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1º DE BULOS Y MENTIRAS (mi poema)

2º El poeta sugerido: ''Julieta Marchant''

MI POEMA…de medio pelo

 

Mentiras, son mentiras, que este mundo
plagado está de bulos y mentiras,
pues dicen que es perfecto y es inmundo,
nos vamos consumiendo en unas iras.

Nos dicen, nos engañan y creemos
venimos a cumplir una misión
haciéndonos amar lo que no vemos,
cuidando no salirnos del renglón.

Buscando de encontrar un aliciente,
asidos con las manos a unos hierros,
sembrando de los hijos la simiente
que sirvan del futuro testaferros.

Y un día, cuando nadie se lo espera,
la trama de esta historia echa el telón,
empieza otra función que es la repera,
y empieza ya a escribirse otro guión.
©donaciano bueno.

Las #mentiras se conocen, lo contrario a las #verdades? Clic para tuitear
MI POETA SUGERIDO: Julieta Marchant

Julieta Marchant

Una imagen: mi abuela recogiendo castañas.

Un tiempo inalcanzable
o el espacio que prolonga una ínfima constelación.
Aguardo palabras mientras afuera acontece lo infinito:
él agacha la cabeza frente a una vitrina que le devuelve su reflejo
una mujer se acerca a su hija para estirar la costura de su falda
llueve y sin embargo nadie se levanta de las sillas
él enfoca la cámara esperando que no posen
–una escena espontánea para la posteridad–
qué escena podría serlo se pregunta y dice miren
justo cuando la pequeña del rincón se arregla el pelo.
Mi cabeza se puebla y se vacía, la mano empuja.
Cierra la puerta y concluye la imagen
pero el ruido de su nombre continúa escarbando.
No lamentamos despedirnos
sino saber que por mucho que construyamos
la lluvia seguirá existiendo
y sin embargo
nadie se levanta.
Dije basta y mi eco encontró refugio
en la amplitud de esa palabra.
Mientras escribo ella toca piano con los ojos cerrados
usa audífonos para no molestar
y el movimiento de su pie sobre el pedal
me incita a adivinar un cierto ritmo.
En el relato gira la música.
Tu cuento es incomprensible, le dice
y él explica que intenta retratar el mundo
a través de la experiencia de un árbol.
El profesor sale y vuelve con la hoja de un gomero
y pregunta ¿qué ves?
Nadie entiende
y sin embargo
no nos paramos de las sillas.
Qué sopesa este poema, cuál será su alcance.
Una voz o un murmullo, nunca supe la diferencia.
Qué tendrá que ver un gomero
una imagen
que no podremos entender aunque siga merodeando.
La memoria y su camino
quiero decir su torpeza, sus brazos largos.
Una idea básica: voy detrás de mi abuela
le ofrezco cargar las castañas.
Una pregunta elemental: cómo sostener ese canasto siendo yo tan pequeña.
Mira la tierra húmeda, quisiera hundir mi cuerpo ahí, dijo.
No vi tierra, sino un mar de hojas secas
sus crujidos al caminar acomodándose estaban
recuerdo lo frágil
quisiera hundir mi cuerpo
concluir.
Arrimarse a las lagunas que habitan las palabras
o dejarse tocar por ese espacio que una vocal deja intocable.
La pregunta didáctica: ¿qué es un poema?
¿Por qué usted habla de sí mismo en tercera persona?
Una distancia entre lo que pensé y lo que dije, nada medible por cierto.
Las hojas sometidas a mecerse
una se enreda en la dureza de una rama, se desprende y cae.
Mira cómo baja, apuntó con el índice
girando lento, el viento sostiene –aguanta–
y seguía apuntando
mi abuela
que se hundió en la tierra húmeda.
No estaba yo para contar esa historia, aunque estoy para escribirla.
Mi madre lanzó la bicicleta en medio del camino
corrió hacia el lado opuesto, se detuvo jadeando y lloró a gritos.
Fijo en el papel un relato, disimulo sus olvidos
estampo una cierta inmovilidad.
En el poema lo accidental
la primera escena que me arrebató un silencio involuntario:
solo queda soportar la contemplación
de unas manos intentando soltarse de unas manos muertas
–los dedos de mi madre son extremadamente largos–.
Llueve y los turistas con sus gorros de paja simulan que no llueve
me sumerjo en el mar
atrás
donde no podría obviar el agua
¿y si de pronto me abandono?
(nadie se levantaría de sus sillas).
El nombre aprieta, mi madre aprieta, mi abuela aprieta
un puñado de castañas
las curvas de sus manos se endurecen
y de pronto ya no están.
Desplazar el nombre, abandonarse en el área muda de la lengua
conservar lo que raspa bajo las palabras.
Siempre tuvo que ver con eso
para mí
el desgarro de lo simple.
Prometerse alivio a la sombra de un ciruelo
un beso discreto como si la cercanía rajara(adentro es posible desaparecer).
Jurar lo que seremos incapaces, tanto entusiasmo pienso
lo irrecuperable, la esquina donde dijo ya no más
–su eco encontró refugio en la estrechez de esa frase–.
Cierra la puerta y concluye la escena, pero el ruido continúa.
De la salida atesorar
el temblor
algún indicio que nos ate a la memoria
separarse de las manos de otro para hacerse cuerpo
retener y velar por lo propio.
Una cierta incomodidad al hablar del pasado, cuánta ajenidad.
Una imagen: la sombra de un árbol.
Una pregunta elemental: cuántas veces ese árbol impondrá la evocación.
Por qué usted habla de sí mismo en tercera persona
le pregunta y él la mira con violencia.
El pulso de las palabras serena la muerte.
La lluvia sigue impaciente, su cadencia obra.
Los turistas son tan solo parte del paisaje
allá, me pregunto
cuál será el lugar que nos corresponde
a pesar de todo el pesar
y sin embargo
–me precipito–
nadie se levanta de sus sillas.
De El nacimiento de la hebra (2015)

