ben clark (poeta sugerido)

CALIDOSCOPIO/Donaciano

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Detrás de la mirilla veo espejos
que observan fijamente a todos lados,
la giro y aparecen mil reflejos,
se acercan, visualizan desde lejos
simulan ser trucados.

La vida es un espejo de cristal
allí el calidoscopio toma planos,
a veces más humanos, más lejanos,
cual traveling que se hace al carnaval
pintado en cien mil granos.

No mires, no lo dudes, lo que ves
dista mucho de ser lo que parece,
ni hay halagos tal vez que se merece,
no hagas caso, no mires del revés
que allí todo oscurece.

Haz del tiempo lo que es un pasatiempo,
no dejes que te hechicen los colores,
que algunos andan faltos de rubores
frecuente es se presenten a destiempo
y obras no son amores.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: ben clark

ben clark

Premio Ojo Crítico de RNE de Poesía

Hola de la bonanza

“Hijos de la bonanza” nos llamaban:
los que no conocieron ni la hambruna
ni las agudas larvas de estridencia
chillando en el oído por las bombas.

Y cuando nuestras piernas, tan delgadas,
Caían y sangraban porque el parque
era de un hormigón armado y frío,
se quedaban callados, observando

Nuestro llanto con un gesto de sorna.
Debíamos vivir y dar las gracias
por la ocre rozadura en la garganta
Que provocaba el aire al refugiarse.

Agradecer las flechas de las nubes.
y que un fango lechoso a nuestros pies
–En un último gesto agonizante–
Le mordiera las botas al progreso.

¿Y cómo agradecerles la alegría?
La risa provocada por los hombres.
inocentes del mar
cuando se encaminaban hacia el río

Disponer de un bañarse entre excrementos.
También estaba el tedio
de tener que explicarles a los niños
palabras como pueblo indio, oso

Pardo, ballena azul o lince ibérico.
Pero esto eran minucias, sacrificios.
en nada comparables al sufrido
por aquellos que ahora nos decían

“Hijos de nuestra sangre”, tan severos.
Aunque, a veces, es cierto, no era fácil,
Simplemente intentamos ir viviendo.
Haciendo caso omiso a los escrúpulos,

al vacío que moraba en nosotros,
hijos de la bonanza;
los hijos de los hijos de la ira
Herederos de todos los despojos.

CERES

Admiro a los amigos que hacen pan
y los cuido y protejo con conjuros
inventados, escribo
poemas en su honor y, si se mudan,
vendo mi biblioteca y doblo mal
la ropa y la introduzco
en bolsas de basura y voy con ellos,
a su barrio, a su calle,
a su mismo edificio si es posible,
y así me dan el pan, el pan que han hecho
esta mañana, anoche, ayer, no importa,
tierno siempre, caliente aunque esté frío.
El pan. Y mis amigos me comprenden
y no se espantan, saben que no sé,
que no puedo, que nada
me gustaría más que no tener
que molestarlos siempre con el mismo
cuento; el pan, vuestro pan, me da la vida,
hace que me arrepienta y que me alegre
a la vez del tratado que firmamos
mucho antes de nacer: habrá personas
fecundas que harán pan, que enseñarán
a sus hijos el truco y que no tienen
a cambio que hacer nada.

Y habrá personas huecas como yo,
hijos sin hijos, nombres moribundos,
que a cambio de una pizca de ese amor
tendrán que proteger a los que saben,
cuidarlos siempre, amar a los que saben
y no pedirles nunca lo que es suyo
y agradecer las migas cuando falte
el pan, y ser amigo cuando no
haya nada de nada y sólo queden
palabras sobre el pan, y si eso ocurre
ser abrazo de roca y ser su barca,
porque esa es su tarea, la tarea
de un hombre que no puede y que no sabe,
pero que ama y comprende los milagros.

POKER FACE

Oh, oh, oh, oh, oh, oh-oh-e-oh-oh-oh
LADY GAGA

Habla con niños que no existirán.
Pasea por la orilla de los ríos cantando
canciones pegadizas de adolescentes yanquis
y luego vuelve a casa, donde escribe poemas
de amor con versos clásicos y nunca
menciona las canciones ni a los niños
intangibles. Escribe sobre cosas amables
y se pregunta, a veces, si acaso lo peor
que te puede pasar
es morir solo.

