.

IV
Tú y yo estamos mirando
la oscurecida harina del mar,
madre nos toca
arranca el sol de nuestros hombros.
Tú y yo niños sentimos
su pesarosa mano secando el resplandor.
Tú corres,
yo me inclino,
tú me llamas,
yo acudo,
y allí juntos –de piel-,
de otra harina
-de miedo-,
se disemina en mí tu temblor,
mi temblor te escudriña.

Hermano,
hermano mío,
marchando solo ahora
hacia la inmensa playa
donde nunca estuvimos.
Hermano,
hermano mío,
riego de todo el llanto,
blanco,
oscuro,
pesando de amor,
cayendo en nuestro nombre.

V
Aquí, Montevideo. La pensada muerte
vino a esquilmar mi casa otra vez.
Paredes saltaron, cuchillos.
Pero yo,
madre también,
olemos tu piel derramada,
oímos el viento, sabemos que ollas, manos, pesares,
recodos de los tréboles,
y el pasto mojado de rocío,
y la noche misma, vaciada,
y las lámparas, colchas, roperos,
todo inmenso se torna,
infértil
cae.
como madre,
como yo mismo,
como tú ausente
en inmóvil terror.

VI
Tuyo era el pan,
y el rocío blanco
se empecinó en verte partir.
Las tumbas se abrieron
para que entráramos contigo,
y en mi mano llevé tu peso,
y en mi mano te contuve
como nunca,
a ti.

Pero ahora comienza el páramo.
Hosca la tierra nos margina
y el día nos pide tus ojos,
el ramo fúnebre,
tu piel.

Se ha derramado el cántaro
y hemos caído,
nosotros en la muerte incesante,
tú en la boca blanca de Dios.

Piel derramada sobre el arca de julio
se llevó nuestras flores,
el perdón del verano
y la luna.

Hemos quedado debajo del mundo
todos nosotros,
aquí.

el jardín secreto

– I –
presentido arenal donde escuchan mi canto
allí sobre el confín se vuelve azul la pena
y el dormido jazmín resurge con mi estirpe
porque soy el guardián de su ardimiento inmenso

– II –
encima de mi casa han colocado un pino
lo trajo un cuervo herido que voló en una cruz
sus ramas son de olivo su tronco de cristales
sus filamentos arden como el yugo que amé
encima de mi casa han colocado un ave
de su verdoso pico vi caer el maíz

– III –
apuro de salir a la mañana quieta
(atrapada en su hoyo aguarda allí al que sale)
apuro de rodar por las calles caídas
(solas en su aflicción apuestan por la tarde)

– IV –

horas que en el verano parecen arrastrarse como hormigas
las camas solitarias se caen sin sus colchas
y se aburre el jabón la silla azul la pena misma
pide en calma morir porque todo la harta
el ropero en su cruz clama por la intemperie
y el óbolo del pan se resiste en las bocas
el plumero el arcón la ventana las ollas
quieren dejar de ser piden tregua me miran

– IV –
a/

– V –
hijo de leñador subí por la montaña
era mi padre el rey de la savia purísima
era mi madre verde y enredadas pelambres
le tapaban la voz cuando amaba llamarme
hijo de leñador por la extraviada altura
de un país sin color donde nunca me vieron

– VI –
el mundo está marchando por universo ciego
por caminos de espinas suele pasear la luna
hay un hombre que aguarda entre seis mil planetas
una mano de carne que lo ayude a volar

– VII –
rojo el nacer
blanco el morir
la condena blanca
el sangriento don

rojo el nacer
blanco el morir
se parece a todo
me recuerda a dios

– VIII –
paren tristes las hostias a los hijos de otros mundos
y el carbón con temblor se yergue si lo miran
este es el tiempo y yo contemplo el pegamento
el almizcle el ardor en que se funde todo
el que quiere nacer que recuerde este día
ayer por el camino vi morirse a la espuma
y allí donde pensé donde vi donde estuve
el manto del perdón no quiso abrirse nunca
el que pide nacer que recuerde ese día
parece triste todo lo que se mueve
y triste quiere el mar mezclarse con la tierra
y triste vi el nacer y el morir y el quedarse

– IX –
hoy vi un niño siguiendo a una paloma
eran miles y sólo quería aquella
la cazó y la escondió entre los telares
de sus manos curtidas por mis alas
hoy vi un niño deseando a una paloma

– X –
vino virgilio por el jardín secreto
trajo para el festín la puerta de su noche
y el confín al que quiso llevarme
fue el remoto lugar donde estuve otro día

vino virgilio por circulares mármoles
frente al viejo portón tuve que despedirlo
tuve que darle manos temblando sin las llaves

– XI –
y por el ruido voy y por el humo
por el andén que conduce a tantas muertes
por la ciudad que se olvida de todo
por tanta ruina y tanta pérdida
por el misterio de que me lleven
y de que a veces me acompañen
y de que siempre me pidan cuentas

– XII –
abeja del polen puesto como un huevo
se enraizó en la greda del calvo santuario
que un árbol sin bosque le dio

– XIII –
aprisa va la marejada del ser
por el oscuro mundo más oscuro que la muerte
será por eso que le pedimos a los ángeles
socorro y despertar sobre cama eterna
pan menos breve y ver el rostro de dios.

el madero

– I –
se fue la tarde
se fue la sucia arena que el sol reparte
se fueron las precarias dádivas
las inertes hostias
se fue todo
hacia la noche
hacia el oscuro huevo
cerrado bajo el cielo

– II –
y hay lluvia
sucia
mortal
sobre la tierra

y estoy yo
los que me aman
subidos al madero
más allá del naufragio

– III –
pero tiniebla no es pez
ni el mar encubre ciénagas
más hondas
que el día extraño
donde un pie
se yergue oscuro
como rastro de un dios

– IV –
y el río
la ciudad muerta
mi casa
mi desahuciado nombre
los roperos
la noche
la distancia que hay
entre la aurora
y el muerto último
no tienen tregua
nada se apiada de sí mismo
todo acontece como un milagro
sin culpa
sin aparente ley

– V –
pero está escrita
la ley del clavo
del pan primero
de la astilla
la ley del pene erguido
y del óvulo
la transparente ley del amor
superviviente
aterrador

– VI –
y detrás
encima
debajo
delante
la ley de la existencia
que trama delirante

todo quiere nacer

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