Té de jazmín

Las viejas teclas de un piano, el pedal como una huella
anclándose a las terminaciones de la que pareciera ser la última nota.
En la música están las señales, en el ritmo interno que raudo recorre
la ciudad, el territorio de lo ajeno que hicimos propio
perdidos y abiertos a las metáforas que decían viento, agua o nube.
Lo perpetuo o lo fugaz, ya no importa,
las diferencias tenues, las historias construidas en la arena
que cayendo sobre sí formaba olas simultáneas, el oleaje de la arena
su composición misma, ya no importa.
El día es uno solo, inmutable y desbordado recibe los golpes
de los árboles arqueándose y simulando la forma de los sauces,
la memoria de los sauces, sus enormes biografías intactas,
atados a la tierra, anclados al costado de los ríos, signos de líneas divisorias,
mensajes de pérdidas, ya no importa. Ni la lluvia,
ni tu mano, una sola de tus manos resistiéndose al diluvio,
la negación absurda a las huellas en el cuerpo,
la palabra falta que cargamos unida a los tobillos
y que intentamos desarmar arrastrando los pies por el cemento.

El nacimiento de la hebra (fragmento)

Una imagen: mi abuela recogiendo castañas.
Un tiempo inalcanzable
o el espacio que prolonga una ínfima constelación.
Aguardo palabras mientras afuera acontece lo infinito:
él agacha la cabeza frente a una vitrina que le devuelve su reflejo
una mujer se acerca a su hija para estirar la costura de su falda
llueve y sin embargo nadie se levanta de las sillas
él enfoca la cámara esperando que no posen
–una escena espontánea para la posteridad–
qué escena podría serlo se pregunta y dice miren
justo cuando la pequeña del rincón se arregla el pelo.
Mi cabeza se puebla y se vacía, la mano empuja.
Cierra la puerta y concluye la imagen
pero el ruido de su nombre continúa escarbando.
No lamentamos despedirnos
sino saber que por mucho que construyamos
la lluvia seguirá existiendo
y sin embargo
nadie se levanta.
Dije basta y mi eco encontró refugio
en la amplitud de esa palabra.