Omenage a la geografía

Recuerdo una discusión feroz
en clase de geografía. El profesor
nos había dicho que el número
de paralelos y meridianos era infinito.
Imposible, gritábamos.
Imposible.
Nosotros éramos apenas unos niños que,
como todos los niños, veníamos de la muerte
y la conocíamos bien. Nosotros
éramos apenas unos niños
frente a un profesor de geografía,
apóstatas de la infinitud frente a un hombre
que ya transpira,
que se enrojece,
que ya parte la segunda tiza por la mitad
mientras berrea sobre la necesidad de que entendamos
la incuestionable infinitud de unas líneas invisibles.
Algunos creyeron comprenderlo y abandonaron
las canicas para siempre.
Vagaban como celadores por los pasillos
durante el recreo; calculando y comentando
la cantidad de paralelos y meridianos
que les perforaban en cada instante.
Los Sansebastianes los llamábamos,
víctimas de aquel Diocleciano geográfico y pervertido,
fiel servidor del dios Azimut.
Si bien la comprensión del fenómeno condujo
a los Sansebastianes directamente al funcionariado,
la sospecha de que aquello pudiera ser cierto
también causó estragos entre aquel deleble puñado
de futuro que constituía 3º B: algunos
–la mayoría– abandonaron la literatura para siempre,
otros se aferraron a ella como balseros con tisis.
Los que pertenecíamos al segundo grupo
debíamos sufrir una condena que iba más allá
de un suspenso en materia de geografía. Sería
imprescindible mantenerse en movimiento,
recorrer cada escorzo del mundo y huir
de la inmisericorde mirada de Greenwich.
La lectura paliaba el miedo.
Despistábamos las latitudes recorriendo
páginas sin descanso.
“Lo que el escritor ha unido
que no lo separe el hombre”,
nos había dicho el profesor de literatura,
pero nunca supimos bien
a qué se refería.
Puede que no significara nada,
del mismo modo que el empeño vacuo
del geógrafo proselitista tampoco tenía
que habernos afectado del modo en que lo hizo.
Pero las cosas son así. Tenemos
la cabeza tatuada con las máximas
herméticas de uno, con las cifras incontestables
del otro.
Recorremos el mundo cada vez en un sentido
diferente y leemos,
sobre todas las cosas,
leemos
para olvidar,
para ser veloces,
para que no
nos puedan definir las coordenadas

Revolución

Contra todo florecen los almendros.
Protesta radical e inquebrantable.
Este siglo veloz sin concesiones
ya no tiene un talón
visible; más que un ojo tiene mil
y no hay David que pueda ya vencerlo.
Escasean los héroes
en esta era de plasma
y, con todo, florecen los almendros.
Creer en el amor tampoco sirve
–contra el amor las flores han marchado–,
de amor están repletas las cunetas;
entre los vivos sólo
persiste el verde amor por el dinero.
Mienten las dependientas el catorce
y por eso florecen los almendros.
Por el sapo dorado, el tigre persa,
por el león del cabo y el dodo,
el pingüino gigante,
el águila de Haast y el tilacín,
la paloma viajera, el pájaro carpintero
Imperial, por el ciervo de Schomburgk
llevan su luto blanco los almendros.
Porque hoy en día existen los esclavos
–las flores lo repiten: ¡hay esclavos!–
y lugares oscuros
y cárceles sin nombre
donde la vida es sólo un agujero.
Con la voz de los mudos se resisten
a callar los almendros.
Hay un dolor oculto en primavera,
nada sabe del hombre, de su historia
de guerras y desastres,
también este dolor es algo hermoso,
hermoso, ambiguo y brevemente eterno;
es la pena inefable
que hace estallar de amor a los almendros.
En este florecer tan subversivo
se han ido las pasiones de otros años,
se ha ido la esperanza
con la escarcha de enero y con el agua
que tímido se adentra en un febrero
que es testigo del cambio y del combate:
contra todo florecen los almendros.

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