UNA OVEJA EN UNA PLAZA DE TOROS/

Ignacio Montes de Oca y Obregón (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Asisto aquí impertérrito a mi muerte
lo mismo que hace el toro que en la plaza
espera del torero no dé caza
y pueda celebrar su buena suerte.

Encima de mi carne atormentada
presiento ya el crujir de banderillas
dejándole a este leño ya hecho astillas
dispuesta a sucumbir a la estocada.

Después vendrá otro a dar la vuelta al ruedo
mostrando por trofeo las orejas,
copiando así el balar de las ovejas

lo mismo que hice yo, que otro borrego,
anduvo presumido bajo rejas
debiendo de engullirse sus lentejas.

©donaciano bueno.

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POETA SUGERIDO: Ignacio Montes de Oca y Obregón

Ignacio Montes de Oca y Obregón

Al Sol

¡Oh Sol! Yo amé tu luz, yo amé tu fuego.
Acarició en los trópicos mi frente
tu roja lumbre, para mí clemente,
y bienestar me dio, paz y sosiego.

Hoy tus favores a pedir me niego,
mi helado tronco tu calor no siente,
tu rayo ofusca mi ojo deficiente…
¡Inicuo Sol, me estás dejando ciego!

¿Acaso te ofendí, porque tus galas
y tu fulgor troqué por el estudio
al brillo de la lámpara de Palas?

¿O porque de la Luna enamorado,
a sus destellos pálidos, preludio
los cánticos que tú me has inspirado?

Inpandro Acaico

Triste, mendigo, ciego cual Hornero,
Ipandro a su montaña se retira,
sin más tesoro que su vieja lira,
ni báculo mejor que el de romero.

Los altos juicios del Señor venero,
y al que me despojó vuelvo sin ira
de mi mantel pidiéndole una tira,
y un grano del que ha sido mi granero.

¿A qué mirar con fútiles enojos
a quien no puede hacer ni bien ni daño,
sentado entre sus áridos rastrojos,

y sólo quiere en su octagésimo año,
antes que acaben de cegar sus ojos
morir apacentando su rebaño?

PRIMERA ODA OLÍMPICA

A GERÓN , REY DE SIRACUSA ,
VENCEDOR EN LAS CARRERAS DE CABALLOS.

Nada hay mejor que el agua: brilla el oro
Como luciente llama en noche oscura
Entre las joyas de real tesoro.

¿No ves ¡oh Musa! en la celeste altura
Que en medio al solitario firmamento
Ninguna estrella como el sol fulgura?

Si celebrar victorias es tu intento,
A la Olímpica lid lleva tu lira;
Que otra no habrá más digna de tu acento.

Ella a los vates el cantar inspira
Del Tonante en honor; con que resuena
La augusta casa do Gerón respira;

Rey que a Sicilia (de ganados llena)
Mientras la flor de las virtudes liba,
Con cetro bienhechor rige y ordena.

La música dulcísima cultiva,
Y, brillante cantor, el arpa hiere
Con que el poeta en el festín cautiva.—

Descuelga ya del clavo que la adhiere
A la pared, la cítara de Doria
¡Oh Musa! si cantar tu numen quiere

Del Alfeo y Ferénico la gloria.
¡Noble bridón! corrió sin acicate
Y a los brazos llevó de la victoria

A su dueño, de Pisa en el combate.
¡Ah! Con razón del Rey siracusano.
Sus corceles al ver, el pecho late.

Su fama admira el pueblo fuerte y sana
Que Pélope de Lidia condujera;
A quien amó Neptuno soberano,

Después que en la purísima caldera
Volvió á formar su cuerpo Cloto santa
Y el hombro de marfil le dio hechicera.

Mil maravillas hay; y al hombre encanta
Fábula que de bella se gloría,
Más que verdad cuya crudeza espanta.

Tal hermosura da la Poesía
Y tanta autoridad, que hace creíble
Lo que antes imposible parecía.

Mas la posteridad es infalible
Juez. Hable de los Númenes el sabio
Sin proferir jamás calumnia horrible.

¡Hijo insigne de Tántalo! el agravio
De repetir antiguas falsedades,
No te hará, no, mi reverente labio.

Cuando, correspondiendo a sus bondades
En Sípilo a banquete sin mancilla
Convidó tu buen padre a las Deidades,

El dios, cuyo tridente al ponto humilla,
Sobre sus yeguas de oro, enamorado,
Te trasportó de Olimpo a la alta silla,

Do el tierno Ganimedes fue llevado
Por el águila, el néctar delicioso
A propinar a Jove destinado.

Buscábante con rostro congojoso
Tu madre y sus amigos por doquiera;
Mas todo en vano. Entonces envidioso

Vecino, murmuró que en la caldera
Hecho pedazos mil, en agua hirviente
Tu cuerpo sumergió venganza fiera,

Y tus miembros, en mesa irreverente
Colocaron los Dioses, su apetito
E n ti cebando con horrible diente.

Yo blasfemias tamañas no repito.
¿Cómo acusar a un dios de intemperancia?
Es el murmurador siempre maldito.

Si algún mortal se vio desde la infancia
Colmado de riquezas y de honores,
Por los que habitan la celeste estancia,

Ese Tántalo fue; mas de favores
Gozar no supo su soberbia loca,
A sus débiles fuerzas superiores;

Y sobre su cabeza enorme roca
Suspende Jove: aterrador castigo
Que a una inquietud eterna lo provoca .