CAMINAMOS PENSANDO en el nombre

en su obrar sigiloso
el lento proceder de una palabra.
Lo que heredé de mi madre y lo que ella de la suya heredó:
un nombre endurecido por el tiempo
la etiqueta que la carne tolera.
El rastro que en nosotras se abandona
los cuerpos reposan en su quietud imaginaria
de mi madre me separa un muro
a través de él la escucho quejarse
su desvelo me sostiene.
Huye la imagen y con ella el invierno
–las estaciones cavan la ausencia–
resguardo una escena, circula adentro el trazo que la borra.
Si pudiese escribir sobre un recuerdo cualquiera
que en el trayecto se resistiera a la inmovilidad
la letra un puñado de plumas que sepultadas pretenden.
Esta lejanía atesora un cadáver.
Las manos de mi abuela trenzaron un pasado distinto al de las fotografías
avizoro una cierta cadencia en el reloj oprimiendo su muñeca
el pelo terso, su canosidad embrutecida por el limón
la enagua acaso, los objetos –pensamos–
mientras mi madre clasifica vestidos que nadie volverá a usar.
Lo que alguna vez cubrió un cuerpo ahora lo descubre
inservible y desposeído de sus partes.
Desmantelo la casa
me ovillo entonces
por el contacto con la muerte replegarse hacia la infancia
retroceder
protejo retazos
zurzo
donde la tela cede y oscurece la memoria
aprieto la mano.
Restituir la herencia de un nombre
con otro que recubre el espacio que el primero desdeñó
un origen fraguado apenas
reconocerse tal vez
en el olvido ajeno
las palabras flotan y rajan.
Estrechas salas de estar amontono:
esquinado el patio de hibiscus, mi madre anudando tallos
rudimentarias estrategias para encauzar un árbol aún minúsculo
yo amarro también, por imitación o desgano:
una cierta tendencia al orden
o la fe heredada en los métodos.
Simultáneos nudos poblando el paisaje
caracoles quebrados en el trayecto involuntario de un niño
breves muertes en mi pequeño pie resuenan.
El pulso empuja hacia el interior, redimo lo impreciso
que me habita cuando intento alcanzar
la huella de mi pie
su absurda rebeldía al arquearse hacia adentro
las plantillas que intentaron refrenarlo
(un cuerpo manifiesta su diferencia).
Los zapatos de mi abuela deformados
sus dedos martilleando la gamuza
la gruesa cicatriz vertical que cruza el empeine de mi madre
y quiebra el ángulo de la pierna.
Las diferencias nos hicieron el nombre.
En el patio un árbol atado a otro mayor simula perfección
me sobrepongo un vestido que nadie volverá a usar
ella dobla y clasifica prendas aún tibias
que en cajas preservarán su color.
Lo que una vez cobijó y que ahora la carne despoja.
Enmiendo mi nombre, me reanudo.

LA MUERTE DE ALGUIEN interrumpe una conversación

entre mi madre y yo extiendo la letra
entre mi madre y mi abuela mido
intuyo la distancia, el volumen de una interrupción.
Aprendí a caminar en la playa
ese andar frágil encorvó mis pies
siempre atados hacia adentro
queriendo tocarse o montar una ficción de unidad.
Me busco en la grafía de las cicatrices de mi madre.
La herida en uno de sus pies expone un injerto
la pisada de mi madre dividida en dos me habla de otro tiempo
esta escritura algo enmudece de nosotras
los nombres se aquietan y de pronto vuelven a cruzarse:
las palabras me dispensan lo que abandonó el recuerdo.

Bajo la lluvia la voz se extravía
trato de encauzar un arrojo sin orden.
Cerré los cuadernos para aquietar un murmullo
la escritura parece advertir que el ruido no dejará de suceder.
Dispongo cuerpos y suturo.
Allá afuera ocurre lo de siempre:
todo se agolpa y oprime
escribo en el resguardo de un hogar que se disipa
cuando la mano vuelve a su brazo
y anuncia el término de una línea.
Cierra la puerta y el pasillo oscurece de pronto.
Piensa en devolverse, piensa en reírse y olvidar
pero golpea y adentro nadie aguarda.
Volteamos demasiado tarde
una hilera de castaños permanece en silencio
y acomoda en la memoria un recuerdo incluso opuesto
al que conservamos cinco minutos atrás.
Las imágenes se acercan y acaban, nada las consuela.

¿Qué es un poema?, le preguntan
y él dibuja una línea que desborda el papel y va a dar a la mesa.
Abandona la sala señalándonos con el lápiz y no entendemos
(no nos levantamos de nuestras sillas).
Algunas preguntas esconden el deseo de que nadie responda.
Bajo un ciruelo lo miré a los ojos y su rostro dejó un hueco
en la sombra que sus bordes dibujaban en la muralla.
Ante la lluvia la pulsión se apacigua:
nos calma que el ruido de afuera adelante al ruido de adentro.
Cuando amanezca esa calma alcanzará su revés
y no sabremos de reservas.
Me levanto y las sillas de los turistas
siguen atestadas de su mismidad
una tormenta se aproxima a la playa y nadie se levanta.
Taparse los oídos, el gesto ante el espanto.
Tiembla la mano y la otra es incapaz de retener.
Tiembla el cuerpo y qué podría ser el cuerpo sino un temblor.
Me levanto y al alejarme he dejado de mirarlo
el hueco en su rostro, sin embargo, sigue ahí.
El sonido de los pasos se asemeja al de la lluvia
que no ha dejado de acontecer.

EL RUMOR DE LA PÁGINA en la mudez de la mano

el que acompaña pocas veces es acompañado
y yo me extravié a pesar de ti. Lloramos demasiado tarde
sufrimos demasiado pronto o amamos demasiado lejos.
La incertidumbre de un cuerpo
acabó con la certidumbre de otro cuerpo
y si eso fuera el dolor: equivocarse a pesar.

De pequeños aprendimos a juntar vocales y consonantes
una eme y una a fueron la unión ejemplar
el primer lazo para comprender
que el lenguaje era un sonido hecho de diferencias.
Confesó que ha dejado de escribir porque agrupar palabras
es demasiado, y yo atesoré esa frase
en el oído que piensa y escucha cuando pensar no es suficiente
ni para reunir ni para bifurcar.
Confesó que aprendió algunas palabras
mucho antes de entender las cosas
o lo que las cosas anhelan de las palabras.
El deseo en la página cuando este brazo declina
y se acopla a su sombra.
(Me reduzco ante la caída de mi brazo que no ejecuta ningún deseo).
Puesta en la frágil situación de la reserva, me remito a juntar:
él dijo tantas veces decir tú y sin embargo
la imagen ahora rasgada
me convoca a pensar que no dijo sino
un leve alcance
una escasa mancha que obvié
conmovida por una escena que quise retener
sostenida en una rama o removiendo quizá
las frases que en realidad dijo y que yo cubrí
con la costra de este cuerpo que trazó círculos en su herida
(siempre esquivamos lo que nos hace aminorar)
él dijo tanto y yo limpié
hasta quedarme con una línea de piedad
en la que me adherí como si dormida sobre un pliegue
el daño nos fuera perdonado por disimulación
o por error tal vez
permanecer repitiendo la costumbre
las suaves usanzas de los días de siempre
que hicieron soportable el lugar de la falta
(tantas veces hilvanamos lo que nos hace aminorar)

Confesó que el invierno enclava
cuando el frío y el hambre y el desvelo, confesó así
en la calma del que nada espera ni pretende
y yo atesoré esa frase en la boca que habla y piensa
cuando hablar no basta porque el oído empalma letras
que ensayan la distancia.
Dijo reparar es demasiado y suficiente.
Cierro los ojos, empuño el olvido
una imagen huye del cuerpo y forja un herida
que se hace espacio y va rompiendo antiguas costuras.
El pulso de una voz, hablar para ser silenciado
por otra voz que adentro habita
y que empuja a un cierto desamparo
o a la ajenidad entre el yo y las cosas.
Los objetos que dejó no soporta, los restos
la ignorancia de cómo lastiman
las pertenencias que procuramos que el otro recoja.

Dijo reparar.

Ella cerró los ojos y un breve descanso
alcanzó a la mano que por hambre escribe.
Una espera comprende su propio desvío
el descenso que toda promesa lleva adentro
silenciosos los cuerpos se buscan para calmar la soledad.
Quieta la carne y entonces el alma cede
el deseo que pretenden por ausencia raspa.
Dijo basta y encontró refugio.
Allá afuera los árboles no dejaban de mecer sus sombras.
Un sauce dice del recuerdo y sin embargo
lo irrecuperable irrumpe al fondo.
Aprendimos un sonido hecho de diferencias
reunir letras y encontrar en ellas la ternura
salvo ahora:
en el frío los cuerpos se alejan
y en sus ranuras se hunde una mano
que agudiza el espesor de la distancia.

Mide esta palma que por abandono escribe
mide esta hoja que por rumor confiesa.
(De El nacimiento de la hebra)

Quise construir una casa encima de tu casa…

quise construir una casa encima de tu casa
quisimos ciudades a destajo libros quizá destronando realidades o al revés
quise una isla encima de una hamaca
que meciera mi cuerpo hasta dejarme botada junto al resto en las veredas
tus cimientos son puro barro no hay manos suficientes
para crear siquiera la ficción de una patria

mi raíz se cierra a la tierra se enrosca no alcanza
todo lo que somos estrechándose y al otro lado
nadie o vestigios de los que estuvieron aguardando palabras

esperaste que esta casa a techo abierto fuera un hogar
pero quién dime quién podrá alguna vez soportar el viento
rasgando el cuerpo quién dime recordará
lo que se hizo en una pequeña esquina mientras allá afuera
escribían una historia o construían otras casas quién aguanta
su propio reflejo devolviéndose y diciendo no quién

si hubo alguna vez una raíz que saliera de mi cuerpo
agua siquiera o humedad si hubo hogar
es esto que destruyo al nombrarlo
los jardines tienen términos salidas túneles
entro acá y rehúyo dime quién se quedará
en la mitad de este jardín simulando que es más que un patio trasero
quién aguanta lo propio o soporta el silencio habitando
la memoria lo blanco haciendo sombras
la historia en el centro y palabras dispersas en lo que nadie ve
De Urdimbre (2009), incluido en Con mi caracol y mi revólver.

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