Y esta vida sin techo y sin abrigo,
De la sed y del hambre los tormentos,
Y de insomnio sin fin, lleva consigo.

El néctar y ambrosía tuvo alientos.
De robar a los Dioses inmortales,
Y dar como vulgares alimentos

En eterno festín, a sus iguales,
Los que inmortal lo hicieron. ¡Loca empresa!
¿Qué se oculta a los ojos celestiales?

Por crimen tal lo arrojan de su mesa
Sus divos padres; y sobre él de muerte
La sentencia común, de nuevo pesa.—

Su juvenil mejilla apenas vierte
La flor del primer bozo, cuando ansía
A gloriosa doncella unir su suerte;

Mas antes de pedir a Hipodamía
Al Príncipe de Pisa, a la ribera
Del mar, va solitario en noche umbría;

Y al que en el ponto bramador impera
Con el áureo Tridente, el joven llama;
Y el Numen de las aguas salta fuera.

«¡Neptuno (dice), si de Venus ama
Tu ardiente pecho los preciosos dones,
Hoy tus favores sobre mí derrama!

»Ya de Enomao, trece corazones
La lanza atravesó; de su hija el lecho
Negando a los espléndidos varones.

»Su férrea punta aparta de mi pecho;
Y a Elis volando en rápida cuadriga,
A la victoria llévame derecho.

«Aborrece el peligro y la fatiga
Imbele corazón; mas el valiente
Que de morir la certidumbre abriga,

»¿Cómo será posible que indolente,
Sin gloria y sin honor, vejez oscura
En paz inútil a aguardar se siente?

»De la victoria pende mi ventura,
Y emprenderé la lid: a mis afanes
El anhelado triunfo tú asegura. »

Dijo: y no fueron súplicas inanes.
Neptuno lo agració con carro de oro
Y alados incansables alazanes.

Ganó a Enomao el virginal tesoro,
Que seis héroes le dio, de las fulgentes
Virtudes, gratos al celeste coro.

Y hoy día, a funerales esplendentes
Cabe su altar y túmulo, a la orilla
Concurren del Alfeo extrañas gentes.

De Pélope la prez de lejos brilla
En la Olímpica lid, de ligereza
Y de atléticas fuerzas maravilla.

¡Dichoso aquel que ciñe su cabeza
Con el lauro del triunfo! De dulzura
Vida eterna, y de paz, para él empieza.

Place al mortal felicidad que dura
Más que otro galardón. Al caballero
Cuyo bridón cual vencedor figura,

Con eólicos himnos tejer quiero
Corona triunfal. De altos loores
Otro más digno señalar no espero.

¿Quién de los más esplendidos señores
Los corceles como él doma robusto,
O conoce del arte los primores?

Tu numen protector, ¡Gerón augusto!
Con tal afán sobre tu gloria vela,
Que ordena los sucesos a tu gusto.

Que presto entonaré, tu ardor revela,
Himno más dulce a tu veloz cuadriga,
Si no te deja su eficaz tutela.

De Cronio la región, que el sol abriga,
Palabras me dará: flecha volante
Me guarda en su carcaj la musa amiga.

Es de mil modos el mortal brillante:
La regia dignidad es la suprema;
No aspires a pasar más adelante.

Conserva hasta la muerte la diadema:
Cual la presente, espléndidas victorias
A mis cánticos den sublime tema,

Y admire Grecia por doquier mis glorias.

INÉS A SU AMANTE

¡Apártate veloz de mi camino,
Manjar de muerte! que amador más bello
Con margaritas circundó mi cuello
Y há (*) tiempo en mis afectos te previno.

Con diadema de piedras y oro fino
Grato ciñó mi virginal cabello:
Marcó mi frente con eterno sello
A su amor enlazando mi destino.

Puso en mi dedo anillo relumbrante
Que fiel ostento; y túnica preciosa
De plata me donó, pura y brillante.

De amor por Él mi corazón rebosa:
¡Léjos (*)de mí! De tan glorioso amante
La prometida soy y casta esposa.
(*) Usamos la ortografía del libro original.

INÉS AL PREFECTO

Buscas en balde en la Romana Corte
Al rico Esposo cuyo amor me llaga;
Que ni fasto imperial mi pecho halaga,
Ni me deslumbra terrenal consorte.

En vano ¡oh Juez! tu arrebatado porte
Con degradarme ante mi Bien me amaga;
Porque doquiera Su dulzor me embriaga,
Y es mi dueño doquier, mi escudo y norte.

Admiran Sol y Luna la hermosura
Del augusto Señor, en quien coloco
Mi esperanza, mi gloria, mi ventura.

A Cristo reverencio, á Cristo invoco:
Yo lo amo, y al amarlo soy más pura:
Me abraza, y limpia soy cuando lo toco.

INÉS EN EL LUPANAR

Arrastran á la tórtola inocente
Al torpe lupanar; y entre la ruda
Romana soldadesca, va desnuda
Con ojos bajos y tranquila frente.

Mas nadie puede su mirada ardiente
En la virgen cebar; porque la escuda
Del Angel tutelar la espada aguda,
Y á su esposa el Señor viste clemente.

Y desde el hombro hasta la breve planta
Baja veloz la densa cabellera,
Y cubre la beldad que á Roma encanta.

Y en vez de los deleites de Citera,
Halla el procaz que osado se adelanta
Sempiterno baldón y muerte fiera.

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